Cuentos contemporáneos
Una historia pequeña de un gran primer amor.
“¡Sígueme, lector! ¿Quién te dijo que no hay amor verdadero, fiel y eterno en el mundo? ¡Corten al mentiroso su lengua abominable! ¡Sígueme, mi lector, y solo sígueme y te mostraré tanto amor!” (С) Mikhail Bulgakov, Maestro y Margarita
El amor es una cosa que ocurre con todos los hombres en su tiempo propio. Yo encontré mi primer amor cuando era niño y tenía diez años. Ella era una niña muy adorable, tenía el pelo rubio y liso, los ojos castaños y su nombre era Lubov, que en español significa Amor. Ella vivía en el mismo edificio que yo, un piso más arriba. Ella tenía nueve años.
Éramos niños y mi amor era claro y puro, como el amor que sienten los niños si no estuvieran en relaciones sexuales. En la infancia no quieres nada más que estar con tu amor, jugar todos los días y verla cerca. Yo era un hombre pequeño pero tenía que confesar mi amor.
Era enero. Un día nosotros jugábamos en la nieve, construíamos una caverna en una pila de nieve. Ella cavaba por un lado y yo por el otro. Cuando nos encontramos y yo toqué su mano y después vi su cara bonita en la caverna, yo no pude callarme. Dije "¡Te quiero mucho!". Por esto ella me golpeó en la cabeza con un guante de nieve. Pero yo era muy feliz. Yo lo hice. ¡Lo logré decir! Ella estaba avergonzada, pero ella también lo estaba esperando. Era una felicidad que no se puede olvidar.
Avergonzados, fuimos al vestíbulo de nuestra casa a secarnos. Ella me preguntó: "¿Tú me quieres mucho? ¿Es verdadero?" — Yo le respondí: "¡Sí, eternamente!". Ella no supo cómo comportarse en ese momento. Yo miraba a sus ojos y nuestros labios se acercaron. Mi primer beso fue mojado por la nieve pero fue dulce como la miel. Nos besábamos algunas horas y recuerdo que nos molestaron nuestras narices. Nadie de nosotros sabía que teníamos que girar las cabezas.
¿Por qué pasa el amor infantil? Es una pregunta difícil. En dos años de nuestro amor yo estuve en situaciones diferentes con ella. Yo sentía feliz, estaba nervioso, la seguía, ... pero todas las cosas tienen su fin. Ella creció y yo no logré que le guste más. Ella encontró otro amor. Pero yo no puedo olvidarla ahora.
El divorcio en Jápeto
– “¡Está bien, estoy de acuerdo. No me dejas otra opción!” —dijo ella y desconectó.
No dejaba de mirar su foto en la pantalla. ¿Por qué había pasado esto? Trece años atrás, ella había sido tan cariñosa. Sus ojos brillaban cuando él le tocaba las manos. ¿Y todos estos años han sido en vano? Tiene muy pocas probabilidades de poner una coma en lugar de un punto. Si un punto es completamente negro, se puede pintar la mitad de blanco.
Jápeto era un satélite inusual. La mitad estaba hecha de hielo blanco y la otra mitad de polvo negro, como si dos hemisferios hubieran sido comprimidos con fuerza: a lo largo del ecuador, cruzando la zona blanca y extendiéndose hacia la negra, se alzaba una cordillera: la Muralla de Jápeto. En la mitad blanca, la cordillera era bastante irregular, fragmentada y compuesta por montañas altas. Pero en la mitad negra, la Muralla se elevaba quince kilómetros. Es un lugar perfecto para la última cita.
El período de rotación de Jápeto es de setenta y nueve días terrestres, por eso el límite entre el blanco y el negro es claramente visible. Es como el yin y el yang – el símbolo de lucha eterna de lo masculino y de lo femenino. Los humanos pueden existir no solo sin gravedad, sino también sin atmósfera. Pero no pueden sin amor. La ciencia no ha podido reemplazarlo.
Yo estaba sentado en una mesa blanca con unas servilletas negras. Dos copas de vino estaban sobre la mesa y la luz de sol continuaba reflejándose en Saturno, caía en conejitos sobre los cubiertos. La botella de Château Margaux esperaba a su hora. Cerca había un aparato de camarero electrónico con un menú cargado de Osteria Francescana. La frontera de sombra y luz era exactamente en la mitad de la mesa. Todo está listo para aprovechar mi oportunidad.
De repente, un brillante destello azul de teletransportación apareció. Como siempre, ella llegó puntual. Vestía un traje negro que subraya su figura y sostenía en sus manos dos copias del acuerdo de divorcio.
Me puse de pie. “Hola, cariña, ¿hablamos?”
Fantasmas en las paredes
La gente intenta expresar su sentido de la belleza de diferentes maneras. Algunos cantan en la calle, otros pintan grafitis. En realidad, hay muchas formas de autoexpresión. Lo que llevas dentro necesita salir. Y necesita ser notado. Además, el tiempo es cruel con la gente, y la vida humana es breve. Por eso, para enfatizar la fugacidad de la vida, el arte efímero surgió en los muros de las ciudades.
Cada madrugada, un joven de 23 años llamado Sergio sale a las calles con una bolsita de tizas de colores distintos. Él no busca fama, ni espera apreciación, solo dibuja historias de amor. Parejas abrazadas, el primer beso, las despedidas lluviosas. Lo que aún no estaba escrito, pero que necesita que alguien lo escriba. Sus dibujos son vívidos y brillantes. Cuando apartas la mirada, parece que en ese instante empiezan a vivir sus propias vidas.
Los vecinos lo conocen como "el mensajero de los muros". Saben que si encuentran una cara sonriente, es porque alguien se enamoró esta noche. Si ven dos manos entrelazadas, es porque dos almas se encontraron. Cuando hay lluvia, y la persona está sola, significa que alguien se fue.
Pero Sergio no usa pintura permanente. Usa tiza. Así que al amanecer, cuando el sol calienta la piedra o la lluvia toca los muros, sus dibujos empiezan a desaparecer. Él lo sabe. Y dibuja más rápido, porque el amor, como su arte, también es efímero.
No son simplemente cuadros en las paredes. Son los fantasmas de la ciudad. Aparecen al amanecer, viven solamente un día, y después la lluvia los borra. El arte de un instante que desaparece al caer la tarde. Lo que los lugareños saben es que si ves algo en la pared, toma una foto, porque mañana ya no estará. Este es un arte que nos enseña a valorar cada instante, y es un reflejo de nuestra propia vida.
San Petersburgo, el perro negro.
Las calles están oscuras. Los terraplenes de piedra están generosamente cubiertos de nieve sucia. Un viento helado penetra la ropa como agujas afiladas. Las manos se congelan. Hay menos veinte grados. El Neva está atrapado entre témpanos de hielo. Paseo cerca del Jardín de Verano, intentando calentar mis manos heladas con el aliento cálido. Un perro corre a mi lado, siguiéndome. Es negro, su hocico cuelga hacia sus patas delgadas y sus ojos gélidos brillan a través de la nieve que cae. Son las tres de la mañana.
¿Quién eres, alma canina? Te detienes en la entrada principal del jardín y me miras a mis ojos. ¿Qué intentas decirme? ¿Qué quieres mostrarme? Permanezco en silencio, tratando de comprender. De repente empiezo a oír cómo cae la nieve, crujir las viejas linternas y tantos sonidos que nunca había oído antes. Y sentimientos. Empiezo a sentir la ciudad.
Durante el día, nosotros, los humanos, estamos constantemente apurados, envueltos en bufandas, mirando nuestros teléfonos. No nos damos cuenta de la ciudad. No nos vemos los unos a los otros. Nos escondemos del frío, de nosotros mismos, del silencio que podría salvarnos. Tenemos miedo de estar solos con nosotros mismos. Así que subimos el volumen de nuestros auriculares para ahogar los sonidos de la ciudad.
«Ahora lo sabes, lo sientes», me dijo con la mirada. Dentro de cada uno de ustedes, de cada habitante de Petersburgo, vive un perro negro igual que ustedes: hambriento, sin hogar, anhelando calor. Simplemente lo esconden bien adentro, muy adentro, para que no interfiera en sus vidas. «Espero que todos puedan oírme», me dijo y siguió su camino al trote.
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