Pródromo
Interludio 1
Moverse rápido, siguiendo el rastro, le salía bastante mal, pero intentaba apresurarse. Después de todo, ¡llegó tarde! Tres días después de la nefasta reunión, los malditos aventureros dejaron Difus, y él volvió a llegar sólo unos minutos tarde. ¡Ojalá se hubieran retrasado un poco en ponerse en marcha! "Con todo eso pensarás involuntariamente en una racha de fracasos" — reflexionaba Yozh con fastidio, saltando sobre otra zanja llena de hojas. "¿Y cuándo fue la última vez que te esforzabas tanto, Dmitriy Alexándrovich?" — se deslizó un nuevo pensamiento en su cabeza.
Hace un año, cuando ya había vuelto en sí después de darse cuenta de que había sido digitalizado en un servidor con errores, habiendo decidido entrar en la realidad virtual por primera vez no para trabajar, sino para jugar, también corría así, sin descansar durante semanas. El fenómeno de la digitalización de conciencia le era familiar, incluso conoció a varios digitalizados, uno de los cuales incluso tuvo que detener en acto de servicio. Resultó que había muchos frikies que llegaban a intentar digitalizarse para escapar de la realidad de su miserable existencia. Pero nunca pensó que le pudiera pasar algo así. Pruebas psicológicas periódicas en la compañía, un escaneo casi diario de la actividad cerebral: todo estaba dentro de los límites normales y no causaba ningún temor. Le jugaron mala pasada esas repentinas ganas de probar jugar por su propio placer, con su propio personaje, en un servidor aleatorio... La sensación de un cuerpo joven y saludable le atraía, pero en el trabajo gastaba todo el tiempo en correr tras todo tipo de idiotas que trataban de molestar en diferentes servidores la compañía, donde él servía en el puesto del jefe de seguridad.
Precisamente el hecho de que, a pesar del estúpido servidor al que había logrado llegar, su cuerpo volvía a ser como hace diez años, le sacó de la profundidad de su furiosa depresión. Entonces se sobrecargaba con actividad física hasta el agotamiento, esto siempre le ayudó a sacarse las tonterías innecesarias de la cabeza. Y luego encontró su lugar en este nuevo para él mundo, al conocer a Nikolay, quien le invitó a su clan.
El mismo Nikolay le informó hace tres días sobre la casi fallida reunión con los draelin. Por culpa de estos impúberos idiotas todo se torció. ¿Y por qué les da por ahí con este maximalismo juvenil? Si hubieran hecho lo que se les pidió, todos hubieran ganado. Pero no, era necesario ponerse burros... ¡y a pesar de todo lograron salirse con la suya! Al principio se le escaparon... aquí, por supuesto, se metió la pata: no había necesidad de dejar al arquero al cuidado de los niñatos de guardería, él mismo iba a escalar esta colina... pero tenía demasiada curiosidad con este jugador, un casmere de nivel 6, caso sin precedentes para estos lares. Por eso no se resistió, entendiendo perfectamente que la carne del pesebre no estará a la altura. Cuando el rastro de ese Sin Nombre terminó en el río, se dio cuenta enseguida de que, muy probablemente, el jugador se mató saltando al río para que no le quitaran sus cosas. Gracias al traidor, conocía su punto de resurrección y envió un grupo allí, aquel que iba a recoger el artefacto. Pero les quedaba aún mucho tiempo para llegar a ese lugar, así que se apresuró así él mismo. El fugitivo obtuvo algo de ventaja, pero no en vano Yozh se consideraba un buen rastreador y estaba seguro de que pronto alcanzará al jugador.
Pero no, llegó tarde. Las huellas terminaron en un islote anodino en medio de los pantanos. Además, Yozh estaba seguro de que casi había alcanzado al jugador, pero sólo encontró huellas humanas frescas y apenas reconocibles. Sí, la carrera por los pantanos hizo que incluso él se esforzará bastante. Era sorprendente lo profundo que logró llegar este Sin Nombre, porque la ubicación claramente no se correspondía con el nivel del extraño casmere, y al principio Yozh pensó que el fugitivo había entrado allí simplemente por desesperación... pero se estaba moviendo demasiado directo, sin vacilar. Yozh comenzó a sospechar ya en aquel momento, pero luego del pantano salió un guiverno muerto que, según pensó, hizo trizas al jugador, y se tuvo que retirar. El segundo grupo ya le estaba esperando en el punto de la mazmorra colapsada, donde se suponía que Sin Nombre debería aparecer después de su muerte. A veces, el renacimiento se retrasaba una cierta cantidad de tiempo, especialmente si mueres con tanta frecuencia.
Sin embargo, en este punto el fugitivo tampoco apareció. Yozh entregó el artefacto y se quedó vigilando el punto él mismo, el grupo se ha dirigido a la capital. Y luego le comenzaron a escribir los de la guardería que se quedaron a bloquear al elfo. De alguna manera, el fugitivo apareció allí, y se mostró desde un lado completamente inesperado: llevó a los no muertos para que ataquen a uno de los grupos, asustó a Durinda, encima tanto que Olga aún no ha regresado al juego, y su compañero, ese tonto que era su tocayo, murmura algo inarticulado sobre la venganza del enano muerto y el control mental... ¡que pelmazo! Cuando el resto se ha enterado y se apresuró a perseguirlos, se toparon con los no muertos antes mencionados y después con una patrulla de los draelin: los fugitivos tuvieron suerte y consiguieron finalmente informar a los dueños de estos lares de lo que había sucedido.
En caso de complicaciones, Nikolay decidió echarle la culpa de todo, y a Yozh no le importó: el error realmente fue suyo, y fuera como fuese había que llegar a un acuerdo con los draelin. Aquel regreso fue sombrío, estaba bien que al menos no se desahogó con sus secuaces... aunque definitivamente sería necesario organizar después un estudio de errores.
Al principio, la reunión parecía estar desarrollándose tal como debería, pero al final llegaron los fugitivos. Nadie quiso escuchar a Lupa, le echaron todos los perros a Yozh, fue degradado oficialmente hasta el rango de un miembro ordinario del clan y exiliado a la frontera oriental, por si acaso. Pero nadie sabía que en el este ya estaba montado un campamento de reserva para subir de nivel y, de hecho, nada cambiaría para él: a la carnaza la enviaran allí mismo y él continuaría entrenando a los novatos.
El líder del gremio prohibió estrictamente atacar a los jugadores que se metieron con ellos inmediatamente después de la reunión, además Yozh entonces aún no había logrado llegar hasta Difus. Sin embargo, Nikolay los metió en la lista negra e insinuó que la reputación del clan debe mantenerse. Y nuevamente Yozh lo planeó todo en detalle: en la taberna justo estaba ahora mismo uno de sus agentes disfrazado de comerciante de Rival. Era necesario cargarse a este Sin Nombre, y al salir de su habitación le atraparían y le empacarían entre la carga para sacarlo del territorio de los draelin. Yozh tenía la intención de entregar al casmere a los clérigos, en el contexto del evento con un avatar oscuro, esto les podría ayudar a elevar su reputación con la iglesia de Oum; incluso si este bastardo no tiene nada que ver con el evento, siempre pagaban bien por semejantes pilas.
A Wunorse le planeaba marinar personalmente, enviándolo a renacer hasta bajarle al quinto nivel. Esto resultaría suficiente para mantener los rumores de que no se podía tomarles el pelo a los rusos con impunidad. Sobre el enano no muerto ni siquiera pensó: matarle de nuevo, y punto.
Sólo que Yozh llegó a Difus unos minutos después de que partiera el grupo que buscaba. Y ahora tenía que correr de nuevo tras ellos a través del bosque. Zajar le dijo que salieron de la taberna acompañados de un sacerdote, lo que significaba que los draelin decidieron esconder a los fugitivos teletransportándolos a algún lugar distante. Pero Yozh no perdió todavía la esperanza de alcanzarles antes de que tuvieran tiempo de transportarse. Sólo tenía que disparar al Sin Nombre para enviarle al punto de resurrección en la taberna y, bueno, no dejarse ser visto por sus compañeros, para seguir siendo un francotirador desconocido... Yozh dudaba mucho que el sacerdote tenga tiempo para reaccionar y más aún alcanzarle después.
"Los fugitivos deberían estar ya muy cerca" — pensó Yozh cuando escuchó un rugido creciente. Sacando su arco y preparando una flecha sobre la marcha, se lanzó hacia adelante y logró ver las espaldas de cuatro figuras desaparecer en un brillante destello de teletransportación. "¡¡¡Llegué tarde otra vez!!!" — ardió cual hierro candente el pensamiento en su cabeza; Yozh se maldijo calladamente y enseguida desapareció en el bosque; debido al destello, el sacerdote que quedó al lado del círculo de portal no le vio. Ahora ya se podía no tener prisa y largarse al exilio que le fue asignado. "Y este canalla, ya me pagará por todo, — pensó enfadado, — tengo que acudir a Petróvich, él fijo le encontrará tarde o temprano".
Interludio 2
Lupa casi temblaba de rebosante anticipación, mientras cojeaba tras el sacerdote alto y de cabello ceniciento con el que había viajado durante varios días. Inmediatamente después de la desafortunada reunión, donde todo iba tan bien hasta que apareció Wunorse y sus compañeros, le han detenido, e incluso ahora dos guardias draelin bien armados caminaban detrás de ellos. Lupa no veía su nivel, así como el nivel del sacerdote, lo que significaba que era tan alto que cualquier intento de enfrentarse a ellos estaba condenado al fracaso de antemano.
Pero el pícaro ni siquiera pensaba en resistirse. Después de la fallida reunión, le escoltaron a una tienda, donde pronto apareció el Sumo Sacerdote y, con su manera irritantemente condescendiente, interrogó durante mucho tiempo al descubierto conspirador. Lupa se esforzó mucho en ver al menos algunas manifestaciones de ira, resentimiento o descontento en el rostro del anciano, pero fue en vano: el draelin hablaba suave, con una amabilidad que al pícaro le pareció fingida, y declaró enseguida que no culpaba al joven en absoluto por sus imprudentes actos: diciendo que el artefacto al final lo han devuelto, lo que significa que Lupa puede contar con recibir su recompensa.
Él decidió contarlo sin evasivas y expuso todo lo que sabía. Bastante caótico y confuso, pero tratando de responder sinceramente a las tenaces preguntas del sacerdote, Lupa admitió que había estado en contacto con el clan de jugadores rusos hace tiempo y no podía rechazar su oferta, que recibió inmediatamente después de recibir la misión. Contó cómo le escribía cada día a Yozh con respecto al avance del grupo, cómo le robó el artefacto al ingenuo casmere durante su guardia nocturna. En resumen, expuso todo lo que este elfo de cabello gris y piel negra quería saber.
Después, todavía bajo arresto, llegó a Difus, mientras le llevaban de tal forma para que el pícaro no estuviera cerca de los miembros de su antiguo grupo, incluso a distancia de contacto visual. Y él tenía muchas ganas de decirles muchas cosas, así que les buscó enérgicamente con la mirada. Aunque después se requemó y ya acercándose al asentamiento incluso se alegró de que le llevaran por separado de esa manera...
Para su sorpresa, en la taberna sólo le permitieron recoger rápidamente sus enseres, y le llevaron de inmediato al castillo, donde pasó la noche en una pequeña celda, casi un saco de piedra, donde sólo había una cama. Y por la mañana temprano, acompañado de guardias, apareció ante él este larguirucho sacerdote, que ahora andaba orgulloso al frente. Bajaron al patio, ensillaron unos caballos y se apresuraron por la carretera hacia las montañas.
Los elfos claramente tenían prisa e instaron a sus caballos. Cambiándolos en Fugir, se precipitaron hacia las montañas, donde la carretera se adentraba en la enorme boca de una cueva. Allí se descubrió un pequeño asentamiento, que Lupa tomó por una especie de pueblo minero. Sin embargo, no tuvo tiempo de convencerse de la validez de su suposición, pues, apenas desmontando, se apresuraron por las calles adoquinadas, giraron a una especie de túnel excavado en la roca, y ahora, desde hace varias horas ya, estaban serpenteando por él en la oscuridad.
Los draelin no necesitaban una linterna, pero no les importó cuando Lupa sacó su botella luminosa. Daba poca luz, pero al menos permitió al pícaro seguir el ritmo del sacerdote y no tropezar por el camino. Sintió que a veces pasaban por los pasajes que se ramificaban a los lados, pero los elfos, sin perder un segundo en elegir el camino, caminaban hacia adelante, adhiriéndose confiadamente a la dirección que al parecer bien conocían, y después de unas horas Lupa se dio cuenta con temor de que, estando solo, seguramente se habría perdido en este laberinto, porque ya era completamente incapaz de repetir el camino de vuelta.
Cuando Lupa ya estaba cayendo por la fatiga y dispuesto para rogar por una parada, su pequeño grupo de repente salió a una pequeña cueva. Estaba iluminado por una luz azul fantasmal que emanaba de cuatro pilares situados a una distancia igual los unos de los otros. Estos pilares estaban completamente cubiertos con grandes runas talladas en la piedra, y fueron ellos quienes emitían este misterioso resplandor.
Exactamente en el centro de la cueva, entre los pilares, se podía ver un gran fragmento plano de la roca, al que se dirigió el sacerdote. Lupa le siguió, pero, al no escuchar los acostumbrados pasos detrás de él, se dio la vuelta y descubrió que los dos guardias no entraron a la cueva y se quedaron en el túnel. Sus manos por propia voluntad se estiraron hacia el arma en su cinturón... pero el pícaro con furia hizo a un lado el miedo y se acercó al sacerdote, que ya se había girado para mirarle. «¿Por qué está sonriendo de manera tan repugnante?» — logró pensar Lupa, pero luego vio bien el fragmento de roca y todos los pensamientos desaparecieron de su cabeza.
De cerca, se podía ver que en una superficie de piedra plana y ligeramente inclinada, estaba tallada la silueta de un cuerpo humano, grabado en relieve en la roca. Al nivel del cinturón, el cuello, los brazos y las piernas, había sujeciones abiertos, que se suponía que debían fijar el cuerpo en este tipo de lecho. La superficie ennegrecida, como cubierta de hollín, de la silueta no presagiaba nada bueno.
— ¿Qué es esto? — con voz ronca articuló Lupa la pregunta.
— Es por lo que estabas luchando tanto, — respondió el elfo con una sonrisa, y el pícaro escuchó en su voz una especie de malvado triunfo, sarcasmo o burla. — Este es un lugar secreto para efectuar el ritual que conocen sólo en nuestra casa. Muy pocos Convocados han tenido el honor de llegar aquí y pasarlo, puedes estar orgulloso.
— ¿Y que tengo que hacer? — preguntó el pícaro con recelo.
— Desnúdate y sube allí, — el elfo hizo un gesto con la mano hacia la silueta en la roca, sin dejar de sonreír.
Lupa sonrió con saña en respuesta y comenzó a quitarse el trapo de la cara. Cuando apareció frente al draelin completamente desnudo y levantó su mirada hacia él, el elfo ya no sonreía.
En la cueva estaba fresco, pero tampoco hacía mucho frío. Gruñendo, Lupa presionó su espalda contra la roca y comenzó a trepar al lecho ahuecado. El elfo se apresuró a ayudarle, y antes de que el pícaro tuviera tiempo de acomodarse, comenzó a cerrar numerosas sujeciones.
Curiosamente, la roca no congelaba la espalda en absoluto, y su superficie era porosa y rugosa. Las sujeciones no apretaban e incluso sujetaban cómodamente su feo cuerpo no estándar.
El sacerdote, mientras tanto, sacó de algún lugar un libro, lo abrió y comenzó a caminar alrededor de los cuatro pilares, cantando una especie de hechizo. El zumbido y la vibración crecientes, que Lupa sintió claramente en su espalda, no tuvo tiempo de asustarle realmente... y entonces vino el dolor. Dolor con mayúscula. Lupa ha muerto muchas veces desde que entró en este maldito servidor: fue destrozado por las garras de los monstruos, uno incluso masticaba sus entrañas mientras el pícaro aún estaba consciente, pero nunca le era TAN doloroso.
Parecía que le llegaban descargas de las runas que brillaban en azul, pero no le prestaba atención a nada; un dolor ardiente atravesaba todas las células de su cuerpo, como si en cada poro de su piel le hubieran clavado una pequeña aguja al rojo vivo, encima pasando electricidad a través de ella.
Le pareció que gritaba y se retorcía, completamente sin escuchar su propia voz, e incluso se lo hizo encima... pero todo esto no era importante, quería apasionadamente que esta tortura se detuviera y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Gritó y suplicó piedad hasta que perdió la voz. Pero el dolor continuó. Siguió y siguió durante lo que le pareció una eternidad. Se quejó y lloró, pero pronto incluso sus lágrimas se secaron y sólo aullaba quedamente. Resultaba patente que el vil sacerdote ni siquiera pensaba en detener el ritual, y a Lupa le quedó tan sólo un pensamiento en su cabeza: aguantar, aguantar a toda costa y no volverse loco de dolor, no convertirse en un idiota babeante con sesos quemados. Aguantar y salir de aquí con un cuerpo ya normal y la oportunidad de vivir con dignidad, finalmente, en este cruel mundo.
Cuando el dolor cesó, no pudo creerlo por un tiempo, y después un paroxismo de felicidad le abrumó, y empezaría a sollozar si aún tuviese lágrimas. Parpadeó y, al ver al elfo encima, desabrochando descuidadamente las sujeciones, pudo susurrar roncamente con una voz rota:
— ¿Ya está? ¿El ritual se ha completado? Yo... mi cuerpo... ¿es normal ahora?
— Sí, ya está, el ritual fue todo un éxito, — el sacerdote le sonrió de la misma manera repugnante. — Pero aún estás lejos de la transformación...
"¡¿Qué?!" — pensó Lupa con desconcierto, mirándose a sí mismo y viendo el mismo cuerpo deformado, y sólo ahora se percató con horror de la ventana que colgaba frente a sus ojos:
"¡Enhorabuena! Ha completado con éxito el ritual de la Transformación Verdadera. Progreso: 1%. Al llegar al 100%, tendrá acceso a un reinicio completo de los parámetros de su personaje, inclusive raza y clase, mientras mantiene su nivel y las habilidades adquiridas. Vuelva a repetir el ritual sólo después de recuperarse por completo, el fracaso del ritual puede provocar la muerte de su personaje y una consecuente pérdida de puntos de experiencia. El progreso ya conseguido no se pierde en tal caso".
Lupa abrió la boca en un grito silencioso y se desmayó.
Capítulo 1
Al abrir los ojos y mirar alrededor, vi ya de cierta manera habituada las espaldas de los elfos al frente y pensé que estaba empezando a acostumbrarme a los hechizos de transferencia. Alrededor se extendía el desierto; la arena estaba oscura, porque los rayos del astro naciente aún no la habían alumbrado, aquí todavía era mañana temprana.
Estábamos sobre una gran losa de piedra blanca, que a primera vista parecía monolítica, en la que se desvanecían lentamente las líneas del círculo portal. Los bordes de la losa estaban cubiertos de arena, y una ligera brisa entrante comenzó a impulsarla por toda la plataforma. Hacía bastante fresco, por alguna razón esperaba que aquí haría mucho más calor.
Mirando a lo lejos, no noté nada más que arena, extendiéndose en las suaves curvas de las dunas hasta el horizonte. Jamél interrumpió mis observaciones, señalando hacia el noreste con la mano:
— Tenemos que ir allá.
Sin más preámbulos, marchamos en la dirección indicada, y de repente vislumbré las siluetas de montañas, que, sorprendentemente, no me habían llamado la atención antes. Probablemente, la iluminación del amanecer jugó un cierto papel en ello, porque más tarde, cuando las montañas se iluminaron por completo, se hizo evidente que estaban muy cerca, como gigantes de piedra, acechando silenciosamente en la oscuridad detrás de ti.
Caminar sobre la arena no era habitual, pero tampoco tan difícil: esperaba que mis piernas comenzaran a atascarse, hundirse en la arena blanda, pero esto no sucedió. Aunque, sin embargo, el pie se hundía un poco en la superficie inesperadamente elástica, y a eso había que acostumbrarse.
Me di cuenta de que a Gilt le costaba mucho más caminar sobre la arena que a mí, pero él sacaba estoicamente sus pies de la superficie arenosa, levantando nubes de polvo y aún así permaneciendo en completo silencio. Esto causaba una sensación bastante macabra.
Sin embargo, los elfos caminaban con la misma facilidad que en el bosque. Y si al principio noté que Wunorse levantaba un poco de polvo al caminar, Jamél a su lado parecía completamente ingrávida; al parecer, tenía experiencia en esto también, y no en vano se autodenominaba la mejor guía. Sin embargo, muy pronto la forma de andar de los elfos se volvió casi indistinguible.
Un par de horas después, la superficie bajo nuestros pies se volvió rocosa, aunque todavía no se diferenciaba en el color del desierto. Parecía que la arena cubría aquí con una fina capa la dura tierra seca. Antes de que tuviera tiempo de alegrarme — después de todo, estaba bastante cansado de andar por la arena — una ventana apareció ante mis ojos: "¡Bienvenido a Anleus! Se ha trasladado a un segundo continente, diferente al inicial: obtiene 280 de experiencia. Le queda visitar dos zonas geográficas más para conseguir el logro „Viajero“. ¡Atención! Se recomienda a los personajes con niveles inferiores a 10 que no abandonen los límites de la ciudad y no viajen solos. Las tierras de Anleus son desérticas y mortalmente peligrosas. El coeficiente de la experiencia recibida aumenta en un 50% más. Se encuentra en la parte noreste del continente, no hay territorios habitados cerca". Después de leer esta información tan poco alentadora, deshice la ventana y capté la mirada cómplice de Wunorse, que me miraba en ese momento.
Más adelante ya se divisaba algo así como un paso entre dos laderas de montañas, a cuya sombra nos detuvimos a las pocas horas para comer algo y descansar. Ahora el sol ya pegaba fuerte, incluso debajo de la capa, mi cota de malla se calentó bastante. El elfo, como de costumbre, repartió a todos unos envueltos con bocadillos frescos, empezando, por supuesto, por la chica y sin olvidarse de coquetear con ella mientras tanto; regamos nuestra modesta comida con agua de cantimploras y continuamos nuestro camino.
Hacia el anochecer llegamos al paso, que era una especie de boca ancha que conducía a un desfiladero rocoso. Después de unos pocos kilómetros, el desfiladero giraba bruscamente, se veían varias ramas laterales y, a medida que se alejaban, las montañas se elevaban más y más en repisas de varios niveles. Todo esto tenía una pinta extremadamente inhóspita y parecía a las fauces de un lúgubre laberinto construido para los gigantes.
Acampamos de acuerdo con el esquema de antes: Jamél meditó, con Gilt de guardia toda la noche, y Wunorse y yo nos turnamos. Hacía bastante frío, y además, un viento húmedo soplaba desde el desierto, trayendo consigo olas de polvo seco y espinoso, e incluso metiéndome al saco de dormir con la cabeza, constantemente notaba crujir arena en mis dientes, lo que para nada contribuía al sueño. Finalmente, escupiendo una vez más, comencé a reunir la muy escasa energía derramada alrededor para concentrarla sobre mi cabeza y crear algo así como una barrera esférica. Mis intentos no se vieron coronados por el éxito: tan pronto como comenzaba a dormirme, inmediatamente perdía el control y la esfera se disipaba. Mecánicamente podía sostener algo como una pantalla de fuerza frente de mi cara, apenas más grande que la palma de mi mano, pero esto me permitió al menos dormir de alguna manera.
Por la mañana entramos en el desfiladero y, después de un par de horas, Jamél nos condujo hacia el este, hacía un suave ascenso a una de las terrazas. Pronto estábamos caminando a lo largo de una cornisa uniforme de varios metros de ancho, a la derecha de nosotros estaba el precipicio, que se alejaba cada vez más del fondo del desfiladero, ya la izquierda, montañas cada vez más y más empinadas.
Más cerca del mediodía, nos encontramos con un pasaje y giramos a la derecha a lo largo de él. Pronto nos encontramos nuevamente en una cornisa similar, solo que el desfiladero aquí no era tan profundo, y una cornisa de otra terraza sobresalía directamente sobre nuestras cabezas. De vez en cuando notaba huecos en otras desviaciones, tanto por encima de nosotros, como en el lado opuesto del desfiladero, lo que sólo reforzaba en mí la sensación de que estábamos deambulando por un gigantesco laberinto.
Para comer paramos al lado de otra bifurcación, donde Jamél nos condujo a la izquierda, el pasadizo giraba al oeste, prácticamente devolviéndonos a la dirección norte. Nos resguardamos del viento al comienzo mismo de este pasaje, comimos rápido y continuamos nuestro camino.
Tuvimos que pasar la noche directamente en la cornisa, encontrado una pequeña depresión en la roca que se elevaba hacia el cielo. No había nada con que encender un fuego, los bordes de la depresión donde nos habíamos instalado protegían poco del viento, que, además, sólo se intensificó con la llegada de la noche. No hace falta decir que apenas pude conciliar el sueño, y al amanecer tenía mucho frío, lo que, sin embargo, no afectó mucho mi estado de ánimo: el frío fue percibido por mí bastante bien, me irritaba únicamente mi somnolencia.
Pasamos un día más deambulando por este laberinto, y aunque todas las rocas a mi alrededor me parecían iguales desde hace mucho, me sorprendió darme cuenta de que recuerdo perfectamente cada giro que dimos, y podría hacer todo el camino de regreso solo, si ocurriese tal necesidad.
Acampamos para pasar la noche en un desvío, por suerte bien situado, donde además crecía un pequeño arbusto, lo que nos permitió encender una hoguera. El fuego nos levantó visiblemente el ánimo, y Jamél nos dijo que mañana por fin deberíamos llegar al asentamiento escondido en este laberinto natural.
Al mediodía del día siguiente, comencé ya a pensar que ella había cometido un error y habíamos dado un giro equivocado en uno de los muchos ramales que hemos tomado, cuando el siguiente pasadizo de repente comenzó a ir abajo y las rocas se cerraron sobre nosotros, convirtiendo el pasaje en una especie de ancho túnel.
Wunorse sorbió con la nariz y comentó:
— Huele a mar.
— Sí, — Jamél asintió. — Persuráiz está en la costa.
Me fije mecánicamente en el nombre del asentamiento y traté de escribirlo con las runas del fatrod. No tardé mucho en encontrar las runas más adecuadas para ello, salió algo así como "legado de la memoria del camino". Seguramente me equivoqué en algo, pero este conjunto de runas me pareció el más acertado para el nombre del poblado escondido en el laberinto.
Muy pronto el túnel comenzó a estrecharse y finalmente nos llevó a un callejón sin salida: el paso estaba bloqueado por un trozo bastante plano de roca. Gilt dio un paso adelante y tocó la piedra para inspeccionar la barrera que se había levantado frente a nosotros, pero Jamél se le adelantó, acercándose a la esquina derecha y buscando a tientas algo allí en la pared.
Me dio tiempo de concentrarme y descubrí en aquel lugar cierto nodo de fuerza, las corrientes del cual iban detras de la roca. Pero entonces mi concentración se vio interrumpida por un traqueteo y nubes de polvo levantadas por el trozo que se deslizaba hacia un lado. Este trozo de roca resultó ser parte de un mecanismo que actuaba como una puerta. No quedó claro si nuestra guía lo activó al presionar algún detalle escondido en aquella esquina, o simplemente presionó algo parecido a un timbre.
La compuerta de piedra se detuvo, sin entrar por completo en la pared izquierda, y antes de que el polvo se asentara, en el pasillo aparecieron los guerreros draelin, apuntándonos con sus ballestas. Conté ocho elfos armados, y detrás de ellos, a través de la nube de polvo, se adivinaban algunas figuras más.
Gilt levantó inmediatamente su escudo y se paró frente a mí en una postura defensiva, mientras Jamél se adelantó levantando las manos, en una de las cuales brilló una placa dorada, similar a una insignia. Alcancé ver en ella la imagen familiar de un trifolio. Aparentemente, los guardias también la vieron y bajaron sus armas, aunque me pareció que inicialmente no estaban nada hostiles, sino que tan sólo realizaban las acciones que les correspondían por deber.
Los soldados se separaron, dejando pasar a uno de ellos, aparentemente un oficial, quien preguntó:
— ¿Jamél? Estábamos esperando vuestra llegada...
— Sí, soy yo, — respondió la chica, dejando caer las manos y haciéndonos un gesto para que la siguiéramos. — El camino fue tranquilo.
Pasamos entre los soldados, siguiendo al oficial y a Jamél, y avanzamos por el corredor, que continuó descendiendo gradualmente y haciéndose aún más ancho. Detrás de nuestras espaldas hubo un traqueteo de roca que regresaba a su lugar. Cuatro guerreros nos siguieron, los demás se dispersaron por los pasillos tallados en las paredes del túnel.
— Recibimos un mensaje sobre vuestro grupo a través de los sacerdotes, — dijo el oficial, — y retrasamos el próximo envío del cargamento a los caeltas... ya van dos días de que todo está listo. Si así lo desean, podéis marchar con la caravana directamente mañana por la mañana.
Jamél nos miró inquisitivamente. Yo me encogí de hombros y miré a Wunorse, quien asintió.
— ¡Sería genial! — respondió la chica. — Nos basta con el resto del día para descansar y quitarnos el polvo.
El oficial sólo asintió en respuesta, sin expresar sus emociones de ninguna manera, pero aun así me pareció que estaba complacido con la respuesta. Al parecer los draelin locales mantenían la misma tradición de tratar a los forasteros con bastante frialdad, incluso a pesar de cualquier logro del sistema.
Pronto, las rocas sobre nuestras cabezas se separaron y llegamos a una cornisa desde la que se habría una buena vista al Persuráiz. La ciudad — enseguida se me quitaron las ganas de llamarlo poblado — estaba ubicado en una bahía redondeada, rodeada por todos lados por montes. Muchos edificios de piedra lindaban con las propias laderas, y terrazas como aquella sobre la cual ahora nos encontrábamos rodeaban estos muros naturales. En el centro de la ciudad destacaba una pequeña plaza con una estatua femenina mirando al mar. Había atracaderos en la bahía, y un barco de un mástil en uno de ellos me llamó la atención de inmediato; por alguna razón, la extraña palabra «knorr» pasó por mi cabeza. Cerca de la pared rocosa de la derecha, en la orilla, se veían los andamios y la carcasa de otro barco en construcción.
Caminamos por la terraza, descendiendo casi hasta el nivel de los techos de las casas más altas de la ciudad, y giramos hacia una de las escaleras excavadas en la piedra entre los edificios adyacentes a la pared rocosa. Por ella bajamos a la calle, donde vi ya habitualmente muchos parterres y ausencia total de vallas. Sin embargo, las mismas casas en sí eran arquitectónicamente diferentes de ese peculiar estilo draelin que vi en Difus: eran más anchas y de cierta manera más macizas, las ventanas tenían bordes anchos y uniformes, y los tejados, que se inclinaban hacia el mar, eran rectos y estaban cubiertos con placas negras brillantes superpuestas, hechas de algún material similar a la pizarra, lo que le otorgaba a todo el asentamiento un aspecto austero y pulcro. Sentí los pensamientos de Gilt de que había signos claros de participación de los enanos en la arquitectura de estos edificios.
Cuando la plaza ya apareció adelante, nos detuvimos enfrente de un edificio de dos pisos, al que el oficial llamó posada, diciendo que allí ya nos esperaban, después de lo cual agregó que pronto nos visitaría el sacerdote, mientras él mismo debería volver a su trabajo. El resto de los guardias se fueron con él, y nosotros entramos a la casa, abriendo una gruesa puerta de madera.
El interior de la posada no se podía comparar con el de la taberna de Difus: un amplio mostrador ocupaba la mayor parte de la habitación, del lado izquierdo había una escalera al segundo piso, y a la derecha de la entrada había una arreglada puerta para alguna especie de cuarto de servicio o de baño, pensé, recordando de repente la distribución de la posada en Fugir. El resto del espacio estaba ocupado por mesas de piedra con bancos.
Detrás del mostrador de verdad nos estaba esperando un draelin de baja estatura. Nos saludó alegremente y explicó que en el segundo piso podemos ocupar cualquier habitación, ya que no había más invitados excepto nosotros. Si queremos comer, nos cocinará algo rápidamente, y tras aquella puerta os podéis lavar. Diciendo esto, presumió con orgullo de que la ducha está equipada con los más modernos artilugios mágicos, en plan que el agua no se acaba y sale ya calentita, ¡como en las mejores casas de la capital!
Subimos al segundo piso y ocupamos habitaciones contiguas. Wunorse no dudó en ofrecerle a Jamél que compartiera con él la misma, a lo que la chica bromeó como de costumbre... aunque apenas se había quitado la mochila, salió revoloteando al pasillo y bajó corriendo las escaleras, pegando un grito de que saldrá por ahí a ocuparse de unos asuntos.
Las habitaciones resultaron ser espaciosas: una ventana con postigos, una cama y una mesa, y unos pinchos en la pared en lugar de un armario. Me quité la mochila, la dejé cerca de la cama, colgué la capa y el camisote de mallas en los pinchos y, quedándome sólo en pantalones, fui a lavarme, sin olvidar de llevar conmigo una muda de ropa.
En el pasillo me topé con los compañeros que tuvieron la misma idea y fuimos juntos al cuarto de baño. Resultó que ahí había sólo una regadera que sobresalía del techo, así que tuvimos que turnarnos. Nos alegró que al menos había un montón de mullidas toallas, oliendo a frescor y limpieza.
Luego le pedimos al alegre posadero que nos preparara la comida, a lo que respondió que nos llamará en cuando esté lista, y subimos a nuestras habitaciones. Tan pronto como me senté en la cama, unas terribles ganas de dormir se apoderaron de mí. No luché contra ellas y sólo por precaución activé la campana en la ventana de chat antes de caer en los brazos del sueño.
Capítulo 2
Me despertó el pitido de los mensajes de Wunorse, que me llamaba ir a verle. Jamél, decía, volvió con un sacerdote y habría que quedar para charlar. Estirándome, miré la hora por el rabillo del ojo y descubrí que había dormido casi cuatro horas; ya era de noche, lo que, sin embargo, era evidente incluso sin reloj, porque fuera de la ventana estaba ya completamente oscuro.
Salí al pasillo y vi que la puerta de la habitación del elfo estaba abierta de par en par. Se escuchaban voces desde la habitación, sin embargo, antes de entrar, llamé a la puerta de Gilt, habiendo tratado previamente de enviarle el pensamiento de que le necesitaba. Sentí que el enano ahora estaba ocupado con algún trabajo calmado, probablemente poniendo en orden su equipo.
Gilt no se hizo esperar mucho: después de abrir la puerta, él, sin preguntar nada, me siguió, tan sólo asintiendo comprensivamente. Me las arreglé para mirar dentro de su habitación, queriendo asegurarme de que mis sentimientos eran correctos, y vi sus armas dispuestas sobre la cama, varias herramientas pequeñas y trapos. Cerca también yacían su coraza y el yelmo roto.
En la habitación de Wunorse, como era de esperar, vimos a Jamél, y con ella a un elfo anciano con una túnica verde. El sacerdote se sentaba en la única silla, apoyándose en su bastón, y la chica se subió a la mesa, balanceando despreocupadamente sus piernas. Wunorse estaba sentado en la cama, y cuando me vio, miró juguetonamente a Jamél, suspiró con tristeza y palmeó la cama junto a él, invitándome a sentarme. Así lo hice. Gilt permaneció de pie junto a la cama.
— Este es el sacerdote mayor de Persuraiz, — la chica presentó al desconocido después de saludarnos. — También es el alcalde. Fue gracias a él que nos esperaban aquí.
— ¡Nos hacéis un gran honor! — el sacerdote me miró casi con adoración. — Retrasamos el envío de la siguiente entrega a los respetados caeltas, mañana por la mañana podéis partir con la caravana... Aunque no tuvimos tiempo de notificar de ello a los habitantes subterráneos, y puede que os espera una recepción muy poco hospitalaria, — con estas palabras le echó una ojeada a Gilt, que estaba quiero cual una columna, pero éste no reaccionó a su mirada.
— Nos prepararon vituallas para un mes y también nos proporcionaron equipo, — continuó Jamél. Ella saltó hábilmente de la mesa y comenzó a quitarse la mochila de su espalda, mientras el sacerdote se agachó al saco que tenía a sus pies. — No se sabe cuánto tiempo pasaremos en la Antípoda Oscura... y cómo se desarrollarán las circunstancias allí, por lo que deberíamos distribuir las provisiones con prudencia. ¿Tienes una bolsa mágica? — le preguntó a Wunorse.
— Sí, — respondió el elfo, saltó de la cama, quitó la bolsa del pincho en la pared y volvió a su lugar.
— Yo también, — Jamél señaló su mochila, que dejó sobre la mesa. — Entonces parte del equipo, en especial todo lo más pesado, tenemos que repartir entre nosotros dos. Parte de las provisiones, digamos, para una semana, tendremos que llevar cada uno de nosotros, el resto lo dividiremos por mochilas. ¿Objeciones? — por alguna razón nos miró a mí con el enano.
— No, — según mis sentimientos, de Gilt emanaba sólo una vaga ansiedad en víspera de la próxima reunión con sus congéneres. Al igual que a mí, la previsión de la draelin le parecía bien fundamentada. — ¡Muchas gracias por tu preocupación!
Los ojos del sacerdote se ensancharon ligeramente por mi gratitud, y me pareció que incluso un sonrojo apareció en su rostro... no, probablemente sea un juego de sombras después de todo: el draelin en este momento bajaba la cabeza hacia el saco y debí haberlo imaginado.
— ¡Perfecto! — exclamó Jamél alegremente y, como un torbellino, comenzó a sacar varios envueltos de su bolsa, logrando además ayudar al sacerdote y pasarnos algunos de ellos.
Aparte de las vituallas, entre los envueltos vi el ya familiar equipo de escalada, y a Wunorse la chica le pasó al menos dos carcajes más con flechas. Gilt recibió una pequeña ballesta con cuatro estuches de virotes que me pareció que tenían sujeciones para llevarlos en cintura. Cada uno de nosotros recibió un par de conjuntos simples de cambio de ropa.
La mayor parte de todas estas cosas los elfos guardaron de nuevo en sus bolsas mágicas, así que nosotros sólo nos llevamos una muda de ropa y un par de decenas de envueltos con comida. Al ver que intentaba abrir uno de ellos, curioso por su contenido, Jamél dijo que en su mayoría era carne seca y pescado con pan. Gilt examinó la ballesta, gruñó con satisfacción y le dio las gracias a la chica, a lo que ella asintió y sonrió. El sacerdote comentó, como si fuese algo evidente, que todas las flechas con virotes estaban encantadas.
— ¿Sabe usted algo sobre la Infraoscuridad? — preguntó Wunorse, terminando de empacar las cosas. — Me refiero a mapas, alguna información sobre los asentamientos, ¿qué debemos esperar?
— Por desgracia, no sabemos mucho, — el sacerdote extendió las manos. — Los draelin no somos visitantes muy frecuentes del mundo subterráneo... El asentamiento más cercano a nosotros, adonde va la caravana, ni siquiera tiene nombre propio. Sólo es un pequeño pueblo minero y un punto de tránsito, cuyo objetivo principal es mantener contactos con nosotros. Hace mucho tiempo allí vivían muchas más personas, pero después de la Guerra de los Dioses, el pueblo quedó vacío. Los mismos caeltas nos mostraron esta bahía y nos ayudaron a construir la ciudad, cuando les pedimos ayuda para crear un refugio oculto para los marginados. Sabemos que muchos túneles conducen desde este pueblo a todas las partes de Anleus, pero sólo los propios caeltas saben exactamente a dónde conducen. Desde el pueblo está tendido un ramal del ferrocarril que conduce lejos al noroeste, hacia la ciudad de Mercator, que, por lo que sabemos, es algo así como una ciudad enlace de los respetados caeltas, si no su capital, — con estas palabras, el sacerdote miró al enano con cierta turbación, pero éste seguía inmutable.
Yo también miré a Gilt y de repente escuché su voz en mi cabeza: «Es información clasificada y si mis congéneres se enteran de que te la dio, tendrá serios problemas». A pesar de un mensaje tan importante, sentí que mi amigo estaba tranquilo, él también creía que yo era lo bastante digno de recibir tal información, lo que significaba que, desde su punto de vista, el sacerdote no hizo nada reprochable.
— ¿Ferrocarril? — pregunté con sorpresa. De una manera muy común sonó esta palabra de los labios del sacerdote, lo que, en mi imaginación, no encajaba en absoluto con la vida medieval de este mundo.
— Sí, — el viejo elfo asintió. — Los caeltas usan un vehículo especial con ruedas con una propulsión mágica que rueda sobre rieles de metal para vagonetas. Según tenemos entendido, así es como consiguen trasladar rápidamente sus mercancías a largas distancias sin necesidad de utilizar portales. Creía que para los Convocados tal invento no es una novedad...
— Así es, — confirmé, y Wunorse asintió vigorosamente en confirmación de mis palabras. — Es que simplemente... me sorprendido un poco.
— Según tengo entendido, — continuó el sacerdote recuperándose de su turbación, — vuestro objetivo es buscar las ruinas en el lugar del destruido continente de Dracasm. Si existe alguien quien conozca las posibles rutas que llevan hasta allí, son los caeltas de Mercator. Pero dudo mucho que os dejen entrar siquiera al poblado, y mucho menos que les permitan usar el ferrocarril. Habéis brindado una asistencia invaluable a nuestro pueblo, y nuestra delegación les brindará todo el apoyo posible... pero a los caeltas no les gusta nada recibir extraños, — aquí de nuevo le echó una mirada esquiva a Gilt. — Tal vez vuestro amigo pueda ayudar de alguna manera a la causa... pero no me atrevo a adivinar cómo reaccionarán sus familiares ante su... ejem... condición actual.
— Haré todo lo que pueda, — dijo el enano hoscamente. — Pero probablemente necesitaremos algo de valor para conseguirlo. Y el problema no se puede resolver con oro, de eso bajo las montañas hay mucho.
— ¿Qué necesita tu gente? — le pregunté. — Después de todo, las piedras preciosas probablemente tampoco tengan para vosotros mucho valor. Y los artesanos también, según he escuchado, tenéis muy hábiles...
— La cosa es muy simple, — explicó Gilt con el mismo tono sombrío. — Comida. Hay una escasez constante de provisiones en la Infraoscuridad.
— Y ya me las arreglé para encargarme de esto, — dijo Jamél con aires de satisfacción, y el sacerdote por alguna razón frunció el ceño ante sus palabras. — La casa Nogost tiene gente aquí, y ellos tienen algunas existencias... los cuales liquidé casi por completo, — diciendo esto, la chica sacó de su bolsa una briqueta marrón, muy parecida a un pequeño bloque de madera, y me la entregó.
— Tarajum, — el enano dijo una palabra incomprensible, mientras yo examinaba el pequeño ladrillo. Al tacto era un poco blando y viscoso, y no tenía olor, salvo un sutil aroma a madera, además pesaba bastante, teniendo en cuenta su pequeño tamaño. — Es un alimento muy preciado en la Infraoscuridad, cuya receta se mantiene en secreto por los oscuros, — yo miré a Wunorse, pero él tan sólo sacudió la cabeza con desconcierto; parece que también oía mencionarlo por primera vez. — Con la ayuda de uno de estos bloques, se puede mitigar el hambre durante varios días, incluso más si se diluye con agua. ¿Y cuántos tienes?
— 132 piezas, — Jamél sonrió. — Todas las que logramos reunir y comprar en tan poco tiempo.
— Hmm... En Mercator, por esta cantidad puedes comprar una armadura completa, — dijo el enano esta vez con menos pesimismo. — Y en pequeños asentamientos por una de esas briquetas, te darán fácilmente un par de decenas de monedas de oro. Nos será de gran ayuda en la negociación.
— Por nuestra parte, hemos preparado para vosotros 16 cristales de maná llenos, — se apresuró a añadir el sacerdote con una mirada disgustada. Son mucho más valorados en la Infraoscuridad y pesan incomparablemente menos.
— Y les estamos muy agradecidos por esto, — no tardé en asegurarle al anciano, lo que inmediatamente borró el descontento de su rostro. — ¿Algo más que debamos saber?
— Creo que no, — el sacerdote se apoyó en el bastón y se levantó pesadamente. — Aquellos draelin que viajaron por la Infraoscuridad se quedaban cerca de los reverenciados caeltas o no regresaron... así que no tenemos ni idea de qué peligros podrían acecharos en la oscuridad del mundo subterráneo. ¡Les hemos ayudado en todo lo que pudimos... y que la Diosa bendiga vuestro camino y os guarde en la oscuridad!
Jamél inclinó la cabeza ante el sacerdote y nosotros seguimos su ejemplo. El elfo anciano agitó su mano sobre nosotros, golpeó el suelo con su bastón y se fue.
— Bueno, — Jamél se giró hacia nosotros. — La caravana está lista para partir mañana temprano... los guardias no están muy contentos con el forzado retraso — pasé a verles — así que no habrá problemas con ellos. Ahora podemos descansar, ¡y mañana nos pondremos en marcha de nuevo!
— El posadero local cocina bastante bien, — señaló Wunorse. — Ya me frió algo de pescado fresco, ¡así que os propongo montar una buena cena! Y luego podríamos subir a mi habitación, — le guiñó un ojo a la elfa, — y repartir el contenido de las bolsas equitativamente.
Jamél se echó a reír, agarró su bolsa y salió de la habitación. Nosotros, sujetando los montones de ropa y paquetes de comida entre los brazos, fuimos a nuestras habitaciones para acomodar estos bienes en las mochilas. No devolví el bloque de tarajum que me mostró Jamél, decidiendo quedármelo para probar.
Cuando regresé a mi habitación, comencé a empacar mi ropa en la mochila, pero me di cuenta rápidamente de que me tomaría mucho tiempo, ya que tendría que rehacerla por completo. Además, afuera de la puerta se escuchaban ya los pasos de mis compañeros, que estaban bajado las escaleras, así que decidí dejar esta tarea para después de la cena.
El pescado fresco servido por el posadero con verduras asadas realmente era muy bueno, y estuvimos sentamos con la comida durante varias horas. Wunorse y Jamél chanceaban sin descanso, el encargado bajito llenaba nuestras jarras de cerveza a medida que se vaciaban, y hasta el enano huraño, lo podía sentir, se relajó un poco y disfrutaba de este momento de paz.
Cuando finalmente nos hemos vuelto a nuestras habitaciones, no tenía nada de sueño: o mi siesta surtió efecto o no estaba centrándome mucho en el alcohol. Sea como fuere, me agradó, así que me puse a prepararme. Coloqué la mitad de los paquetes con comida en mi bolsillo mágico, donde también tiré el bloque de tarajum. Allí mismo puse el conjunto de ropa de cambio, lo demás guardé en la mochila. Después de revisar mi ropa de viaje, encontré un par de pequeños agujeros en mis pantalones, así que me senté a remediarlos, después lustré mis botas... cuando finalmente terminé las preparaciones, ya sentía algo de sueño. Sin embargo, aún no me apetecía irme a la cama, así que saqué un libro de mi bolsa, optando por estudiar orco, y por un rato me perdí entre los garabatos de la escritura cuneiforme, hasta que noté un zumbido en mi cabeza y pesadez en mis ojos. Dejando el libro a un lado, presioné el timbre junto a la ventana de chat y me apresuré a cerrar los ojos para no perderme el sueño.
Capítulo 3
Me pareció que acababa de quedarme dormido, pero los sonidos estridentes de los mensajes ya me resonaban desagradablemente en los oídos. Abriendo los ojos con dificultad, torcí la mirada hacia la ventana de chat, donde brillaban en la oscuridad las líneas que me escribió Wunorse. Él hizo caer deliberadamente algunas frases para despertarme, llamándome abajo: diciendo que ya era hora de marchar.
La mañana era muy temprana, ni siquiera estaba claro si ya había amanecido, pues las montañas que rodeaban la bahía proyectaban una espesa sombra sobre las ventanas de mi habitación, y aquí todavía estaba bastante oscuro. Sin embargo, el crepúsculo no me molestaba en absoluto, y me las arreglé para prepararme muy bien por la noche, así que no me tomó mucho tiempo estar listo para partir. Saltando al pasillo, casi me choqué con el enano. Él debe haber sentido que yo estaba a punto de irme, y también se apresuró a salir. Un poco más allá estaba plantado el elfo, mirándonos con una sonrisa.
— Jamél ya está esperando abajo, — explicó.
— ¿De verdad conseguiste llevártela a la cama? — pregunté con sorpresa.
— Lamentablemente, no... — Wunorse extendió las manos con una mirada triste, aunque su sonrisa aún brillaba en sus ojos. — Tan sólo pasó para despertarme.
— No te desesperes, — le guiñé un ojo. — De todos nosotros, ella vino a despertarte a ti, lo que significa que no todo está perdido aún...
Mi amigo suspiró con dramatismo, Gilt hizo una mueca y escupió, lo que nos sacó unas cuantas risas, y nos bajamos las escaleras.
El posadero estaba detrás del mostrador y parecía estar esperándonos, pues, apenas al vernos, se acercó corriendo y, con una mirada cómplice, le entregó a Wunorse un bulto, que éste guardó rápidamente en su bolsa mágica. A juzgar por el agradable olor, era algunos pasteles frescos tan queridos por el elfo.
Jamél realmente nos estaba esperando en la entrada y nos condujo a la plaza, desde donde giró a la izquierda, llevándonos a la parte oeste de la ciudad. Del mar tiraba un aire fresco, y hacía bastante frío, incluso me estremecí por el contraste con el calor en la taberna.
Pronto llegamos casi al lado de las rocas que rodeaban la bahía. La calle aquí se volvió inusualmente ancha, y vimos seis carros tirados por caballos alrededor de los cuales se movía un grupo de draelin. Los carros estaban llenos de carga a rebosar: a juzgar por la forma, de cajas y barriles cubiertos con lonas y atados con cuerdas. Yendo contra el monte, la calle se convertía en un camino que conducía a una amplia cueva.
Jamél saludó con la mano a un guerrero parado aparte que parecía estar dirigiendo los preparativos finales. Pero él sólo frunció el ceño en respuesta y le señaló con la mano el penúltimo carro de la caravana. A medida que nos acercábamos, nos dimos cuenta de que ahí había un espacio pequeño, libre de cajas, suficiente para acomodar a nosotros cuatro, sentados apretujados. Tuvimos que sentarnos sobre las mismas cajas, las que, al parecer, dejaron precisamente para este propósito.
Apoyamos nuestras espaldas contra la lona, tratando de ponernos cómodos. Afortunadamente, no tuvimos que esperar mucho: muy pronto los draelin se metieron en los carros y la caravana desapareció en la cueva. Al lado de cada conductor, los draelin encendieron tenues linternas, que sólo escondían de mi vista las pulcras bóvedas del paso. Al principio realmente parecían las paredes ásperas de una cueva natural, pero por más que conducíamos por este camino que descendía gradualmente, más rastros de trabajo de pico notaba.
A veces, el camino giraba suavemente de un lado a otro, pero la mayor parte del tiempo el túnel discurría recto y era muy monótono: ancho y adentrándose constantemente más y más en las entrañas de la tierra. Después de un par de horas, me cansé de mirar las ásperas paredes de este pasaje subterráneo y pensé que si no hubiera una bóveda de piedra sobre nosotros, este viaje no sería diferente del viaje más común por la superficie. Cerrando los ojos, comprobé que la leve tensión que me causaba el estar en un espacio confinado realmente retrocedía ante tal sugestión, e incluso logré adormecerme con el uniforme crujido de las ruedas, el monótono vaivén del carro y el ruido de cascos de los caballos.
En cuando el avance constante de los carros disminuyó, abrí los ojos y miré a mi alrededor. Resultó que la caravana avanzaba ahora por un pasaje tan estrecho que, asomándome del carro y estirando el brazo, podía intentar alcanzar la pared más cercana. En las paredes era visible la mampostería de vetustos bloques de piedra, algunos de ellos cubiertos de musgo, otros ennegrecidos por el tiempo, los que se notaba incluso en el crepúsculo reinante.
Escuché voces adelante, y mirando en aquella dirección, vi pesadas puertas de hierro bloqueando el paso. Figuras bajitas se acercaron a los guerreros draelin desmontados del carro delantero, y las puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Pronto entramos en una cueva, que me dejó boquiabierto por su tamaño. Su techo era tan alto que estaba oculto en la oscuridad, de la que tan sólo sobresalían algunos afilados picos de estalactitas especialmente gigantescas. Y en la cueva misma había una ciudad. Al menos esa es la impresión que tuve cuando vi los montones de edificios que parecían enormes cajas apiladas una encima de la otra. Pero rápidamente quedó claro que la mayoría de estos edificios estaban abandonados: las aberturas de las ventanas oscurecían vacías, algunos techos planos se derrumbaron y muchas casas se inclinaron o se convirtieron por completo en ruinas.
La caravana se detuvo en una amplia plaza y finalmente saltamos del carro. Ya se nos estaban acercado enanos de aspecto hosco con extrañas armaduras de placas y yelmos planos. Los carros se pararon en un semicírculo, y estaba perfectamente claro que el mismo destacamento de guerreros se acercaba al jefe de guardia de la caravana, así que, para evitar incidentes, nos apresuramos hace allá.
Me fijé en que el guerrero draelin con el que habló Jamél y que, aparentemente, dirigía el destacamento, ahora mismo está hablando con un enano que se diferenciaba del resto de sus congéneres en una armadura con placas más anchas y macizas y un yelmo que tenía una cresta inusual y aletas que protegían las mejillas. «En cierta manera se parece al antiguo casco griego del tipo chalkid, — apareció un pensamiento extraño en mi cabeza, — sólo que la parte superior es demasiado plana...» Cuando nos acercamos, el draelin agitó su mano en nuestra dirección y se alejó hacia los carros donde estaban ahora sus compañeros ayudando a los recién llegados trabajadores enanos a retirar las lonas.
Nos quedamos rodeados por todas partes por los enanos armados. Aun así, sentía que Gilt estaba tranquilo, así que tampoco estaba nervioso.
— Yodr, — Jamél salió adelante, — ¡que tengas largos años!
— ¿Jamél? — el enano se quitó el casco y miró sorprendido a nuestra guía. — Chiquilla, ¿de verdad eres tú?
El enano pasó la mano por su ya bastante enredado cabello de brillante color pelirrojo y entrecerró los ojos. Con su rostro barbudo y arrugado, parecía un vetusto anciano, pero la facilidad con la que llevaba su armadura pesada, la anchura de sus hombros y toda la conducta confiada y desenvuelta enseguida ponían duda la exactitud de tal conclusión.
— Tus ojos no te fallan, — sonrió Jamél. — Mi padre te envía saludos y espera volver a verte en el consejo.
— Ya no estoy para ir de consejos, — el enano se dio una palmada en la frente con el dorso de su guantelete y se volvió a poner el casco. — Pero vale contigo... Balfor me dijo que la caravana se retrasó por culpa de unos «invitados» que quieren ir a Mercator, ¿y supongo que vosotros sois esos mismos invitados? — la tenaz mirada del anciano pasó sobre nosotros, deteniéndose especialmente en Gilt.
— La caravana se retrasó a pedido del padre, — comentó Jamél suavemente, asintiendo ante las palabras de Yodr. — Y estos son mis camaradas, realmente necesitamos algo en Mercator.
— Un humano, un saelin y un caelta muerto... — dijo el enano estirando las palabras. — ¿Entiendes qué bronca me caerá si os dejo pasar?
— Son los Prometidos, Yodr, — dijo la chica en voz baja pero firme. — Gracias a ellos, el Corazón está reunido al fin.
— Es una muy buena noticia, — respondió Yodr con respeto. — y esto explica muchas cosas... ¿Convocados? — nos miró, y por alguna razón asentí involuntariamente, notando que Wunorse hizo lo mismo. — ¿Incluso tú? — el anciano miró a Gilt.
— No, — nuestro compañero se quitó el yelmo, aparentemente para que se podía ver mejor su rostro. — Soy Gilt de Wundrak, y me levantó él, — ahí el enano me señaló con la mano, — después de que caí con honor en combate, — varios guerreros enanos de aquellos que nos rodeaban exhalaron ruidosamente. — No tuve tiempo de llegar a los salones del Padre y, por mi propia voluntad, decidí devolverle la deuda de mi vida a un amigo que más de una vez me había ayudado en momentos duros, — las palabras de Gilt sonaban marcadas e incluso con cierto tono solemne, pero yo sentía que él no quería decir todo esto en absoluto, aunque claramente se estaba preparando para ello, y en su voz se destacaba incluso cierto tono de orgullo.
— Anlein... — dijo Yodr arrastrando las palabras, y por la entonación de su voz se podía entender lo pasmado que estaba. — Estás muy lejos de casa.
— Serví como representante de ventas en Ekrand, — explicó el enano. — Los saelin destrozaron a mi tienda, y a mí me vendieron como esclavo con el pretexto de que sirvo a la oscuridad, — entre los guerreros hubo varias exclamaciones con maldiciones. — Estos dos me rescataron, además el luminoso pagó para comprarme en la subasta, a pesar de que así se había hecho peligrosos enemigos. Tuvimos que huir a Draón, donde aceptamos una misión de ayudar a los oscuros. Durante esta misión, caí en combate con los Convocados de un clan local, quienes nos atacaron a traición desde una emboscada, ya en el camino de regreso, — Gilt terminó la historia bajo el murmullo enojado de guerreros simpatizantes del alrededor.
— Así que, ¿eres un nigromante? — Yodr me miró.
Tan sólo señalé en silencio al amuleto en mi pecho.
— El dios muerto... — el anciano se pasó los dedos por la barba pensativo. — Y si no me fallan los ojos, no es para nada un simple amuleto... Bueno, creo que tengo una solución que nos complacerá a todos.
— ¡Eso sería genial! — exclamó Jamél con alegría.
— No puedo dejar pasar a extraños de ninguna forma, sean éstos Prometidos o no, incluso bajo la garantía del mismísimo sacerdote supremo de Vesla... El Padre de las Montañas no interfiere en el conflicto de los dioses, — explicó solemnemente Yodr. — Sin embargo, si son amigos que vienen a rescatarnos en un momento de dificultad, no podré negarles nuestra hospitalidad. Y nosotros justamente tenemos problemas, además acordes a tu condición de nigromante...
— ¿Qué os ha ocurrido? — pregunté, el caso estaba tomando un giro interesante; yo ya estaba empezando a calcular seriamente cuánto tendríamos que pagar por el pasaje.
— Los no muertos, — el anciano separó las manos, — ¿qué más podía pasar? Aquí cerca hay un antiguo cementerio. Ahora somos pocos y rara vez enterramos a nuestros muertos allí.
El enano señaló con un amplio gesto las casas abandonadas alrededor.
— Pero antaño, como podéis ver, aquí vivieron muchos caeltas, por lo que en el cementerio hay incluso criptas enteras... Hace unos meses, los muertos vivientes atacaron un destacamento de mineros. Los chicos se defendieron, por supuesto, pero después los no muertos comenzaron a atacar más y más a menudo. Ahora la situación ha llegado al punto de que cualquier viaje en aquella dirección debe ser acompañado por guardias.
— ¿Por qué no habéis solucionado este problema vosotros mismos todavía? — vi que los enanos tenían suficientes guerreros; también noté que varios enanos comenzaron a alejarse de nosotros hacia las casas más cercanas, y el resto hace mucho había quitado las manos de sus armas y permanecía cerca más bien por el interés en la conversación.
— Porque no tenemos magos con nosotros, — explicó Yodr. — Solicité ayuda, pero hasta que llegue, pelear para entrar al cementerio es una empresa bastante inútil. En cambio, para un nigromante no debería ser demasiado difícil... y si nos ayudan, no podré negaros nuestra hospitalidad.
Frente a mis ojos apareció una ventana: "Gracias al aval de parte de los elfos oscuros, le han ofrecido la misión de reputación „Librar al asentamiento enano de la amenaza de los muertos vivientes“: necesita explorar el cementerio, encontrar el causa de la amenaza y deshacerse de ella, en caso de rechazar la misión o fracasar en el cumplimiento de ésta, la actitud temporalmente neutral de los enanos hacia su grupo se volverá a hostil, en cambio si tiene éxito, su reputación para todos los enanos se volverá neutral y amistosa para los enanos locales, lo que le garantiza plazas en el tren a Mercator".
— Está bien, — asentí con la cabeza tanto a mis camaradas que me miraban, como a los enanos. — Necesitamos saber cómo llegar allí, y podemos partir ahora mismo.
— Será mejor que os deis prisa, — comentó Yodr. — Cargar las mercancías llevará algún tiempo, e incluso puedo detener un poco el tren, pero si pierden su salida, tendréis que esperar el siguiente muchos días... ¿Qué, muchachos, alguien se apunta para llevar a nuestros visitantes al cementerio? — gritó él en dirección a los guardias que quedaban a nuestro alrededor.
Varias manos se levantaron inmediatamente.
— Perdonadme, — gruñó el anciano, — pero sólo puedo dejaros un guía... ¡Valtek! Que seas tú...
Se escucharon exclamaciones de decepción entre los guerreros, y éstos comenzaron a dispersarse, mientras uno dio un paso hacia nosotros y le tendió la mano a Gilt. El enano respondió de la misma manera y se agarraron de los antebrazos. A nosotros Valtek no nos honró con semejante trato.
— Bueno, pues daos prisa y que el Padre os guarde en el camino, — Yodr se despidió de nosotros y se dirigió hacia Balfor, que estaba repartiendo instrucciones no muy lejos.
El enano que se quedó con nosotros nos condujo por la calle que se dirigía desde la plaza hacia el este, y pronto nos encontramos serpenteando entre las ruinas de este antiguo asentamiento.
Capítulo 4
Literalmente unos minutos después, me empezó a parecer que estamos vagando en medio de piedras apiladas caóticamente una encima de la otra. Ninguno de nosotros encendió las luces, y esto volvía a todo lo que nos rodeaba aún más lugubre, como si estuviéramos atravesando de noche las ruinas de una ciudad destruida hace mucho tiempo. La oscuridad no era total, los destellos de un tenue brillo reflejado de las estalactitas en el techo de la cueva permitían a los elfos ver, y de los enanos parecía extenderse cierta aura de calma, con tanta confianza y habitualidad se desenvolvían.
Mientras estaba ocupado evaluando el entorno, salimos de las ruinas y caminamos por un espacioso túnel rectangular que parecía un corredor: se veían rastros de mampostería en las paredes y las vigas de soporte salían a la vista de vez en cuando; sin embargo, todo parecía muy deteriorado. El pasaje descendía lentamente. Echando un vistazo al suelo aplanado, logré distinguir apenas perceptibles marcas de ruedas, percatándome por el rabillo del ojo de la notificación emergente sobre éxito en rastrear y de correspondiente acumulación de experiencia.
Aproximadamente una hora después, Valtek giró a una bifurcación que se dirigía a la derecha del corredor principal, advirtiéndonos que de aquí ya teníamos muchas probabilidades de toparnos con los muertos vivientes. Los elfos desenvainaron sus arcos — noté que Wunorse no sacó su arco de oscuridad, usando uno de repuesto — y prepararon flechas, las cuales veía como si estuvieran envueltas en una neblina de color blanco lechoso.
Los enanos salieron delante con sus escudos prestos y caminaron con mucha más cautela. Yo iba justo detrás de Gilt, mientras que Wunorse y Jamél se mantenían a unos metros detrás de Valtek. En este orden, caminamos durante bastante rato, pero no encontramos ningún peligro. Aquí estaba ya muy oscuro, y me pareció que cuanto más nos alejábamos de la bifurcación, más audible se volvía un indistinguible susurro en el resonante silencio de la mazmorra.
El primero en no aguantar fue Wunorse, quien pidió que nos detuviéramos para encender una linterna. Fue en ese momento que recordé mis kantrips y, sacando el grimorio, invoqué las luces danzantes. Creé dos bolitas luminosas, dejé una colgando detrás de nosotros y envié la segunda unos diez metros más adelante. Seguimos caminando y, mientras nos movíamos, comencé a ajustar el brillo de las luces, tratando de lograr que no me cegaran mi visión oscura.
Este túnel se veía aún más vetusto, una gruesa capa de polvo crujía bajo mis pies, y de vez en cuando divisaba en él algunos rastros; sin embargo, su significado no me estaba nada claro. Wunorse probablemente entendía mucho más, pero no importa cuánto miré su rostro concentrado, no dijo ni una palabra.
La monotonía del corredor era deprimente, y la tensión se volvía insoportable, cuando de pronto Wunorse ordenó: «Alto» y sacó una flecha de su carcaj.
— Escucho ruido más adelante, — explicó, y Jamél asintió con afirmación.
— Yo no escucho nada, — murmuró Valtek después de que nos detuviéramos.
Yo tampoco escuchaba ruido, pero algo me estaba molestando.
— ¿No escucháis hace ya rato un leve susurro? — pregunté, por alguna razón bajando la voz.
— ¿Susurro? — preguntó Jamél sorprendida y torció la cabeza como agudizando los oídos. — No, antes de ahora todo estaba sorprendentemente silencioso.
Wunorse asintió, y los enanos ni siquiera me miraron, porque bajo la luz parpadeante de la bolita danzante de delante aparecieron siluetas humanoides.
— ¡Esperad! — les pedí a los elfos que ya tensaban sus arcos. — Quiero probar mis nuevas aptitudes.
Mis compañeros asintieron, sin embargo, sin aflojar las cuerdas de sus arcos, y Valtek murmuró algo ininteligible por lo bajo.
Esperé hasta que las figuras que se acercaban lentamente estuvieron plenamente a la luz de la bolita, guardé el libro, recordándome con molestia una vez más que era necesario coser a la capa un soporte para sujetarlo, y levanté el amuleto frente a mí. Con una suave pulsación, frente a mí se extendió en un arco una línea que, aparentemente, marcaba el área de efecto de la aptitud.
Había cuatro no muertos arrastrando sus pies con torpeza. A juzgar por su estatura fornida, en vida eran enanos. Iban vestidos con armadura, aunque en un estado deplorable, pero, para mi sorpresa, en su mayor parte todavía entera, pero debajo de los cascos, nos miraban los cráneos con las cuencas de los ojos vacías.
Los enemigos ya estaban al alcance, así que concentré la energía negativa en mí y la liberé a través del amuleto. Para mí, esto se veía como una salpicadura negra saliendo en todas direcciones, eclipsando momentáneamente la tenue iluminación en el túnel. Sin embargo, la ola de energía desapareció, y los no muertos seguían acercándose con la misma torpeza de antes.
Me fijé a la ventana del sistema, que decía que, de acuerdo con los resultados de la prueba, el nivel máximo de no muertos afectados por la aptitud era el octavo, y en total, obtuve 11 niveles para controlar durante este intento. No apareció ningún ícono adicional, además logré sentir que no había afectado a los muertos vivientes de ninguna forma... ¿Será que tienen un nivel más alto?
Fijándome a los muertos que ya habían dejado atrás mi bolita de luz, logré que sobre las cabezas de los monstruos aparezcan los carteles de «Esqueleto profanado del guerrero enano». Además, los cuatro eran del décimo nivel, y si sólo eran los no muertos débiles en las afueras del cementerio, mi aptitud resultaba bastante inútil.
— No funciona, — dije abatido, y en ese mismo momento los elfos descargaron sus arcos.
Las flechas se clavaron a las dos criaturas que caminaban delante y las envolvieron en un brillo blanquecino. Valtek maldijo, y los enanos levantaron sus escudos y se colocaron en medio del pasillo para no dejar pasar a los enemigos.
Decidí intentarlo una vez más y ahora comencé a concentrar energía positiva, que pronto salió de mi amuleto con un destello cegador. Y de nuevo, no ha causado ningún efecto, excepto que uno de los no muertos disminuyó su andar por un instante, para luego caer al suelo... pero esto se debió más a que otra flecha lo atravesó, vaciando su barra de vida, que a mis esfuerzos... Además, esta breve vacilación suya bien podría imaginármela, con tantos deseos de conseguir al menos algún resultado. Menos dos intentos de siete disponibles por día.
Incluso a pesar de algunos problemas causados por mis experimentos, los arqueros hicieron su trabajo a perfección: sólo un no muerto llegó hasta los enanos, y primero recibió de Gilt con el martillo, para caer después hacia atrás del lanzazo que le propiné con mi bastón, con el cartel sobre su cabeza volviéndose gris.
— No te desesperes, — Wunorse me dio una palmada en el hombro, — otra vez son no muertos profanados, y parece que nuestro patrón no tiene poder sobre ellos.
No le dije a mi amigo que no alcanzo a los monstruos locales en términos de nivel, y fui hacia los enanos para recolectar energía de los muertos vivientes. Cuando toqué el primer esqueleto que golpeé con mi bastón, descubrí que mi arma estaba completamente cargada: apareció un indicador 100/100 sobre la superficie de piedra. Mientras me preguntaba si valía la pena dejar a los enemigos derrotados por el momento para recolectar energía en el camino de regreso, o si era mejor eliminar cualquier riesgo, un susurro ya conocido se escuchó de la pila de huesos y partes de armadura a mis pies. Dando un paso atrás, obligué a bajar la bolita de luz, percatándome de que mis compañeros relajados comenzaban a levantar sus armas, lo que significaba que también escucharon este sonido.
Volviendo mi atención al montón de restos, vi metal oxidado y huesos desmoronarse en polvo y algo retorciéndose en él. Al remover el montículo de polvo con la punta de mi bastón, descubrí varios brotes de un anormal color verde cuales, retorciéndose como orugas o gusanos gordos, intentaban enroscarse en el suelo de piedra.
— ¡Raíces! — jadeó Jamél.
Valtek estaba a punto de dar un paso hacia nosotros, levantando el pie para aplastar esta asquerosidad con su bota cubierta de metal, cuando de repente los brotes, como si se dieran cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos, se estremecieron, se endurecieron, convirtiéndose en madera en un par de instantes, y se desmoronaron en polvo. El pie del enano se estrelló contra el suelo, levantando una nube de polvo que hizo que Wunorse maldijera. En ese mismo instante lo mismo sucedió con todos los demás enemigos: no nos quedó nada útil, a menos, por supuesto, que contemos los 450 puntos de experiencia conseguidos.
Volviendo a la formación, continuamos avanzando y unos minutos después salimos a una cueva no muy alta y ancha. La luz trémula de las bolitas arrebató de la oscuridad las filas uniformes de tumbas y los pasajes entre ellas, formando una especie de calles. En algunos lugares se podían ver edificios mucho más grandes, que con sus contornos rectangulares provocaban en mí una involuntaria comparación con cobertizos. Probablemente, eran aquellas criptas que mencionó Yodr. Conseguí contar cuatro de esos edificios, cuando Valtek interrumpió repentinamente el silencio:
— Os he guiado hasta el cementerio, — dijo el enano con cara lúgubre, — pero no iré más lejos. Me quedaré aquí, y si los no-muertos vendrán en masa, me retiraré... Espero que recuerdan el camino de regreso.
— ¿Está seguro, querido Valtek? — preguntó Jamél de manera insinuante.
— La última vez que estuve aquí, — respondió el enano enojado, — las lámparas de la bóveda estaban funcionando. Y vuestro nigromante tampoco parece muy eficaz... Me ordenaron mostraros el camino, no meterme en un lío suicida.
Envié una de las luces al techo y pude ver enormes y gruesas raíces entrelazadas, que cubrían la bóveda de la cueva cual olas abultadas. De uno de esos plexos sobresalía oblicuamente, medio arrancado del techo, un pedestal de piedra con un cristal en forma de diamante, que brilló débilmente con su borde pulido. Estaba oscuro y no muy diferente de la piedra; incluso si era una lámpara, las raíces, obviamente, la habían dañado.
No le dijimos nada a nuestro guía y bajamos los anchos escalones que conducían desde la entrada de la cueva hasta una pequeña plazoleta donde se alzaba una estatua de un enano con un martillo en alto. Numerosas «calles» de pasadizos entre las tumbas se bifurcaban más allá de la estatua. Me apresuré a enviar las luces en diferentes direcciones, tratando de iluminar el mayor espacio posible para detectar posibles enemigos escondidos. Todavía no se veía a nadie cerca, pero más lejos, en la oscuridad, me pareció detectar algún movimiento.
— ¿Y qué hacemos? — Gilt expresó con voz desapasionada los pensamientos que probablemente pululaban en la cabeza de cada uno de nosotros en este momento.
— Necesitamos encontrar la fuente del problema, — constató Jamél lo obvio.
— Los no-muertos con los que nos encontramos estaban profanados, — dijo Wunorse. — Además están estas raíces... Todo se parece mucho a aquella mazmorra donde nos conocimos, ¿verdad, Sin Nombre? Lo que significa que por aquí en algún lugar hay un jefe, con suerte uno que levanta a los no-muertos profanados. A ese lo tenemos que cargar. Es bastante lógico que este jefe se esconda en una de las criptas que habrá por aquí, lo que significa que tendremos que registrarlas todas...
— ¿Es algún tipo de lógica de los Convocados? — preguntó Jamél con curiosidad. — ¿O simplemente la experiencia de un aventurero avezado?
— ¡Ambas cosas! — se infló jactanciosamente el elfo.
La chica se rió en voz baja y avanzamos lentamente por el camino del extremo izquierdo. Pronto nos vimos rodeados por hileras de tumbas rectangulares. Noté los hermosos adornos tallados en la superficie de los sarcófagos de piedra y las tablillas biseladas en las cabeceras, con nombres y una lista de méritos, así como alguna imagen en relieve de arma o cierto elemento de armadura. De vez en cuando nos topamos con sarcófagos vacíos con losas partidas o arrojadas de costado.
La silueta de una cripta rectangular apareció delante, pero aún no podía deshacerme de la extraña sensación de un crujido, que ahora también comenzó a tener para mi cierta dirección: a la derecha de nosotros y más hacia el centro del cementerio. Nos acercamos a un edificio con hermosos frescos de escenas de batalla en las paredes laterales y una gruesa puerta de hierro, en la que había un grabado en el lado del pasaje entre las tumbas, y todavía me atormentaba esa sensación obsesiva y de picazón. Incluso comencé a forzar la vista con todas mis fuerzas para ver las corrientes de energía mágica, pero entonces Wunorse hizo ruido con la puerta y perdí la concentración.
— Cerrado, — respondió el elfo a mi mirada.
— Aparta, — le dijo Jamél, metiendo la mano en su bolsa del cinto.
— ¿Seguís sin oír el crujido? — pregunté un poco intempestivamente.
Los elfos me miraron sorprendidos, Jamél incluso paró de hurgar con sus ganzúas, sólo Gilt siguió vigilando los pasajes impasiblemente.
— Nada de nada, — respondieron susurrando a la vez.
— Tengo una... eh... premonición, — intenté explicarme confusamente. — Es como si algo estuviera rascando en mi cabeza, por lo que sé la dirección aproximada hacia la fuente de este crujido.
— Creo que vale la pena hacerle caso, — las palabras de Wunorse sonaron extremadamente serias, y Jamél asintió y guardó el paquete con el equipo del ladrón de vuelta en su bolsa. — Muestra dónde.
Señalé con mi bastón la dirección de donde, según me pareció, procedía el borroso crujido, y en la primera bifurcación posible giramos hacia la derecha, dejando atrás la cripta sin abrir.
Un par de minutos más tarde, delante aparecieron dos no-muertos, que ni siquiera tuvieron tiempo de darse la vuelta, alcanzados por una lluvia de flechas de los elfos. Sin embargo, el movimiento en las sombras a los lados y detrás de nosotros pareció intensificarse. Aceleramos el paso.
Dos veces más nos encontramos con esqueletos solitarios deambulando entre las tumbas, que nuestros tiradores destruyeron fácilmente. Luego giramos a la derecha, avanzando nuevamente con respecto a nuestro rumbo original. Podría jurar que veo un tenue resplandor verdoso en la oscuridad frente a nosotros, pero aún tenía ciertas dudas de si mi vista me juega una mala pasada. Me preguntaba si alguien más estaba viendo este resplandor, pero no era el momento adecuado para hacer preguntas: las sombras alrededor parecieron cobrar vida y las pisadas de los muertos vivientes se podían escuchar por todos lados. De repente aparecieron dos esqueletos profanados detrás de las tumbas a los lados de nuestro pasaje, y otro más apareció detrás.
Uno fue abatido por los elfos, el segundo fue interceptado con el escudo por Gilt y entre dos pudimos acabar con él, pero el que vino detrás casi agarró a Jamél, quien tuvo que soltar su arco y desaparecer en las sombras para aparecer en otro instante detrás del no-muerto y atacar al esqueleto con su espada encantada. Ya estábamos corriendo para ayudarle, así que pude ver su paso de sombra en todo su esplendor, si, por supuesto, se puede decir así sobre esa aptitud.
Volviendo rápidamente a nuestra formación anterior, nos apresuramos a seguir. Logré maravillarme ante la compostura de mis camaradas en una situación que se deterioraba rápidamente. Vale, nosotros somos jugadores, pero Jamél... aunque, probablemente, ella puede realizar este truco con las sombras si la situación se vuelve completamente desesperada. Y entonces pensé que no nos hemos atado a ningún punto de resurrección desde que llegamos al nuevo continente... ¿adónde nos tirará si nos palmamos aquí?
Sin embargo, no hubo tiempo para pensar mucho, dado que delante ya se podía vislumbrar la silueta de la cripta, iluminada en mi visión por un halo verdoso, y el crujido desapareció... ¿o tal vez fue expulsado de mi cabeza por la tensión de la pelea?
Cuatro esqueletos se tambaleaban enfrente de la puerta de la cripta, dos más salieron de los pasillos laterales entre las criptas y uno apareció de la oscuridad detrás de nosotros. Fue el primero a quien los elfos derribaron, asegurando nuestra retaguardia. Aunque de los esqueletos que se lanzaron hacia nosotros de frente, sólo pudieron acabar con uno. Me dio tiempo de sacar el grimorio y lancé un cono de fuego de palmas llameantes desde la espalda de Gilt, quemando con éxito a los cinco enemigos restantes. El enano golpeó al que se acercó con su martillo y bloqueó el golpe del no-muerto con su escudo.
Los elfos arrojaron flechas a las criaturas que se acercaban, pero no derribaron ni una; yo escondí el libro y golpeé al enemigo de Gilt con mi bastón. Este volvió a golpear al enano, esta vez acertándole con su espada en la pierna. Dos esqueletos a los que dispararon los elfos entraron en cuerpo a cuerpo con Gilt, y éste, con ojo entrenado, identificó al más herido, y le hizo volar con un martillazo, vaciando la barra de vida del monstruo, además logrando golpear a su agresor inicial con el mismo swing.
Mientras tanto, los elfos dirigieron sus disparos hacia dos esqueletos que se acercaban. Jamél mostraba milagros de precisión: disparó menos flechas, pero todas daban en el blanco. Wunorse acertó sólo una esta vez. Gilt repelió ambos ataques de sus enemigos y alcanzó a uno de ellos. Al mirar sus barras de vida, vi los ridículos números 3 y 2. Inmediatamente quise probar la canalización de energía en un combate real, así que toqué a los torpes no-muertos con mis manos, vertiéndoles un poco de energía positiva. Las inscripciones sobre sus cabezas se volvieron grises de inmediato y los esqueletos se desmoronaron con un estrépito repugnante en el suelo de piedra del camino entre las tumbas.
No fue difícil acabar con los restantes, e inmediatamente después de que el último esqueleto se desmoronara, Wunorse se apresuró a recoger las flechas lanzadas, mientras Jamél se agachó frente la puerta de la cripta, sacando herramientas. Gilt se quedó vigilante al lado, observando con cautela las tumbas cercanas, y yo me paré detrás de él, puse mi mano en su hombro y vertí un poco de energía negativa en él para reponer los puntos de salud perdidos. El enano ni siquiera se movió, seguía girando lentamente la cabeza de un lado a otro, pero sentí una oleada de gratitud que emanaba de él.
Aún no se habían acercado más enemigos, aunque el movimiento en las sombras seguía siendo igual de intenso. Sin dejar de mover las luces a nuestro alrededor, eché una ojeada hacia la cripta. A diferencia de la que vimos un poco antes, ésta estaba cubierta de raíces, y la puerta con la que se entretenía Jamél parecía estar carcomida por el ácido, hasta el punto de que no quedaba ni rastro del grabado.
Se escuchó un sordo clic metálico y Jamél se levantó, envolviendo sus herramientas en un paño oscuro.
— Listo, — gritó. — Sólo que me resultará algo difícil abrirla por lo que pesa...
Wunorse dejó de buscar flechas y se abalanzó hacia nosotros, mientras Gilt asintió, colgó su escudo a su espalda y apoyó su hombro en la puerta. Con un largo chirrido y el repugnante sonido de raíces rompiéndose, la puerta se abrió y entramos. El enano se apresuró a entornar la puerta desde dentro para cortar el paso a posibles refuerzos de no-muertos, o para complicarnos la salida, según se mire...
Capítulo 5
Luces danzantes iluminaron la pequeña sala de la cripta. Nos detuvimos en los anchos escalones que conducían a la puerta de las catacumbas, sobre las cuales se elevaba una antaño majestuosa estatua de guerrero enano. Ahora todas las paredes estaban cubiertas de raíces que brillaban húmedas entre el deslumbre de las luces; una de estas raíces aparentemente arrancó la cabeza de la estatua, ya que no se la veía por ninguna parte, convirtiendo la ya sombría imagen del interior en una completamente amenazadora.
La gruesa puerta de metal, más parecida a una losa, estaba rota y parecía un agujero con bordes irregulares cóncavos hacia adentro, como si le hubieran disparado una bala de cañón gigante a quemarropa. Wunorse, al ver esta imagen, silbó y Gilt colgó su martillo al cinto y palpó con cuidado el metal doblado. Sentí su desconcierto.
Las luces se deslizaron hacia el interior e iluminaron un pasillo estrecho, densamente cubierto con raíces. El enano se metió por el agujero y yo me apresuré a ir tras él. El techo aquí era tan bajo que casi tocaba las raíces que lo cubrían, y el pasillo seguía recto. En algún lugar allí, en la viscosa oscuridad, me parecía notar un pútrido resplandor verdoso. Aquí y allá, a los lados, se veían nichos entre las raíces. Acerqué la luz a uno de ellos y vi un sarcófago partido de piedra, más elegante en comparación con los que había en el cementerio.
Ni siquiera tuvimos tiempo de caminar un par de pasos cuando delante aparecieron enemigos: dos muertos vivientes vestidos con armaduras. Situados hombro con hombro, bloqueaban todo el paso. En sus manos sostenían escudos de torre, en cuyos lados sobresalían las puntas de sus lanzas. Moviendo metódicamente los pies, con una aterradora sincronía mecánica, comenzaron a acercarse lentamente.
En vida, eran enanos, por lo que había mucho espacio desde sus cabezas hasta el techo, y lo aproveché para enviar las luces más adelante. Hasta donde podía ver, había al menos dos filas más de guerreros detrás de los escuderos, y los que caminaban en segundo lugar tenían lanzas largas. Wunorse disparó una flecha, me pareció más para probar que para hacer daño, y ésta golpeó el escudo del enemigo con un sonido resonante. No me pareció que los no-muertos reaccionaran de alguna manera al disparo; seguían portando sus escudos de manera uniforme. Sin embargo, igual no necesitaban hacer nada, ya que sus enormes escudos los cubrían de manera bien fiable.
— Tenemos problemas, — Wunorse resumió la situación con una voz tensa.
— Tengo un hechizo de tercer nivel, — me di cuenta rápidamente. — Quizás dos...
— ¡Guau! — exclamó el elfo con alegre asombro. — ¡¡¡Tienes una clase chetada!!!
— Puedes perforar su formación, — Gilt ya entendió mi idea.
— Al menos intentaré hacerlo, — confirmé un poco nervioso. — Aunque, será la primera vez en un combate real...
— El corredor está estrecho, — Wunorse se recompuso rápidamente, — así que con Gilt atacaré yo.
— Hoy ya no podré adentrarme más en las sombras, — dijo Jamél con ligera molestia, — así que os cubriré con flechas.
Gilt se hizo a un lado y yo di un paso adelante. Detrás de mí escuché a Wunorse guardar su arco y al enano ofreciéndole usar su espada de fuego. Pero necesitaba concentrarme y, apoyando el bastón en mi hombro, saqué el grimorio. Mi mano se deslizó dentro de la bolsa mágica en mi cinturón, de la que saqué una pequeña varilla de vidrio y un trozo de piel. Después de leer el hechizo, que sonó como un recitado melodioso en la oscuridad de la catacumba, apreté los ingredientes en mi puño y las dos cosas se deshicieron en pequeñas chispas que volaron hacia el bastón. Cediendo a una repentina inspiración, decidí gastar la energía que llenaba mi arma de piedra, que fácilmente nutrió el tejido del hechizo; el bastón comenzó a brillar y se envolvió en pequeñas descargas de color azul claro.
Apuntando con mi arma a los no-muertos, que ya estaban a escasos metros de mí, grité la frase activadora, que no era más que el nombre del hechizo en el fatrod. Desde la punta del bastón enseguida saltó hacia adelante un enorme rayo, que me pareció mucho más grueso que el ancho de mi propia arma. Del consiguiente estrépito me pareció quedarme sordo unos instantes.
El efecto superó todas las expectativas: el rayo que se bifurcaba con descargas impactó justo en el centro del corredor, arrancando escudos derretidos de las manos de los muertos y prendiéndoles fuego como si fueran cerillas. Gilt no dudó ni un segundo: tan pronto como se liberó el relámpago, me empujó a un lado y se lanzó hacia adelante. Wunorse vaciló un poco, pero también corrió hacia adelante con la espada llameante en sus manos, casi derribándome de paso. Se movía más rápido que el enano, así que alcanzaron a los esqueletos casi simultáneamente.
Mientras guardaba el libro y agarraba el bastón más cómodamente, notando al mismo tiempo que sobre él brillaba ahora el indicador 97/100 y que seguía habiendo dos espacios del tercer nivel en la parte superior de mi campo de visión, Jamél logró disparar dos flechas que silbaron muy cerca de mi cabeza. Cuando llegué a acercarme a mis compañeros en combate, un no-muerto ya se había convertido en el polvo bajo los pies, y la franja sobre la cabeza del segundo estaba casi vacía.
Rematando al enemigo con un golpe de mi bastón a modo de lanza, me complació ver la destreza con la que mis camaradas esquivaron los golpes de los esqueletos envueltos en llamas. Sin embargo, más tarde, mirando las barras de vida de los seis esqueletos restantes, me di cuenta de que mi relámpago no les hizo tanto daño. Sin embargo, la destrucción de escudos y el incendio provocado lo compensaban con creces.
El combate no fue fácil para nosotros: sí, derrotamos rápidamente a los lanceros que se quedaron sin cobertura, pero los otros cuatro atacaron al enano y al elfo al mismo tiempo, y, a pesar de mis golpes con el bastón y los certeros disparos únicos de Jamél, nuestros camaradas llegaron a recibir muchos dolorosos lanzazos.
Los dos últimos lanceros dejaron de arder para cuando derrotamos a la segunda fila de esqueletos que habían perdido sus escudos, y yo, seleccionando frenéticamente en mi mente que hechizo usar, lancé un rayo abrasador al enemigo menos dañado, esta vez gastando un espacio de segundo nivel. Resultó que este rayo parecido a una llama no prendía fuego al objetivo, pero en cambio causaba un daño bastante considerable. Gilt remató al enemigo que yo había herido con una exitosa serie de golpes, y todos juntos acabamos con el último esqueleto.
El enano perdió más de veinte puntos de vida en este fugaz combate, Wunorse sólo 13. Logré devolverle a Gilt 17; habiendo alcanzado esta cantidad, el flujo de energía negativa bombeado por mí se secó — aparentemente, había que esperar... 7 rondas, — encontré la línea correspondiente en la ventana de mensajes del sistema. Pero al elfo le curé con un hechizo de curación de primer nivel, devolviéndole 10 PV, nuevamente recibiendo de él su genuina sorpresa y deleite.
Sugerí a mis camaradas esperar para poder curarlos por completo, pero Jamél dijo que escuchó el chirrido de la puerta de entrada a la cripta, lo que significa que bien nos podrían llegar invitados desde atrás. Wunorse declaró valientemente que no estaba tan herido y Gilt sin decir nada avanzó por el pasillo, todavía humeante a causa de mi relámpago.
No hubo que caminar mucho, unos veinte metros después llegamos a una sala circular con el techo un poco más alto. Todo por aquí estaba cubierto de raíces entrelazadas, entre las cuales destacaban grandes capullos de tamaño humano. Toda esta vegetación emitía un pútrido resplandor verdoso, y algunos capullos pulsaban rítmicamente, iluminándose a veces con más fuerza, lo que hacía que las líneas de color gris oscuro de las raíces que quedaban en el fondo de estos destellos parecieran a una especie de venas.
Deteniéndonos en la misma entrada a la sala, examinamos con cautela la habitación, de la que al parecer no había otra salida. Gilt dio un paso adelante con cuidado y las raíces aplastadas crujieron bajo sus pies. Inmediatamente todas ellas comenzaron a moverse, emitiendo un asqueroso crujido, y una de las gruesas raíces del techo, aproximadamente en el centro de la sala, comenzó a caer, fluyendo en suaves curvas.
Al concentrar mi atención en ella, me di cuenta inmediatamente de que no era una raíz, sino una serpiente monstruosamente enorme. El letrero que apareció sobre este monstruo enroscado disipó las últimas dudas: "Vástago Mortal Profanador, nivel 15, 136/136" — estaba indicado en él, y el diseño del letrero, a pesar de ser especial, aún así era más simple que el de los jefes con los que me había topado anteriormente.
— Mob de élite, — escuché el comentario de Wunorse. — A juzgar por el nombre, probablemente es el jefe que estábamos buscando. Se podría decir que tenemos suerte...
Sentí que Gilt estaba a punto de lanzarse al ataque, y decidí no dudar perdiendo el tiempo en conversaciones, si no que saqué de mi bolsa una pequeña bola de azufre, agarrando con la otra mano el grimorio, que se abrió por si solo en la página necesaria. Recitado rápidamente el hechizo de bola de fuego, impregné el ingrediente material con la energía del bastón. La bola de azufre se convirtió en una pequeña cuenta roja ardiente y la lancé a la serpiente con el poder del pensamiento, apuntando más al centro de la sala que al monstruo mismo.
— Y seguramente este bicho también sea venenoso, — continuó razonando Wunorse, tensando su arco, pero entonces la cuenta que volaba lentamente hacia el objetivo atrajo su atención y se atragantó: — ¡¿Pero qué?!
La serpiente, que en ese momento había descendido al suelo, abrió la capucha alrededor de su cabeza y siseó amenazadoramente, brillando con las esmeraldas de sus ojos y colmillos de su boca abierta, y entonces la bola de mi hechizo impactó justo en frente de ella y explotó en un rugiente pulsar de llamas.
La explosión no fue particularmente sonora, pero de las raíces que envolvían la sala se escuchó un chillido ensordecedor, y éstas comenzaron a convulsionar. Sin embargo, la llama se apagó rápidamente y no pareció hacer nada daño a la serpiente, que todavía brillaba con su asquerosa piel verde. Excepto que las raíces de unos cinco metros alrededor de ella se volvieron negras y empezaron a humear. 129, rezaba el indicador sobre la cabeza del monstruo, y me sorprendió lo insignificante que resultó ser el daño del hechizo en el que había puesto tantas esperanzas.
Gilt rugió y se abalanzó hacia la serpiente, alzando su martillo, mientras los elfos que estaban a mi lado dispararon varias flechas al monstruo. Pero el enemigo tampoco dudó y proyectó su cuerpo en dirección al enano.
La serpiente todavía estaba en movimiento, cuando de repente la primera flecha disparada por Wunorse, por alguna increíble coincidencia, le acertó directamente en su ojo derecho, entrando en la cabeza del monstruo más de la mitad del astil. La criatura se estremeció y una ola de destellos negros recorrió su cuerpo desde la cabeza hasta la cola. Un golpe crítico, afirmó desapasionadamente la ventana del sistema, 43 puntos de daño, 7 de ellos con energía negativa. La segunda flecha se clavó en el cuerpo, causando 15 puntos de daño más, la tercera pasó volando, al igual que la flecha disparada por Jamél.
El ataque del enano tampoco tuvo éxito, pero la serpiente en cambio le mordió en el hombro, infligiéndole 16 puntos de daño, e incluso desde donde estaba vi un líquido verdoso que fluía por la mano de Gilt desde los colmillos del monstruo. Le quitó casi una quinta parte de vida de un golpe, constaté mecánicamente.
La cola de la serpiente azotó el cuerpo del enano, quien trató de cubrirse con su escudo, y le envolvió con varios anillos, mientras la cabeza del monstruo seguía atormentando su hombro y, balanceando después suavemente un par de metros hacia un lado, volvió a abrir amenazadoramente sus fauces para propinar un nuevo bocado.
Me preguntaba febrilmente qué hechizo usar ahora, tenía que poner en práctica mis recién adquiridas habilidades mágicas... El toque del ghoul sólo funciona en humanoides... Rápido, ¡¿qué uso?! El tiempo corre como agua a través de los dedos... De repente el grimorio comenzó a pasar las páginas y se detuvo en el hechizo de misil mágico. Bueno, sí, si no sabes qué conjurar, lanza lo más simple... ideas parecidas rondaban en mi cabeza, y el grimorio probablemente intentó adaptarse a ellas.
Logré expulsar de mí dos coágulos iridiscentes, parecidos a los símbolos del yin-yang, ya que el blanco y negro se entrelazaban en ellos sin fusionarse, que se precipitaron hacia el enemigo siguiendo caprichosas trayectorias. El primero picó al monstruo por 4 y el segundo por 5 puntos de daño.
La barra de vida del minijefe se ha vaciado a más de la mitad y el diseño del letrero ha cambiado. La serpiente agitó su capucha y dejó escapar un siseo particular. Sin siquiera esforzarme, pude ver multitud de hilos de energía que se extendían desde el monstruo en todas direcciones, hasta las raíces de esta habitación, pasando por el pasillo y más arriba hacia el cementerio, y especialmente anchos a los capullos a lo largo de las paredes. Ahora el enemigo ha emitido fuertes impulsos hacia cuatro de ellos; a la luz de las líneas de energía, por alguna razón me parecieron los más "maduros".
Con un crujido repugnante, los capullos estallaron, y de allí cayeron los esqueletos profanados, ya familiares para nosotros, relucientes con sus armaduras húmedas. Sin embargo, no hubo tiempo para examinarlos detenidamente: los anillos de la cola que habían agarrado a Gilt se encogieron y su barra de vida se vació con un crujido de huesos por otros 12 puntos. Además, las fauces de la monstruosa serpiente volvieron a descender sobre el indefenso enano, que sólo pudo retorcerse para evitar que le muerda en la cabeza, hacia donde claramente apuntaba, y el monstruo le impactó al otro hombro. Menos 15 PV, y en escasos instantes a mi amigo ya le quedaban sólo 20 puntos de salud.
Olvidando a mi propia seguridad, corrí a socorrerle mientras las flechas de Wunorse silbaban sobre mi cabeza. Dos de tres volvieron a dar en el blanco, aunque esta vez sin consecuencias tan espectaculares: 15 y 14 puntos de daño. La flecha de Jamél también se clavó en el cuerpo de la serpiente, quitándole 7 puntos más y dejando al monstruo con sólo 26. Me percaté que la chica rodeaba apresuradamente al enemigo para situarse en frente al enano que trataba escapar de la presa. También vi que dos esqueletos que habían caído de los capullos ya se acercaban a ella y otros dos se dirigían hacia Wunorse, aunque no nos hicieron falta palabras para decidir ocuparnos primero de la amenaza principal.
Llegué hacia Gilt y le di una palmada en la espalda, transfiriéndole toda la energía negativa que pude. Conseguí reponerle 21 puntos, y la barra roja de vida de mi amigo se llenó casi hasta la mitad otra vez. Aunque sólo por unos instantes. El enano intentó soltarse, pero sus esfuerzos fueron en vano, y la presión inexorable de los anillos de presa siguió partiéndole los huesos, la barra de vida de Gilt volvió a bajar a 25. La serpiente, sin prestarme atención, trataba obstinadamente de acabar con el enano, y otro mordisco, según me pareció, incluso dobló el borde de su coraza. 11... ¡Sólo le quedaban 11 puntos de vida a Gilt! "Esta criatura le matará con su próximo golpe, ¡¡¡hay que rematarla antes!!!" — pasó por mi cabeza, así que agarré mi bastón con más fuerza, con la intención de simplemente machacarla por desesperación con mi arma.
Una de las flechas de Wunorse pasó silbando sin acertar, otra... ¡Encontró tiempo para fallar! La tercera se clavó al objetivo, menos 20, pero la criatura todavía estaba viva... Y entonces llegó una flecha solitaria de Jamél, que literalmente destrozó el cráneo del enemigo. Después miré en la ventana del sistema que la serpiente recibió 22 puntos de daño y eso fue tal llamado ataque furtivo del pícaro, que resulta también se puede realizar usando ataques a distancia con el arco.
La fuerza abandonó instantáneamente el cuerpo del monstruo, el enano se soltó de los anillos aflojados de su cuerpo y cayó cual bulto al suelo. Me planté junto a él, agarrando mi bastón, sabiendo muy bien que no podría curarle durante al menos 6 rondas más, dado que los hechizos curativos eran inútiles para los no-muertos. Los elfos se apresuraron a ponerse a mi lado para proteger al compañero caído, pero enseguida entendí que ya no era necesario y, relajándome un poco, clavé mi bastón en las raíces que se desmoronaban rápidamente en el suelo.
El enemigo jefe murió, y tan pronto como la vida abandonó el cuerpo de la serpiente, todas esas conexiones energéticas que logré ver y que, obviamente, sustentaban todo este atropello antinatural a nuestro alrededor, se deshicieron. Las raíces comenzaron a marchitarse y desintegrarse, los esqueletos se desplomaban mientras caminaban, desmoronándose también hasta convertirse en polvo. Y sentí que lo mismo estaba pasando en el cementerio encima de nosotros. Hemos cumplido con nuestra misión.
Capítulo 6
Los elfos aún bajaban sus armas, pero yo ya caí de rodillas junto a Gilt. Sentí la molestia proveniente de él, pero no pareció experimentar ninguna otra sensación desagradable. Tras apoyar su martillo en el suelo, el enano intentó levantarse, pero no lo consiguió. Respirando pesadamente y resoplando, arrojó su escudo a un lado, finalmente poco a poco se sentó y comenzó a sacudir con aprensión los restos del líquido venenoso de su hombro. La mayor parte ya había chorreado al suelo y me pareció como si la carne muerta del enano la expulsara fuera de sí. Habiendo terminado con ello, Gilt palpó los bordes arrugados de su coraza.
— Asqueroso áspid, — gruñó el enano, tratando de enderezar el metal, — arruinó una buena armadura...
— Mirad, — Wunorse se acercó a nosotros y señaló al jefe derrotado.
El cuerpo de la serpiente brillaba con un halo verde sucio particularmente repugnante y, emitiendo un crujido repugnante, que irritaba desagradablemente el oído incluso en comparación con el sonido de las raíces que se pudrían a su alrededor, se encogió, como si fuera atraído hacia cierto punto en algún lugar dentro de sí mismo. El último destello y, como si hubiera absorbido a la serpiente muerta, una daga apareció suspendida en el aire, y un instante después cayó al polvo con un ruido sordo.
Jamél se acercó y la empujó suavemente con la punta de su bota; la daga se deslizó a un lado, mostrando una aceitosa hoja curva que brilló a la tenue luz de mis luces danzarinas. Además de la hoja ondulada, lo que llamaba la atención fue un mango escamoso con el pomo similar a la cabeza de una cobra, en la que dos piedras preciosas brillaban de color escarlata en lugar de los ojos.
— No me gusta nada este cuchillo, — Wunorse me adelantó en evaluar el arma que apareció; la daga también me provocaba una persistente animadversión y renuencia a tocarla. — ¿Quizás deberíamos dejarlo aquí tirado?
— La daga seguramente esté relacionada con la serpiente, — observó razonablemente Jamél; ella, a diferencia de nosotros, claramente quería apoderarse de esta arma. — ¿Qué pasa si renace después de un tiempo, si la dejamos aquí?
— Bueno, no sé... — dijo Wunorse dubitativo. — ¿Quizás al menos no la toques con manos desnudas? Envuélvela en un trapo y métela rápidamente en tu bolsa mágica...
Jamél hizo precisamente eso, y yo finalmente pude producir una porción de energía negativa y verterla en el enano. Me concentré específicamente en sus huesos, tratando de dirigir la energía lo más profundamente posible al cuerpo de mi camarada. Debido a mi esfuerzo, incluso me pareció poder escuchar el crujido de los huesos al restaurarse y las articulaciones poniéndose en su lugar correspondiente, aunque, lo más probable, era el mismo susurro de raíces al deshacerse, que aún resonaba con cacofonía en la sala de la cripta.
Mis esfuerzos se vieron coronados por el éxito: Gilt pudo levantarse. Recogió su escudo y lo arrojó detrás de su espalda, luego colgó el martillo en su cinturón y miró a las raíces que se convertían en polvo alrededor, a los cuerpos de sus compatriotas, que hace poco habían sido no-muertos, caídos cual sacos informes, y una vez más escupió, molesto por toda esta obscenidad.
— Salgamos de aquí, — dijo y se dirigió hacia la salida.
Suspiré aliviado, porque sentía su deseo de devolver los restos profanados a los sarcófagos e incluso comencé a pensar en cómo se podría lograr todo esto, aunque estaba claro que poner las cosas en orden aquí requeriría notables esfuerzos. En honor de mis camaradas, hay que señalar que ni siquiera intentaron «recolectar el loot», lo cual, a decir verdad, yo temía un poco que ocurriese. Jamél ya había guardado la daga envuelta en un trapo, Wunorse escondió su arco en la funda a su espalda y nos siguieron en silencio, levantando polvo vegetal a cada paso.
El cementerio nos recibió con silencio. O tal vez así me lo pareció tras la desaparición de aquel molesto crujido que me había perseguido durante toda nuestra búsqueda. Cerca de la entrada a la cripta estaban tirados muchos restos de los no-muertos caídos. Y en las calles próximas tuvimos que pasar por encima de varios de estos montones informes de huesos y armaduras destartaladas; aparentemente, en el momento del peligro, la serpiente llamó a todos sus secuaces. Durante todo el trayecto caminé detrás de mi amigo que cojeaba pesadamente, colocando mi mano sobre su hombro cada vez que el cooldown de la habilidad me lo permitía y restauraba su salud con impulsos de energía negativa.
A pesar de que el cementerio ahora estaba tranquilo e incluso me daba una extraña sensación de agradable paz, que parecía rezumar de las calles oscuras entre las tumbas, intentamos caminar rápido y pronto llegamos a la pequeña plaza con la estatua. En las escaleras que conducían a la salida de la cueva se podían ver varios no-muertos caídos, y en lo más alto nos esperaba nuestro guía, que nos saludó agitando su mano.
— ¿No se ha ido, estimado Valtek? — preguntó Jamél cortésmente; yo temía hacer esta pregunta, sintiendo el sombrío descontento que emanaba de Gilt.
— A decir sinceramente, iba a hacerlo, — respondió el enano, echando una ojeada a Gilt, pero éste subió las escaleras desapasionadamente, evitando con cuidado los restos que había en su camino. — Derribé a dos, pero, como puede ver, había varios más acercándose... No podría con todos, así que comencé a retirarme hacia el pasillo, cuando de repente cayeron sin motivo, como marionetas a los que les cortaron los hilos. Entonces me di cuenta de que lo habíais conseguido, así que vine hasta aquí a esperaros...
— Su comparación resultó ser sorprendentemente acertada, — observé. — Destruimos la causa de aparición de los no-muertos, que era una serpiente gigante. Este monstruo ha echado raíces por todo el cementerio, que resucitaban a los enterrados en forma de no-muertos. Cuando la destruimos, los hilos mágicos que sustentaban la existencia de los no-muertos se disiparon, — señalé con la mano los restos esparcidos por los escalones. — Ya no os molestarán más... Aunque el cementerio se encuentra en un estado muy deplorable, todos estos restos deberían ser devueltos a las tumbas, muchos sarcófagos están rotos y las criptas necesitan reparación.
Por alguna razón, mis últimas palabras sorprendieron tanto al enano que quedó completamente confundido y paralizado, claramente sin saber qué decir. Gilt lo alcanzó y pasó de lado sin decir ni una palabra, dirigiéndose hacia el pasillo. Wunorse y Jamél le siguieron, y yo me detuve frente a Valtek, apoyándome en mi bastón, y alcé una ceja interrogativamente; a mi orden, una de las luces trazó círculos sobre nuestras cabezas, iluminando el rostro sorprendido del enano. Abrió la boca, a punto de decir algo, pero al final sacudió la cabeza y se apresuró a alcanzar a Gilt. Estaba seguro de haber visto su cara ponerse roja. Suspirando, aceleré el paso para alcanzar a mis camaradas.
El regreso transcurrió sin incidentes. Valtek volvió a ocupar su lugar al frente del grupo, aunque sentí que Gilt recordaba perfectamente la ruta y podría habernos guiado sin su participación. Cuando llegamos hasta las ruinas del asentamiento, ya había llenado por completo la barra de vida de mi amigo, por lo que ahora él caminaba tan fresco como al comienzo de nuestro viaje al cementerio. Tenía curiosidad por ver cómo sanaba su carne muerta, pero lo único que podía ver era la herida de su hombro, donde los afilados colmillos de la serpiente habían dejado marcas profundas. E incluso a estos veía bastante mal a través del agujero en la ropa y solo pude fijarme en una de esas marcas: bajo el flujo de energía negativa, se llenó de carne, como si esta fuese cera, sobresaliendo afuera en tubérculos desiguales, que de un vistazo rápido podrían pasar fácilmente por cicatrices.
En la frontera con la zona habitada nos recibieron dos enanos con armaduras de placas. Al parecer se trataba de una patrulla que custodiaba la zona. Yo mismo no pude distinguir esta supuesta frontera: tanto los edificios habitables como deshabitados me parecían cajas igualmente ruinosas. Valtek les habló con entusiasmo de nuestro éxito, del que, según me pareció, se alegraron sinceramente. Luego pidió a estos guerreros que nos llevaran a una taberna local para descansar, y él mismo, refiriéndose a la necesidad de informar inmediatamente de todo al jaerz, se escapó. Estaba visiblemente agobiado por nuestra compañía, aunque nadie le dijo ni una mala palabra, e incluso Gilt no le honró con ninguna de sus miradas sombrías. ¿Pero tal vez eso era precisamente lo que le molestaba? En realidad yo no entendía las razones de esta inesperada alienación. Sin embargo, completamente ocupado pensando en las heridas del enano, ni siquiera intenté aliviar la tensión entre nosotros durante el viaje de regreso, de lo cual ahora me arrepentí.
La taberna resultó ser otro edificio rectangular, que se diferenciaba de todos los demás sólo por un cartel gigante con forma de una jarra espumosa, colgado en una de las esquinas, y estrechas ventanas tipo aspillera. No tuve tiempo de ver si tenían cristales o contraventanas, porque nos empujaron sin más hacia las puertas de este establecimiento.
Desde el umbral mismo, los guerreros que nos acompañaban proclamaron en voz alta que, oíd, los héroes venidos de la superficie, bueno, esos tipos que van con el nigromante, lo han logrado, el enemigo ha sido derrotado, los muertos vivientes ya no amenazan al asentamiento. A lo que los visitantes de la taberna, que no eran pocos, respondieron con un rugido unánime. Antes de que tuviéramos tiempo de sentarnos en el banco de piedra frente a una mesa de la misma piedra pulida, nos literalmente rodearon con innumerables jarras llenas con algún tipo de brebaje; todos consideraban que era su deber invitar a los «superficiales» que tan afortunadamente vinieron a socorrerles.
Incluso nuestros acompañantes no tenían prisa por volver a sus deberes de patrullar el territorio, sino que se sentaron a nuestro lado y se aprovecharon sin reparos de las jarras puestas sobre la mesa; después de mirar a mi alrededor, no vi más enanos con armadura entre los visitantes, aunque en la atmósfera de alegre bullicio que reinaba fácilmente podría no ver con claridad a los de las mesas distantes.
Wunorse se integró muy fácilmente en toda esta diversión: sonrió, respondió a las felicitaciones, agradeció a los hospitalarios enanos y se tragó el contenido de las jarras, secándose sin ninguna ceremonia la espuma de su cara con la manga, lo que provocaba una tormenta de alegría entre los parroquianos. Cada vez se escuchaban más gritos de todos lados: "¡Sírvele más!", "¡Por mi cuenta!", "¡Bebe hasta el fondo!". Jamél, por extraño que parezca, tampoco destacó entre la compañía, aunque se comportó de forma mucho más comedida. Ella también sonrió en respuesta a los torpes elogios de los habitantes del mundo subterráneo y no soltaba su jarra de las manos.
Sin embargo Gilt no diría que estuviera sombrío, no, estaba neutral. Toda esta tormenta de emociones pareció pasarle de lado. No prestó atención a los honores que se le daban, y quienes los gritaban muy pronto dirigían su atención hacia los demás. Gilt, con el mismo movimiento monótono, se llevaba su jarra a la boca, tomaba un sorbo bien medido y se mostraba absolutamente indiferente. Yo estaba un poco confundido y, en lugar de torpes intentos de seguir la diversión, decidí probar trivialmente el contenido de la jarra más cercana, encubriendo mi timidez con esta simple actividad.
La jarra contenía algo alcohólico inusualmente fuerte, pero con un sabor agrio y ligeramente dulce. Sospeché que los enanos probablemente lo llamaban cerveza, pero en mi cabeza ese sabor no se asociaba para nada con ella. Sin embargo, la bebida resultó ser bastante agradable, aunque enseguida me di cuenta de que no podría soportar otra jarra; después de un par de sorbos, mi cuerpo comenzó a sentirse de algodón y los sonidos de las voces comenzaron a flotar y disolverse en el zumbido general. Era simplemente increíble cómo los artesanos locales lograron preparar una bebida con tan alto contenido de alcohol y tan agradable al paladar.
Al parecer, los enanos se referían al descanso como precisamente a eso de estar sentados en la taberna bebiendo alcohol, ya que nunca nos ofrecieron comida ni, de hecho, habitaciones donde pudiéramos tumbarnos. A mí de repente me interesó mucho el material de la jarra, que parecía de madera, pero era demasiado liviano y de alguna manera, cómo decirlo, elástico; la palabra «plástico» me vino inmediatamente a la cabeza y, derramando el contenido, traté de rascar el borde de la jarra con la uña y mirarla más de cerca.
Probablemente nos habríamos muerto aquí de borrachera de haber seguido, pero nos rescató Yodr, que apareció en la taberna. Al verle, la diversión se detuvo al instante. Los guerreros que nos acompañaron han salido silenciosamente de la mesa y comenzaron a caminar lentamente hacia la salida, mientras los visitantes regresaron a sus asientos y hundieron sus narices en sus jarras.
— ¡Lo sabía! — comentó cáusticamente el viejo enano, siguiendo a los guerreros que pasaban a su lado con una mirada severa. — Sabía que tendría que venir a por vosotros yo mismo, ¡de lo contrario no sólo perderíais el tren, sino que podríais acabar en los mismísimos salones del Padre de las Montañas!
— Pero es que nosotros... aquí, esto... — intentó explicar Wunorse arrastrando las palabras y poniéndose de pie de un brinco, pero Jamél lo jaló por la capa, y el elfo, que de repente perdió el equilibrio, volvió a dejarse caer torpemente en el banco.
Yodr meneó la cabeza con gesto de reproche, mientras la cresta de su yelmo centelleaba captando el reflejo del fuego de la enorme chimenea de la taberna, y ordenó:
— ¡Venid conmigo! El tren sale pronto, ya dormiréis la mona allí...
Nos levantamos de la mesa y tuve que sostener al tambaleante elfo. Jamél caminó sorprendentemente recto, y salimos de la taberna en medio de felicitaciones un poco más moderadas de los enanos, siguiendo a Yodr, quien, aparentemente, era aquel jaerz local, sea lo que sea que eso signifique.
Me pareció que no habíamos caminado mucho tiempo, aunque de repente comencé a sentirme mareado; lo único que me salvaba fue que me aferré a Wunorse y con nuestros esfuerzos conjuntos lográbamos caminar más o menos uniformemente. Giramos detrás de otra casa de turno y salimos a una carretera ancha que descendía hacia una especie de túnel. Pronto se hizo completamente oscuro, el túnel se curvó formando un arco y pronto nos condujo a otra cueva, no tan gigantesca como aquella en la que estaba el asentamiento, pero también de un tamaño impresionante.
Por el lado de donde salimos, había varios edificios claramente construidos para fines utilitarios, con filas de cajas y barriles, materiales de construcción amontonados, enanos correteando de un lado a otro, pero lo que más llamó la atención fue un vehículo parado adelante, un poco más lejos, justo enfrente de la salida de otro túnel.
¡Realmente era un tren! Sí, de un aspecto un tanto raro, pero muy parecido a como lo imaginaba. "¿Ya he visto trenes antes? ¿Dónde y bajo qué circunstancias?" — pasaron pensamientos fugaces por mi cabeza, provocándome una pequeña migraña y haciéndome tropezar.
Se distinguían claramente cinco vagones, los dos de los extremos de un diseño muy extraño, pero los tres del medio — rectángulos alargados bastante corrientes con grandes puertas correderas y pequeñas ventanas estrechas cual rendijas. La puerta de uno de ellos ahora mismo estaba abierta y vimos que todo el vagón estaba prácticamente lleno de carga, pero allí estaban cargando diligentemente algunas últimas cajas.
— Bueno, héroes, — Yodr se dirigió a nosotros después de que echamos un buen vistazo al tren. — Nos ayudasteis salvándonos de la amenaza de los no-muertos y, en agradecimiento, os brindo nuestra hospitalidad permitiéndoles ir a Mercator. Aquí están sus documentos de viaje, — el enano sacó un paquete de su bolsa del cinto y se lo entregó a Jamél. — Vamos, os presentaré a la tripulación.
Capítulo 7
Nos dirigimos hacia el tren, y ante mis ojos apareció una ventana, acompañada de alegres trinos que casi me hicieron estallar la cabeza; incluso hice una mueca por lo repentino del mensaje. "Ha completado la misión de reputación „Librar al asentamiento enano de la amenaza de los muertos vivientes“. Ahora la actitud de los enanos subterráneos hacia su grupo es neutral. Los enanos locales agradecen su ayuda y su actitud cambia a amistosa. Obtiene 1500 puntos de experiencia. ¡Atención, quedan tareas ocultas sin completar!"
Quitando la notificación, vi cómo Wunorse se retorcía; aparentemente, el acompañamiento sonoro del mensaje le causaba aún más molestias que a mí, por un momento incluso me pareció que estaba a punto de vomitar. Sin embargo, el elfo aguantó y, al captar mi mirada, sonrió con cara de torturado.
Mientras cojeábamos los últimos metros hasta el transporte, me dio tiempo abrir la ventana del personaje y mirar la experiencia acumulada. En la columna correspondiente ponía 26480/28000, es decir, quedaban menos de dos mil hasta el noveno nivel, valía la pena tener esto en cuenta.
Nos detuvimos junto al enano al mando de la carga, quien saludó a Yodr y nos miró con el ceño fruncido.
— Éste es Kaunas, — presentó el anciano al enano, — el comandante del tren. Y estos son aquellos pasajeros inesperados, — le explicó ya al comandante.
— No diré que me alegra mucho, — nos saludó Kaunas con un ligero movimiento de cabeza. — A primera vista no parecéis luchadores muy avezados... sin embargo, dicen que los elfos no necesitan dormir, así que al menos con eso nos será más fácil.
Wunorse intentó explicarle arrastrando las palabras que él sí que necesitaba dormir, pero fue interrumpido por un trabajador que se acercó e informó de que la carga había terminado. Me pareció que Kaunas ni escuchaba a mi amigo, e incluso si lo hubiera hecho, probablemente atribuiría sus palabras al deseo banal de dormirse la mona.
Después de escuchar al trabajador, el enano se volvió hacia Yodr:
— La carga ha sido completada y el tren está listo para partir. Jarir, como siempre, está jugueteando con el motor, y mis chicos ya deben haberse vestido, así voy yo también...
Yodr asintió y Kaunas se retiró al edificio más cercano. Los trabajadores también se fueron y nos quedamos solos frente al tren.
— Bueno, habéis conocido al comandante, — nos sonrió Yodr. — La tripulación del tren está compuesta por sólo seis personas: bajo el mando de Kaunas hay cuatro guerreros y Jarir es responsable de la unidad de propulsión. El viaje a Mercator suele durar poco más de diez días, pero el túnel ferroviario no siempre es seguro. A veces hay que reparar averías y en una distancia tan larga siempre se pueden aparecer más túneles y nunca se sabe quién podría entrar por ahí. En mi memoria, más de una vez fue necesario enviar expediciones para sellar semejantes pasadizos descubiertos. Así que manteneos en guardia, — el anciano miró a Jamél y ella asintió. — Si tenéis que parar, intentad por todos los medios de quitar el obstáculo lo más rápido posible y volver a acelerar. Y mientras estáis en movimiento, lo principal es ver llegar un ataque.
— ¿A quién debemos contactar a nuestra llegada? — preguntó Jamél.
— Eso depende de lo que estáis buscando, — se rió el anciano. — Si es algo relacionado con la tecnología, o tal vez queréis llegar a algún acuerdo, contactad con el Consejo de Maestros. Y si es algún tipo de artefacto o curiosidad, entonces tenéis que acudir a los archivos del Gremio de Registradores.
— ¿Pergís sigue en el consejo? — preguntó la chica con cuidado.
— ¿Quién crees que me mandó aquí? — Yodr arqueó una ceja y se rió. — No he estado en Mercator varios años ya, pero cuando me fui, el jefe de la Casa Jagard y del Gremio de Armeros formaba parte del Consejo.
Estaba claro que el anciano tenía muchas ganas de preguntar por qué la elfa mencionó ese nombre en particular, pero por alguna razón se contuvo, y justo en ese momento una puerta cercana se cerró de golpe y se escuchó un estruendo metálico.
Nos dimos vuelta ante el ruido y vimos a los guerreros con quienes íbamos a viajar saliendo del edificio. Los enanos estaban vestidos con armaduras de placas aún más pesadas que las de los guardias del asentamiento, dando la apariencia de recias armaduras completas. Partes metálicas cubrían todo el cuerpo, haciendo que los guerreros parecieran robots, y fueron estas partes, en contacto entre sí, las que emitían ese fuerte estruendo metálico que llamó nuestra atención. Aparentemente acostumbrados a luchar en grupo, los enanos caminaban en cuña, creando una imagen muy épica a medida que se acercaban. Incluso me pareció escuchar una especie de música heroica de fondo: tan coloridas se veían; aunque, probablemente, todavía no me he recuperado por completo de los efectos del alcohol consumido.
Me las arreglé para notar que cada uno de estos guerreros vestidos de hierro tenía una espada en el cinturón y anchos escudos de metal sobresalían de sus espaldas. "¿Y cómo soportan tanto peso?" — pensé con asombro. Dos o tres guerreros también tenían pequeñas ballestas colgando de sus cinturones, y uno parecía tener el mango de un arma de dos manos asomando detrás de su espalda, pero no pude ver qué más equipo tenían, porque los guerreros ya se habían acercado a nosotros.
Dos de ellos abrieron la puerta del vagón central, uno se dirigió hacia la cola del tren y Kaunas se detuvo frente a nosotros.
— Subid a bordo y vámonos, — nos ordenó en un tono que no admitía objeciones. — ¡Y que el Padre de las Montañas nos proteja!
— ¡Buen viaje! — Yodr le hizo un gesto con la cabeza, se puso su yelmo crestado en la cabeza y se alejó sin más.
Nos apresuramos hacia la abertura lateral del vagón, impulsados por los ruidosos pasos del enano blindado.
Dentro del vagón, bastante espacioso, estaba vacío; de las paredes sobresalían bancos de aspecto extraño, bajo los cuales había cajas. Entre los vagones no había puertas y a través de las aberturas se divisaban pasillos despejados en medio de la carga, por los que se podía caminar hasta la cabecera y la cola del tren.
Los guerreros se sentaron en los bancos y el comandante, aparentemente habiendo recibido algún tipo de señal, hizo un gesto con la mano, entró en el vagón y cerró de golpe la puerta corredera detrás de él, que se puso en su lugar con un característico clic.
Se escuchó un ruido desde la cola del tren, y pronto el mismo guerrero que se había ido hacia el último vagón apareció en el pasillo del vagón de al lado.
— El motor ha sido desplegado, — informó. — Jarir está listo para arrancarlo.
Kaunas asintió y se fue hacia el vagón principal, el guerrero lo siguió. Senté a Wunorse en el banco libre, Gilt y Jamél se sentaron enfrente. Tenía mucha curiosidad, así que me apresuré tras los enanos que se han ido. Los guerreros que quedaron en el vagón ni siquiera intentaron detenerme.
El espacio entre vagones era pequeño y no me resultó difícil cruzarlo. Caminando entre paredes de cajas y barriles cuidadosamente apilados, llegué al vagón de cabecera y me detuve detrás del guerrero enano justo cuando Kaunas deslizaba una gran palanca hacia el suelo, sujetando la manija en su pomo. Algo hizo clic debajo del carruaje, el comandante hizo un gesto a su camarada y éste, empujándome a un lado, salió de regreso. Miré alrededor.
La parte delantera del vagón estaba abierta y vi una especie de dispositivo incorporado que parecía un tubo. «Es como la turbina de un avión» — pasó un pensamiento extraño por mi mente. El estilizado tubo de metal era hueco, aunque había una ranura recta visible en la parte de abajo, y en el interior se encontraba algo parecido a una rueda, con un cristal montado en el medio de los radios. Ahora esta rueda estaba apartada hacia un lado, pero por el gozne quedaba claro de inmediato que al ponerla en su sitio cubría la parte interior del tubo, como una especie de puerta. El tubo estaba montado sobre patas extensibles y ahora descansaba al nivel del suelo del vagón.
Delante del tubo había un espacio abierto, a través del cual se podía ver una enorme cuña de metal, fijada a la parte delantera del vagón a modo de cuchilla. A los lados, hasta la mitad del vagón, la parte abierta estaba cubierta con gruesos barrotes, similares a los barrotes de una prisión. Sin embargo, esto proporcionaba una buena vista a los rieles que se adentraban en la oscuridad del túnel.
Además del curioso dispositivo, cerca de una de las paredes estaba una caja abierta con barras de hierro de tamaño de una buena lanza y, además de la palanca, del suelo sobresalían dos sillas metálicas muy simples sobre una pata. Kaunas estaba sentado en una de ellas.
— Siéntate, ya que has venido a curiosear, — el enano me señaló a la segunda silla. — Ahora se sacudirá... Jarir rara vez arranca el motor suavemente... y es poco probable que te mantengas en pie ante el tirón...
Le agradecí la advertencia y me apresuré a sentarme. El asiento era algo pequeño para mí y me causaba incomodidad, pero, afortunadamente, al menos cupe en él. La parte posterior hecha de varillas se arqueó y apretó mis costillas mientras intentaba conseguir una mejor posición.
De repente, el tren fue empujado bruscamente hacia adelante y me quedé bien presionado contra estas varillas. El tirón me dejó sin aliento, pero menos mal que las varillas fueran lo suficientemente elásticas y no me lesioné. El tren, después de una fuerte sacudida, avanzó ya más suavemente sobre los rieles, ganando velocidad gradualmente.
— Ya está, no hay nada más que ver por aquí, regresa, — me ordenó Kaunas, observando atentamente el túnel frente al tren.
No me atreví a desobedecer y regresé al vagón central con mis compañeros. Wunorse estaba durmiendo con la cabeza apoyada en el hombro de Gilt.
— Comenzó a quedarse dormido tan pronto como te fuiste, — escuché las palabras del enano en mi cabeza tan pronto como le miré, — y probablemente se habría roto el cuello cuando el tren comenzó a moverse... Tuve que cambiar de asiento y sujetar al tonto.
Asentí y pasé mi mirada hacia Jamél, quien inmediatamente ocultó su sonrisa y fingió estar hurgando en su bolsa. Los tres guerreros estaban hablando en voz baja entre ellos, y el cuarto apareció en el carruaje, dirigiéndose nuevamente hacia el comandante. Prudentemente me senté al lado de la chica para dejarle pasar, pero en cuanto pasó, me levanté enseguida para ir a la parte trasera del tren. Tenía más curiosidad de descubrir cómo se pone en marcha este coloso. O mejor dicho, confirmar algunas de mis conjeturas.
El último vagón era exactamente igual que el primero: la misma caja, sillas y palanca, excepto que aquí estaban puestos varias cajas de diferentes tamaños. Pero el dispositivo en forma de tubo estaba levantado, la rueda puesta en su lugar y el cristal brillaba con un suave color blanco, a veces adquiriendo tonalidades ligeramente azuladas.
En una de las sillas estaba sentado un hombrecillo con las manos extendidas hacia el cristal, y sin mucho esfuerzo pude ver los amplios y porosos chorros de energía que éste le transmitía desde su cuerpo. Concentrándome, traté de ver mejor la acción mágica y logré entender que Jarir (¿quién más podría ser?) estaba concentrando energía del espacio circundante, me pareció que tenía poco poder mágico en sí mismo y lo usaba sólo para condensar y proyectar esta energía ajena. Aunque sin duda lo hacía con mucha habilidad, y la porosidad de los flujos, que inicialmente tomé por síntoma de falta de fuerzas, probablemente fue intencional. Incluso envidié la experiencia del hombrecillo y quise mirar aún más profundamente los flujos de poder dentro de su cuerpo, pero entonces el pequeñín se percató de mi presencia y me saludó alegremente:
— ¡Oh! ¡Humano! — exclamó con voz melodiosa, volviendo su rostro hacia mí, pero sin dejar de hacer lo que estaba haciendo. — ¡Qué bueno que se te ha ocurrido pasar por aquí! Escuché muchos rumores diferentes sobre un grupo que tal vez tendríamos que llevar a Mercator... Dijeron que ustedes eran Convocados, y no los comunes, sino los mismísimos Prometidos... también hubo muchos otros rumores... ¡Pero todos coincidían de que el humano era un nigromante! ¡¡¡Y son muy muy infrecuentes!!! Entre los caeltas los hay, pero yo todavía no he conocido a ninguno...
Las palabras fluían de su boca en un torrente interminable y pude echarle una ojeada al propio Jarir. Era de estatura bastante pequeña incluso en comparación con los enanos más bajos que había visto hasta ahora. Probablemente apenas llegaba al hombro del más bajo de ellos. El hombrecillo vestía ropas bastante raídas, más bien parecidas a un mono con muchos bolsillos. De uno de esos bolsillos de sus pantalones con numerosos parches sobresalía una especie de gancho de metal, muy parecido a una llave inglesa. El chaleco, puesto sobre un suéter de color pajizo, también tenía muchos bolsillos y puños, donde estaban metidos todo tipo de cachivaches extraños... Me pareció que entre todas esas cosas reconocí un manojo de clavos, y aun así no estoy del todo seguro de que fueran ellos.
Su rostro parecía bastante juvenil y no tenía ni bigote ni barba. No pude evitar la impresión de que se trataba de un enano niño, aunque no noté ni una pizca de actitud condescendiente hacia él por parte de otros enanos, que suele ser característica de los adultos hacia los niños. Si su piel tuviera un tinte verdoso, diría que es un goblin... ¡Pero si es un gnomo! — comprendí de repente.
— Aún es necesario mantener la propulsión por un tiempo para que el tren alcance la aceleración óptima, — mientras tanto continuaba hablando el pequeñín. — ¡Y luego hay que estar preparado para apagarlo de inmediato si de repente aparece algo en el camino! Por ejemplo, un derribo... ¡Pero pasaría a conoceros tan pronto en cuanto tuviera la oportunidad! Y estaba pensando: ojalá a alguno de ellos se le hubiera ocurrido venir aquí... ¿Acaso no tienen curiosidad? ¡Ay! — el hombrecillo vaciló de repente. — ¡Pero si no me he presentado! Mi nombre es Jarir. ¿Y el tuyo?
No respondí enseguida porque de repente pensé en el nombre del pequeñín, especialmente después de darme cuenta de la naturaleza de la energía que estaba enviando al cristal. Jagr significa corriente, flujo, Arí — viento...
— No tengo nombre, — le sonreí. — Mis amigos me llaman Sin Nombre.
— ¿Cómo que no tienes? — sus ojos se pusieron redondos. — ¿Tus padres no te pusieron uno? ¿Lo has olvidado? ¿Renunciado? — el pequeñín se quedó pensativo, aparentemente soltando todas estas suposiciones de forma automática.
— Sí, lo olvidé, — asentí. — Llegué en si no hace mucho y no recuerdo nada de mí. Ni siquiera consigo inventarme uno... además ya me he acostumbrado al Sin Nombre.
— ¿De verdad? — estiró Jarir con sincero asombro. — ¿No consigues inventarte uno? — eso último lo dijo como si tal cosa fuera algo completamente increíble.
— Lo siento, — decidí forzar la situación. — Eres un gnomo, ¿verdad?
— ¿Gnomo? — repitió el hombrecillo, como si recobraba el sentido. — ¡Ah, bueno, sí! Seguramente así los superficiales llaman a los zungaros. ¿Y tú eres un nigromante?
Simplemente señalé mi amuleto y asentí.
— ¡Guau! — La mirada tenaz del gnomo se posó en mi pecho. — Dios muerto. ¡Mola!
— Mejor cuéntame, — me apresuré a preguntar, antes de que Jarir me bombardeara con más preguntas, — ¿cómo funciona este motor?
— ¡Claro! — exclamó el bajito. — ¡Es sencillo! Envío magia de viento al cristal y desde allí salpica a través de canales especiales de la rejilla interna en forma de una poderosa corriente. Tan fuerte que impulsa a todo ese tren hacia adelante. Por supuesto, el cristal es un desarrollo especial del Gremio de Magos, al igual que todo el motor... Y el flujo debe ser amplio y difuso, pero esto ya son detalles... ¿Has resucitado ya a los muertos? ¿Puedes mostrarme algún hechizo?
— Lo intentaré, — sonreí ante la sincera espontaneidad de Jarir y me tambaleé. — Pero primero necesito descansar. Parece que bebí demasiado en la despedida de los respetados caeltas antes de irnos.
— ¿Os daban Lágrimas del Monte? — el gnomo asintió comprensivamente. — Sí, siempre lo hacen... Pero no pasa nada, si duermes un poco, verás que hasta te da cierta fuerza. Si de verdad no bebiste demasiado, por supuesto... ¡Pero si hubieras bebido demasiado, no estarías aquí de pie!
Me despedí del bondadoso hombrecillo y regresé al vagón central. Los guerreros aún estaban tres; aparentemente, el cuarto se quedó con el comandante. Jamél meditaba con los ojos cerrados y Wunorse seguía roncando en el hombro de Gilt. Me senté al lado de la chica, pegué un trago de agua desde mi odre y entrecerré los ojos para echar una siesta. Pensé que era poco probable que pudiera conciliar el sueño, pero al parecer el alcohol y el cansancio hicieron su trabajo y ni siquiera noté cómo me quedé dormido.
Capítulo 8
Contrariamente a lo esperado, dormí bien y me desperté bastante descansado; probablemente, el constante golpeteo de las ruedas y el suave balanceo del tren en movimiento contribuyeron de alguna manera al buen sueño. Los enanos seguían conversando entre ellos en voz baja, Wunorse ya estaba despierto y me asintió con la cabeza, al ver que había abierto los ojos. Gilt estaba sentado a mi lado, pero a Jamél no la veía por ningún lado.
— ¿Cuánto tiempo dormí? — le pregunté a Wunorse, estirándome.
— No lo sé, — el elfo se encogió de hombros, — yo también dormía... pero seguro que unas seis horas por lo menos.
— ¿Y dónde está Jamél?
— Ah, vino el gnomo éste... ¿cómo se llamaba? ¡Jarir! No paraba de charlotear, dolor de cabeza total, — hizo una mueca mi amigo. — Así que ella se lo llevó a la parte trasera del tren. A mirar el motor.
— Entiendo, — sonreí. — Curioso personaje.
Wunorse mostró su desinterés con un gesto de la mano y preguntó:
— ¿Quieres comer?
— No me negaré, — respondí, y él sacó un paquete de su bolsa y me lo entregó.
Después de tomar un rápido refrigerio, decidí pasear hasta el último vagón. Wunorse me hizo compañía.
Jamél, por extraño que parezca, charlaba muy animadamente con Jarir, e incluso me maravilló la habilidad con la que insertaba frases conductoras en la conversación, evitaba las molestas preguntas del gnomo y lograba sonsacarle discretamente datos sobre todo tipo de aspectos de la vida subterránea.
Jarir ya no alimentaba el cristal con un flujo constante, porque el tren hacía tiempo alcanzó la velocidad requerida. Ahora el gnomo necesitaba transferir energía al cristal sólo de vez en cuando para que la emisión de viento no desapareciera.
Entre otras cosas, el gnomo nos relató que en el camino a Mercator estaban previstas dos paradas. Aproximadamente en cada tercio del trayecto había preparadas zonas de parada, algo así como estaciones donde poder hacer necesidades y estirar las piernas. Los enanos tenían mucha mayor resistencia que los humanos, además de que eran suficientes para hacer guardia por turnos. Sin embargo, ni siquiera ellos podrían soportar más de tres días de estancia ininterrumpida a bordo de un tren tan primitivo. Por lo tanto, otro día a esta velocidad y Jarir comenzará a disminuirla, y al tercer día incluso irá al vagón delantero para utilizar el motor situado allí para frenar.
Así empezó para nosotros la rutina de la vida en trayecto. Los enanos en realidad se turnaban de hacer guardia en parejas e incluso se quitaban armaduras para tumbarse a dormir. Resultó que los extraños bancos del vagón central eran plegables y, al abrirse, formaban una especie de camas. Gilt en general estaba sentado casi siempre en silencio y sentí que estaba profundamente inmerso en alguna clase de pensamientos importantes para él. Por supuesto, podría intentar descubrir en qué estaba pensando exactamente, pero decidí que no debía husmear tan descaradamente en sus reflexiones personales.
Pasábamos el tiempo paseando de vez en cuando por los vagones, pues ninguno de nosotros tenía la perseverancia de los enanos, y muy pronto nos convertimos en víctimas del aburrimiento. Comencé a visitar con frecuencia al gnomo y, en ocasiones, mis compañeros tampoco tenían reparos en responder a sus interminables preguntas. Jamél a veces visitaba a Kaunas, probablemente para intentar sonsacarle algo también. Dudo que su idea tuviese éxito, ya que el capitán del tren tenía un notable dominio de sí mismo: nunca le vi venir para dormir; permanecía siempre en su puesto, mirando atentamente la oscuridad del túnel hacia donde se precipitaba inexorablemente nuestro tren. Wunorse, a diferencia de nosotros, nunca se quedaba mucho tiempo en un lugar; intentó charlar con los enanos, jugó con ellos a las cartas y dados, organizó torneos de lanzamiento de cuchillos a precisión e incluso practicó tiro con arco. Cuando dormíamos, Jamél y Gilt vigilaban nuestro sueño.
Así, a juzgar por el cronómetro, pasaron dos días cuando notamos que la velocidad del tren se había disminuido notablemente. Jarir fue donde Kaunas, se sentó con él en lugar del guerrero de turno, y los enanos de repente abandonaron su habitual estupor somnoliento y comenzaron a moverse, sacando cajas de debajo de los bancos; al parecer, eran los preparativos para una inminente parada. También fui al primer vagón para curiosear.
Y había que ver. Jarir preparó el motor para el trabajo, quitando numerosas abrazaderas de las bisagras usando diferentes herramientas, asegurándose de que el tubo aerodinámico pudiera moverse libremente sobre sus patas de montaje. También vi que no sólo probó los movimientos hacia arriba y abajo del tubo, sino que también lo giró como si fuera un extravagante arma de montura. Luego lubricó varias juntas con algún tipo de aceite y, asegurándose de que todo funcionara como debería, cerró la rueda con el cristal y roció sobre ella varios pulsos cortos de energía para calibrar.
Sólo después de todo ello se sentó en la segunda silla y declaró que ya estaba listo todo. Kaunas no me echó, así que me quedé, tratando de responder al gnomo en voz baja, para no provocar el disgusto del capitán. Como era de esperar, no ví la estación y me estremecí de sorpresa cuando el comandante ordenó de repente: «¡Frena!».
Jarir en cambio reaccionó al instante. Interrumpiendo la conversación a mitad de frase, corrió hacia el «tubo» y lanzó una corriente de aire con un impulso complejo, que logré examinar y recordar, notando por el rabillo del ojo mensajes en la ventana del sistema sobre el éxito en el conocimiento de conjuros y puntos de experiencia conseguidos. Claramente al límite de sus capacidades, Jarir comenzó a verter en el cristal su magia de viento en una amplia corriente. Me acerqué y traté de ayudar. Colocando mi mano en la nuca del enano, comencé a enviarle un flujo de energía cruda que podía recolectar a través de mis canales energéticos más grandes y, sin exagerar, más poderosos.
Inmediatamente apareció un aviso frente a mis ojos: «¿Quiere transferir su energía mágica a otro mago? Se gastará 1 espacio de hechizo preparado de primer nivel. Sí/No». Acepté, uno de los cubitos en el borde superior de mi campo de visión se apagó y Jarir exclamó con sorpresa e inmediatamente me dio las gracias por ayudarle, aumentando significativamente su torrente de magia de viento. La expulsión del tubo se volvió enseguida tan poderosa que la frenada brusca incluso nos sacudió ligeramente.
Unos minutos más tarde vi la estación y me sorprendió la agudeza visual del comandante del tren. Aunque quizás hubo algunas señales que indicaban la proximidad de la estación, cuya existencia simplemente no conocía. A ambos lados de las vías oscurecían extensiones en las paredes del túnel, cuyo nivel del suelo correspondía exactamente a la altura del suelo del vagón.
Jarir, controlando magistralmente el flujo del viento, detuvo el tren exactamente al nivel de la estación y cortó la corriente sólo cuando el tren finalmente dejó de moverse. Kaunas se levantó, sacó una de las barras de la caja y, acercándose al «tubo», la insertó en la ranura a través de los radios de la rueda. Inmediatamente vi un fino pelo de energía mágica extenderse desde el cristal hacía este gran virote. El enano movió de lado a lado el motor, ahora transformado en una especie de ballesta gigante, y asintió con la cabeza al comandante. Éste le dio una palmada de aprobación en el hombro y marchó hacia el vagón central, indicándome que le siguiera.
Allí los guerreros ya habían abierto la puerta lateral y saltaron a la estación. Nos dirigimos al vagón y vimos salir fuera a los elfos. Gilt me estaba esperando, con el escudo listo y el martillo en mano. Al bajar del tren después de Kaunas, vimos una espaciosa plataforma, en el centro de la cual se divisaba un hueco para la hoguera: junto a ella había una pila de leña.
Los guerreros ya habían revisado toda el área y ahora estaban saliendo de las puertas que estaban a la derecha e izquierda en esta especie de cavidad en medio del túnel. Kaunas se dirigió hacia ellos.
— ¿Y qué tal? — preguntó.
— Todo despejado, — informaron dos de los enanos.
— Perfecto, — asintió el comandante y señaló con el dedo a uno de los guerreros. — Ve hasta la cola del tren y vigila el túnel. Tu — reemplaza a Jarir. El resto — conmigo.
Los enanos regresaron al vagón y pronto reaparecieron con cajas en las manos. Los elfos se dispersaron a los lados, controlando los accesos, y yo me acerqué al hueco, queriendo asegurarme de que realmente era para hacer fuego. Gilt permaneció cerca y sentí su deseo de protegerme.
Kaunas y los guerreros metieron las cajas a la habitación de la derecha y yo me acerqué para ver qué había allí. Detrás de una puerta metálica sin rastros de cerradura había una pequeña habitación que contenía muchas cajas y un par de barriles. Los enanos ya habían puesto los que trajeron, tomaron un par de los más pequeños y los arrastraron hacia la plataforma. De las cajas sacaron algo parecido a camas plegables y empezaron a instalarlas contra la pared del fondo, justo entre las puertas. Cuando las cuatro tumbonas estuvieron instaladas, del carruaje salió Jarir y se acercó a nosotros.
Haciendo un gesto con la mano al comandante, se dirigió a la puerta de la izquierda y yo, por supuesto, también fui allí para curiosear. Ahí había otra pequeña habitación con un agujero en el suelo en el centro, al lado del cual vi una caja y un cubo. El gnomo se acercó al agujero y comenzó a conjurar, inmediatamente reconocí el hechizo. La ya familiar cuenta de fuego desapareció en un agujero debajo del suelo, y un momento después sonó una explosión y una columna de llamas se disparó desde el agujero hasta el techo.
— Por si alguna criatura se escondiera allí, — me explicó Jarir. — Los desechos naturales atraen mucho a todo tipo de seres vivos, por eso estos sitios de descanso fueron construidos hace mucho tiempo. Ahora ya existen vagones equipados con sanitarios mágicos que no dejan residuos, pero son muy caros... por ahora sólo podemos soñar con tener uno.
Ahora que me quedó claro el motivo de tal abstinencia, el segundo día comencé a pensar seriamente en cómo podría ir al baño. Mientras tanto, el gnomo se acercó al cubo, que resultó estar vacío, y vocalizó un breve hechizo, haciendo un pase con la mano. Sabía este hechizo: Crear agua, y no me sorprendí cuando un chorro de agua cayó de la mano de Jarir al cubo.
— Ya puedes usarlo, — me dijo el gnomo, dirigiéndose hacia la salida.
En la caja encontré un montón de trapos viejos, pero bastante limpios, y me apresuré a hacer mis necesidades tan pronto como el gnomo salió por la puerta.
En el campamento pronto comenzó a arder un fuego; noté que los enanos lo habían encendido de tal forma para que las llamas no se elevaran del hoyo por encima del nivel del suelo. Sobre una parrilla colocada en la hoguera pusieron una cacerola y un cazo para hacer infusiones. Luego los guerreros ayudaron a Kaunas a quitarse la armadura y él correteó un poco por la plataforma. Cuando terminó de hacer ejercicio, los enanos ya habían preparado alguna infusión de hierbas en el cazo y la vertieron en tazas de metal. El comandante se sentó en una tumbona, nos llamó y nos repartió tazas.
Mientras bebíamos la astringente bebida con un regusto agridulce, Kaunas nos instruyó sobre cómo realizar guardias. Luego él, junto con todos los demás, comió un plato de sencilla sopa y, recostándose en la tumbona, se quedó dormido al instante. Gilt ayudó a los enanos a quitarse la armadura y ellos también se recostaron a dormir. Jarir se dejó caer en la cuarta tumbona y nosotros nos dirigimos a diferentes lados de la plataforma para vigilar. Yo fue con Wunorse y Gilt con Jamél.
Pasado un tiempo, los guerreros se despertaron y cambiaron con los guardias en el tren, el comandante y el enano continuaron durmiendo, y Wunorse y yo nos acostamos en las tumbonas libres. Fui el último en despertar, Wunorse ya estaba dando vueltas por la plataforma con Jamél, y guerreros enanos completamente equipados caminaban por los bordes de la estación.
Gilt me entregó una taza de infusión y un paquete de comida, el fuego ya había sido apagado y al parecer sólo me estaban esperando a mí. Jarir salió corriendo del tren, preguntó si todos habían hecho sus necesidades y luego desapareció detrás de la puerta del retrete, desde donde pronto se escuchó el estallido de la bola de fuego. Mientras tanto, los enanos estaban ocupados guardando las tumbonas y pronto ya estábamos subiendo al tren, que, esta vez sin una sacudida brusca, empezó a coger velocidad de nuevo.
Un día más pasó desapercibido. Incluso parecía que comienzo a acostumbrarme a este viaje y ya no me aburría tanto. Además los enanos empezaron a tratarnos con menos cautela, a menudo contándonos diferentes historias y preguntándonos sobre nuestras aventuras.
Cuando el tren alcanzó la velocidad requerida, apareció Jarir y comenzamos la esperada conversación sobre el tema de la magia. Lo que más me interesaba eran los conjuros que él tenía. Me mostró su libro de magia, que parecía más bien un sucio cuaderno. Estaba escrito de forma tan ilegible que no pude distinguir ni una palabra. Pero el entusiasmo del gnomo era inagotable y me contó incansablemente sobre cada hechizo allí escrito. Dos de ellos me parecieron interesantes: Ráfaga de viento de nivel 2 y Muro de viento de nivel 3.
A su vez, Jarir estaba interesado en los hechizos de nigromancia, de los cuales, aparte de los captrips, no conocía ni uno. Así que nos turnamos para enseñarnos mutuamente, él me mostró la mecánica de la Ráfaga de viento y yo traté de enseñarle cómo lanzar Rayo de debilitamiento.
El segundo día después de la parada, o el sexto, si contamos desde el momento en que nos subimos al tren, justo estaba en el último vagón y ayudaba al gnomo a construir correctamente los flujos de energía del conjuro. Él erraba al final, en el momento de la emisión del rayo; todo lo demás ya había comprendido. Yo, en cambio, podría presumir de una nueva página luminosa en mi grimorio.
De repente, se escuchó un grito desde el pasillo entre los vagones: «¡¡¡Frena!!!», y Jarir inmediatamente se soltó de mis manos, apagó el cristal con un breve impulso y corrió hacia el vagón de cabecera. Yo, un poco desconcertado, me apresuré tras él y apenas tuve tiempo de entrar al penúltimo vagón cuando el suelo comenzó a desaparecer bajo mis pies. Me pareció que el último vagón empezó a subir, y luego me choqué con fuerza de espaldas al techo y me arrastró casi hasta la puerta, donde me golpeé con la cabeza contra la pared y caí al suelo.
Agradeciendo al destino por no quitarme el yelmo y de que no haya volado de la cabeza en el momento de salir despedido, me puse de pie de un salto y, sin prestar atención al zumbido en mis oídos, seguí corriendo. El movimiento del tren apenas se sentía, se oía un chirrido terrible, e incluso me pareció que los últimos vagones estaban un poco torcidos.
Cuando entré corriendo al vagón central, tres enanos se estaban poniendo de pie y uno yacía inmóvil en el pasillo. Gilt ya se estaba acercando a él y los elfos estaban sacando sus arcos. Vi la pequeña figura del gnomo saltar al siguiente vagón y corrí tras él.
Mientras estaba en el medio del siguiente pasillo, vi una especie de asqueroso humo saliendo del vagón de cabecera. Con un gesto de su mano, Jarir lo empujó hacia adelante y saltó allí él mismo. Me picaba la nariz de forma desagradable, pero aun así me acerqué.
Kaunas trataba de salir de la silla. Su armadura brillaba húmedamente y de ella salía vapor. El mismo vapor acre procedía de la mucosidad esparcida por todos lados, que desaparecía rápidamente. En el otro extremo del vagón había trozos enteros de esa sustancia tirados por el suelo, la mucosidad fluía lentamente por la rejilla y no se veía absolutamente nada a través del vapor; ni siquiera las ráfagas de viento enviadas de vez en cuando por el gnomo podían disiparlo.
El comandante finalmente pudo levantarse y, al vernos, explicó con voz queda:
— Un cubo gelatinoso gigante. Lo aplastamos durante la colisión, pero puede que haya más de uno. ¿Qué tal el tren?
— No se volcó, — respondió Jarir e inmediatamente comenzó a toser.
— Me pareció que los dos últimos vagones se torcieron, — agregué.
Kaunas maldijo y se dirigió hacia la salida.
— ¿Podrás hacerte cargo por aquí? — le preguntó al gnomo de paso, y éste asintió en respuesta. — Bien, una vez que saques fuera toda esta asquerosidad, prepárate para disparar.
El comandante pasó a mi lado. Volví a mirar a Jarir, que no dejaba de conjurar ráfagas de viento, y decidiendo que, aparte del humo, no parecía correr ningún peligro, seguí al enano. Al final los problemas ocurrieron, — pensé, — pero, afortunadamente, al menos no es un derribo...
Capítulo 9
En el vagón central nos esperaban los enanos, listos para abrir la puerta a primera orden. A ambos lados de la abertura se han puesto los elfos con sus arcos preparados. Gilt dejó al guerrero aún inconsciente en la cama plegable del banco y se volvió hacia nosotros cuando entramos:
— Se dio un mal golpe al caer, — le explicó más al comandante, pues yo ya entendía todo gracias a los lazos mentales que nos unen. — No se rompió el cuello, pero quedará inconsciente por un tiempo.
— Está bien, — Kaunas asintió y se volvió hacia sus camaradas. — ¡Abrir! Hay que inspeccionar los alrededores, limpiarlos de posibles enemigos y descubrir qué les pasa a los vagones.
La puerta fue abierta inmediatamente y los guerreros saltaron del tren. Después de formar un muro de escudos, los tres enanos dieron un paso adelante y Kaunas y yo saltamos detrás de ellos. Gilt no se alejaba de mí ni un solo paso, pero los elfos permanecieron en el vagón; desde allí tenían mejor vista para disparar.
En la oscuridad que reinaba en el túnel, no vi ningún enemigo, pero noté algo de movimiento hacia la derecha. Inmediatamente escuché un sonido frotante a mis espaldas, y algo voló sobre mi cabeza, esparciendo chispas, golpeando la pared con un tintineo vítreo y esparciendo llamas que dispersaron la oscuridad y cegaron ligeramente mi visión oscura.
Entrecerrando los ojos y ajustando la intensidad de mi mirada, vi a la derecha grumos de moco que brillaron con las llamas del fuego, parecidos a redondas amebas, que ya se arrastraban hacia nosotros. Más cerca de los demás había un coágulo que brillaba de color azul, además, dentro de su cuerpo gelatinoso, los reflejos de la luz refractaban por algunas formaciones delgadas, y esto hacía que pareciera como si él mismo brillara con un fulgor azulado. El bulto era grande, tan alto como un enano, y se movía con elegantes sacudidas, como si rodara.
Detrás de él había dos grumos verdosos, similares en el tono de sus cuerpos al moco que vi en el vagón de cabecera de nuestro tren. Tenían aproximadamente la misma altura que el azul, pero parecían mucho más anchos, tal vez porque se movían de forma amorfa, fluyendo y perdiendo su forma redondeada durante el desplazamiento. Junto a ellos había otro bulto, y si no se hubiera movido también en nuestra dirección, lo habría tomado por un montón de tierra: su cuerpo marrón parecía friable y se movía como si se derramara de un lugar a otro.
— ¡Limos! — exclamó uno de los guerreros, y los enanos giraron hacia la derecha.
— ¡Por la izquierda también! — gritó Kaunas y le dio una palmada en el hombro a uno de sus guerreros. Éste se dio la vuelta y avanzó hacia el comandante, quien también se quitó el escudo de su espalda.
Miré a mi izquierda y vi una especie de montón de baba que parecía pudín. Tenía dos metros de altura y se arrastraba rápidamente hacia nosotros. Además, parecía que su parte superior fluía constantemente hacia adelante, creando bien visibles ondas en la sucia superficie gris de esta viscosa criatura. A su lado se podía ver ese familiar trozo de tierra, un poco más lejos otro, y entre ellos dos limos verdes.
Suponiendo que Kaunas tenía mucha más experiencia que un guerrero común, decidí unirme a los enanos de la derecha, me paré a sus espaldas y saqué el grimorio de mi bolso. Pensando que a los elfos les vendría bien un poco más de luz, saqué dos bolitas de ingredientes para la bola de fuego y comencé a recitar el hechizo, enrollando azufre y guano en una cuenta que comenzó a brillar al ritmo de las palabras.
Mientras, las flechas ya silbaron sobre mi cabeza, una tras otra. Los elfos eligieron como objetivo el monstruo azul que estaba más cerca. Una flecha pasó de lado, dos dieron en el blanco y, a juzgar por los destellos oscuros, eran de Wunorse. Una mirada más atenta al coágulo de moco reveló un letrero encima de él: "Limo de cristal, nivel 15, 65/92".
Echando un rápido vistazo hacia atrás, vi que Kaunas con su compañero ya se enfroscaron en combate con sus enemigos; el montón de tierra resultó ser "Limo marrón, nivel 16, 175/175", y el monstruo que fluía se llamaba "Muk, nivel 14, 104/104".
Mientras tanto, de nuestro lado, el montón de tierra, "Lima marrón, nivel 13, 139/139", y baba verde, "Limo verde, nivel 15, 77/77", llegaron hasta los enanos. En cambio el bulto azulado no tenía prisa por acercarse. De repente saltó alto, casi tomando la forma de una bola, y expulsó de sí mismo tres fragmentos afilados en forma de cuchillas, con los que me disparó.
No me dio por algún milagro, o con el susto logré esquivarlos, y estos fragmentos se destrozaron contra las piedras del suelo con un sonido resonante. Además, no perdí la concentración y continué lanzando el hechizo, notando por el rabillo del ojo una notificación en el chat del sistema sobre el uso exitoso de la habilidad correspondiente.
El limo marrón golpeó al enano más cercano con una protuberancia que se extendió desde su cuerpo y que me recordó el puño de golem, excepto que estaba hecho de tierra en lugar de piedra. El guerrero recibió el golpe con su escudo y, a juzgar por los sonidos, lo mismo sucedía detrás de nosotros. El coágulo verde también saltó, pero no hacia arriba, si no directamente hacia el enano más cercano, como si intentara embestirle. Sin embargo, el guerrero estaba alerta y logró levantar su enorme escudo, rechazando al enemigo. De repente, una brisa inesperadamente fría me trajo un olor amargo y ácido.
Los enanos hacían buen uso de sus espadas, atacando a la velocidad del rayo. El limo verde perdió 21 puntos de vida, el marrón 29. Yo completé el hechizo, apunté para que el radio de explosión que me aparecía capturara a los cuatro oponentes y solté la cuenta de fuego. Explotó intensamente, pero el daño me pareció muy bajo: sólo 17 puntos. Imagínense mi sorpresa cuando desvié la mirada de la barra de vida casi medio vacía del limo verde a la del marrón y descubrí ¡que su escala roja no ha disminuido nada! Parece que este montón de barro era inmune al fuego...
Cuatro flechas se hincaron al limo de cristal, pero logró sobrevivir con una barra de vida casi vacía, 14/92, y enseguida disparó en resuesta. Tres fragmentos que brillaron en la penumbra volaron hacia el tren y oí a Jamél soltar un grito de dolor.
Escondiendo el grimorio en mi bolso, quise mirar atrás para saber cómo iban las cosas en el flanco izquierdo, pero entonces me pareció notar un movimiento arriba. Comencé a levantar la cabeza e incluso logré vislumbrar una especie de silueta parecida a una medusa, pero no tuve tiempo de reaccionar: la criatura se deslizó hacia abajo como una sombra y cayó justo sobre uno de los enanos que estaba frente a mí.
El guerrero agitó sus brazos con furia, intentando sin éxito quitar al monstruo de encima. Su cabeza y la mitad superior de su cuerpo cubrió una delgada y transparente película mucosa, de varios dedos de grosor, que claramente bloqueaba la respiración del enano. Mientras me fijaba en la criatura, logrando que aparezca el letrero "Limo paraguas, nivel 14, 74/74", Gilt, que estaba constantemente cerca de mí, no perdió el tiempo en vano y atizó a su compatriota con el martillo, tratando de golpear de tal forma para que el mazo pase de lado y así arrojara al monstruo fuera. El limo recibió 12 puntos de daño, pero enseguida me fijé en la ventana del sistema que la mitad de este daño se lo recibió el enano apresado. Además, la criatura seguía agarrada al nuestro camarada, como si estuviera pegada.
Sintiendo perfectamente mis pensamientos, Gilt maldijo y colgó el martillo en su cinturón, decidiendo arrancar a la criatura con sus manos. Mientras tanto, el limo verde aprovechó la impotencia de su oponente y saltó nuevamente para golpear al enano en el pecho. La barra de vida del guerrero disminuyó un poco más, y por alguna razón el monstruo que lo envolvía no recibió nada de daño. El segundo limo verde mientras tanto se había acercado ya al enano quien agitaba a lo tonto su espada en el aire, aunque todavía no tuvo tiempo de atacarle.
El limo marrón volvió a atacar con puños que salían disparados de su cuerpo, y nuevamente todos sus golpes fueron parados con el escudo. De los tres ataques de respuesta del enano, dos tuvieron éxito, acortando la vida del monstruo en otros 22 puntos, hasta 88.
Otra ráfaga de flechas silbó, acabando finalmente con el limo tirador. Una flecha solitaria se clavó al marrón y redujo su barra de vida a 78 puntos.
Gilt consiguió agarrar a la viscosa criatura constrictor e intentó quitársela a su compatriota. Se oyó un crujido, salió humo de los guantes del enano y su salud se redujo en 9 puntos. La criatura todavía se aferraba al guerrero, pero los esfuerzos de Gilt eran visibles: ahí, por donde estaba tirando, apareció un espacio, parecía como si estuviera tratando de quitarle al guerrero un envase elástico gigante.
Los limos me parecieron bastante torpes, así que decidí golpear tres veces y elegí como objetivo al más herido de ellos: el verde. Los tres golpes tuvieron éxito: 15, 12 y 13, para un total de 40. Esto fue suficiente para que el bulto viscoso se esparciera por el suelo y siseara, evaporándose. Noté que no quedaba ni rastro de moco en mi bastón, a pesar de los característicos sonidos chapoteantes de cada golpe.
Esta vez, la mayoría de las flechas fallaron, sólo una atravesó al marrón y el cuerpo terroso del limo quedó envuelto en destellos negros: −23 PV. Gilt continuó estirando del monstruo, sus guantes se disolvieron y ahora el humo salía de sus manos, cubiertos de baba que rezumaba del monstruo. El bulto verde restante golpeó al enano indefenso, mientras su compañero continuó cortando a su oponente marrón con su espada, infligiéndole otros 31 puntos de daño. El monstruo terroso estaba al borde de la muerte, 34/139 — indicaba su casi vacía barra de vida, así que decidí acabar con él con mis siguientes tres golpes del bastón. El primer golpe causó 10 puntos de daño, el golpe de vuelta falló y el último hizo 15. Antes de que tuviera tiempo de molestarme por el fracaso, una flecha solitaria atravesó el bulto marrón y éste comenzó a desmoronarse, emitiendo un extraño sonido de gorgoteo.
Las tres flechas restantes alcanzaron con éxito al limo que continuaba aporreando al indefenso enano y prácticamente acabaron con él: su indicador vacío mostraba 4/78. Gilt finalmente arrancó el monstruo del enano y arrojó la masa amorfa a un lado. El guerrero, con un humo acre saliendo de su cabeza, gritó algo indistinguible, — me pareció más para meter aire en sus pulmones que por rabia o dolor, — y de una corta estocada remató a la gelatina verde.
El limo arrojado a un lado rebotó de alguna manera del suelo y comenzó a flotar en el aire, adquiriendo la forma de una medusa con lenguetas en la parte inferior. Su cuerpo, que en este estado realmente parecía un paraguas, era completamente transparente y apenas se podía distinguir en la oscuridad. Sin pensarlo mucho, le di dos veces a este paquete volador; o mejor dicho, intenté hacerlo, porque el monstruo esquivó inexplicablemente mis golpes, como si fluyese de mi bastón en el último momento.
— No podemos dejarle subir, — me llegó el pensamiento de Gilt. — Esta criatura volverá a caer sobre alguien.
El enano también blandió dos veces su martillo con un resultado parecido: sus golpes, igual que los míos, también fallaron, como si golpeara a una sombra.
De nuestro lado, aparte del limo paraguas, no quedaban más enemigos, por lo que los guerreros se apresuraron a ayudar al capitán. El enano, con más de un tercio de su barra de vida vacía, sacó una botella de poción de su cinturón mientras caminaba, se echó un poco de su contenido en su rostro quemado, bebió el resto y volvió a guardar la botella. Su compañero simplemente nos dijo: "Ocupaos de esa cosa", señalando a la medusa que se elevaba en el aire, y también se apresuró a ayudar a sus compañeros. Quizás fue sólo mi imaginación, pero podría haber jurado que el frente de la armadura de ambos guerreros estaba cubierto de escarcha.
Wunorse trasladó sus disparos hacia la izquierda; aparentemente, ahí la pelea estaba ardua: era difícil ver algo en la confusión del combate y no había tiempo para leer la ventana del sistema. Jamél disparó una flecha al paraguas transparente y ésta sufrió la misma suerte que nuestros ataques: el cuerpo viscoso parecía fluir alrededor de todos los golpes que le infligían.
"¿Y qué pasa con la magia?" — pensé, saqué el grimorio y disparé dos misiles mágicos. Por lo que yo recordaba, estas bolas de energía siempre daban en el blanco.
Los proyectiles plateados dejaron un rastro que se fundía en la oscuridad y realmente golpearon al limo que se elevaba lentamente. Aunque el daño resultó ser escaso: 5 y 3; la barra de vida casi completa del monstruo mostraba 54/74.
Revolviendo febrilmente en mi mente los hechizos disponibles, no lograba entender qué podría usar que sea más potente; las descripciones memorizadas de "ataque de toque a distancia" aparecieron en mi cabeza, lo que, dadas las habilidades de la criatura, me causaba serias dudas de que van a fallar de la misma forma que los ataques convencionales, ya que el monstruo evitó fácilmente la flecha certera de Jamél.
Al no encontrar nada mejor, disparé dos proyectiles y luego dos más. 38/74 — al limo todavía le quedaba la mitad de la escala y ya se había elevado por encima del vagón. El monstruo no reaccionó de ninguna manera a las bolitas que le mordían y no intentó volar a ninguna parte ni atacar a nadie. Incluso me pareció que sus lenguetas se balanceaban convulsivamente en un esfuerzo por subir más rápidamente y esconderse entre las sombras del techo.
Prestando atención a Gilt parado a mi lado, quise enviarle a ayudar a los demás, pero recibí inmediatamente sus pensamientos:
— Allí no seré de mucha utilidad, — el enano evaluó el nivel de habilidad de sus compatriotas claramente mejor que yo, — sin embargo dejarte solo me parece una mala idea... ¡nunca se sabe qué más puede caer del techo!
Dos proyectiles más volaron hacia el objetivo, y sólo me quedaba un cubito de espacios para hechizos de primer nivel. 3 y 5, con ese daño me parecía a un patético debilucho. El paraguas ya era apenas visible en la oscuridad cuando mis dos últimos proyectiles se precipitaron hacia él. 3 y 4, 24/74... y el monstruo desapareció de la vista. «Se largó», — me llegó el pensamiento de Gilt.
Más por quitar de alguna manera la sensación de fracaso, saqué los ingredientes de mi bolsa mágica y conjuré una bola de fuego, lanzándola directamente al techo sobre mi cabeza, asegurándome, por supuesto, de que el radio de explosión no nos alcanzara. ¡Cuán grande fue mi sorpresa cuando leí en la ventana del sistema sobre los justos 24 puntos de daño causado!
Todavía no podía creer en la tan increíble suerte cuando algo pequeño cayó del techo y rodó por el suelo con un sonido metálico. Me agaché y cogí un anillo con una piedra que parecía un diamante. No apareció ninguna ventana de información y, sobre todo, tenía que apresurarme para ayudar a los demás, así que simplemente arrojé el anillo a la bolsa del cinto y me dirigí hacia los enanos.
Cuando alcanzamos al cuarteto de guerreros, ellos, con la ayuda de nuestros tiradores, por supuesto, ya se habían ocupado de todos los limos: ante mis ojos, el último montón terroso se desmoronó, burbujeando como agua hirviendo en un caldero. Sólo quedaba vivo el pudín gelatinoso, sobre el cual brillaba 50/104. Aunque los guerreros también estaban bien tocados: sus barras de vida estaban medio vacías y noté cómo se iban vaciando gradualmente. El monstruo resultó ser venenoso. Además de que emitía gas y escupía líquido venenoso, también apestaba horriblemente, paralizando y causando daños... menos mal que sólo en un radio limitado a su alrededor.
Aún mientras me acercaba, olí ese fuerte hedor, pero, afortunadamente, no tuve tiempo de experimentar su efecto pernicioso. Mientras pensaba de qué lado sería mejor acercarme a los enanos luchadores para atizar este limo apestoso, las flechas volaron desde el tren, los guerreros blandieron sus espadas al unísono y Gilt, inmune a los venenos, se acercó por detrás. y, golpeando el limo con su martillo, remató a la criatura.
Los enanos se apartaron. Muk se convirtió en un repugnante charco borboteante, en cuya superficie de vez en cuando se hinchaban burbujas que estallaban y liberaban vapores apestosos. Nos retiramos más lejos y miramos a nuestro alrededor; no había más enemigos a la vista. Gilt volvió a ponerse a mi lado e inmediatamente puse mi mano sobre su hombro para transferirle la energía negativa. El enano levantó las palmas de sus manos desfiguradas por el ácido y observamos cómo las úlceras de su carne desgarrada se llenaban con el tejido necrótico mutado.
Los guerreros tampoco perdieron el tiempo: todos se apresuraron a sacar sus botellas de pociones curativas.
— ¿Por qué hay tantos limos aquí? — Gilt vocalizó mi pregunta. — ¿Y tan diferentes?
— No tengo ni idea, — respondió Kaunas cuando terminó de tragar la poción. — Nunca me topé con nada parecido.
— Escuché que los limos a veces tienen verriondez, — dijo su suposición el guerrero que sufrió más que los demás en el combate, el mismo sobre quien cayó la desafortunada medusa. Mientras hablaba, me acerqué y comencé a transmitirle energía positiva a medida de lo posible, aunque, por supuesto, en comparación con las pociones, mi tratamiento fue insignificante. — Dicen que cuando sucede algo en los lugares donde viven: bueno, un derrumbe en la cueva, o que se inunde el nivel, magma, gases... entonces se juntan en un torrente y se arrastran hasta encontrar una nueva zona adecuada para habitar, donde se dispersan. Hasta entonces, no pelean entre sí y arrasan con todo lo que encuentran a su paso.
Las palabras del enano fueron interrumpidas por el silbido de un disparo proveniente desde el vagón de cabecera.
— Tú, conmigo, — le ordenó Kaunas al guerrero hablador. — El resto, rodead el tren por detrás, hay que despejar rápidamente los alrededores y largarnos de aquí.
Los enanos se dividieron en parejas y corrieron en diferentes direcciones. Miré a los elfos. Wunorse nos hizo un gesto con la mano en plan «nos vamos a la cabecera del tren». Asentí y los elfos desaparecieron de mi vista. Nosotros seguimos a los enanos hasta el final del tren.
Cuando dimos la vuelta al tren, encontramos dos limos verdes, de los que nos ocupamos rápidamente. Al otro lado había pocos monstruos; tal vez ya se habían arrastrado todos hasta el vagón de cabecera, o simplemente tuvimos suerte. Sólo nos encontramos con un limo marrón, que los enanos apalizaron sin problemas. Yo mientras tanto no paraba de observar con recelo la oscuridad del techo del túnel, muy temeroso del ataque de otra medusa.
Llegamos a la cabecera del tren justo a tiempo para ver el punto final del combate: una barra que voló desde el vagón se clavó al último especialmente grande limo verde. Enseguida me percaté de al menos otras tres barras que sobresalían del suelo por delante del tren, una de las cuales estaba fuertemente corroída por el ácido.
— ¿Qué tal ahí atrás? — preguntó Kaunas acercándose a una de las barras.
— Todo despejado.
— ¿Y los vagones? — el comandante se esforzó y arrancó la barra del suelo del túnel.
— El último se saltó de los rieles, — respondió uno de los guerreros, quien obviamente prestó atención a ello. — Esto hizo que el siguiente se torciera un poco.
— Eso pensé, — asintió Kaunas, agitando la barra como si intentara sacudirle la suciedad. — Recoged los virotes, intentemos usarlos como palanca. Vosotros también llevad uno de allí y venid con nosotros, — les gritó a los elfos. — Y tú, Jarir, quédate por aquí de guardia. Creo que si las criaturas vienen, lo más probable es que será de frente.
Los enanos se apresuraron a sacar las barras que sobresalían del suelo. No dejaron ni el que había sido carcomido por el ácido, lo arrojaron dentro del vagón a través de la verja. Gilt arrancó fácilmente de la piedra la barra más cercana a nosotros y nos dirigimos de regreso a la cola del tren.
Capítulo 10
Ya al lado del último vagón, Kaunas y yo miramos debajo del tren para evaluar los daños. El vagón realmente se soltó de los rieles; el disco totalmente metálico de la rueda estaba de nuestro lado fuera del riel y donde el enganche de los vagones colgaba completamente en el aire. En el punto de torsión, los vagones se elevaron por encima de la vía, y consideré una suerte aún mayor que el tren no volcara de costado.
Mientras tanto, los enanos hablaron entre ellos, Kaunas me lanzó una mirada crítica a mí y a los elfos que se acercaron justo en ese momento con las barras prestas, escupió y envió a sus guerreros al lado opuesto. Nos colocó a distancias aproximadamente iguales entre sí, dejando las posiciones extremas para él y Gilt, y nos mostró cómo insertar correctamente la barra debajo del vagón y apoyarla detrás del riel para usarla como palanca. Luego gritó: "¡Vamos! ¡¡¡Levantad!!!" — y el vagón se inclinó ligeramente en nuestra dirección.
Después de esperar un grito de respuesta, el comandante chilló, esta vez dirigiéndose a nosotros: "¡Vamos, arriba!". — y comenzamos a empujar con todas nuestras fuerzas las barras, intentando volver a colocar las ruedas en los rieles. Me agaché debajo de mi barra y simplemente apoyé todo mi cuerpo contra ella, tratando de enderezarme. Wunorse gemía cerca, y un poco más lejos se esforzaba Jamél, quien, a pesar del esfuerzo, no emitía sonido alguno.
Inesperadamente pronto, se escuchó una nueva orden de Kaunas: "¡Abajo!" — y me agaché de nuevo para bajar la vara. El comandante ya estaba al lado de la rueda y, antes de que yo pudiera recuperar el aliento, corrió con expresión de satisfacción hacia el enganche de los vagones. Ahí ya no hizo falta nuestra ayuda: los guerreros aseguraban y guiaban del otro lado, y de nuestro se hicieron cargo Kaunas con Gilt, quien me quitó mi barra de las manos y me entregó la suya, casi curvada en un arco.
Tan pronto como los vagones fueron colocados sobre los rieles, todos se apresuraron a subir. Vi que quedaba algo de botín en el lugar donde cayeron derrotados algunos de los limos, pero no hubo tiempo para recogerlo. Sólo uno de los enanos se inclinó de pasada hacia la pila más cercana y recogió un guijarro grande que brilló bellamente cual esmeralda a la luz de las moribundas llamas.
La cabeza de Jarir asomó por la puerta abierta del vagón. Nos saludó alegremente con la mano, pero inmediatamente desapareció bajo la mirada enojada del comandante. Descubrí que había cuatro guerreros enanos de este lado, lo que significaba que el inconsciente recobró el sentido y, tal vez, incluso ayudó a sus compañeros a jalar los vagones.
Mientras los enanos vigilaban cautelosamente los accesos, todos empezaron a turnarse para regresar al tren. Eché un último vistazo al reciente campo de batalla, que se hundía cada vez más en la oscuridad del túnel. Una ligera molestia por la imposibilidad de examinar los restos esparcidos aquí y allá se deslizó en mi mente. Mi mirada quedó atrapada en el charco fétido y todavía burbujeante en el lugar del muk derrotado. Todas las demás criaturas hace tiempo que se disolvieron, y sólo este líquido, en mi opinión, no ha disminuido en absoluto, a pesar de las numerosas burbujas que todavía aparecían en su superficie.
Pero entonces llegó mi turno de subir al vagón, algo que Gilt no dejó de recordarme con un ligero empujón. Subí al interior y pronto los últimos enanos que habían subido al tren cerraron la puerta de golpe. Kaunas ya se fue al vagón de cabecera, lo siguieron dos enanos, recogiendo a todos las varillas de metal, y el resto se recostó en los bancos para descansar.
Seguimos su ejemplo. Antes de sentarme en el banco, miré las barras de vida de mis camaradas. Wunorse no resultó herido, pero Jamél sufrió un poco. Toqué su hombro con mi mano y le pasé un poco de energía positiva. La chica me miró agradecida, pero no dijo nada. Sentándome junto a Gilt, presioné mi hombro contra él y comencé a restaurar su salud con energía negativa tan pronto como el cooldown de habilidad me lo permitía.
El tren se sacudió y comenzó a ganar lentamente velocidad, mientras un montón de ventanas aparecieron frente a mis ojos, marcando el final del encuentro. Me cayeron 850 puntos de experiencia... esperaba más, aunque tampoco estaba mal, me quedaba ya muy poco para pasar al siguiente nivel.
Entonces recordé el anillo que se cayó del limo paraguas y lo saqué de mi bolsa. Por el rabillo del ojo, noté mensajes pasando en la ventana del sistema, pero preferí leer el texto que apareció encima del objeto: "Anillo de evasión, mágico, permite al propietario evitar completamente el daño en los casos donde con una exitosa tirada de salvación de reflejos tomaría la mitad del daño, y recibirá sólo la mitad del daño en los casos de fallar dicha tirada de salvación".
Giré el anillo ante mis ojos, esperando que comenzara la lotería, pero no ocurrió.
— Wunorse, — llamé al elfo sentado enfrente, — mira lo que encontré.
Mi amigo examinó el anillo y me lo devolvió.
— Es un buen anillo, — elogió, póntelo, te vendrá muy bien.
— ¿Y por qué no empezó la lotería? — pregunté confundido, jugueteando con el anillo en mis manos.
— Hmm, — Wunorse se quedó pensativo. — ¿Has mirado la configuración del grupo? Me pone que ahora eres el líder.
— Es extraño, — respondí, tratando de abrir el panel de configuración del grupo con mi mirada, — no toqué ni cambié nada, recuerdo sólo que apareció un mensaje cuando Jamél se ha unido al grupo...
Después de hurgar en la configuración, al final descubrí la línea "distribución de tesoros encontrados", donde estaba puesto "a decisión del líder del grupo". Cuando intenté cambiarlo, aparecieron varias opciones, entre las cuales elegí "objetos mágicos — sorteo, artefactos — a decisión del líder del grupo".
Se lo conté a Wunorse y le ofrecí poner el anillo en lotería, a lo que él tan sólo se rió y dijo: guárdalo para ti, lo necesitas más. Jamél respondió a mi mirada asintiendo y sonrió, explicando que los pícaros tienen una habilidad de clase similar, por lo que tampoco necesitaba ese tipo de joyas.
Poco a poco el tren fue ganando velocidad y uno de los enanos regresó del vagón de cabecera. Sus compañeros comenzaron a inspeccionar sus armaduras, tratando de reparar las partes dañadas, y a mí de repente me invadió tal fatiga que estaba sentado como en una niebla, sumergiéndome en un estado de estupor somnoliento, y luego Gilt, al parecer sintiendo mi condición, abrió el banco y me tumbé a dormir.
Al día siguiente llegamos a otra «estación», casi idéntica a la anterior. La parada y el descanso transcurrieron sin incidentes, y pronto volvimos a correr en el tren por el ferrocarril de los enanos. Otra vez comencé a pasar tiempo con Jarir: él ya había dominado el Rayo de debilitamiento, y ahora le estaba mostrando Invocar no-muertos, mientras él me estaba enseñando el Muro de viento. Nos salía bastante mal, aunque poco a poco el gnomo comenzó a lograr el tejido. Yo, en cambio, pensaba entenderlo todo bien y estaba construyendo correctamente los hilos energéticos del hechizo, pero el muro que me salía se desintegraba enseguida en corrientes de viento y una nueva página en mi grimorio no tenía prisa por aparecer.
Así pasaron otros dos días, que comenzaron a fusionarse para mí en una corriente indivisible de tiempo. Los distinguía sólo por los períodos de sueño y el reloj que tenía en la esquina de mi campo de visión, perdiendo por completo la sensación del cambio de día y noche. Sin embargo, esto no me causó ninguna molestia, todo lo contrario: la noche constante del mundo subterráneo me mantenía de buen humor, por alguna razón dándome fuerzas.
Al tercer día, los enanos se animaron e informaron que pronto llegaríamos a Mercator. Jarir confirmó esta información y aseguró que ya había comenzado a bajar velocidad. Así que después de comer decidí visitar al comandante y me dirigí al vagón de cabecera. Wunorse y Jamél me siguieron; aparentemente ellos también tenían curiosidad.
A Kaunas no le sorprendió la compañía que le llegó. Pero antes de que tuviéramos tiempo de saludar, el tren salió a toda marcha del túnel hacia el espacio abierto de una cueva verdaderamente gigantesca. Personalmente, me pareció que nos hubiéramos salido a la superficie, excepto que de profunda noche. El techo y las paredes de la cueva se perdían en algún lugar lejano en la oscuridad; sólo se podían distinguir los rieles colocados sobre traviesas apenas visibles en la oscuridad en medio de una desierta superficie rocosa. Tenía muchas ganas de mirar atrás para ver cómo se veían la boca del túnel y las paredes de esta caverna al salir, pero la vista desde el vagón de cabecera solo se abría hacia adelante.
El tren comenzó a ir notablemente más lento, o tal vez así parecía por la ausencia de paredes que pasaran por las ventanas. A veces notaba huecos o abismos que se oscurecían no lejos de las vías, pero no podía verlos bien. El camino empezó a trazar un arco apenas perceptible hacia la izquierda y un poco hacia abajo. Quería preguntarle al comandante sobre ello, pero el repentino paisaje que se abrió ante mí me hizo olvidar cualquier pregunta. Me quedé literalmente pasmado a mitad de la frase con la boca abierta, impresionado por la increíble vista.
Delante se divisaba en tonos carmesí un enorme abismo, como si fuese un inmenso lago, en medio del cual se alzaba como un castillo una ciudad. Desde lejos parecía precisamente un castillo de varios niveles: los contornos oscuros y gruesos de las paredes como base, sobre la cual se podían ver las cajas de las casas salpicadas de pequeñas luces. Alrededor de este islote fluía lava en un anillo, iluminando con colores ardientes todo este majestuoso cuadro, envuelto en una neblina de vapor. Desde diferentes lados convergían hacia la ciudad, como una telaraña, muchas vías de tren, similares a aquellas por las que ahora estábamos rodando. Al llegar al abismo, los rieles seguían por los puentes construidos de piedra, bajo los cuales se podían ver gruesos soportes que se extendían abajo hacia la bruma rojiza.
A la izquierda de nuestro puente vi un viaducto más ancho, que aparentemente era una carretera normal. Sin embargo, no pude verlo todo bien; muy pronto descendimos tan bajo que la carretera desapareció más allá del horizonte visible.
— ¡Bienvenidos a Mercator! — exclamó Kaunas, claramente disfrutando de nuestra reacción, y envió a su ayudante a Jarir para que comenzara a frenar.
A nivel de la ciudad no quedaba mucho que ver, porque la masa amurallada que se alzaba delante ocultó rápidamente la perspectiva, así que mis camaradas se fueron, pero en su lugar volvió el enano. Yo todavía tenía curiosidad y me quedé con el pretexto de que podría ser útil para frenar, transfiriendo mi energía mágica. Jarir y Kaunas no pusieron objeciones y comencé a ayudar al gnomo, observando cada vez más cercanos muros de Mercator.
A medida que se acercaban, las paredes crecieron y crecieron, y poco a poco me fue imposible ver su parte superior. La altura del muro exterior era asombrosa. En mi cabeza daban vueltas comparaciones con las pirámides de Egipto o alguna enorme presa artificial. Pronto pude ver delante algo así como un pasaje al que se dirigían las vías. Gracias a la frenada de Jarir, el tren avanzaba ya muy lentamente, apenas más rápido que yendo andando, y pude ver bien el momento en que entramos bajo el muro.
A pesar de que el pasaje estaba abierto, noté unas repisas en el techo del túnel, detrás de las cuales había losas listas para caer en cualquier momento. Eran anchos, de varios pasos de tamaño, y conté al menos cuatro. Pasando el muro, salimos a una plataforma vallada, alrededor de la cual se levantaban edificios. Logré ver un portón y las figuras de enanos al lado, pero luego Kaunas me distrajo.
— Prepárense para bajar, — me tendió la mano. — No os dejarán salir a la ciudad sin documentos. El camino no estuvo exento de problemas, pero llegamos... Me alegraría si tuviéramos la oportunidad de viajar juntos nuevamente.
— Yo también estaré encantado, — respondí con sinceridad y agarré a Kaunas por el antebrazo, a manera de como lo hacía Gilt.
En el vagón central me esperaban sólo mis amigos, mientras los enanos se dispersaron por los vagones ocupados de sus quehaceres. Pronto el tren, temblando bruscamente por última vez, se detuvo con un crujido, Jarir pasó corriendo a nuestro lado y Kaunas, que caminaba tranquilamente detrás de él, abrió la puerta y salió al andén.
Saltamos detrás e inmediatamente nos vimos envueltos en el aire viciado de la ciudad. Olía a quemado y hasta me escoció la garganta. El comandante se acercó al enano de baja estatura que recibía el tren, quien, al vernos, silbó y dos guerreros inmediatamente se le acercaron corriendo.
— ¿Quiénes son éstos? — sin siquiera saludar al comandante, ladró el enano tan pronto como nos acercamos.
— Visitantes desde la superficie, — sonrió Kaunas. — Bajo el patrocinio de los oscuros y con permiso de Yodr.
— Aquí están nuestros documentos de viaje, — Jamél se apresuró a dar un paso adelante y le entregó los pergaminos al enano.
— ¿Qué tal llegaron? — preguntó el bajito. Desenrolló un pergamino y se inclinó tanto que prácticamente enterró su nariz en él.
— Nos chocamos con un cubo gelatinoso gigante, — respondió Kaunas, lo que hizo que el enano levantara la vista de su lectura y le mirara sorprendido. — Los vagones traseros se descarrilaron y tuvimos que luchar contra un montón de limos. Por lo demás, sin incidentes...
— ¿Se dañó el tren o la carga? — preguntó rápidamente el enano.
— La carga no, pero el acoplamiento entre los últimos vagones se torció, — me pareció que Kaunas lo decía con una especie de vengativo placer. — Hacen falta reparaciones.
El enano escupió enojado, Kaunas nos hizo un gesto con la mano y caminó hacia un edificio bajo cercano. Noté que los guardias estaban sonriendo, tratando de hacerlo desapercibido para el jefe, quien ya había desenrollado el segundo pergamino. Mientras tanto, con una mochila a la espalda se nos unió Jarir, a quien los enanos no le prestaron la menor atención.
— Parece que todo está en orden, — murmuró el enano descontento y le devolvió los documentos a la chica. — ¿Dónde os alojaréis?
Nos quedamos en silencio desconcertados, pero entonces nos ayudó Jarir:
— En Cuport.
El enano hizo una mueca, como si ésta sola palabra ya le disgustara, y señaló con la mano a los guerreros hacia la puerta — como diciendo acompañarlos — y él mismo se dirigió hacia nuestros antiguos compañeros de viaje, que ya habían abierto las puertas de los vagones.
Los guardias nos guiaron hasta el portón, donde abrieron una pequeña puerta, por la que apenas logramos pasar, tan pequeña era. En cuando el último de nosotros pasó el gnomo, los enanos cerraron la puerta de golpe y escuchamos el clic del cerrojo. Jarir, como si nada, nos señaló en una dirección y caminamos por una calle bastante ancha.
— ¡Gracias! — le agradecí al gnomo. — Nos sacaste de un apuro.
— No hay de que, — respondió Jarir despreocupadamente. — El jefe hizo no sé qué en el centro, dicen que le pillaron aceptando un soborno y le echaron de una buena posición a una de las estaciones cerca del muro, para contar mercancías. Así que ahora descarga su ira con cualquiera... Además, pelea constantemente con Kaunas. Y Cuport es una buena posada, pequeña, la verdad... pero barata y limpia, os llevaré allí, no está lejos.
El interminable flujo de palabras del gnomo, al que nosotros, sin embargo, ya nos habíamos acostumbrado, no se detenía y comencé a examinar los alrededores, escuchando a Jarir distraídamente. Durante un tiempo en la calle solo hubo vallas con portones, detrás de los cuales se podían ver algunos edificios grandes que parecían almacenes. Luego, cada vez con más frecuencia, comenzaron a verse casas rectangulares de impresionantes tamaños con la típica arquitectura enana, muy parecidas a peculiares cajas.
Varias veces giramos a las calles más pequeñas, un par de veces subimos algunas escaleras.
— ¿Por qué viniste con nosotros? — le pregunté a Jarir, aprovechando el momento en que se quedó en silencio para tomar aire.
— Necesito pasar por el gremio, — respondió el gnomo. — A diferencia de Kaunas y los otros guerreros, a mí me paga el gremio de magos... Así que tengo que enviarles un informe y cobrar mis honorarios. ¡Quizás incluso me paguen más por describir el encuentro con los limos!
Mientras tanto, nos adentramos en calles bastante estrechas, donde había casas-cajas más pequeñas, y a veces edificios muy ruinosos, con vallas medio derruidas por el tiempo y el abandono, y a veces incluso sin ellas.
— Este es el camino corto, — explicó Jarir con cierta vergüenza y, para nuestra sorpresa, de repente se quedó callado.
Ya habíamos subido bastante alto, según mis sensaciones más o menos al tercer nivel, aunque ni siquiera habíamos llegado a la mitad del enorme muro que se cernía sobre nosotros. La callejuela por la que íbamos giró a la derecha, luego bruscamente hacia la izquierda; en el mismo giro, en lugar de una esquina, había una escalera que conducía hacia abajo. Cuando llegamos a este lugar, noté unos peldaños destartalados y un pasaje estrecho hacia callejones, muy diferentes a los que habíamos visto antes. Las casas allí eran mucho más pequeñas y estaban muy juntas. Incluso en la oscuridad, parecía que la limpieza ahí no era muy frecuente. El término «barrio marginal» apareció en mi cabeza. Una multitud de pequeños andrajosos saltó de la calle justo debajo de nosotros y de inmediato desapareció por la esquina de la casa más cercana.
— Distrito de zungaros, — comentó con tristeza el gnomo, deteniéndose en las escaleras. — Os invitaría a conocer a mis padres, pero me temo que no cabríamos todos...
Luego, como si sacudiese, Jarir volvió a su cháchara habitual y nos condujo más lejos. Noté que Wunorse y Jamél se miraron. Literalmente unos minutos después, la desolación quedó atrás y nuevamente aparecieron casas-cajas a nuestro alrededor, sólo que ahora ya no me parecían tan simplonas.
Un par de veces nos topamos con patrullas. Los agentes del orden caminaban de tres en tres y, además de armaduras, llevaban porras metálicas de aspecto extraño. Después del primer encuentro, el incansable gnomo nos comentó que eran armas específicas de la guardia de la ciudad y que eran capaces de lanzar descargas eléctricas; además los guardias podían ajustar el tipo de daño desde no letal, solo para aturdir al atacante, hasta rayos muy reales, capaz de matar si deciden que su vida puede estar en peligro.
Afortunadamente, después de comprobar nuestros documentos de viaje, los guardias no hacían preguntas y nos dejaban ir enseguida, disculpándose cortésmente por las molestias causadas. La profesionalidad de los guardias impresionaba, aunque no se me ocultó la actitud muy desdeñosa de estos soldados hacia el gnomo, incluso entre el segundo trío de patrulleros, que, al parecer, conocían a Jarir personalmente.
Finalmente salimos a una calle ancha. Por supuesto, no tan ancha como la del cerca del muro, pero aún así, después de un largo paseo por los callejones, me pareció muy espaciosa. Al principio de ella se podía ver un gran edificio en forma de tres bloques perpendiculares juntos, en cuya fachada había una inscripción con runas. Reconocí fácilmente la palabra "Cuport" y junto a ella había un dibujo que se parecía sospechosamente a un montón de estiércol.
— Aquí estamos, — dijo el gnomo, acompañándonos hasta la puerta misma. — El gremio queda por allí, — agitó su mano hacia la calle que iba más lejos.
— ¡Gracias! — Wunorse se me adelantó, mientras Jamél sacaba cuatro bloques de su bolsa y se los entregaba a Jarir. — Esto es para agradecerte tu ayuda.
El gnomo con los ojos muy abiertos cogió las briquetas, las olió y mordió una de ellas.
— ¡¡¡Pero si es tarajum!!! — exclamó con extrema sorpresa. — Pero si cuesta... no puedo... no sería...
— No te preocupes, — Gilt le dio al gnomo una palmada en el hombro, casi derribándolo. — Tú y tu familia lo necesitaréis más. Nos ayudaste de corazón puro, aunque podrías haberte ido solo. Acepta el mismo regalo desinteresado de nuestra parte.
— Quizás, si tenemos tiempo, incluso pasaremos a visitarte a este distrito vuestro, — sonrió alegremente Jamél. — Y no te preocupes por nosotros, podemos tanto encontrarte, como protegernos por sí mismos.
— Sí, — agregué, — espero que nos volvamos a encontrar. Este muro de viento todavía no me funciona en absoluto.
El enano asintió muy muy rápido, murmuró algo despidiéndose y, girando bruscamente, se alejó corriendo, pero aún así logré ver cómo en la oscuridad brillaron lágrimas en sus ojos, que obviamente estaba tratando de ocultar. Wunorse miró agradecido a Jamél. La sonrisa de la chica se volvió triste, y noté cómo en esta mirada entre ellos saltó una cierta mutua comprensión. Pero en este momento Gilt hizo crujir la puerta y entramos en la posada.
Capítulo 11
La decoración del pequeño salón en el que nos encontrábamos era muy modesta, pero nada pobre, contrariamente a lo que esperaba. En cierto modo se parecía al interior de la taberna en el poblado enano minero: cuatro mesas con tableros y bancos rocosos que parecían tallados en la misma piedra que el suelo del establecimiento; un mostrador, detrás del cual se veía la figura de un corpulento enano; puertas en el lado izquierdo y escaleras hacia arriba a la derecha, al lado de otra puerta. Noté que sobre los bancos estaban precavidamente colocadas alfombras de mimbre.
Las dos mesas de la derecha estaban ocupadas por gnomos, que nos miraban con no disimulada sorpresa e incluso, diría, algo de miedo. En el completo silencio que reinó tras nuestra aparición, caminamos hacia el mostrador. El enano, olvidándose de sus quehaceres, también nos miró sorprendido y no intentó ni articular una palabra.
— Que tenga larga vida, estimado maese, — dijo Jamél con confianza y sonrió. — Jarir nos recomendó su modesto establecimiento. Nos gustaría quedarnos aquí un tiempo, si es posible, por supuesto.
— Vosotros seréis... eso... — el enano sacudió con la cabeza, como si intentara despejar una ilusión. — ¿superficiales, o qué?
— Así es, — la chica asintió cortésmente. — ¿Le gustaría ver nuestros documentos de viaje?
— ¡No, no, no hace falta! — el enano pareció avergonzarse. — Os sería mejor... eso... alojarse en el distrito de viajeros...
— Probablemente, — Jamél aceptó la sugerencia con facilidad. — Pero viajamos con Jarir y él recomendó encarecidamente que nos alojásemos aquí. ¿Cómo lo dijo? — la chica le lanzó una mirada astuta a Wunorse.
— Es barata y limpia, — citó inmediatamente el elfo.
— Exacto, — asintió Jamél. — Y tendemos a escuchar los consejos de un amigo, — ella enfatizó ligeramente la última palabra, y esto claramente no pasó desapercibido para el enano.
Él miró una vez más a nuestro variopinto grupo, centrándose especialmente en los amuletos que llevamos yo y Gilt, y preguntó con cierta confusión:
— ¿Realmente sois amigos de Jarir?
— ¿De qué otra manera supiésemos sobre la existencia de "Cuport"? — la oscura parpadeó, y una vez más tuve la sensación de presenciar una magistral actuación, sólo esperaba que tal perspicacia o, tal vez, desconfianza fuera inherente exclusivamente a mí ahora mismo.
— Cierto, — el enano golpeó el mostrador con la palma de su mano, al parecer convencido finalmente de la veracidad de nuestras palabras, sonrió ampliamente e incluso su mirada pareció volverse más suave. — ¡Entonces bienvenidos y que tengan larga vida, amigos!
— Entonces, ¿podemos quedarnos aquí? — Jamél repitió la pregunta original.
— Sí, pero... — el enano vaciló. — Sólo quedan dos habitaciones libres.
— ¡No pasa nada! — respondió inmediatamente Wunorse. — ¡Nos vale! ¿Cuánto costará?
— Una de oro por período es suficiente, — sonrió el enano.
— ¿Y qué monedas aceptan por aquí? — preguntó Jamél sacando unas cuantas de su bolsa del cinto. — ¿Éstas servirán?
El enano también sacó una moneda de oro y la puso sobre el mostrador, yo inmediatamente la agarré por curiosidad. El gerente de la posada hizo lo mismo con la moneda de la elfa, arrojándola en su palma e incluso probándola con sus dientes. En la moneda de enanos, encontré un acuñado hexagonal en forma de circunvalación, dentro de la cual, en un lado, había una imagen de montaña con un martillo encima, y en el otro, runas que se leían como "caeltas", que era como se autodenominaban aquí los enanos.
— Sí, servirán, — respondió mientras tanto el enano, satisfecho con la inspección. — Estos parecen tener incluso un poco más de peso que los nuestros... — Al mirar la imagen en la moneda, el enano hizo una mueca de disgusto.
— Entonces aquí tiene por tres períodos, — Jamél empujó seis monedas hacia el enano, y él no tardó en quitarlas del mostrador, junto con su moneda, que devolví a la mesa después de inspeccionarla.
— Seguidme, — el enano salió de detrás del mostrador y se dirigió hacia las escaleras, haciendo sonar las llaves en su cinturón. Noté que varios gnomos de una de las mesas saltaron de repente de sus asientos y abandonaron apresuradamente la posada.
Subimos al segundo piso, giramos hacia el ala derecha y el enano nos señaló dos puertas una frente a la otra al final del pasillo. Después de abrirlas para mostrar cómo funcionan las cerraduras, nos dejó las llaves y nos explicó:
— Si querrán comer, bajen en cualquier momento, tenemos un cocinero excelente, y si de repente necesitan bañarse, sólo díganlo, les traerán agua, jabón y toallas. Os costará una de oro, y la comida dependiendo de lo que pidan.
Ya saliendo, el posadero miró por encima del hombro y añadió:
— Y no os aconsejo dejar nada de valor en la habitación si van a la ciudad... estas puertas y cerraduras no detendrán ni al ladrón más miserable.
Le dimos las gracias y comenzamos a decidir cómo repartimos nuestras habitaciones. Naturalmente, Wunorse esperaba ocupar la misma habitación que Jamél, pero la discusión ni siquiera tuvo tiempo de estallar cuando la oscura, haciendo una mueca graciosa y sacándole la lengua al elfo, agarró a Gilt de la mano y le arrastró consigo a la habitación de la derecha. Wunorse maldijo frustrado, pero vi que estaba sonriendo y sus ojos brillaban desafiantes. Le di unas palmaditas en el hombro con deliberadamente excesiva compasión y nos dirigimos a nuestra habitación.
La habitación resultó ser bastante pequeña: a lo largo de cada pared había grandes catres de piedra, sobre las cuales estaban tirados cosas parecidas a colchones, y entre ellos, junto a la ventana, había una especie de mesita, similar a un banal bloque cuadrado de piedra. Los catres eran anchos e incluso diría que adimensionales, me pareció que en cada uno de ellos cabían fácilmente dos, y si tenemos en cuenta la altura de los enanos, o más aún de los gnomos, incluso cuatro personas.
No vi ni almohadas, ni mantas, al igual que armarios u otros muebles. Al menos había ganchos de hierro que sobresalían de la pared a una distancia uniforme entre sí, en los que se podía colgar equipo y ropa.
Antes de que tuviéramos tiempo de cambiarnos, recibí un mensaje mental de Gilt de que Jamél le acababa de enviar abajo a buscar agua, y le pedí que solicitara este servicio también para nosotros, lo cual me apresuré a notificar a Wunorse. El elfo lamentó la buena suerte de nuestro amigo muerto y se rió. Pronto Gilt ya estaba llamando a nuestra puerta con el mensaje de que el posadero mandará a sus trabajadores en cualquier momento y de que él se lavará en nuestra habitación.
Mientras esperábamos, le pregunté al enano qué quería decir el posadero con la palabra «período». Gilt explicó que como no hay cambio de día y noche bajo tierra, el tiempo se cuenta en períodos, cada exhalación de la tierra es como el mediodía en la superficie y el tiempo entre dos exhalaciones llaman período. Incluso me dibujó una runa para este término, en la que encontré fragmentos de las runas "aliento" y "tiempo".
— ¿Y qué es exhalación de la tierra? — pregunté inmediatamente. Wunorse asintió, compartiendo mi interés y también mirando al enano con curiosidad.
— Hmm, — Gilt quedó pensativo, y sentí que estaba considerando cómo explicarlo. — Cada enano siente la respiración de Ominaris. Durante la inhalación, se siente como si hubiera un hormigueo en la parte superior de la cabeza, presionando cada vez más. Y cuando esta sensación vaya a disminuir, significa que ha comenzado la exhalación. Cuando no sientes nada, es precisamente la exhalación de la tierra, el momento de contar el período. En la superficie, los enanos rápidamente dejan de sentir la tierra, pero logré comprender que la exhalación siempre ocurre alrededor del mediodía, y el período coincide exactamente con un día humano.
— ¿Puedes sentirlo de nuevo ahora? — preguntó Wunorse enérgicamente, pero de repente se atragantó. — Bueno... considerando que ya no estás del todo vivo...
Gilt guardó silencio. Sentí que estaba fijándose en sus sensaciones, pero Wunorse, a juzgar por su rostro apenado, tomó este silencio a su cuenta, creyendo que había ofendido al enano con su insensata pregunta.
— Sí, — respondió de repente Gilt, y Wunorse incluso se estremeció de sorpresa. — Creo que sí lo siento. Aunque menos de lo que debería ser. Sin embargo, esto puede deberse a que todavía no he pasado suficiente tiempo en la Infraoscuridad.
Nuestra conversación fue interrumpida por unos golpes en la puerta. Abriéndola, dejamos entrar en la habitación a una multitud de gnomos, que traían tres cubos de agua, una pila de tinas que parecían palanganas y un montón de toallas que parecían más bien trapos.
Cuando se fueron, descubrimos que el agua en los cubos estaba caliente y en la pila de tinas había tres trozos de jabón negro que olía a carbón. Había que verter agua del cubo en la palangana hecha de una especie de madera porosa y lavarse, secándose con los trapos. Gilt usó todos los accesorios con una destreza envidiable, y de inmediato quedó claro que esto era todo un hábito para él. Pero el novato Wunorse tampoco parecía confuso en absoluto. Intenté repetir todas las operaciones mirando al enano, pero me salía bastante torpe y, como resultado, se formó un buen charco de agua en el suelo cerca de mi tina. Mis compañeros no me dijeron nada sobre ello, pero yo estaba extremadamente insatisfecho conmigo mismo. Además, me daba vergüenza desvestirme por miedo a la reacción de mis amigos ante mis venas ennegrecidas... Sin embargo, incluso si las notaron, no lo mostraron de ninguna forma. Yo, en cambio, me fijé en el cuerpo musculoso del enano: su físico era muy comparable al de un levantador de pesas. En la oscuridad de la habitación, su piel parecía anormalmente gris, y las vetas de tejido que habían crecido en los lugares de las heridas brillaban en los rayos desiguales del resplandor escarlata que entraba por la ventana.
Después de lavarnos, nos secamos con los trapos, y Gilt además se untó generosamente con el perfume del frasco, aunque yo no noté ningún olor de él. Más bien, era de Wunorse y de mí, o incluso más de mí, que emanaba el olor acre del sudor.
Al vestirse, el enano volvió a ir abajo. Gracias a nuestra conexión me di cuenta de que por el camino tocó la puerta de Jamél para preguntar si había terminado y ella le permitió entrar. Muy pronto los gnomos volvieron corriendo, se llevaron los utensilios de lavado y secaron el suelo. Gilt pasó para invitarnos a cenar. Salimos enseguida y nos topamos con la oscura en el pasillo, que nos declaró que se iba a la ciudad por negocios, en plan: no me esperen despiertos, y se fue volando sin dejarnos pronunciar una palabra.
Sentí que Gilt estaba molesto, pero en voz alta solo dijo algo como «Está bien que al menos nos dejó algo de oro para comer», y bajamos las escaleras. Sólo una mesa a la derecha estaba ocupada en la sala. Tan pronto como descendimos, los gnomos sentados ahí nos miraron con una sorpresa manifiesta, a la que ya estábamos empezando a acostumbrarnos. Nos sentamos en la mesa de la izquierda, que estaba más cerca del mostrador, y los ya familiares gnomos que trabajaban en este establecimiento nos trajeron comida inmediatamente. Aparte del propio posadero, todavía no he visto a ningún otro enano por aquí.
Como primer plato nos ofrecieron una sopa espesa en cuencos de madera con pequeños trozos blandos, que al gusto identifiqué como champiñones. La sopa estaba muy rica y la disfrutamos tanto que ni siquiera nos distrajimos con nuestra conversación habitual mientras comíamos. De segundo trajeron platos con tubérculos hervidos y carne asada en una salsa pegajosa. La pulpa oscura de los tubérculos era ligeramente elástica al dente y parecía algo sosa, pero la salsa era picante y todo en conjunto tenía un sabor bastante tolerable. En la salsa, además de las hortalizas finamente picadas, a veces me topaba con pequeños trozos viscosos cuyo gusto me resultó vagamente familiar.
Wunorse comía con precaución, pero su rostro mostraba claramente curiosidad por el plato desconocido. A juzgar por lo lento que se vaciaba su plato, no le gustó especialmente. Pero Gilt terminó rápidamente su ración, rugió contento y pidió una cerveza. El posadero, que observaba atentamente nuestra reacción, sonrió satisfecho y se inclinó debajo del mostrador con una jarra de cristal en la mano.
— Sí, ¡su chef realmente es un maestro! — elogió Gilt al desconocido cocinero, golpeando la mesa con la palma. — Preparar champiñones con onilatos de forma tan deliciosa... ¡Puedo decir con confianza que es una verdadera obra culinaria maestra!
Al escuchar las palabras del enano, Wunorse detuvo la cuchara a medio camino de su boca y la devolvió al plato, que empujó a un lado. Sin embargo a mí este descubrimiento no me molestó en absoluto: todavía tenía hambre y ahora, teniendo una idea aproximada del contenido de la comida, comencé a comer incluso más rápido. Aunque todavía tragaba los grumos viscosos que me rozaban los dientes con cierto estremecimiento, lograba disimularlo bien. Gilt pareció entender mis sentimientos gracias a nuestro vínculo mágico, porque me guiñó un ojo casi imperceptiblemente; sentí que mi comportamiento le agradó.
— Bueno, — comenzó Wunorse la conversación cuando el posadero le trajo a Gilt su jarra de cerveza, — ¿cuáles son nuestros planes? ¿Dónde buscaremos información sobre el pasaje?
— Primero tenemos que pasar por el Consejo, — respondió el enano, tomando un sorbo de casi un tercio de su jarra a la vez. — Todos los visitantes deben presentarse allí a su llegada, de lo contrario pueden surgir inconveniencias.
— ¿Sabes dónde se encuentra? — pregunté, rechazando con gestos la oferta del posadero de traerme también una bebida.
— No, pero no es un problema, no será difícil de encontrar, — respondió Gilt.
— Yodr mencionó el Gremio de Registradores — recordó Wunorse — ¿qué es?
— Son cronistas y pisapapeles semejantes que llevan a cabo todo tipo de registros, — explicó el enano. — Aquí en Mercator tienen un archivo enorme, guardan de todo, incluso registros que se han vuelto obsoletos. Si no encontramos a nadie que conozca la ubicación del pasaje, probablemente haya información al respecto en los archivos... pero podemos pasar allí hurgando mucho, mucho tiempo.
— ¿Está bien que no acudiéramos inmediatamente al Consejo? — me preocupé de repente.
— No pasa nada, — sonrió Gilt. — Tenemos derecho de buscar alojamiento, ponernos en orden y dormir un poco antes.
— Bien, — resumí, — eso significa que mañana, cuando despertemos, haremos una visita a las autoridades. Quizás tengamos suerte y alguien del Consejo sepa algo.
— O tal vez Jamél consigue alguna información, — señaló Wunorse. — No en vano se piró sin siquiera cenar.
— Probablemente fue a visitar la casa de Jagard, — expresó Gilt su suposición. — Todo el mundo sabe que su padre y este maestro son amigos desde hace mucho tiempo y tienen muchos asuntos comunes. No sabía que se convirtió en el jefe del gremio... al parecer, el viejo maestro al final se fue al palacio del Padre. Sin embargo, conseguir el apoyo de esta casa aquí en Mercator es una decisión muy acertada, nos facilitará mucho la tarea... pero no debería haber ido sola.
— Ella sabe cuidar de sí misma, — comentó Wunorse soñadoramente y esbozó una sonrisa melosa que, sin embargo, inmediatamente se marchitó bajo la mirada sombría del enano.
— ¿Y no le has preguntado sobre ello a nuestro patrón? — me indagó el elfo, intentando desviar la conversación a otro tema.
— No, — respondí. — Y él mismo no se puso en contacto por el camino. Creo que es poco probable que lo sepa; se expresó al respecto de manera muy inequívoca. Aunque no está de más preguntar...
— De eso estoy hablando, — se rió Wunorse, — asegúrate de preguntárselo.
Terminado mi comida, subí a la habitación, mientras Wunorse y Gilt se quedaron bebiendo cerveza. A pesar de que, a juzgar por el reloj, todavía no era muy tarde, ya estaba empezando a tener sueño. Saqué mi almohada favorita de mi mochila y me tumbé con cuidado sobre el amplio colchón cerca de la pared. Cerrando los ojos, me concentré en el amuleto e intenté contactar a Mor.
— Ya te olvidaste por completo de mí, — escuché inmediatamente la familiar voz, sólo que no era, como de costumbre, maliciosamente alegre, si no que sonaba algo cansada.
— Perdón, — respondí, un poco confuso. — Ya estamos en Mercator y...
— No sé en absoluto dónde podéis buscar información sobre el pasaje, — el dios de la muerte anticipó mi pregunta. — Y estoy un poco ocupado... buscad vosotros mismos.
Con esto la conexión se cortó, dejándome reflexionar desconcertado sobre las razones de tan inesperada ocupación. A pesar de mi estado de mucha somnolencia, no podía conciliar el sueño; daba vueltas y vueltas de un lado a otro, sintiendo cierta incomodidad. Finalmente me di cuenta de lo que estaba pasando, me levanté y saqué de mi mochila una manta de viaje. Por supuesto, en la ciudad hacía calor y no era necesario, pero de alguna manera me era incomodo acostarme sin cubrirme. Ahora la cosa marchó bien: en cuanto volví a mis pensamientos interrumpidos, ni me di cuenta cómo me había quedado dormido.
Capítulo 12
A pesar de mi profundo sueño, mi conciencia de alguna manera notó el momento en que Wunorse entró en la habitación y se tiró a dormir, así como la señal de Gilt sobre la llegada de Jamél. La elfa regresó casi por la mañana, si tal designación de la hora del día es apropiada en la Infraoscuridad. Después de meditar sólo un par de horas, comenzó a prepararse para partir, al mismo tiempo que le preguntaba al enano sobre la noche pasada. Enterándome de la conversación gracias a nuestro vínculo, que, según comprobé al despertar, era mucho más claro durante el sueño, me levanté de la cama y me estiré, sin olvidar patear al elfo que roncaba.
— ¡Levanta! Jamél ya le ha taladrado los oídos a Gilt con preguntas sobre ti.
— ¡¿Hey, qué estás haciendo?! — se indignó Wunorse, saltando bruscamente sobre el colchón. — Espera... ¡¿Qué preguntas?!
— Bueno, por ejemplo, ¿no habría ido anoche un amigo nuestro de orejas puntiagudas a visitar a las mujeres de fácil acceso? — sugerí una de las posibles opciones para cautelosa interrogación de la oscura.
— Eh... ¿en serio? — el elfo estalló en una sonrisa de satisfacción. — ¿Lo sabes de Gilt por medio de esa telepatía vuestra?
— No, por supuesto que no, — me reí, poniéndome el camisote de malla. — Pero preguntas ella hizo de verdad, y ahora ya se ha preparado y está a punto de bajar a desayunar... Así que apresúrate, si no quieres que solo Gilt siga haciéndole compañía.
El elfo maldijo, pero no dejó de sonreír. Sólo puso cara seria en el momento cuando salimos al pasillo. Según el mensaje del enano, la oscura tenía intención de ir al Consejo inmediatamente después de desayunar, por lo que también nos preparamos a fondo, dejando en la habitación sólo aquellos pertrechos de viaje que no tenía sentido llevar con nosotros, al igual que robar.
Curiosamente, por la mañana la taberna estaba vacía y en la mesa vimos sólo a Gilt con Jamél. El posadero acababa de descargar una jarra de cerveza y un plato de tapas frente al enano, y enfrente de Jamél ya estaba puesta una canasta con algo parecido a galletas y una copa de vino con un pie alto, que lucía especialmente elegante a fondo de la enorme jarra de cerveza del enano.
— Vaya desayuno, — le dije con reproche a Gilt, señalando su jarra.
— ¡Desayuno perfecto! — se opuso Wunorse y le indicó al posadero que le trajera lo mismo. El corpulento enano le guiñó un ojo y sonrió, volviendo al mostrador, mientras Gilt ni se dignó en responder nada, simplemente metiendo un onilato frito en la boca y masticándolo con satisfacción.
— ¿Qué tal tu escapada? — le pregunté a Jamél, saludando y sentándome a la mesa. Al posadero le pedí lo mismo que bebía la oscura.
— Con bastante éxito, — asintió ella en respuesta y por alguna razón miró al elfo.
— ¿Has visitado a la Casa Jagard? — se apresuró a soltar Wunorse.
— Exacto, — Jamél sonrió misteriosamente. — Y antes que nada quiero decepcionarles: allí nadie sabe de la existencia de un pasaje al Dracasm. O mejor dicho, no ven nada extraño en la existencia de tal pasaje, pero nadie puede decir nada sobre dónde podría estar. Quizás el propio Pergís sepa algo, pero esa noche estaba en el Consejo y no pude verle.
— ¿Es por eso que volviste por la mañana? — no pude resistirme de la chanza, viendo como el rostro del elfo, que ya se había relajado, volvía a tensarse.
— En parte, — respondió lánguidamente la oscura, pero enseguida se echó a reír. — Hay buenas noticias: la Casa Jagard apoya nuestra búsqueda y promete toda la ayuda posible mientras estemos aquí en la Infraoscuridad. Tienen buenos armeros, no en vano Pergís es el jefe del gremio, pero también tienen otros artesanos, además de eficientes mercaderes. Visité algunos de ellos y acordé el equipamiento. Si encontramos el pasaje, sería una buena idea estar debidamente equipados antes de partir; no sabemos cuándo tendremos esa oportunidad nuevamente.
Tomé un sorbo de la copa traída y apenas tuve tiempo de dilucidar que era una especie de arrope dulce, cuando la puerta de entrada se abrió de golpe y las miradas de mis amigos se precipitaron hacia allí. Me giré y vi que un enano con pinta de importante había entrado a la posada. Botas brillantes, pantalones planchados, un elegante chaleco sobre una camisa de alguna tela fina: todo indicaba que este visitante no era nada sencillo. En su cabello cuidadosamente recogido en trenzas brillaban joyas de oro, y las mismas, solo que más pequeñas, centellaban en su barba. Un amuleto con una gran piedra roja colgaba del cuello del enano y a su cinturón estaba sujeto con una fina y elegante cadena un grimorio.
Echando por la sala una mirada, en la que se podría discernir un cuidadosamente escondido desprecio, el enano se encaminó directamente hacia nosotros. El posadero enseguida dio un par de pasos a su encuentro y se inclinó respetuosamente. Sin embargo, el majestuoso visitante no le dejó decir nada y se dirigió a nosotros:
— Soy Saldir Pertur, maestro del Gremio de Magos de Mercator, y estoy aquí por encargo del Consejo de Maestros. Hemos recibido noticias sobre visitantes desde la superficie que brindaron asistencia a uno de nuestros asentamientos y además tienen recomendaciones de los oscuros, y por si faltaba más también el acompañamiento personal de una de las hijas del Sumo Sacerdote. Veo que esta información resultó ser cierta, — el enano marcó una leve inclinación hacia Jamél.
Nos levantamos de la mesa y giramos hacia el maestro, mientras él continuaba:
— También me comunicaron que había un nigromante entre los visitantes, — me miró fijamente, — y esta es una especialización extremadamente rara ahora... Así que, tan pronto como supimos dónde os hospedasteis, me autorizaron resolver de inmediato este molesto malentendido y dispensarles la debida hospitalidad. ¿Supongo que es Usted el líder del grupo?
Asentí, resistiendo el deseo de mirar a mis camaradas. Después de todo, técnicamente figuraba como líder del grupo, así que no estaba mintiendo.
— El Consejo de Maestros asumirá todos los gastos de vuestra estancia en la ciudad, así que le sugiero abandonar este lugar lo antes posible, — en honor del enano hay que remarcar que en su voz no se deslizó casi nada de repulsión. — ¿Veo que tenéis planeado marchar a algún lugar?
— Como es debido, nos dirigimos al Consejo para informar sobre nuestra llegada. Sería una gran cortesía de su parte mostrarnos el camino, — respondí con fría cortesía en mi voz, imitando el estilo de Saldir.
— Claro, claro, — el enano sonrió impasible, — un carruaje nos espera en la calle. ¿Os queda algún equipaje en las habitaciones?
— Me parece que no me ha entendido bien, — copié su fría sonrisa. — No tenemos la intención de cambiar de alojamiento. Ya nos hemos hospedado en esta posada y vamos a quedar aquí hasta que abandonemos la ciudad.
— ¡¿Pero por qué os negáis?! — exclamó Saldir, y por primera vez en su voz apareció al menos algo de emoción. — ¡Hay excelentes hoteles en el distrito de visitantes! Incluso los mejores servicios en este... establecimiento no se pueden ni comparar...
— ¡No, no, no! — le interrumpí cortésmente. — Esto no se discute y no afectará a nuestra opinión sobre su maravillosa ciudad de ninguna manera. Durante el viaje nos hemos acostumbrado a la sencillez y nos limita el lujo excesivo, — eché una mirada apreciativa a su amuleto. — Si realmente quiere mostrar la hospitalidad del Consejo de Maestros, pague por nuestras habitaciones y servicios aquí en "Cuport", — señalé con una leve reverencia al posadero. — Ayer quisimos descansar del camino, lavarnos... y no tuvimos tiempo de hacerlo. Creo que nos quedaremos en Mercator por algunos períodos...
Saldir miró a mis compañeros, aparentemente queriendo sondear su opinión sobre este asunto, frunció los labios y avanzó hacia el dueño del establecimiento. Nosotros avanzamos hacia la salida.
— ¿Cuánto por período para cuatro? — se escuchó detrás de nosotros la brusca pregunta del maestro.
— 20 de oro, — sin titubear respondió cortésmente el posadero. — Más 16 de oro por comidas y 4 por lavarse...
— ¡¿Te has vuelto loco?! — exclamó Saldir enojado. — Pero si en el distrito de visitantes...
Ya en la puerta de salida me di la vuelta y le apresuré:
— Estimado maestro, estamos listos para partir... No nos obligará a encontrar el camino por nuestra cuenta, ¿verdad?
El enano, perdiendo toda su arrogancia, le siseó algo al posadero y arrojó sobre el mostrador una bolsa con monedas. Después de lo cual volvió su rostro, prácticamente rojo de ira, hacia nosotros y manteniendo con un increíble esfuerzo de voluntad un tono de voz frío, respondió:
— Sí, sí, ya voy.
A sus espaldas, el posadero, sin esconderse, nos guiñó un ojo alegremente, y salimos de la posada tras el maestro, que salió afueras como el corcho de una botella.
En la calle frente a la posada nos esperaba un carruaje: una gran caja de metal, vidriada por todos lados. Al frente tenía amarrada una figura de piedra que parecía a un gran gorila sin cabeza. Un goblin con librea estaba sentado en el asiento abierto frente a ella, y dos más estaban estirados a cada lado de los escalones plegables debajo de la puerta abierta del carruaje.
Saldir subió por la escalera al interior del carruaje y murmuró de paso a sus sirvientes: "No habrá equipaje". Subimos tras él, los goblins plegaron los escalones, cerraron la puerta y se pusieron sobre el ballestón a ambos lados de la trasera.
El interior del carruaje era espacioso, aunque el techo colgaba bastante bajo y teníamos que agacharnos para no golpearnos la cabeza. Nos sentamos en los asientos tapizados de cuero y sentí una oleada de magia delante. Una mirada a la ventana del sistema mostró tan sólo un fallo en la habilidad de Conocimiento de conjuros; no pude determinar qué tipo de hechizo era.
El golem cobró vida y, levantándose un poco, caminó lentamente por la calle. Esperaba un fuerte empujón inicial, pero no sentí casi nada, además, las ruedas que golpeteaban por el pavimento no provocaban ningún temblor, y me surgió un intenso deseo de mirar debajo del carruaje para ver cómo funcionaba el sistema de suspensión.
Íbamos bastante despacio y, dado que los cristales del vagón ofrecían una excelente vista en todas direcciones, comencé a estudiar los alrededores. Pronto salimos a una calle ancha y la seguimos hasta el centro de la ciudad, subiendo cada vez más alto. Los enanos no iluminaban su ciudad, al menos yo no divisé ni una sola farola, aunque las propias lámparas aparecían de vez en cuando, principalmente como iluminación para diferentes carteles. Las casas parecían bien cuidadas, casi todas las ventanas estaban acristaladas y en el crepúsculo que reinaba alrededor, proyectaban reflejos carmesí, dando a la ciudad un peculiar encanto lúgubre.
A medida que subíamos nivel tras nivel, las casas lucían cada vez más adornadas, ya no estaban tan cerca unas de otras y, personalmente, me parecían ahora pequeñas fortalezas bien decoradas. Ventanas cual aspilleras, resistentes vallas, plataformas en el tejado con posiciones cómodas para los tiradores... A veces descubría edificios lujosos con enormes paredes transparentes en la planta baja, que me recordaron vívidamente a las bien modernas tiendas de mi mundo.
Wunorse, al igual que yo, miraba alrededor con curiosidad. Jamél parecía tener poco interés en edificaciones locales; su mirada era abiertamente aburrida. Saldir guardó silencio, tal vez tratando de restablecer su equilibrio interior después de nuestro enfrentamiento, o simplemente estaba enojado con los visitantes de la superficie.
El viaje por la ciudad terminó cuando nos acercamos al portón que se abrió delante del carruaje y nos detuvimos en una plazoleta cercana, donde ya estaban aparcadas tres carruajes similares. Delante se alzaba un ancho edificio de varios pisos con una cúpula en medio; era la primera vez que veía una solución arquitectónica de este tipo por aquí. Además, esta cúpula parecía antigua, en contraste con las perfectamente cuidadas paredes del edificio. Entre el edificio y la plazoleta se extendía un jardín: plantas achaparradas parecido a helechos intercaladas con extraños hongos tan altos como un hombre y grandes hojas de color púrpura parecidas a bardanas. Los arbustos estaban podados y dispuestos en forma de cercas y senderos que conducían a anchos escalones en la entrada con columnas del edificio.
Saldir llamó a este edificio Palacio del Consejo y pidió seguirle. Subiendo las escaleras nos encontramos ante una gran puerta revestida de hierro, con imágenes grabadas de enanos. La entrada estaba custodiada por dos guerreros con armaduras completas, a quienes Saldir no les prestó ninguna atención, pasando de lado y abriendo la puerta. Los guardias ni siquiera se movieron, pero noté con qué curiosidad nos miraban.
En el interior había una gran sala con dos amplias escaleras que subían en semiarcos al primer piso. Entre ellas, sobre un pedestal, se alzaba una estatua de un majestuoso enano con armadura, sosteniendo un enorme martillo de guerra frente a él como un bastón. Noté puertas a ambos lados de la entrada y pasillos que se extendían a derecha e izquierda. Esperaba ver algo parecido a un mostrador de recepción, pero la sala estaba vacía.
Saldir nos condujo por el pasillo de la derecha, donde entramos tras él por la primera puerta. Resultó ser una habitación bastante pequeña, donde tras una mesa apoyada contra la pared justo en la entrada estaba sentado un enano bigotudo y con gafas. Detrás de él se amontonaban armarios llenos de papeles.
— Este es Bran, — presentó Saldir al enano que nos miraba con sorpresa, — funcionario del Gremio de Registradores. Es él quien registra a los visitantes que llegan a Mercator. Apuntará toda la información necesaria para nuestros archivos, mientras yo voy a informar al Consejo. Llegamos mucho antes de lo previsto... por lo que el Consejo aún está en sesión. Aunque estoy seguro de que os recibirán lo antes posible.
Con estas palabras, nuestro acompañante salió apresuradamente de la habitación, dejándonos con el registrador.
— Bienvenidos a Mercator, — Bran, superando su sorpresa, nos habló con una voz grave, pero bastante afable. — ¿Cuál es el propósito de su visita?
A esta pregunta la siguieron muchas otras, a las que intenté responder de la forma más sencilla posible sin revelar el menor detalle. Bran anotaba cuidadosamente nuestras respuestas con un cálamo metálico en una hoja de pergamino. Esta apariencia de interrogatorio fue interrumpida por la repentina entrada de un enano alto.
Aún nos estábamos girando para mirarle, pero Jamél ya se había echado sobre su cuello gritando: «¡Pergís!». Aunque era más alta que él, logró abrazar al enano con asombrosa facilidad y colgarse de su cuello.
— ¡Me alegro de verte, pequeña! — sonrió el barbudo en respuesta y, con un movimiento hábil, como si lo hubiera practicado miles de veces, arrancó a la elfa de él y la puso nuevamente en el suelo. — Dejemos los saludos, — el rostro de Pergís se volvió severo, — necesito hablar con vosotros y no tenemos mucho tiempo. — el enano abrió la puerta y salió al pasillo, Jamél inmediatamente se deslizó tras él.
— ¡Pero todavía me quedan preguntas! — objetó tímidamente Bran, mirando con recelo a Pergís, que todavía mantenía la puerta abierta.
— Me quedaré a contestarlas, — le tranquilizó Wunorse, y en el chat recibí de él: "Ve, luego me cuentas".
Asentí a mi amigo con la cabeza y salí al pasillo. Gilt me siguió.
Capítulo 13
— ¿Ha llegado la hora? — preguntó Pergís en voz baja a Jamél nada más cerré la puerta detrás de mí.
— Sí, — la chica asintió en respuesta, y nos alejamos de la puerta un poco más adelante por el pasillo. — Tenemos ambas mitades del corazón.
Noté que Pergís se situó de tal manera que le resultaba cómodo observar las escaleras de la sala.
— Me han comunicado que me estabas buscando, — comenzó el enano, mirando nuevamente a la elfa, — y tan pronto que vi a este emperifollado de Saldir, me apresuré a bajar... tenemos muy poco tiempo hasta que regrese por vosotros.
— ¿Por qué tanta prisa? — pregunté.
— Tengo que advertiros, — el enano volvió su mirada hacia mí. — El Consejo está muy preocupado por la actividad de los Caídos y, al desconocerlo, podríais meteros en serios problemas.
— ¿Caídos? — repetí interrogante y al oírlo Gilt resopló ruidosamente.
— Esta es una historia muy larga... — Pergís miró comprensivo a mi amigo muerto. — En resumen, al final de la Guerra de los Dioses, nuestro rey cayó, junto con todo su ejército, y los pocos supervivientes fueron exiliados en desgracia. El caos y los conflictos civiles reinaban en la Infraoscuridad... pasó más de un siglo antes de que se formaran los Consejos de Maestros y se restableciera el orden. Una vez unificado, el estado se ha convertido, en esencia, en una unión de ciudades, donde cada una tiene su propio gobierno y establece sus propias normas. No, todavía nos considerábamos y nos consideramos un solo pueblo y todas las ciudades trabajan en beneficio de todos los caeltas, pero ahora no existe una fuerza central que pueda controlar a todos, cada ciudad tiene su propio gobierno autonómico, su propio consejo, sus propias casas influyentes. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo con este orden de cosas, y si la casa real hubiera sobrevivido entonces, tal vez todo hubiera sido diferente ahora... Ya durante los disturbios, apareció una organización de caeltas leales a la casa real, que rápidamente se volvió radical y pasó a la clandestinidad. Desde que el rey y su ejército cayeron, los seguidores comenzaron a llamarse a sí mismos el Hird de los Caídos. Y declararon que sus objetivos eran la restauración de la monarquía, la unificación de los caeltas en una sola fuerza para la guerra contra los saelin, con el fin de devolver a los caeltas a su digna posición en este mundo, incluido el derecho de vivir en la superficie. El Consejo supone que vuestra búsqueda del camino hacia Dracasm está dirigida a restaurar el panteón de los dioses antiguos, lo que, a su vez, significa el comienzo de una nueva Guerra de los Dioses. Y me temo que podéis expresar argumentos muy similares a los lemas de los Caídos...
— Para nosotros en Wundrak, El Hird de los Caídos era algo así como un cuento para asustar a los niños, — señaló Gilt, — en plan que si te portas mal, terminarás siendo exiliado y entonces no tendrás otro remedio que servir de alimento para los monstruos o acabar entre los Caídos... y aún no se sabe qué es peor. Siempre creí que nadie toma en serio a estos marginados.
— Así fue, — asintió Pergís. — Pero en los últimos años tenemos demasiados exiliados y aquellos que se exiliaron por voluntad propia. Incluso en la ciudad varias veces ya se ha detenido a agitadores, hay personas desaparecidas y secuestradas, han salido a la luz incoherencias en los informes comerciales... El Consejo sospecha que alguna casa apoya a los insurgentes, y tal vez más de una. Hay rumores sobre el heredero de la dinastía Lorgús, que está a punto de regresar y derrocar el poder corrupto de los Consejos a fuerza de Hird. En tal situación, si el Consejo escucha de vosotros argumentos muy similares a la propaganda de los alborotadores, lo más probable es que os expulsen a la superficie.
— ¿Usted está de parte de los Caídos? — pregunté en voz baja.
— Para nada, — Pergís negó con la cabeza. — No creo que estos renegados puedan lograr nada más que sumir a la Infraoscuridad en el caos de nuevo. Me parece que alguien está utilizando a los insurgentes con el objetivo de elevar su propia casa... Pero tampoco me gusta la situación con el Consejo de Maestros, sumido en maquinaciones y disputas por el poder, cuando las casas se han convertido prácticamente en dinastías aristocráticas. Votaré a vuestro favor pase lo que pase, pero tenéis que elegir vuestras palabras con sumo cuidado cuando vais a responder ante el Consejo.
— Sin embargo, según tengo entendido, ¿colaboráis con los oscuros y aprobáis el resurgimiento del antiguo panteón? — mostré un ligero desconcierto en mi rostro.
— No dije que estaba en contra de la nueva Guerra de los Dioses, — Pergís separó las manos. — El Padre de las Montañas protege a la Infraoscuridad de la intervención de los poderes divinos, y estoy convencido de que los caeltas no deben meterse en las trifulcas de los habitantes de la superficie, y mucho menos sacrificar en ellas sus vidas. Aunque tampoco veo mucho sentido en ayudar a los luminosos.
— Política típica de los Maestros del Consejo, — sonrió Gilt amargamente. — Que los superficiales se maten entre ellos, y genial si ganan los aliados, pero si no — el Padre protegerá nuestras madrigueras...
— La práctica ha demostrado la sabiduría de tal estrategia, — respondió Pergís con calma, y en su voz no se deslizó ni una sombra de resentimiento por el comentario de Gilt. De repente se apresuró: — Me tengo que ir... ¡Tened mucho cuidado con vuestras declaraciones!
El enano alto caminó rápidamente hacia las escaleras, por cuyos escalones ya estaba bajando Saldir. Los maestros se cruzaron y empezaron a hablar entre ellos, pero entonces me distrajo el sonido de un portazo. Mirando hacia atrás, vi a Wunorse salir al pasillo.
— ¿Algo grave? — preguntó, acercándose a nosotros, y Jamél se giró para responderle, pero se vio obligada a volverse de nuevo hacia Saldir, quien llegó justo en ese momento. En el rostro arrogante del emperifollado enano se expresaba un extremo disgusto.
La chica hizo un gesto característico con la mano, como diciendo «te lo contaré luego», mientras yo comencé a relatarle a mi compañero el contenido de la conversación en el chat.
— El Consejo desea hablar con vosotros, — comunicó Saldir. Estaba claro que tenía muchas ganas de preguntarnos algo, pero por alguna razón no lo hizo, lo que le enojó aún más. — ¡Ahora mismo!
Apretando sus labios en una fina línea, el enano se giró bruscamente y caminó de regreso hacia las escaleras. Le seguimos.
Los escalones nos llevaron al primer piso. Aquí el corredor era mucho más ancho y divergía a ambos lados. Se podían ver columnas, que aportaban una belleza especial y majestuosa a toda la arquitectura, y pequeñas estatuas en nichos cerca de las paredes. Detrás de las estatuas había algún tipo de fuente de luz, probablemente mágica, que envolvía las esculturas en un brillo de color suave que llenaba a los crepusculares pasillos con una atmósfera aparentemente mágica. La disposición geométricamente precisa de las columnas, los nichos, los colores seleccionados que se reflejaban en las superficies de piedra pulida y se mezclaban entre sí: todo lucía inusualmente hermoso y inherente, lo que atestiguaba el notable talento de los arquitectos y decoradores involucrados.
Sin embargo, no nos quedamos en el primer piso y seguimos más arriba. Las dos alas de las escaleras convergían aquí en una galería, que conducía a grandes puertas arqueadas. A cada lado del arco se estiraban enanos con armaduras completas y alabardas. Al vernos, pusieron sus armas a un lado, agarraron las largas manijas de hierro y, tirando de ellas con notable esfuerzo, abrieron las puertas. Al pasar dentro tras Saldir, me fijé en que el grosor de las puertas de piedra era aproximadamente del tamaño de mi palma y me sorprendió no escuchar el correspondiente crujido.
Entramos en una enorme sala con techo abovedado; aparentemente, este notable elemento arquitectónico del edificio se encontraba justo encima de nosotros. El techo parecía antiguo, justo en su centro se ubicaba un círculo en relieve con una runa en su interior ("el Padre de las Montañas", leí mecánicamente), del cual emanaba una columna de brillo suave y ligeramente verdoso. Había algunos dibujos en el resto del techo, pero debido a la penumbra y la columna de luz cegadora en el centro, no pude distinguir de qué se trataba.
El haz de luz iluminaba la plataforma redonda en el centro de la sala. En sus azulejos pulidos había imágenes de una montaña, así como todo de tipo de herramientas y armas. Alrededor, en forma de anfiteatro, se levantaban hileras de mesas de piedra, entre las cuales subían pasillos que dividían el anfiteatro en ocho sectores. En la fila central de cada uno de los sectores había algo así como una tribuna con un escudo rúnico debajo, en la cual quedaba espacio para un enano. Un disco que colgaba del techo a modo de lámpara reflejaba la luz a cada una de estas tribunas mediante un sistema de espejos inteligentemente dispuestos.
Saldir nos llevó al centro de la sala, el ruido de las voces se apagó y el enano anunció en voz alta: "¡Visitantes desde la superficie!", luego de lo cual se alejó hacia uno de los pasillos y, subiendo casi hasta la tribuna, tomó un asiento libre. En el escudo de este podio se podía ver el dibujo de un bastón con un cristal en su parte superior, del que emanaban rayos de luz. "Gremio de Magos", leí la inscripción rúnica.
El resto de las tribunas también tenían inscripciones similares, y pronto encontré a Pergís sentado detrás del podio con el dibujo de un martillo y un hacha cruzados y las runas "Gremio de Armeros". A su derecha, apenas visible detrás de su podio, estaba sentado el representante del Gremio de Forjadores de Armaduras. El Gremio de Mercaderes estaba representado por un enano de rostro ancho y prominente bigote. El líder del Gremio de Alquimistas resultó ser un anciano con el rostro carcomido. Por el contrario, el Gremio de Sacerdotes estaba representado por un enano muy joven y bien afeitado, que desde lejos parecía un humano. Se podía ver el rostro de una mujer en del podio del Gremio de Aventureros, y el podio del Gremio de Registradores estaba vacío.
El enano de la tribuna del Gremio de Magos se levantó, apoyándose en su bastón, sacudió su túnica y habló con voz autoritaria:
— ¡Os saludo en nombre del Consejo de Maestros de Mercator, visitantes desde la superficie! Nos alegra y sorprende vuestra llegada. ¿Qué os trae a la Infraoscuridad?
— No estamos menos contentos y sorprendidos por el deseo del Consejo de reunirse con nosotros personalmente, — respondí, volviéndome hacia el mago e inclinándome levemente. — Creo que conocéis el motivo de nuestra visita: estamos buscando un pasaje al continente destruido de Dracasm. Debería estar indicado en nuestra carta de recomendación de los draelin... Además, Yodr, a cuyo poblado ayudamos, seguramente mencionó nuestro objetivo en su informe.
— ¡Oh!... Los papeles no nos llegan tan rápido como desearíamos, — el mago estiró los labios en una sonrisa engañosa, — y algunos miembros del Consejo aún no han tenido tiempo de leerlos. A juzgar por tu amuleto, nigromante, ¿estáis buscando el Primer Templo de Moran?
— Así es, — asentí. — ¿Podríais indicarnos el camino?
— El pasaje a la Infraoscuridad de Drakasm... o, mejor dicho, a lo que quedó de ella después de la catástrofe, existe, y probablemente más de uno, aunque yo personalmente no sé nada al respecto, — respondió el mago con bastante tranquilidad. — ¿Pero para qué queréis llegar al Primer Templo?
— Queremos revivir el panteón de los dioses antiguos, — no vi ningún sentido de esconderlo, así que decidí elegir la táctica directa.
Se escucharon varias exclamaciones, los enanos presentes en el anfiteatro hablaron simultáneamente entre sí y un rugido llenó la sala, pero las voces se callaron enseguida tan pronto cuando el mago golpeó el suelo con su bastón.
— Esto provocará el comienzo de una nueva Guerra de los Dioses, — constató insinuante el mago. — ¿Por qué deberíamos ayudarles?
— Si no nos ayudáis, — comencé a exponer, teniendo en cuenta la advertencia, — encontraremos otra manera de lograr nuestro objetivo, por ejemplo, desde la superficie del océano. Es poco probable que consideréis necesario matarnos y así provocar la ira de Mor. Pero ayudándonos, ustedes, por el contrario, ganaréis su favor y, si los antiguos dioses ganan la guerra, podréis contar con ciertas preferencias en el nuevo orden mundial. En caso de nuestra derrota, es poco probable que alguien se entere de nuestra cooperación, lo que significa que ustedes no asumirán ninguna responsabilidad. En pocas palabras, no ganaréis nada obstaculizándonos, pero ayudándonos, ganaréis sea cual sea el resultado final.
— ¡Bien dicho, humano! — exclamó el enano bigotudo desde su podio. — De ti saldría un gran mercader.
— El Padre protege la Infraoscuridad, — dijo el joven sacerdote, — por lo tanto no creo que hemos de temer la ira del dios muerto. Pero matar a los mensajeros sería un insulto a su hospitalidad... Opino que no debemos interferir en las disputas de los superficiales; es mejor expulsar a los visitantes pacíficamente de vuelta a la superficie.
El mago miró a los demás consejeros. Pergís y su vecino guardaban silencio, la mujer sonreía y el viejo alquimista parecía dormitar. Nadie más quiso expresar su opinión.
— Bueno, — el mago volvió a mirarnos. — Vuestros argumentos parecen bastante razonables. Mis simpatías están con mi colega del arte; considero imprudente enfadar las fuerzas tan poderosas, sobre todo porque el riesgo para nosotros es realmente mínimo. Votemos: ¿quién está a favor de devolver a los visitantes al lugar de donde vinieron?
El joven sacerdote se levantó inmediatamente. Un poco más tarde, el representante de los forjadores de armaduras se levantó de su lugar con un quejido. El mago esperó un poco, mirando el resto de las tribunas, y luego continuó:
— ¿Quién está a favor de ayudar a los visitantes desde la superficie en su búsqueda?
Pergís se levantó primero, luego se levantó sonriente el mercader, la mujer vaciló claramente, pero al final también se erigió, y de repente, para sorpresa de todos, al parecer, se puso de pie el viejo alquimista.
— Cinco están a favor y dos en contra. Consideraremos que el Gremio de Registradores se ha abstenido, — concluyó el mago. — No obstaculizaremos sus esfuerzos, visitantes, y les ayudaremos lo mejor que podamos. Espero que devolveréis esta deuda a Mercator con honor.
El mago se sentó y todos los consejeros parecían haber perdido interés en nosotros.
— Entonces, ¿sabes dónde se ubica el pasaje? — pregunté.
El mago extendió las manos en un gesto de impotencia, los demás también guardaron silencio.
— Cuando era niño, mi abuelo me contaba historias sobre los túneles que conducían a Dracasm y las expediciones que se organizaban para ir ahí, — dijo Pergís. — No recuerdo los detalles, pero todos terminaban igual: la Muerte Negra esperaba a todos aquellos que no retrocedieran. No sé qué significa. Puede que sea sólo una historia de miedo para niños, pero puedo mostraros en el mapa el lugar donde, según mi antepasado, comenzaba el pasaje.
— ¡Oh, recuerdo esas historias sobre la Muerte Negra! — comentó el alquimista con voz temblorosa. — Los supervivientes que regresaban hablaban del hollín negro en las paredes, de los cadáveres negros derretidos y de la locura de los pocos que fueron encontrados... Todos ellos repetían lo mismo: Muerte Negra, Muerte Negra, Muerte Negra... ¡Ah, cómo me enfadaba de pequeño que a nadie se le ocurrió recolectar muestras de este hollín pegajoso!
— Lo más probable es que sólo sean historietas educativas, — objetó el sacerdote. — Para que los jóvenes conozcan los peligros de las expediciones a lo desconocido y refrenen su ardor juvenil... — viniendo de la boca de un enano que parecía extremadamente joven en comparación con el resto, esta frase sonó divertida.
— Seguramente en los archivos del Gremio de Registradores podréis encontrar registros sobre estas expediciones, — aconsejó el mago. — Estoy seguro de que hay un pasaje.
— En cuando encuentren alguna información específica, — nos invitó la mujer con una sonrisa, — pasen por nuestro gremio: tenemos informes sobre las misiones completadas. Quizás los aventureros ya hayan encontrado ese pasaje que buscáis.
Nadie nos contó nada más, así que nos despedimos, pedimos a un guía, en calidad de quien, para su evidente disgusto, inmediatamente designaron de nuevo a Saldir, y abandonamos la sala del Consejo.
Capítulo 14
— ¿Dónde se encuentra el Gremio de Registradores? — le pregunté a Saldir cuando salimos del edificio del Consejo.
— No muy lejos de aquí, — refunfuñó el enano. — Si queréis, podemos pasar por ahí ahora mismo.
— Sería estupendo, — respondí. Saldir asintió sombríamente y caminó el resto del camino hasta el carruaje en silencio.
El camino hacia el edificio donde se encontraba el gremio realmente resultó corto; también estaba ubicado aquí en el centro. A primera vista, el modesto edificio de dos pisos no destacaba en nada de las casas circundantes, pero cuando nos acercamos a la entrada, noté que era notablemente más antiguo que los otros edificios de alrededor. Sus paredes decoraban bajorrelieves y en los nichos entre las ventanas se podían ver estatuas: enanos con túnicas y libros en las manos, más modestos que en el Consejo y sin iluminación mágica.
Al entrar, nos encontramos en un espacioso vestíbulo con columnas, donde nos acercamos a un mostrador tras el cual estaba sentada una chica de bastante agradable apariencia. Era posible reconocerla como enana sólo por la corpulencia de su bajito cuerpo, inusual para una humana.
— ¿En que puedo ayudarles? — inquirió amablemente, ajustándose en la nariz sus gafas con elegante montura de madera.
— Visitantes de la superficie, — habló Saldir en tono seco y desdeñoso, sin permitirle pronunciar una palabra, — están buscando información sobre la ubicación del pasaje a Dracasm. El Consejo de Maestros decidió ayudarles en su búsqueda.
— E-e-eh... — la chica parecía confundida. — No sé nada sobre tal pasaje... Deberíais consultarlo en los archivos.
— Os llevaré, — Saldir se volvió hacia nosotros, como si ya pretendía irse.
— ¿Y algo sobre la Muerte Negra y las expediciones que desaparecieron en relación con ella? — ignoré el comportamiento de nuestro guía y hablé calmada y educadamente.
— Sí, — dijo la chica pensativa. — He oído hablar de ello... leyendas, sección del siglo trece o catorce. Hasta donde sé yo, no hay libros ni ninguna otra fuente de información precisa sobre esto. El jefe probablemente pueda decir más... pero ahora está en los archivos y muy ocupado, lo siento...
Saldir me miró fijamente con impaciencia, y su mirada decía claramente: "Vamos, vámonos ya", sin embargo, aún de viaje noté que me faltaba casi nada para subir de nivel, y tenía algunas ideas al respecto:
— ¿Tiene mapas de la ciudad y sus alrededores?
— Sí, por supuesto, — la chica sonrió aliviada, obviamente contenta de poder finalmente sernos útil y, dejando la mesa, se dirigió al armario que estaba al lado del mostrador.
— Un mapa completo de Mercator, dos de oro, — dijo, rebuscando entre un montón de tubos y eligiendo, en su opinión, los que encajaban. — Mapa de los territorios circundantes, una de oro, y mapa topográfico aproximado de los alrededores conocidos, otra de oro.
— También hay un mapa de aventurero con apuntes frescos, también una de oro, — se volvió hacia nosotros, sosteniendo tres tubos bajo el brazo y sin sacar la mano del armario. — ¿Los llevarán?
— ¡Sin duda! — le sonreí con entusiasmo y recibí una sonrisa como respuesta; Saldir hizo una mueca amarga y buscó la bolsa de monedas en su cinturón.
Ahora el camino hacia la siguiente destinación fue bastante largo. Bajamos a la zona contraria a nuestra posada y salimos de nuevo a las calles, construidas con algo así como enormes almacenes. El carruaje se detuvo al final de un gran edificio cuadrado hecho de bloques grises, donde había puertas anchas, casi portones, con una pequeña plataforma que sobresalía frente a ellas a cierta distancia del suelo, aparentemente para una mejor descarga. Caminamos alrededor de este feo edificio y entramos por una pequeña puerta desde el lado de la calle. No noté ni una sola ventana en las toscas paredes del edificio.
Aquí no había vestíbulo, sólo una pequeña habitación vacía con las paredes desnudas y dos pasillos a derecha e izquierda, entre los cuales un joven enano estaba sentado en un nicho ante una mesa. Saldir repitió las mismas palabras que en el gremio, a lo que recibió una respuesta muy similar, pero ahora el joven empleado se comprometió a llevarnos al encargado del archivo en el segundo piso.
Los pasillos estrechos y oscuros de este edificio parecían catacumbas y podrían haber causado claustrofobia, si no fuera por el comportamiento tranquilo e inspirador de los enanos como parte de su normalidad. No sé cómo afrontaban la oscuridad los elfos, pero no se quedaron atrás ni un segundo y ni siquiera perdieron el paso en toda nuestra caminata.
El encargado resultó ser un enano viejo y barrigón, vestido con ropas raídas pero nada pobres. Su despacho estaba bastante bien amueblado, salvo que llamaba la atención la abundancia de armarios. La habitación tenía una chimenea y el enano estaba sentado en un mullido sillón frente una mesa llena de papeles.
— El abuelo de Pergís, dicen, — estiró pensativo el encargado, después de que le pusimos al día. — Sí... la muchacha hizo buen trabajo, recordó correctamente, todo encaja — el siglo catorce.
El encargado hizo un gesto con la mano para despedir al empleado y continuó:
— Personalmente, no sé mucho sobre el pasadizo al Dracasm, sobre el siglo catorce es más para el jefe... pero ahora mismo está ocupado, — con estas palabras el enano miró a Saldir y éste asintió en respuesta. — Cuando llegue el momento, por supuesto, se lo preguntaré. Nosotros, mientras, tendremos que bajar a los archivos.
Todos juntos regresamos al primer piso, atravesamos varios pasillos con innumerables puertas a ambos lados y llegamos a una habitación con ascensor. El ingenioso dispositivo nos bajó varios pisos, tres, según mis sensaciones; pasamos por un corto pasillo y finalmente llegamos a una enorme sala con muchos estantes altos, el doble de mi altura, apoyados en el techo, llenos de libros, carpetas y tubos.
— Sección catorce, — repitió el encargado, se acercó al armario que estaba justo en la entrada y empezó a hurgar en él. El armario estaba lleno de tarjetas, comprobando las cuales el encargado encontró la información necesaria, gruñó de satisfacción y nos condujo a lo largo de las filas de estantes, guiándose por indicadores rúnicos tallados en la superficie de piedra de los estantes.
— Aquí está, — deteniéndose finalmente, señaló una de las secciones. — Son informes de expediciones del siglo catorce. Desafortunadamente, no están ordenados y las expediciones fallidas no se destacan por separado. Lo único que logramos hacer fue ordenarlos cronológicamente.
— ¿Dónde exactamente? — aclaré, acercándome a la sección, que esencialmente constaba de seis armarios, cada uno de aproximadamente un metro y medio de largo.
— Toda la sección, — sonrió socarrón el enano. — ¿Quién de vosotros sabe leer nuestras runas?
Sabíamos sólo Gilt y yo; el encargado incluso me miró con respeto cuando se lo dije.
— Puedo asignarles nuestros aprendices, — el enano se pasó la mano por la barba pensativo. — Ahora tenemos cuatro, además, es posible que se nieguen... y además tendrán que pagarles no menos de una de oro por el día de trabajo, es decir, el ciclo laboral desde la hora novena hasta la decimoséptima.
— Yo puedo preguntarles a mis alumnos, — dijo Saldir con evidente desgana. — Quizás alguno acepte...
— ¡Excelente! — resumió el encargado. — Tendré que expedirles pases a todos ustedes...
El enano comenzó a explicar el proceso de búsqueda. Resultó que en la entrada había una habitación con carretillas y cajas en las que se podían colocar libros, el enano insistió especialmente en usar marcadores en los estantes y en las cajas, existían unas láminas emparejadas con runas grabadas para no estropear cronología durante la búsqueda.
Gilt decidió quedarse en los archivos porque no necesitaba descansar ni dormir, así que, después de acompañarnos hasta la salida, agarró la carretilla y regresó. Volvimos a la oficina del encargado, donde nos entregó pases y dijo que a las 9 en punto del próximo período traería a todos los aprendices que expresarán su deseo de ayudarnos.
Saldir nos llevó a "Cuport". Por el camino acordamos que llegaría mañana a las ocho ya junto con sus alumnos. Después de despedirnos de este petimetre, que ni siquiera se dignó a bajar del carruaje, entramos en la posada y pedimos comida. Al parecer, todavía había tiempo antes de la hora habitual de comer, ya que la mayoría de las mesas estaban vacías.
— ¿Que planeáis hacer? — pregunté a mis compañeros, teniendo en cuenta el hecho de que no podrán ayudarme con la lectura de viejos pergaminos.
— Podríamos visitar a los mercaderes, — sugirió Jamél. — Buscar equipo decente, mirar si podemos encontrar armas y armaduras de calidad...
— Me preguntaba, ¿quién más puede ayudarnos a leer los informes? — expresó su idea Wunorse. — Recuerdo que el tren en el que llegamos debería salir en una semana o dos, ¿no? Y Jarir probablemente no esté particularmente ocupado con nada.
— Es una buena idea, — elogié al elfo, y Jamél le dedicó una agradable sonrisa. — Me queda muy poco tiempo para subir de nivel y quería dedicar el resto del día a la cartografía. Mientras, vosotros podéis visitar a Jarir y ofrecerle cooperar.
No hubo objeciones y después de comer subí a nuestra habitación y los elfos se fueron a los barrios bajos de la ciudad. Mientras aún estaba en las escaleras, recibí un mensaje en el chat con agradecimientos de Wunorse: me daba las gracias por no insistir en ir con ellos, diciendo que ya quería inventar algo para que me quedara en la posada.
Sonriendo ante el ingenuo entusiasmo de mi amigo mujeriego, desdoblé los mapas, saqué hojas en blanco y carboncillos y comencé a dibujar con cuidado, consultando de vez en cuando el mapa integrado en mi interfaz. Muy pronto esta actividad me cautivó por completo. Los diseños resultaron ser interesantes: una red de cavernas extendidas, laberintos de túneles intercalados con distintas cuevas; todo esto no creaba la impresión de una mazmorra separada, si no que pintaba la imagen de un enorme mundo subterráneo, mucho más amplio y multifacético que podría haberlo imaginado. Ya estaba ansioso por leer los informes de las expediciones para compararlos con los esquemas que mi imaginación, no sin la ayuda del mapa topográfico y los apuntes de aventureros, llenaba de diversos monstruos y peligros.
Me sacó de mi trance el alegre sonido y la familiar sensación de ingravidez.
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 9, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido nuevo punto de aptitud y nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje.
Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá la aptitud de Aura antinatural, un punto adicional de aptitud para aptitudes de necromaster, un nuevo espacio para conjuros de segundo y tercer nivel. Su familiar se reforzará. Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
Acepté sin dudarlo y comencé a estudiar las ventanas. Los puntos de vida aumentaron sólo en 5 unidades; aparentemente este es el punto débil de esta clase. Ni las tiradas de salvación ni el ataque básico han cambiado. Se agregaron 6 puntos de habilidad y, ante mis ojos, uno de estos puntos se distribuyó automáticamente a la cartografía. Al notar que el límite de habilidad había aumentado, agregué un punto a Medicina, Avistar, Buscar y Persuadir. Después de repasar la lista, decidí maximizar Conocimiento de conjuros arrojando allí dos puntos y, dudando, finalmente puse un punto a Concentración yUsar objetos mágicos. Quedan 18. Realmente me apetecía maximizar Engañar y Persuadir, pero aquí ya mi deseo de ahorrar puntos prevaleció. Espero tener tiempo para transferir puntos libres donde haga falta en el momento adecuado, si es que sea posible siquiera.
Decidí no tocar los parámetros y aptitudes por ahora, sin ver ninguna necesidad particular en ello. Aunque durante varios minutos estuve pensando si debería gastar un punto extra de nigromante en dominar algún hechizo. La capacidad de lanzar rápidamente un hechizo de combate sería útil, pero no tenía suficiente práctica para elegir cuál. Al final llegué a la conclusión de que necesitaba pasar por más enfrentamientos para elegir el que fuera más adecuado, cómodo o de mi agrado. Hasta ahora no tenía ninguna preferencia particular.
Hablando de aptitudes. Los números en los intentos de Expulsar no-muertos no cambiaron, pero Canalizar energía creció en un dado, lo cual me alegró sobremanera: ahora podía curar y causar aún más daño con simple toque.
El Aura antinatural resultó ser una especie de cambio en el espectro de la energía vital emitida por mí. Al concentrarme, realmente pude ver estos cambios, mi aura se volvió un poco extraña, las partículas de energía emitidas comenzaron a estructurarse de manera rara, aunque, en mi opinión, incluso con la capacidad de ver magia, era muy difícil captar esta extrañeza, a menos, por supuesto, sin fijarse específicamente. La descripción indicaba que los animales irracionales no querrían entrar voluntariamente en el área de acción del aura, y todos los seres vivos inteligentes se sentirán incómodos dentro de su alcance y temerán a la fuente de esta aura, lo que añade +3 a todos mis intentos de amenazar e intimidar a estos seres. Al experimentar, determiné que el rango de acción del aura es de aproximadamente diez metros.
Quedaba por descubrir qué significaba la mención de que mi familiar se refuerce. La descripción decía que el familiar obtenía cierto raciocinio hasta el nivel de 5 puntos de Inteligencia y adquiría el don del habla. En el caso de levantar a un zombi normal, todo comenzaba desde 3 puntos, y cada dos niveles del máster, la inteligencia del familiar aumentaba, o más bien se recuperaba, en uno. Pero mi esbirro era especial en este sentido, y después de hojear las páginas del texto, sólo entendí que la armadura natural de Gilt debería haber aumentado en uno... Sea como sea, no quería distraer a mi camarada de su trabajo por medio de nuestra conexión mental, únicamente para preguntarle si se había sentido algún cambio.
Nombre: /no hay, introduzca/ Nivel: 9 Experiencia 28100/36000 Clase: Guerrero 4 Necromaster 5 Raza: humano Puntos de salud: 77 Ataque base: +8/+3 Clase de armadura: 20 +4 camisote de mallas +3 destreza +1 armadura natural (amuleto) +1 camisote mágico+1 +1 forma transcendental
Salvaciones: Fortaleza +8 Reflejos +5 Voluntad +6
Parámetros: Fuerza: 14 (+2) anillo de fuerza+1 Destreza: 16 (+3) Constitución: 13 (+1) Inteligencia: 18 (+4) Sabiduría: 13 (+1) Carisma: 13 (+1) Puntos de parámetros disponibles: 4
Habilidades: Supervivencia 6/12 Cocinar 1/12 Concentración 6/12 Conocimiento de conjuros 12/12 Trepar 5/12 Primeros auxilios 5/12 Usar objetos mágicos 2/12 Artesanía (cartografía) 2/12 Desollar 1/12 Escuchar 1/12 Medicina 6/6 Avistar 6/6 Engañar 5/12 Buscar 6/6 Rastrear 5/6 Persuadir 6/12 Puntos de habilidad disponibles: 18
Aptitudes: Ataque poderoso Combate con dos armas Soltura con un arma (bastón) Resistencia de muerto viviente Control de no muertos mejorado Canalizar energía 5d8 en 1d8 rondas Controlar/Expulsar no muertos (7 usos al día) 7/7 Esbirro inmortal/Familiar no muerto Visión oscura Forma transcendental+1 Puntos de aptitud disponibles: 3+2
Conjuros al día: Nivel 0 — 6 Nivel 1 — 4+1 Nivel 2 — 3+1 Nivel 3 — 2+1
Logros: Hardcore 3 Adepto de Mor Favorito de la diosa del Amor Amigo de los draelin
Al mirar la hora, me sorprendió descubrir que ya era bastante tarde y que los elfos ya deberían haber regresado. Le escribí a Wunorse en el chat, recogí los mapas y fue abajo a cenar.
Capítulo 15
Pedí cena para tres, ya que Wunorse respondió que ya casi llegaron a la posada. De hecho, tan pronto como los sirvientes colocaron los platos sobre la mesa, la puerta se abrió y los elfos entraron al salón. Wunorse parecía un poco desaliñado e inmediatamente me di cuenta de que la barra de vida sobre su cabeza no estaba completamente llena. Jamél parecía igual de tranquila y aseada como siempre, incluso me sonrió, obviamente notando la preocupación en mi mirada.
— ¿Qué ha pasado? — le pregunté a Wunorse mientras se sentaban, echándome en culpa no haberme percatado de que bajaban sus puntos de salud en los íconos del grupo.
— Nada, una tontería, — el elfo hizo una mueca de molestia y un gesto de sacudir suciedad de su brazo. — Me tiraron sobre la cabeza algo como un barril lleno de porquería...
— Era un recipiente hecho de corteza de hongo con esporas dentro, — explicó Jamél burlonamente. — Y si no fuera por mí, Wunorse se habría quedado allí tirado, y le habrían quitado incluso los pantalones... bueno, y eso contando con que le hubieran dejado con vida.
— Eran niños... — objetó el elfo, y me asombró el tinte escarlata que empezaba a llenar sus mejillas.
— Los niños siempre son mucho más crueles que los adultos, — comentó la chica ya con total seriedad. — Especialmente en los barrios bajos...
— ¿Habéis logrado encontrar a Jarir?
— Sí, — Wunorse estaba claramente contento de que no les preguntara más sobre el incidente. — Accedió a ayudar, encima de gratis... aunque creo que le deberíamos pagar.
— Las condiciones de vida de su familia no son muy agradables, — asintió Jamél.
— Pagaremos, — confirmé. — ¿Qué habéis acordado?
— Estará aquí a las ocho, — respondió la chica, acercando el plato.
— Por cierto, enhorabuena por subir de nivel, — señaló Wunorse, empezando también a comer.
Después de cenar subimos a nuestras habitaciones. Por el camino, el elfo volvió a intentar coquetear con Jamél, ofreciéndose a hacerle compañía durante la noche ya que el enano estaba fuera, pero la chica simplemente se rió y le cerró la puerta en la cara.
Me quedé dormido rápidamente y desperté exactamente cinco minutos antes del despertador puesto para las ocho. Wunorse ya se estaba vistiendo y nos encontramos con Jamél abajo, tomándose su copa de vino. Jarir apareció casi simultáneamente con nosotros y, antes de que tuviéramos tiempo de saludarnos, en la posada irrumpió Saldir. Le dirigió al gnomo sólo una mirada fugaz y, sin más preámbulos, dijo que dos de sus alumnos habían aceptado ayudarnos. Ya los había llevado a los archivos, donde se enteró de que entre los aprendices de registradores sólo dos expresaron el deseo de trabajar. De esta forma, teníamos cuatro asistentes en total.
Al dejarnos frente del edificio de los archivos, Saldir ni siquiera pensó en bajarse del carruaje. Murmurando que vendría al final de la jornada laboral y que ya había pagado a sus alumnos, el arrogante enano se apresuró a marcharse. Nosotros tuvimos que subir a ver el encargado y sacarle un pase también para Jarir.
Cuando bajamos al propio archivo, el trabajo ya estaba en pleno apogeo. Los alumnos y aprendices resultaron ser enanos muy jóvenes, y ya estaban mirando los pergaminos sacados de los estantes. Gilt había logrado estudiar 27 informes para cuando llegamos, pero aún no había encontrado ninguna mención de la Muerte Negra.
Después de presentar al visiblemente amedrentado Jarir a nuestros asistentes, me uní al trabajo. Los elfos nos ayudaron con carretillas, pero luego se fueron a la ciudad a visitar a los mercaderes. Contrariamente a mis temores, nuestro ambiente de trabajo logró ser bastante cómodo. Los enanos intercambiaban frases, comentando puntos interesantes de lo que estaban leyendo, nadie desdeñó al gnomo, quien poco a poco dejó de ser tímido y pronto, como le era habitual, ya casi nunca paraba de hablar.
Cuando terminé de leer mi primer informe, me di cuenta de que iba muy lento: los demás ya estaban leyendo el segundo, o incluso el tercero, y al carro de Gilt ya se agregaron cuatro pergaminos. Al darme cuenta de mi error, dejé de leer detalladamente cada línea del texto y en adelante sólo buscaba menciones sobre la Muerte Negra, molesto de tener que hojear de esta manera informes cuidadosamente elaborados que para mí eran muy interesantes.
Al hacer un descanso para comer, miré los estantes y calculé aproximadamente cuánto tiempo todavía nos quedaría trabajar si el ritmo actual continuaba. Aproximadamente me salía que no menos de cinco días...
Hasta la tarde aún no habíamos encontrado nada que valiera la pena, y sólo hacia el final del trabajo, para las 17 horas, Gilt descubrió un pergamino, que mencionaba de forma casual rumores sobre la Muerte Negra, recogidos de un pueblo minero por el que pasó la expedición en su viaje hacia la meta. No había nada más significativo en el informe, ni siquiera se indicaba el nombre de aquel poblado. Dejamos este pergamino apartado para comparar descripciones cuando encontremos más.
Al día siguiente todo se repitió y nuestro trabajo empezó a convertirse en una especie de rutina: llegamos al archivo, como empleados en alguna oficina. Los elfos salían corriendo a vagar por la ciudad y por la noche cenamos todos juntos, atendiendo a Jarir por nuestra cuenta. Jamél informaba sobre sus compras; le pedí que comprara ónix y algunos otros ingredientes necesarios para mis hechizos. Wunorse compartía con entusiasmo sus impresiones sobre la metrópoli subterránea. Parecía muy contento e incluso dejó de molestar demasiado a la chica con sus insinuaciones. Bueno, o tal vez así me lo pareció a mí; no puedo imaginar cómo le aguanta todo el día...
Para mi sorpresa, logramos encontrar el lugar en sólo cuatro días, en gran parte gracias a Gilt. El ex mercader se distinguió por su tremenda velocidad de lectura y excelente atención, además al estar privado de las debilidades de un cuerpo vivo, mostró resultados simplemente increíbles.
Dimos gracias a nuestros asistentes y los despedimos, tuvimos que acercarnos al encargado para pagar a los aprendices. Y luego comenzamos a comparar y analizar la información obtenida de los informes directamente en el archivo.
Teniendo los mapas actualizados y conociendo la zona aproximada indicada por Pergís, no nos resultó difícil determinar el lugar donde debería comenzar el deseado túnel. El asentamiento minero se conservó, se llamaba Gashm y, como nos dijo Jarir sombríamente, era un refugio para los gnomos, sobre el cual corrían rumores muy oscuros. Allí exiliaban a los bajitos expulsados de la ciudad, allí acudían refugiados de las aldeas destruidas y ni un solo gnomo, según afirmaba nuestro camarada, querría terminar allí. Resultó que el mismo término Gashm en la jerga de los mineros significaba roca estéril, desechos arrojados a un lado durante la extracción de minerales.
Gilt se quedó para poner los pergaminos en sus lugares, mientras nosotros fuimos de cena, durante la cual le pagamos generosamente a Jarir por su ayuda, le dimos una cálida despedida y luego nos dirigimos a buscar el Gremio de Aventureros.
El gremio estaba ubicado en las afueras de la ciudad, cerca de la puerta norte. Era un edificio de dos pisos, y cuando entramos, esperaba encontrarme con jugadores, así que observaba con atención a todos los enanos allí. Sin embargo, no pudimos toparnos con jugadores; un viejo enano tuerto nos recibió en el mostrador y varios aventureros de aspecto extravagante que estaban en la sala, al parecer, eran locales. Por lo demás mis expectativas se cumplieron. La sala del primer piso era acogedora, había muchos trofeos de todo tipo en las paredes, y lo que inmediatamente llamaba la atención era un tablero con hojas colgadas, que probablemente contenían todo tipo de misiones.
Tan pronto como el enano tuerto supo el propósito de nuestra visita, nos pidió que lo siguiéramos y nos llevó a una acogedora habitación con sillones y una gran mesa en el centro. Según él, la jefa del gremio dejó instrucciones claras sobre nosotros y ya le había enviado un mensaje, lo que significaba que tan sólo faltaba esperar su llegada. Mientras tanto, nos invitó a probar el vino local y pasar el rato conversando.
El vino era espeso, astringente y extremadamente fuerte; sólo lo bebí a pequeños sorbos únicamente por cortesía. La conversación giró sobre el gremio, y preguntaba principalmente Wunorse, yo me interesé tan sólo sobre la cuestión que me tenía en vilo referente a los jugadores.
El sistema de rangos y las misiones que les correspondían me pareció bastante común, excepto que aquí lo abordaban con la solidez característica de los enanos. Igual que en otros lugares, aquí los aventureros se enfrentaban a los problemas que, por una razón u otra, no fueron asumidos por las autoridades oficiales de la ciudad. Y, a pesar del número muy reducido de miembros y de la modesta financiación, el gremio florecía y el trabajo en él estaba en plena ebullición. En cualquier caso, esa fue la impresión que quedaba tras las palabras del veterano tuerto. El gremio colaboraba con los registradores, pero tenía su propio sistema de informes y, en consecuencia, su propio archivo.
Al enano no le sorprendió la pregunta sobre los Convocados y confirmó que entre las filas del gremio habían algo más de una decena de jugadores, varios de ellos incluso de muy alto rango. Y, si así lo deseamos, podría contactar con ellos. El enano incluso se mostró dispuesto a facilitarnos sus direcciones en la ciudad. Sin embargo, señaló, la mayoría de ellos estaban ahora mismo de misión, aunque esto también convenía aclararlo, porque, comentó, lo decía puramente de memoria. Le aseguramos que esto no era necesario, y entonces en la sala entró la jefa del gremio, a quien ya habíamos visto antes en el Consejo.
Era una mujer reposada de cierta edad, pero, a pesar del aspecto respetable que le otorgaba su túnica ricamente decorada, las alegres chispas en sus ojos entrecerrados y la expresión afable creada por las pequeñas arrugas de su rostro la hacían inmediatamente caer en gracia de cierta manera.
Ella enseguida comenzó a preguntarnos sobre los resultados de nuestras pesquisas. Muy pronto apareció un mapa detallado, que el tuerto desdobló sobre la mesa, y en él mostramos la ubicación estimada del túnel. No nos olvidamos de compartir la información encontrada en los informes, mencionando los rumores sobre Gashm contados por Jarir.
Al escucharlos, la jefa frunció el ceño e hizo un gesto imperativo con la mano al veterano. El tuerto asintió comprensivamente y salió de la habitación.
— Traerá nuestros apuntes sobre esta zona, — explicó, notando las miradas con las que seguíamos al veterano. — Ya he hecho averiguaciones sobre la Muerte Negra y no tenemos nada concreto al respecto. Sólo menciones de rumores y conclusión final de que son infundados. En pocas palabras, los aventureros no pudieron encontrar entonces ninguna confirmación y estos rumores se consideraron poco fiables. A ver qué tenemos con referencia concreta al terreno...
— Pero lo que estáis diciendo sobre Gashm, — la enana volvió a fruncir el ceño y sus emociones me parecieron bastante sinceras, — me perturba sobremanera. Ya había oído rumores desagradables sobre este asentamiento, pero supuse que se trataba simplemente de un poblado pobre. Da la casualidad de que allí acuden los zungaros sin hogar, y las historias sombrías no son más que las consecuencias del duro trabajo minero con el que se ven obligados a ganarse la vida. A pesar de ello, en su momento entrevisté a nuestros muchachos que visitaron estos lares, y no dijeron nada raro... Sin embargo, sólo escuché cosas buenas sobre Jarir, y él definitivamente no mentirá, lo que significa que tales opiniones son muy extendidas entre los zungaros... Algo anda mal por ahí.
— Para llegar al túnel, — advertí, — tendremos que visitar este pueblo. Allí descubriremos in situ si hay fundamento para tales rumores y si detrás de ellos se esconde algo extraño.
— Muy con espíritu de aventureros, — nos agradeció la jefa del gremio, y su rostro volvió a iluminarse gracias a ese peculiar efecto de arrugas que parecían vivir su propia vida. — Toma, — me entregó un objeto redondo que parecía un broche, — es un amuleto de comunicación, lo desarrollamos gracias a los Convocados. Está conectado al mío, — tocó un broche similar sobre su túnica. — Basta con tocarlo y envíame un mensaje mentalmente, funciona según el mismo principio que vuestro chat.
El tuerto regresó con una pequeña pila de tarjetas que, tras una inspección más cercana, resultaron ser algo así como pequeñas carpetas con hojas de pergamino llenas de pequeñas runas en su interior. La jefa los revisó rápidamente y nos los pasó después de leerlos. Según los informes, la zona estaba bastante tranquila, los monstruos aparecían rara vez, generalmente no había solicitudes: los residentes se las arreglaban solos. Se conocía el túnel deseado, pero se indicaba que se trataba simplemente de una mina relativamente rica, para el uso de la cual, de hecho, fue construido ese pueblo minero cerca. Además, cuanto más dentro, más monstruos había ahí: los aventureros que visitaron el lugar la marcaron con el rango C, lo que indicaba un nivel de peligro bastante alto que no justificaba los esfuerzos necesarios para limpiarla. Todos los informes sugerían que valía la pena limpiar la mina sólo después de que los mineros extraigan todos los recursos del comienzo relativamente seguro del túnel.
También hubo un informe de dos grupos que, sin ningún problema, se ocuparon de los monstruos y se adentraron más en el túnel para ver a dónde conducía. Ambos grupos informaron que después de un tiempo el túnel quedaba vacío, no había ni monstruos ni minerales, sólo roca desnuda, y los grupos regresaron sin encontrar nada de interés. No se dijo nada sobre que no hubo salida por el otro lado ni sobre ningún tipo de nidos de monstruos, como tampoco menciones sobre la Muerte Negra. Era muy posible que este túnel realmente condujera a Dracasm, aunque tampoco hubo evidencias de ello en los informes de los aventureros.
La jefa del gremio nos agradeció por acordarnos de pasar, le pidió al tuerto que apuntara la información que recibió de nosotros y, al enterarse de que íbamos al Consejo, nos ofreció llevarnos. Aceptamos y pronto estábamos rodando por las calles de Mercator en un carruaje casi idéntico al aquel en cual viajaba Saldir.
La jefa nos dejó en el edificio del Consejo, pidiéndonos que la esperáramos, porque quería aclarar algo. Nosotros buscamos a Pergís y le contamos los resultados de nuestra búsqueda. El enano asintió con la cabeza, para nada sorprendido de que las historias de su abuelo resultaran tan ciertas, y preguntó sobre nuestros futuros planes. Al enterarse de que planeábamos partir lo antes posible, se ofreció a proporcionarnos una escolta, pero nos negamos, citando los informes del gremio de aventureros sobre la relativa seguridad de la zona.
En medio de la conversación, regresó la jefa de los aventureros en compañía de un consejero bigotudo, a quien reconocí como el líder del Gremio de Mercaderes. Resultó que una vez al mes una caravana partía de Mercator hacia Gashm, llevando allí comida y recogiendo el mineral reunido por los mineros. Aún faltaban unos días para la salida prevista, pero el jefe de los mercaderes se ofreció a ayudar a organizar la salida de la caravana mañana. Aceptamos encantados, nos despedimos calurosamente de los consejeros y, junto con Saldir, que apareció al final de la conversación, regresamos a "Cuport".
Capítulo 16
— Entonces, ¿qué opinan de esta Muerte Negra? — preguntó Wunorse, cogiendo con su tenedor otro trozo de verdura guisada del plato y llevándoselo a la boca.
Estábamos terminando de cenar y ya le habíamos avisado al posadero que nos íbamos mañana. El enano nos agradeció que nos quedáramos en su establecimiento e incluso nos trajo una bolsa de oro, explicándonos que esa era nuestra parte de aquel francamente inflado precio que le había cobrado a Saldir.
— De los informes que hemos encontrado, no está nada claro, — opiné mientras bebía compota de mi taza; ya terminé mi comida. — Los aventureros no detectaron nada raro, y dos antiguas expediciones desaparecidas nunca fueron encontradas: la primera desapareció sin dejar rastro, y de la segunda encontraron a uno que regresó, trastornado, de cuyas palabras apuntaron sobre todos estos horrores. Los del rescate no avanzaron más. Está claro que hay algo ahí, en lo más profundo, pero ¿qué exactamente? Posiblemente acumulaciones de gases o depósitos de algún mineral tóxico. O tal vez algunos monstruos ácidos que viven en las profundidades.
— Asquerosidad negra y pegajosa, quemaduras y locura, — Jamél enumeró los síntomas. — Se parece a los efectos de ácido. ¿Existe algún monstruo que pueda hacer algo así?
— Un dragón negro, — asintió Gilt sombríamente y tomó un sorbo de su jarra de cerveza. — ¿Pero cómo va a acabar en el túnel?
— ¿Quizás alguna variedad más pequeña? — sugerí. — Después de todo, Dracasm era la tierra natal de los dragones y algunos ejemplares bien podrían haber sobrevivido escondiéndose del cataclismo bajo tierra.
— ¿Una sierpe? — aventuró Wunorse. — No vuelan y se parecen más a serpientes...
— ¿Os habéis preparado para algo como esto? — preguntó el enano a los elfos.
— Compré un montón de pergaminos, — asintió Jamél. — Además de protección universal, protección contra el ácido, burbuja de aire para el caso de gases, levitación masiva si habrá que cruzar charcos de magma o de esta baba negra... Lamentablemente, no pude encontrar equipamiento decente y para conjuntos de armaduras del segundo nivel de encantamiento no nos llega dinero.
Gilt resopló entre dientes, pero no dijo nada, aunque sus pensamientos pasaron por mi cabeza: "Debería haber ido yo, pero que le vamos hacer ahora...".
Antes de dormir, revisé nuevamente todo el equipo, practiqué sacando y guardando el grimorio del bolsillo en el interior de la capa — le pedí a Jamél, y ella encargó este trabajo a uno de los sastres de la casa Jagard — hice un recuento de los ingredientes más necesarios, en mi opinión, para los hechizos y finalmente me acosté.
Después del desayuno, Saldir nos llevó a la puerta este, donde nos ayudó a encontrar la caravana que partía hacia Gashm. Después de lo cual el mago se despidió de nosotros rápidamente y se fue, mientras me quedé con la fuerte impresión de que incluso en sus deseos de buena suerte se notaba cierta parte de alivio.
La caravana resultó ser dos largos carros cubiertos tirados por musculosos y fornidos animales que parecían búfalos peludos. Además de los aurigas, los carros iban acompañados de ocho guerreros enanos de nivel 12-13. Uno de ellos, llamado Becán, se presentó como comandante y nos señaló el carro principal, al que subimos. Dos guerreros subieron con nosotros al carro y se posicionaron cerca de la entrada, el resto viajó en el segundo carro.
Ni siquiera me di cuenta de cómo salimos de la ciudad: el carro avanzaba muy suavemente, el temblor se hizo perceptible sólo cuando el camino pavimentado dio paso a uno de tierra. El rígido toldo del carro tenía estrechas rendijas, aparentemente utilizadas como aspilleras, y, inclinándose hacia ellas, uno podía observar cómodamente los alrededores. Aunque la verdad es que no había mucho que ver: a medida que nos alejábamos de la ciudad, el resplandor escarlata se hacía cada vez más tenue. Logré ver una zona desértica bastante aburrida que se extendía a lo largo de varios kilómetros de Mercator. Poco a poco, cada vez con más frecuencia, aparecían aquí y allá grupos de piedras, setas gigantes y feos arbustos, más bien parecidos a montones de alambre enredado de negras púas.
Wunorse pronto se aburrió del paisaje local y quedaba dormitando a ratos, inclinando la cabeza sobre el pecho, o meditaba, siguiendo el ejemplo de Jamél. Los guerreros de escolta charlaban alegremente entre ellos, y ninguno intentó siquiera mirar hacia afuera; en general, me pareció que se comportaban como si se fueran de vacaciones: en su comportamiento se notaba cierta anticipación descuidada de pronta diversión. Hablaron entre ellos en voz baja y yo no forzaba mis oídos para escuchar de qué, sólo noté la creciente molestia de Gilt: estaba sentado más cerca de sus compatriotas y seguramente oía mejor su conversación.
Nos detuvimos sólo cuando el período casi había terminado: por muy resistentes que fueran estos búfalos locales, también necesitaban descansar. Abandonando el camino, los enanos aparcaron los carros uno frente al otro y encendieron la hoguera entre ellos. Los animales desenganchados bebieron agua y masticaron unas virutas que los aurigas les sacaron en sacos. Después de cenar, nos ofrecimos a participar en turnos de guardia, pero los enanos se negaron; era obvio que confiaban en la seguridad de esta zona.
Durante el siguiente período, la carretera adquirió una notable pendiente y, a la hora de comer, nos adentramos en un pequeño desfiladero, esencialmente una grieta gigante en la roca. Este era un excelente lugar para emboscada, pero incluso este hecho no causó la menor preocupación a los guerreros. Pasamos por el desfiladero con el mismo descuido, lo que personalmente me provocó una gran ansiedad.
El descanso transcurrió en paz, al igual que el siguiente período del viaje. El camino ahora hacía frecuentes giros; encontramos colinas y, a veces, enormes rocas, que se extendían hacia el techo de la caverna escondido en la oscuridad. El resplandor rojizo quedó muy atrás y ahora conducíamos en la oscuridad, que, sin embargo, no era total en absoluto, sino más bien como una noche con luna en la superficie. Sospecho que el resplandor de los cristales en el techo de esta gigantesca cueva sirvió como una especie de fuente de luz, y es difícil decir de dónde recibieron esa luz... tal vez algunos de ellos eran mágicos o de alguna manera recogían y enfocaban la energía esparcida en el aire.
Esta vez en la parada de descanso, los enanos estaban especialmente animados, y por sus conversaciones entendí de que estábamos a punto de llegar a Gashm. Los sombríos rumores que nos contó Jarir no me cuadraban con el alegre buen humor de los guardias... Sin embargo, esta parada también transcurrió sin incidentes, y a mitad del siguiente período finalmente llegamos al asentamiento minero.
La caravana se detuvo y oímos el grito áspero del auriga que apremiaba a alguien. Entonces el carro comenzó a moverse de nuevo y vi a los gnomos apartar algo que parecía una barrera de ramas espinosas entretejidas. Esta barrera bloqueaba el pasaje hecho en medio de una muralla de tierra y piedras, de unos dos metros de altura, por el que pasamos. Luego aparecieron ante nuestros ojos una serie de casas pequeñas y miserables, construidas, a primera vista, con arcilla, y pronto nos detuvimos en una pequeña plaza, frente a lo que parecía ser la única casa entera de piedra en Gashm.
Los enanos saltaron fuera y nosotros salimos detrás de ellos. La casa de piedra tenía dos plantas y destacaba notablemente a fondo de las circundantes chabolas. Junto a ella había otro edificio masivo, con forma de hangar. Varios gnomos ya estaban abriendo sus amplias puertas, y mi mirada captó en la oscuridad del interior algunos sacos, lo que sólo confirmó mis suposiciones. Un gnomo anciano, mucho mejor vestido en comparación con aquellos zungaros que había visto aquí antes, apareció en el porche de la casa de dos pisos y habló con Becán, quien se había acercado a él junto con dos guerreros.
Pero antes que nada, mi atención fue atraída por el ruido que provenía no lejos de nuestros carros. Al otro lado de la plaza había un edificio de piedra sin terminar, no ruinas, si no precisamente una obra en construcción, a juzgar por el andamio al lado de una de las paredes. Y frente a esta obra, justo al lado de los carros, se reunió un pequeño grupo de gnomos. Los dos enanos que nos habían acompañado ya estaban cerca, y tres más se acercaban al grupo desde el lado del segundo carro.
Di unos pasos en esa dirección y me di cuenta de que todos esos gnomos eran mujeres. La mayoría de ellas tenían algunos harapos sucios colgando en lugar de ropa, permanecían con los ojos bajos y sólo se movían inseguras de un pie a otro. Aunque algunas chicas adoptaron poses provocativas, haciendo claramente alarde de sus modestos encantos, con sonrisas falsas en sus rostros, aparentemente diseñadas para atraer a los enanos que se acercaban. Ante mis ojos, dos o tres chicas más salieron corriendo de los callejones a ambos lados de la obra y se unieron a la irregular formación. Fueron instados por un par de gnomos, armados con una especie de palos largos, posiblemente lanzas.
Como sumido en la niebla, me acerqué lentamente e incluso, sin poder creer lo que estaba pasando, miré hacia atrás para asegurarme si mis compañeros veían lo mismo que yo. Gilt estaba a mi lado y, a juzgar por la mano que apretaba el mango del martillo, lo veía. Su rabia helada me quemó cuando recurrí a los lazos que nos unían; aparentemente, no capté sus emociones desde el principio debido a la sorpresa, o se superpusieron tan bien con las mías que no las noté de inmediato. Wunorse también estaba aquí y su expresión era un poco confusa; él, al igual que yo, claramente no esperaba topar aquí con algo semejante. Pero Jamél no estaba, sin embargo, ya estaba acostumbrado a las repentinas desapariciones de la pícara.
— Elígeme a mí, valiente guerrero, — escuché la voz de una de las chicas. — ¡No te arrepentirás!
Uno de los guerreros que viajaba con nosotros en el carro al parecer ya había llegado a un acuerdo y comenzó a alejarse del brazo de una chica hacia el edificio de dos pisos. El segundo, entre las risas, rechazaba las insistentes ofertas y trataba de pasar a lo largo de la fila de chicas. Tres guerreros del segundo carro se acercaron al grupo al mismo tiempo que nosotros.
— ¿Qué está pasando aquí? — mi voz enojada sonó inesperadamente amenazante, y todos se fijaron en mí.
— Estamos eligiendo compañía para nuestro descanso, — me midió con la mirada uno de los guerreros. — Selecciona tú también a alguna, si tienes dinero...
— Me parece que no todas ellas aceptaron voluntariamente hacerles compañía, — observé, señalando a los gnomos con lanzas.
— ¡Venga ya! — habló otro guerrero con el tono conciliador. — Así son las costumbres aquí, no te metas en lo que no te concierne.
— ¡¿Cómo se atreven?! — el rugido bajo de Gilt también sonó inusual. — ¡Montaron aquí asqueroso libertinaje! ¡¡¡Mancilláis el honor de todos los caeltas!!!
— Pero si son zungaros, — el guerrero extendió las manos, evidentemente sin entender las razones de nuestro descontento. — ¿De qué honor estás hablando?
Las chicas vestidas provocativamente parecieron darse cuenta de que algo había salido mal y también empezaron a indignarse. «¡Oye, tenemos familias que alimentar! Y no hemos llegado ni a la mitad del cupo de mineral, ¡¿queréis que palmemos de hambre?! ¡Si no nos desean, perdéos, impotentes larguiruchos! — pude distinguir algunos de sus gritos.
Becán y los guardias restantes comenzaron a acercarse al detectar el vociferio, pero entonces me di cuenta que sobre la cabeza de una de las chicas del grupo había una inscripción diferente de los demás: "Alma21, nivel 6".
— Wunorse, mira a esa chica que acaban de traer los gnomos, — escribí en el chat al elfo.
— ¡Oh, mierda! — su respuesta llegó de inmediato. — ¡Pero si es un jugador!
Di unos pasos en su dirección y las mujeres, aparentemente interpretando mis acciones como interés, se hicieron a un lado y empujaron hacia adelante a esa chica vestida con una especie de andrajosa arpillera. Los empujones fueron fuertes y nada comedidos; la chica se mantuvo de pie de milagro.
— Gordo bastardo, — escuché su voz. — ¡Poned su cráneo en un palo y arrojádselo a los gusanos!
En respuesta, enseguida recibió un golpe en la espalda con el palo del gnomo que estaba detrás de ella.
— Lo siento, no me peguen, perdonadme, — murmuró ella y levantó su rostro, estirando los labios en una mueca, que al parecer debió de simular una sonrisa. Sus ojos estaban monstruosamente vacíos, no había en ellos nada de raciocinio, tan sólo un miedo animal.
— Cogedla, — me aconsejó la mujer más cercana. — Puede ser más duro con ella, incluso estrangularla o apuñalarla, si le van esas cosas...
Las oleadas de rabia me invadieron y me volví bruscamente hacia Becán que ya ha llegado, notando por el rabillo del ojo cómo Gilt se estaba quitando su escudo de la espalda y Wunorse agarraba su arco, alejándose lentamente del grupo.
— Qué. Habéis. Organizado. ¿Aquí? — logré articular a través de mi garganta repentinamente seca.
— ¿Nosotros? — desafiante, Becán intercaló miradas con sus guerreros, como buscando su apoyo. Ellos finalmente se dieron cuenta de que olía a chamusquina y se juntaron, sólo faltaba uno, aquel que logró desaparecer en el edificio antes de que comenzara el conflicto. — Nada, — sonrió Becán de manera repugnante. — Es una iniciativa de habitantes locales. Los zungaros quieren ganar dinero extra... y nosotros simplemente les echamos una mano.
— He oído algo sobre el cupo de mineral... — comencé, pero de repente apareció Jamél saliendo de detrás de mí.
— Por lo que entendí de su conversación con el jefe del asentamiento, — comenzó la elfa, y la sonrisa desapareció del rostro de Becán en un instante, — él ha montado aquí un esquema bastante interesante. Estableció una determinada norma de producción para el jefe, a cambio de la cual Mercator supuestamente les suministra alimentos. Según tengo entendido, aquí dividieron esta norma para cada casa y, si esa no cumple con el cupo establecido, no recibe una parte proporcional de comida en el reparto subsiguiente. Pero al atender a alguno de los enanos, se suplanta la falta del cupo de la casa a la que pertenece la chica. También escuché que los excedentes de comida que quedan después de la altísima cuota se puede canjear o cambiar por algo valioso... ¿Me pregunto si el Gremio de Mercaderes sabe de ese negocio tan lucrativo? Porque estoy segura de que el Consejo no.
— Lo sabrá, — prometí amenazadoramente y, al notar que los guerreros llevaban sus manos a las armas, dejé de reprimir mi aura. Sacando el amuleto de comunicación de mi bolsa del cinto, se lo mostré a Becán. — Si por casualidad no saben lo que es, entonces se lo explicaré: es un amuleto de comunicación, y la jefa del Gremio de Aventureros ya ha sido informada sobre vuestras travesuras, — el rostro de Becán cambió. — ¡Vamos, sumad a ello el ataque a nosotros, y lo pasaréis muy mal... si es que sigan con vida!
Hice mi mayor esfuerzo para rodear mi bastón con energía negativa para hacerlo brillar y, a juzgar por los ojos muy abiertos de los guerreros, lo logré. Por el rabillo del ojo, noté un mensaje sobre el éxito en intimidación en la ventana del sistema y me apresuré a desarrollar el éxito:
— Descargad inmediatamente la comida y distribuirla por igual entre todos. Hablaremos con el jefe del asentamiento más tarde. Vosotros dos, desarmad a Becán y atarlo. Vigilad al canalla para que no escape, y cuando regresan entregadlo a las autoridades, tened por seguro que os estarán esperando.
Varios enanos dudaban, pero los dos a quienes apunté con mi bastón obedecieron y le quitaron a Becán su cinturón con armas, sacaron cuerdas de sus mochilas y comenzaron a atarle las manos a la espalda. El resto observó sus acciones confusos, pero al menos ya no acercaban sus manos hacia las armas.
— ¡Se os ordenó descargar los carros! — les gritó Gilt. La visión del furioso enano con su martillo de piedra rompió del todo su voluntad de resistir, y los guerreros corrieron hacia los carros. — Qué vergüenza...
Tuve que acercarme al jefe, que daba brincos de pánico por el porche, pero primero eché una ojeada a las chicas. Resultó que mi aura las dispersó también, sólo vi figuras desapareciendo entre las chabolas. Sólo la chica jugadora, que parecía no verse afectada en absoluto por mi aura, y dos gnomos con lanzas permanecían en la plaza. Uno de ellos arrastraba a la chica de la mano, tratando de llevársela, y el segundo la golpeaba en el hombro con el mango de su arma para que caminara más rápido.
— ¡Deteneos ya! — ladré, y uno de los gnomos, aquél que golpeaba a la chica, casi se cae del susto, escapando de inmediato. El segundo se quedó quieto del pasmo.
— Hola, le hablé a la chica. — ¿Cómo te llamas?
Capítulo 17
La chica no respondió, tan sólo me miró con sus ojos vacíos y sin una pizca de interés.
— Su nombre es Alma, — interrumpió el gnomo restante la larga pausa.
— ¿Cómo lo sabes? — se me adelantó Gilt.
— Ella se llamó así, — respondió el gnomo, pero inmediatamente perdió la seguridad bajo mi mirada. — Bueno... eso me dijeron, yo mismo no lo escuché... pero ella hace caso a ese nombre, casi siempre...
— Alma, — le hablé suavemente. — Se acabó todo, no dejaremos que te hagan daño. Mira, nosotros también somos jugadores.
La chica siguió mirándome con la misma indiferencia, sus pupilas ni se movieron para mirar la inscripción sobre mi cabeza, y continuaba sin decir nada.
— Cuéntame cómo terminaste aquí, ¿qué te pasó? — exigí e inmediatamente me detuve en seco, pensando que, tal vez, le resultaría difícil contar así de inmediato sus desventuras a extraños. Sin embargo, quería obtener al menos alguna reacción de ella.
— Conchas, hay conchas entre las piedras de la playa, — murmuró la chica en voz baja, casi inaudible. — ¡Cuidado, podrías cortarte! — me pareció que por un instante hubo un destello de raciocinio en sus ojos y Alma me vio, pero enseguida sus pupilas se movieron de manera antinatural en las órbitas de sus ojos, trazaron un círculo, ella miró rápidamente a su alrededor y nuevamente detuvo su mirada vacía sobre mí. — Si tropieza, — la expresión de su cara de repente se volvió enojada y su voz se elevó, — incluso podría dejarse llevar por la ola. ¡Tonta inútil!
No sabía cómo reaccionar ante tan comportamiento y me volví hacia Wunorse; él se encogió de hombros igual de perdido que yo. Jamél volvió a desaparecer, y los pensamientos que me llegaban de Gilt estaban llenos de tristeza.
— Se volvió majara, — aclaró el gnomo al ver nuestra confusión. — Ella parece entender lo que le dicen... a veces incluso responde, pero dice mayoritariamente algo incoherente.
— ¡Vaya mierda! — Wunorse enderezó su yelmo con fastidio. — ¿Y qué hacemos con ella?
— Definitivamente no podemos dejarla aquí, — dije con firmeza.
— Pero también es peligroso llevarla con nosotros, — comentó Gilt quejumbroso. — He oído hablar de Convocados locos y también me he topado con un par de caeltas trastornados. Algunos pierden el uso de la razón tras encontrarse con monstruos particularmente feroces o después de varios períodos bajo un derrumbe... En un ambiente tranquilo y con el debido cuidado, algunos recuperan el sentido, mientras que otros permanecen locos... sea como sea, en el túnel ella se convertirá en una carga para nosotros, y además, puede meterse en problemas en el momento equivocado, os lanzaréis a socorrerla y también os palmaréis todos...
— Pero nosotros somos los Convocados, — tampoco me tentó la idea de arrastrar a la pobre chiquilla conmigo, sin embargo, era impensable dejarla aquí, — y, si algo así ocurre, ¡resucitaremos! Mira que bien se esconde Jamél entre las sombras y, en el peor de los casos, te levantaré de nuevo.
Gilt murmuró algo en voz baja, pero yo ya no lo escuchaba. Activado el amuleto, describí en detalle la situación en el poblado, los eventos que nos sucedieron y nuestras acciones. No me olvidé de mencionar a Alma. Tan pronto como el mensaje fue enviado, miré a mis camaradas que estaban parados enfrente. Wunorse preguntó inmediatamente:
— ¿Lo escribiste? — asenti. — Bien, pero hay que hablar con el jefe, — señaló hacia el edificio, — que ya está perdiendo los estribos y tenemos que resolverlo todo rápidamente, de lo contrario los guardias se recuperan del susto y quién sabe qué se atreverán a hacer si no ven acciones decisivas de nuestra parte.
Gilt resopló burlonamente, pero yo caminé hacia el porche. Al girarme a medio camino, me complació ver que Alma me seguía, evitando un poco al enano. Wunorse caminaba un poco detrás y el gnomo andaba en un par de metros de él. Para experimentar, rocié un chorro de mi aura sobre él y me pareció que sus rodillas temblaron por un momento, pero aún así continuó siguiéndonos. Parece que una vez superado su miedo, las víctimas de mi aura ganaban cierta resistencia a su efecto.
— ¡¿Qué ocurre?! — me gritó irritado el jefe cuando nos acercábamos al porche. Observó desconcertado cómo los enanos, descargando cajas y barriles, los dejaban en la calle y llevando sólo unos pocos al almacén.
— Eso le quería preguntar yo: ¿qué ocurre aquí? — también levanté la voz y me hice un poco a un lado para que el gnomo pudiera ver a Alma. Y cuando la vio, el miedo brilló en sus ojos. — ¡Estoy seguro de que Becán no habría podido montar su chiringuito con tanto éxito sin su complicidad!
El anciano intentó argumentar algo, sus pupilas se movían de un lado a otro, pero no le dejaba decir una palabra.
— El destacamento del Consejo ya está en camino, aunque, tal vez, algunos grupos de aventureros lleguen aquí antes por llamada de la jefa de su gremio... sin embargo, en mi informe no mencioné al líder del asentamiento e incluso estoy dispuesto a hacer la vista gorda ante su probable participación en toda esta obscenidad. Puede intentar culpar de todo a Becán, alegando que le obligó por la fuerza, o inventando cualquier otra cosa que se le ocurra... Me trae sin cuidado su destino.
En ese momento incluso me llegó a la cabeza la idea de matar al asqueroso vejete, y me sorprendió la fría indiferencia con la que comencé a considerarla. No sentía ninguna lástima por él; además, estaba seguro de que este gnomo merece tal suerte. Pero semejante arbitrariedad no le gustará nada al Consejo, y no quería dejar a nuestras espaldas problemas innecesarios.
— No nos quedaremos aquí, — continué, — y tan pronto como nos vayamos, los guardias pueden liberar a su comandante, y ese giro de acontecimientos ciertamente no es de su interés. Si demostrará su total lealtad al Consejo, promoverá una distribución equitativa y justa de alimentos entre toda la población de Gashm y además mantendrá arrestado al principal culpable, la comisión que llega puede creer en sus palabras e incluso dejarle seguir a cargo del poblado, como antes. Por lo tanto, si es necesario, — me acerqué a él y bajé la voz, — continúe humillándose, complace a los soldados que renegaron de su comandante por su correcta elección, dígales a cada uno de ellos que precisamente él es quien merece convertirse en el nuevo comandante en lugar del vil criminal... bah ¿qué le voy a enseñar? ¡ya sabe usar bien todas esas argucias! Debe mantener a Becán bajo arresto hasta que lleguen los soldados del Consejo y no permitir que los guardias escuchen sus cuentos. Por cierto, ¿dónde está?
— Le encerraron en la misma habitación que le tenían preparada en el segundo piso, — respondió Jamél, quien de repente emergió de las sombras detrás del jefe; éste incluso pegó un brinco de sorpresa. — Le ataron bastante mal, creo que podrá liberarse fácilmente si quisiera. Y aunque la ventana de su habitación es pequeña, podrá salir por ella perfectamente...
— Este ya es su dolor de cabeza, — miré severamente al gnomo. — Tapiar la ventana o ponerle un par de guardias en cuanto terminen de descargar.
Me di la vuelta. El gnomo que pudo superar su miedo estaba cerca y le llamé con un gesto.
— ¿Lo has oído? — el gnomo asintió, mirando al jefe con cierto desprecio. — No creo que sea necesario explicar que será muy malo si el culpable escapa... y los residentes enojados deberían vigilar aquella ventana. Si el jefe al final permite que el criminal escape, podría sufrir una desgraciada muerte mientras ofrece resistencia a los vigilantes pobladores locales. Y es precisamente el jefe quien asumirá toda la responsabilidad por tan lamentable incidente... ¿Me entiendes? — el gnomo asintió rápidamente. — Me parece que los vecinos deberían enterarse de todo lo antes posible... — No tuve tiempo de terminar, ya que el pequeñín se lanzó a correr y desapareció entre las chabolas.
La palidez del rostro del jefe se hizo claramente visible incluso en la penumbra reinante, mientras Jamél sonreía maliciosamente e incluso me guiñó un ojo con aprobación. De pasada, vi en la ventana del sistema un montón de mensajes sobre el éxito en persuasión, intimidación y no sé que más... ni me molesté en leerlos.
— Ahora, en lo referente a esta chica, — señalé a Alma, que en ese momento se estaba divirtiendo mucho: saltaba de un pie a otro, balanceaba absurdamente las palmas de las manos frente a ella y sonreía, murmurando algo sobre fantasmas. — ¿Cómo acabó con vosotros y cuánto tiempo lleva aquí?
— Probablemente un par de años, — respondió Jamél en lugar del jefe, que la miró casi con horror. — Chismean de diferentes maneras, pero todos coinciden en que definitivamente hace más de un año. Parece que ella es una guerrera e iba a la mina de al lado del asentamiento, donde fue asesinada por monstruos... varias veces, por eso se volvió loca y la acogieron en el asentamiento. — el jefe asintió activamente, confirmando las palabras de elfa. — Aunque algunos cuentan los rumores de que, después de dos o tres muertes, a la chica que se quedó sin nada la agarró uno de los habitantes del pueblo y la violó hasta dañarle la mente, y ya después comenzaron a pasarla de casa en casa cada estación.
— ¡¡¡No es verdad!!! — exclamó el vejete, cuyo rostro ya era del color del mármol. — ¡Realmente la acogimos, pero ya había perdido la razón! ¡Lo que sea que le pasó a ella, sucedió en la mina! Ella deambulaba al lado, murmuraba tonterías, a veces regresaba adentro, volvía a morir y resucitaba en la entrada... Sí, nuestra vida es dura, le enseñamos a extraer minerales, pero todavía lo hace bastante mal, por lo tanto la alimenta cada temporada una casa diferente. Porque por más que se esfuerza, en total sólo son pérdidas, y es injusto que las sufran todo el tiempo las mismas personas...
— Nos llevaremos a Alma con nosotros, — espeté. El jefe quiso objetar, pero, al encontrar con mi mirada, se calló inmediatamente y, al parecer, casi se desmaya.
No tenía nada de ganas de hablar más con él. Simplemente tenía miedo de no poder controlarme y golpearle en la cabeza con mi bastón. Así que me alejé y Alma me siguió, gritando un montón de palabrotas en la cara del estupefacto jefe, aunque a veces confundiendo el género de los adjetivos utilizados. El jefe no reaccionó de ninguna manera a las maldiciones; aparentemente, estaba acostumbrado a semejante comportamiento por parte de la chica, o estaba más preocupado por la mortal amenaza que emanaba tan claramente de mí. Casi al salir de la plaza, vi al gnomo que ya me era familiar y, tras llamarle, le pedí que me mostrara el camino a la mina.
La mina se encontraba cerca. La salida del asentamiento, a través de la cual se podía llegar ahí, además de la muralla tenía una zanja llena de palos afilados, y de puerta servía una cosa blanca con púas que, tras un examen más cercano, resultó ser algo así como un fragmento de alguna enorme caracola o del caparazón de alguna extraña criatura. Escondiéndose entre las chabolas cercanas, al menos una docena de gnomos nos observaban con recelo, pero nadie se atrevía a acercarse.
Movimos fácilmente la caracola, resultó ser inesperadamente liviana, y salimos más allá de la zanja. A unos cien metros de distancia se podía ver la pared de la caverna, y en ella se abría la abertura de la mina, al que conducía un sendero muy andado, tanto que incluso parecía un camino. Estrictamente hablando, este agujero en la pared no podría llamarse mina, ya que no había signos visibles de actividad de nadie en la abertura. Sí, había un montón de piedras amontonadas alrededor, algunas incluso tenían formas regulares como evidencia de que habían sido procesadas, algunas hasta las llamaría bloques, el material para la construcción claramente fue cortado de una roca, pero la abertura en sí ni siquiera estaba apuntalada.
El gnomo no nos siguió, no se despidió y no nos invitó a quedarnos. Regresó de inmediato, tan pronto como se le presentó tal oportunidad, y antes de que tuviéramos tiempo de alejarnos unos pocos metros, escuchamos el crujido de la caracola al ser empujada hacia su lugar.
— Por este lado claramente tienen miedo de un ataque, — señaló Wunorse.
— Salta — brinca, salta — brinca, — cantó Alma y de repente se agachó y se cubrió la cabeza con las manos. — ¡Que aproveche!
— Sólo nos faltaban monstruos saltarines, — se quejó Gilt, mientras Jamél abrazaba a la chica y la ayudaba a levantarse.
Nos detuvimos en la misma entrada. Si no supiera nada de este lugar y estuviera de paso, habría decidido que se trataba de la boca más corriente de una cueva más, de las que últimamente hemos visto muchísimas.
— Debe haber un sitio para fijar el punto de resurrección en algún lugar de aquí, — moví la cabeza y examiné las piedras cercanas.
— Aquí, — señaló Wunorse, quien, como siempre, resultó ser el de la vista más aguda.
La roca que señalaba parecía un trozo de estela que sobresalía oblicuamente del suelo. En un intento de examinarla mejor, me pareció que tenía algo grabado encima, toqué la rugosa superficie de la piedra y de verdad, ante mis ojos apareció la ventana de confirmar el punto permanente de resurrección. No pude distinguir nada de lo grabado, excepto que encontré muchas manchas de sangre seca, tanto en la propia estela como alrededor.
Una vez atados (es mejor resucitar aquí que en Mercator), nos dirigimos al interior de la mina.
Capítulo 18
Tan pronto como entramos a la cueva y nos detuvimos para situarnos, Alma se sumergió detrás de una piedra cercana a la pared y saltó rápidamente de vuelta, arrastrando detrás de sí una espada grande y ancha del tamaño de su propia altura. Noté que más adelante por el corredor había muchos lugares apartados similares, muy convenientes para esconderse, al menos para los gnomos.
Gilt intentó pedirle esa espada a la chica para poder verla más de cerca, pero Alma no reaccionó a su solicitud. Caminó hacia adelante con indiferencia, arrastrando la espada detrás de ella por las piedras, provocando con ello un molesto chirrido que resonaba por toda la cueva. El enano simplemente resopló con desdén. Incluso yo podría ver claramente que esta espada era muy común, y estaba completamente mellada y absolutamente descuidada.
Eché un vistazo detrás de las piedras de donde Alma sacó su arma y encontré un montón de viejos sacos y trozos de cuerda. Mientras tanto, la chica continuó adentrándose más en la mina y la seguimos.
Al cabo de un rato, Alma se dirigió hacia la pared, en la que se podían ver huellas de minería, y, girando hábilmente su espada, la hundió en la roca, tras lo cual se apoyó en ella con todo su cuerpo, usándola como palanca, y arrancó un trozo de material de la pared.
— Qué método de extracción más bárbaro, — comentó Gilt esta acción, mientras observábamos conmocionados lo que estaba sucediendo.
La chica volvió a blandir su espada, pero Jamél la detuvo, le puso la mano en el hombro y la convencía detenerse en voz baja. Por extraño que parezca, Alma se volvió hacia ella y asintió, deteniendo su movimiento. Gilt se acercó y bajó su martillo sobre el trozo caído de roca. Fue suficiente para que la piedra se desmoronara. El enano se inclinó, rebuscó en el montón resultante y, después de sacar varias piezas brillantes, comenzó a estudiarlas con tal celo que casi incluso las huele.
— Hierro, — anunció finalmente, — y bastante puro.
Tirando los minerales a un lado y rebuscando un poco más, sacó una pequeña pepita en forma de gota del montículo y silbó sorprendido.
— Platino, — explicó y guardó el hallazgo en su bolsa. — O este depósito es riquísimo o nuestra pequeñaja tiene mucha suerte. — Enderezándose y sacudiéndose el polvo de las manos, Gilt añadió: — Esto es roca ígnea, a menudo contiene piedras preciosas, rubíes, zafiros, ónix...
— Ónix me haría buena falta, — me aferré a la palabra familiar.
— ¡Cualquier piedra preciosa nos haría falta! — exclamó Wunorse.
— Sin embargo, no estamos aquí para eso, — nos reprendió Jamél. — ¡Vamos!
— El período está llegando a su fin, — señalé, y el enano asintió con la cabeza. — Profundicemos un poco más y luego hagamos un descanso. Justo mientras dormimos, Gilt puede dedicarse a la minería y de paso hacer la guardia.
— Un enano es un mal vigilante si está ocupado en extracción de minerales, — sonrió la elfa. — Sin embargo, la idea no es mala, y la guardia la puedo hacer yo.
Avanzamos más y más a lo largo del túnel, que seguía siendo recto y ancho. Quizás aquí podrían cruzarse fácilmente dos carros. Al menos me alegré de que no hubiera ramificaciones. Muy pronto la oscuridad se hizo más espesa y se volvió completa. Jamél sacó de su bolsa una pequeña botella ovalada, que brilló con un azul tenue después de que agitó su contenido.
Un par de horas después finalmente decidimos parar y montar el campamento. Tan pronto como nos acomodamos en los sacos de dormir (la elfa sacó uno de los de repuesto para Alma), Jamél nos entregó envoltorios con comida. La gnoma se lanzó literalmente sobre los alimentos tan pronto como se dio cuenta de lo que le ofrecían. Al principio devoraba el contenido apresuradamente, lanzándonos miradas agresivas y cubriendo la comida con todo el cuerpo, como si temiera que se la fuéramos a quitar. Le entregamos en silencio un envoltorio tras otro y pronto se calmó y ya no parecía un animal hostigado. Aunque seguía comiendo de forma extraña: a veces partía los bocadillos en pedazos para ponerlos uno encima del otro y morder los bordes, de vez en cuando ordenaba estos trozos, y a veces arrancaba tiras de la carne seca y las agitaba ante sus ojos. Sin embargo, rechazó el cuarto envoltorio, mostrando suficiente cordura en su comportamiento. Aunque nunca nos agradeció la comida, como si los envoltorios fueran algo debido.
— ¿Quizá no deberíamos haber dejado Gashm tan rápido? — preguntó Wunorse al terminar su comida. — Podríamos pasar la noche allí y controlar la situación.
— No es de nuestra incumbencia, — objetó inmediatamente Jamél con severidad. — Ya hemos hecho demasiado. Imagínate que Becán decide huir, o que sus cómplices se rebelan... nos veremos envueltos en una pelea absurda, lo que conducirá a gastos innecesarios, posiblemente lesiones, y esto nos debilitará en consecución del objetivo de nuestro viaje. Sin Nombre tomó la decisión correcta.
— A decir verdad, — se notó bastante molestia en mi voz, — simplemente tenía miedo de matar a este vejete en el calor del momento... Estoy seguro de que está metido en el ajo de lleno.
— Sin duda el jefe está involucrado, — asintió Jamél. — Escuché a escondidas las conversaciones de los gnomos reunidos aquí y allá y, por lo que se puede juzgar por ellas, la culpa del anciano en las cosas desagradables que suceden en Gashm es casi mayor que la de los guerreros que vienen una vez por temporada. Es bueno que no tuviéramos que pelear...
— Sííí, — estiró el elfo con una sonrisa algo forzada, — ¡les metiste un buen susto a todos!
Quizás fue mi imaginación, pero había algo de alarma en las palabras de Wunorse, como si temiera algo. No era miedo de mí, sino más bien por mí. Jamél en cambio sólo se rió sanguinariamente en respuesta, y su rostro adquirió una misteriosa expresión, como si su consentimiento y aprobación estuvieran dictados por la comprensión de algún secreto que prefería guardar para sí misma. Al mismo tiempo, ella me miraba como si yo fuera cómplice de algo que sabía con certeza, por lo que sólo podía adivinar las razones de tal comportamiento.
El descanso fue pacífico, excepto que a veces molestaba el golpeteo del martillo de Gilt, proveniente de la oscuridad del túnel. Captaba los pensamientos alegres del enano; estaba feliz de sumergirse en su elemento nativo al menos por un tiempo. Alma dormía como muerta, ni siquiera la oía respirar. Jamél estaba sentada en pose de meditación, pero sentí que ella observaba atentamente el corredor. Wunorse dormía como de costumbre, roncando de vez en cuando y dando vueltas, sin parecer en absoluto un elfo en esos momentos.
Después del desayuno, continuamos nuestro viaje. Gilt se quejó de que no había depósitos significativos en donde paramos a descansar y no encontró nada realmente valioso. Sin embargo, el enano le entregó a Jamél una bolsa de tamaño muy decente con el material extraído. Pedí echarle un vistazo y saqué del bolso un cristal octogonal que lanzaba brillos metálicos, de color casi negro, y todo el bolso estaba lleno con piezas parecidas. Gilt explicó que era hierro y el término «magnetita» pasó enseguida por mi cabeza.
— Es poco probable que sea suficiente para una espada, — añadió el enano, — pero fácilmente podría forjar un par de buenos cuchillos con esto...
Le devolví la bolsa a Jamél y ella la guardó en silencio en su bolsa de almacenamiento.
Mientras tanto, el túnel se hundía cada vez más, y ahora los fragmentos de rocas, esparcidos en abundancia cerca de las paredes, se encontraban cada vez con más frecuencia justo en el medio del túnel. El enano nos dijo hace mucho tiempo que ya no veía rastros de trabajos de minería; al parecer, los mineros no llegron tan lejos. Incluso Alma dejó de actuar de forma extraña y colocó su espada al hombro, sin nada de miedo a cortarse.
Cuando el reloj en la esquina de mi visión marcaba el mediodía, anuncié una parada. Tomamos un refrigerio rápido y continuamos avanzando. La monotonía del pasillo era deprimente, comencé a tener la impresión de que estábamos andando en el mismo lugar, aunque el cansancio en las piernas indicaba que habíamos recorrido una buena distancia. Para las ocho estaba a punto de sugerir montar un campamento, pero de repente noté un débil resplandor más adelante. La curiosidad fue más fuerte y comenzamos a acercarnos con cautela.
La fuente de luz resultaron ser enormes cristales transparentes que crecían de las paredes del corredor. Una neblina azul claro se arremolinaba dentro de estas piedras, creando una luz suave que, reflejándose en los bordes lisos, como pulidos, de la roca negra como el carbón de las paredes, pintaba todo a su alrededor en tonos azulados. Aquí y allá, alrededor de los cristales, llamaban la atención con su color verde venenoso y fosforescente las manchas de vegetación parecida al musgo.
— ¡Hermoso! — señaló Wunorse con admiración.
— ¿Qué es? — le pregunté al enano, señalando el cristal brillante más cercano.
— Arcanita, — respondió Gilt cotidianamente, acercándose a la pared y claramente sin ningún interés en los cristales. — Básicamente, es vidrio, simple cuarzo, excepto que tiene una estructura especial que absorbe magia. También se encuentran en la superficie, creciendo en lugares de mucha fuerza. A juzgar por el hecho de que la roca aquí es ígnea, en algún lugar muy cercano se encontraba, o todavía se encuentra, algún tipo de poderosa línea energética, lo más seguro un río de lava...
El enano pasó la mano por las zonas lisas de la pared que parecían astilladas.
— Y aquí está el ónix, — me llamó, señalando una delgada franja más clara que se extendía en ondas a lo largo de la pared. — ¡Aquí hay un montón, extrae y pule!
Me acerqué y también acaricié los brillantes lugares de astillado. De cerca, muchas de estas ondas ligeramente grisáceas en la roca se hicieron claramente visibles. Los cristales de arcanita se extendían a lo largo del corredor hasta donde me alcanzaba la vista, por lo que no tenía sentido posponer más la parada. Nadie puso objeciones y nos dispusimos a descansar.
Dormí bien, durante el descanso nada perturbó la paz y la tranquilidad, salvo los golpes de Gilt, a los que, sin embargo, ya me había acostumbrado, además aquí sonaban muy apagados. Después del desayuno, el enano me entregó dos bolsas con piedras que había recolectado y me explicó que era ónix negro especialmente seleccionado.
— Suficiente para un par de decenas, — señaló Gilt y, sacando una de las piezas y un bloque de pulido, me mostró cómo darle a la piedra una lisa forma ovalada.
Seguimos caminando, admirando los cristales de arcanita y el extraño paisaje que creaba su brillo. Noté que no todos los cristales eran completamente incoloros y, a menudo, encontraba cuarzos con un ligero tinte rosado o marrón.
Más cerca de la hora de comer, me alarmó el extraño comportamiento de Alma: la chica agarró su espada con ambas manos y, lanzándose detrás del trozo de roca más cercana, desapareció de la vista. Quería preguntar qué pasaba, pero me encontré con la intensa mirada de Wunorse, presionando su dedo índice contra sus labios. Asentí y observé como se quitaba el arco de la espalda y retrocedía silenciosamente. Después de intercambiar miradas con el enano, nos dirigimos a lados opuestos del corredor: yo me escondí detrás de la roca, donde, según me pareció, se había metido Alma, y Gilt se escondió enfrente detrás de un trozo más pequeño. Se escondió bastante mal, desde mi lugar pude ver claramente el escudo que lo cubría, aunque, probablemente, mi bastón tampoco se podía ocultar mucho... Intenté encajarlo de alguna manera en la roca, pero rápidamente me di cuenta de que era imposible; esperemos que al menos desde el corredor no seamos tan visibles.
Ahora también yo oía extraños crujidos, intercalados con chapoteos y siseos. Tenía muchas ganas de asomarme para mirar, pero traté de no moverme al ser consciente de lo mal que nos escondíamos. La parte más cercana del corredor era claramente visible desde mi escondite, y pronto noté movimiento. Algo se arrastraba por el suelo pétreo de la cueva. Me fijé y vi una criatura que parecía un lagarto, pero del tamaño de un perro pastor. Sus patas estaban colocadas de manera muy extraña: sobresalían, como si fueran cóncavas hacia el centro. Esas gruesas extremidades se inflaban de músculos y sus enormes garras, cada una del tamaño de una daga, brillaban en el resplandor azulado. Sin embargo, las garras estaban presionadas contra la pata y no tocaban el suelo, el lagarto a duras penas movía sus extremidades, arrastrándose sobre su vientre como una serpiente. Las amplias escamas oscuras que cubrían el cuerpo del monstruo se superponían entre sí y brillaban con cada movimiento, lo que permitía notar el moco viscoso que rezumaba debajo de ellas. Una tablilla apareció sobre la cabeza del monstruo: "Kehir, nivel 15, 103/103". Cuando le quedaban un par de metros hasta la roca detrás de la cual me escondía, vi en el pasillo a otro lagarto similar, que se diferenciaba de su compañero sólo por el total de puntos de salud: el número de éste indicaba 119.
— "Hay que atacar antes de que nos vean, — me llegó el pensamiento dirigido de Gilt. — ¡Cuando esa criatura llega a nuestro nivel, será demasiado tarde!"
— "Te sigo", — mis pensamientos eran similares.
En cuando el lagarto casi llego arrastrándose hasta mi escondite (por alguna razón se alejó del centro del corredor en mi dirección), Gilt saltó de su emboscada y golpeó al monstruo con su martillo dos veces. Ambos golpes dieron en el blanco y redujeron la salud del kehir a 77 puntos. La criatura ni siquiera chilló, sólo el crujido húmedo y la disminución de la escala sobre su cabeza indicaron que había recibido daño. El lagarto se revolvió hacia su agresor como una serpiente.
También di un paso adelante y la pinché con mi bastón como si fuera una lanza, decidiendo no arriesgarme a un doble golpe. Otros 9 puntos de daño. Inmediatamente, dos flechas silbaron cerca y se clavaron al lagarto, dejándolo con 47 puntos de salud.
Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, dos flechas más atravesaron el cuerpo escamoso del enemigo, y el enano remató al monstruo con un poderoso golpe que le aplastó el cráneo. Sólo ahora pude ver la enorme boca dentada de este extraño lagarto.
El segundo monstruo todavía estaba a unos metros de distancia, y más adelante por el pasillo vi un tercero. ¿Cuántos hay aquí? — cruzó un pensamiento por mi mente, pero inmediatamente pasó al segundo plano, porque en ese momento la criatura pudo sorprendernos. De repente se levantó del suelo con sus musculosas patas y saltó sobre el enano, haciéndose un ovillo en el aire. Gilt logró reaccionar y levantó su escudo, contra el cual el kehir se estrelló como un cañonazo. El enano incluso fue lanzado un poco hacia atrás y la mucosidad verde se derramó sobre su escudo, con siseo y burbujeando.
Una flecha solitaria llegó desde algún lugar, causando miseros 4 puntos de daño al monstruo. Yo, sin dudarlo, le propiné un bastonazo, −10 más, pero entonces el kehir se dio la vuelta, se puso de pie sobre sus patas traseras y balanceó sus patas delanteras frente a él dos veces, atacando mis piernas. No tuve tiempo de reaccionar y sentí como si me quemara justo encima de la rodilla, aunque el dolor era bastante tolerable, como si me hubieran arañado con un clavo. 6 y 7 de daño, leí, echando un vistazo a la ventana de mensajes del sistema.
Wunorse continuaba disparar sin fallos, quitándole al enemigo 29 puntos en dos tiros. Gilt falló su primer golpe, pero con el segundo infligió al monstruo 15 puntos de daño. El lagarto no hacía muchos esfuerzos para esquivar, así que decidí golpear con diferentes extremos del bastón: el primero con éxito, el segundo, a juzgar por el sonido, también. 10 y 9, descubrí mirando la ventana del sistema.
Son criaturas vivas, — comencé a pensar, mirando a otro kahir que se acercaba, — lo que significa que la simetría oscura, en teoría, debería funcionar. Si acabamos con esta criatura antes de que el tercer lagarto nos alcance, intentaré tomarla bajo control...
De repente, como si hubiera escuchado mis pensamientos, el kahir que aún no había entrado en combate, se giró ágilmente y se alejó a toda prisa. El monstruo restante intentó seguir su ejemplo: después de recibir dos flechas más de Wunorse, que le dejaron con 17 puntos en el fondo de su barra de vida, saltó nuevamente hacia el enano, tratando de empujarse del escudo para darse la vuelta y huir. El enano devolvió el golpe torpemente y falló, y yo, apuntando con cuidado, golpeé al lagarto con mi bastón, pero el daño infligido no fue suficiente para acabar con él. Kahir corrió, golpeteando con sus garras por las piedras; resulta que podía moverse así y le salía mucho más rápido. Habría huido, pero entonces, como si saliera de debajo del suelo, Alma saltó de su escondite. Me pareció que ella levantó su espada durante el salto y la descargó hábilmente justo sobre el lagarto que no esperaba un ataque de este lado, cortándole limpiamente su cabeza dentada.
Unos instantes después, Gilt y yo ya estábamos a su lado, pero Alma ni siquiera intentó hacer nada extraño, simplemente se quedó parada tranquilamente, apoyándose sobre la guarda de su espada y, sin prestar atención al cadáver del monstruo, miraba hacia dentro del corredor, donde huyó la criatura superviviente. Al darme la vuelta, vi a Wunorse acercarse con su arco preparado.
— ¿Y dónde está Jamél? — le pregunté.
— Las flechas venían desde ahí, — Wunorse señaló un fragmento de roca más adelante, encogiéndose de hombros.
La chica apareció un poco más adelante, justo en el lugar donde el kahir que huyó había desaparecido de la vista, y nos hizo señas con la mano para que nos acercáramos. Cuando llegamos, la elfa señaló un pequeño agujero muy al pie de la pared del pasillo. El agujero oscuro estaba situado en un lugar escondido entre los escombros y era casi imposible verla sin una búsqueda preliminar.
— Kahir se fue por ahí, — confirmó Jamél nuestras conjeturas. — Y seguramente aquí hay muchos de esos agujeros; podríamos haber pasado al lado de decenas de ellos sin darnos cuenta.
— No en vano los mineros tienen tanto miedo a los monstruos locales, — Gilt blandió su arma y, con varios golpes de martillo, derribó la roca sobre el agujero, bloqueando el paso. — No podemos relajarnos pensando que no hemos dejado a nadie atrás.
Examiné mis heridas. En su mayoría eran cortes rectos y muy profundos, era sorprendente que el dolor me pareciera tan leve. Concentrado energía positiva, cerré fácilmente las heridas, y ahora sólo los agujeros en mis pantalones y manchas de sangre recordaban haberlas recibido. Recordé que en el libro de hechizos había un truco de nivel cero que permite reparar semejantes daños menores con el poder de la magia, habrá que buscarlo en el grimorio en cuando paramos para descansar.
Dejando los cadáveres de kahires tirados en medio del corredor (sentí el deseo de Gilt de llevarse la cabeza cortada de uno como trofeo, pero al final no dijo nada), tomamos un refrigerio rápido y continuamos descendiendo a las profundidades del túnel.
Capítulo 19
Durante las siguientes horas no encontramos más monstruos y nos detuvimos para descansar bajo la sombra de un enorme cristal de arcanita. Encontré un cantrip llamado reparación y lo lancé sin dificultad sobre la pernera rota de mi pantalón: no hacía falta ingredientes, sólo una pequeña cantidad de energía y formar un tejido con gestos y activación vocal. Gilt, como de costumbre, se fue a hurgar en la roca tan pronto como terminamos de comer. Wunorse siguió el ejemplo de Alma y pronto se quedó dormido, yo estuve puliendo un poco los ónices hasta que comencé a quedarme dormido y también me acosté en el saco de dormir.
Cuando desperté, el enano me entregó otra bolsa de ónix y se jactó de la pepita de oro del tamaño de un puño que había encontrado. Después de desayunar rápidamente, seguimos adelante y durante todo el siguiente período caminamos por el pasillo lleno de tenue luz, que poco a poco se estrechaba. Los cristales ahora se encontraban con menos frecuencia, pero eran cada vez más grandes, algunos incluso crecían hasta el techo, bloqueando el paso como columnas. Y de repente desaparecieron. Delante de nosotros sólo nos esperaba de nuevo la oscuridad del túnel.
A juzgar por el reloj, podríamos haber caminado una o dos horas más, pero mis compañeros expresaron su deseo de acampar aquí, al lado del último cristal brillante que quedaba a nuestra vista. No me opuse y nos detuvimos a descansar.
Esta vez el botín del enano resultó escaso: sólo encontró pepitas de hierro. Sin embargo, sentí que Gilt estaba muy contento con esto también. Luego volvimos a caminar en completa oscuridad. El túnel se hizo mucho más estrecho, aunque seguía siendo bastante ancho; creo que un carro todavía podría pasar por aquí. Pero el techo de verdad bajó significativamente: podía tocar fácilmente su superficie de piedra con sólo estirar la mano por encima de mi cabeza.
Nos movimos un poco más lentamente, examinando diligentemente las paredes en busca de todo tipo de pasajes y rincones por donde los monstruos pudieran saltar. Y un par de horas antes de la hora de comer nos encontramos con un hallazgo interesante. Había una espada tirada no muy lejos de la pared del túnel. Más precisamente, supusimos que esa retorcida varilla de metal, más parecida a una especie de rama nudosa, fue alguna vez una espada, sólo después de examinarla cuidadosamente. La antigua arma estaba desfigurada hasta quedar irreconocible, el metal fluyó y, corroído por pequeñas motas, tenía color negro azabache.
- Ácido, - concluyó Gilt, después de girar esta pieza de metal en sus manos durante largo rato. Sin embargo había notas de incertidumbre en su voz. – Aunque nunca he visto un efecto semejante... ahora queda más comprensible por qué los registros de archivo no contenían conclusiones claras sobre la naturaleza de la Muerte Negra.
- Seguramente fue aquí donde encontraron al único superviviente, - sugerí, - y esta espada era su arma.
- Lo más probable, - asintió Gilt sombríamente, colocando la corroída espada en el mismo lugar donde estaba antes. - Y el informe decía que el grupo de búsqueda no se atrevió a ir más lejos...
Los elfos no dijeron nada y seguimos adelante, caminando ahora con aún mayor precaución. La tensión también afectó a la hora de comer, todos comieron en silencio. Sólo Alma sonreía, mirando nuestras caras preocupadas y, a veces, incluso reía en voz baja. Gilt estaba irritado por ello, pero toda la tensión de repente se esfumó de mí, como si me hubiera desprendido de una obsesión. Entendía perfectamente que Alma no estaba en sus cabales y no se da cuenta de todo el peligro de su situación, además dudo de que comprende siquiera dónde estaba... Pero esto hacía que su sonrisa fuera tan sincera, tan despreocupada, que involuntariamente me levantaba el ánimo.
Esta vez la parada no transcurrió con la tranquilidad habitual. Apenas me había quedado dormido cuando Jamél me despertó. A mi pregunta: “¿Qué pasa?”, ella me ofreció a escuchar. Más adelante por el del pasillo, se oía el golpeteo familiar del martillo de Gilt sobre la piedra, pero desde la dirección por la que habíamos venido, de repente escuché el familiar sonido de chapoteo, como si alguien estuviera golpeando el suelo húmedo con sus carnosas patas.
- ¿Kahires?
- Eso parece, - asintió Jamél. - Les escuché hace mucho tiempo y todavía están a bastante distancia, pero ahora se están acercando. Debemos estar en guardia, - con estas palabras sacudió al dormido Wunorse.
El elfo inmediatamente dejó de roncar y abrió los ojos, pero no se apresuró, ni saltó ni preguntó nada, solo miró fijamente a la chica. Ella asintió y el elfo se levantó un poco, arrastró las fundas de sus arcos más cerca y luego tomó una pose para meditar. Yo me acosté de nuevo y pronto me quedé dormitando, escuchando crujidos y los ocasionales chapoteos de saltos de los lagartos ácidos que a veces se acercaban y a veces se alejaban.
Al final los kahires no se arriesgaron a atacarnos y la única consecuencia negativa de su acercamiento fue que no dormí bien. El pasillo se hizo aún más empinado y el peligro de tropezarse y caer de cabeza a saber dónde aumentó considerablemente. A veces había tramos rectos y los recorríamos con relativa comodidad durante varias horas, pero luego volvían a dar paso a un fuerte descenso.
Acampamos en un lugar donde el corredor se ensanchaba, formando una especie de cueva que, debido a las lisas capas de roca en las paredes, como cortadas por un cuchillo gigante, parecía un poco a una sala. Antes de sentarnos a descansar, examinamos cuidadosamente las paredes y no encontramos ningún agujero, los sonidos de los perseguidores también se cesaron. La oscuridad en la cueva parecía casi material: extiende la mano y podrás tocarla con las yemas de tus dedos. Y en general reinaba una atmósfera opresiva de presentimiento de algo peligroso. El silencio y la ausencia de señales de amenaza sólo reforzaban esta sensación, como si incluso los formidables monstruos subterráneos tuvieran miedo de llegar hasta aquí. Pensé que la primera vez que me vino tal sensación fue aún cuando encontramos la espada corroída, pero no le presté mucha atención, explicándolo todo por la tensión que provocaba la constante expectativa de un ataque y la claustrofobia del corredor subterráneo. Pero en esta cueva, todos los sentimientos parecían gritar: ¡regresa, regresa o algo muy malo pasará! Incluso miré la ventana del sistema para ver si había algún mensaje sobre salvaciones de voluntad. Sin embargo, allí no apareció nada nuevo.
A mis compañeros también les pasaba algo similar. En respuesta a mis palabras, Wunorse se rió nerviosamente de sus estúpidos temores, Jamél guardó un silencio sombrío, incluso Alma se comportó quietamente y se acostó rápidamente. Gilt no sentía nada, pero por si acaso no fue a hurgar en la roca y permaneció en guardia con la draelin.
Luego nos encontramos nuevamente con la monotonía del túnel con una serie de constantes descensos y llanos. Escuchar, mirar alrededor, prestar atención a dónde pones el pie… todo esto empezó a convertirse en una rutina. Tal monotonía llevó al hecho de que ni siquiera me di cuenta cuando las paredes desaparecieron a nuestro alrededor. Deteniéndome al igual que los demás, levanté la cabeza y me quedé inmóvil, tratando de comprender dónde nos encontrábamos.
Frente a nosotros se extendía una enorme cueva de forma hemisférica casi perfecta. Y en ella estaba la ciudad. O mejor dicho, un pedazo de la ciudad: parecía como si alguien hubiera cortado un enorme sector circular y lo hubiera trasladado hasta aquí, a gran profundidad. En el centro de la cueva se alzaba el hemisferio de una cúpula blanca; quedaba claro inmediatamente que su circunferencia era estrictamente proporcional a los arcos obviamente artificiales de la cueva. Esta cúpula era mate, pero a través de ella todavía se veían claramente los contornos de un enorme y majestuoso edificio hecho de piedra blanca con una silueta muy familiar para mí. Además de la catedral, la cúpula cubría varios otros edificios, yo diría que todo el barrio adyacente al templo. Y detrás del velo blanco se extendía el resto de la ciudad.
Salimos del túnel justo encima del nivel donde se encontraban los edificios. Desde aquí se podía ver claramente que las rocas a lo largo de los bordes del hemisferio se habían desmoronado, creando un terraplén hasta la acera más cercana y cubriendo de escombros varias casas cercanas. Las otras casas parecían ruinosas, estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo, pero se conservaban bastante bien y no presentaban otros signos de destrucción que los causados por el tiempo.
La enorme avenida a la que conducía el terraplén estaba pavimentada con grandes losas... y entonces mi mirada se topó con un enorme cuerpo negro tumbado en esta calle, no lejos de nosotros. Una cola larga y escamosa estaba coronada con una flecha parecida al ancla, un cuerpo ancho y igual de escamoso con una cresta en el medio de la espalda y cuatro patas musculosas, alas membranosas plegadas a los lados con garras ganchudas en cada dedo, un cuello largo en el que destacaba especialmente la cresta y una monstruosa, cubierta de púas, cabeza con cuernos. Enseguida desapareció el deseo de seguir vislumbrando la ciudad subterránea y toda la atención se centró en los detalles del entorno inmediato.
Ahora me he fijado en que el terraplén estaba de cierta manera muy compactado y, incluso diría, sospechosamente negro, como fundido... Un poco más arriba y a nuestra izquierda en la pared oscurecía otro pasaje, al que conducía el mismo camino fundido. En el lado derecho del terraplén también se veían franjas oscuras, aunque no tuve tiempo de notar más pasajes.
- Muerte Negra, - exhaló Wunorse con cierta admiración.
- Un dragón negro al final, - afirmó Gilt con sorpresa y molestia. Sentí su absoluta confianza en que no podríamos derrotar al dragón, y de esta desesperanza le invadió una calma suicida. - ¡Saca todo lo que tienes contra el ácido, draelin!
Jamél no vaciló y ya nos estaba pasando pergaminos y botellas de pociones.
- Venga, ¡bebed y leed los pergaminos! ¡Rápido!
La poción tenía un sabor químico desagradable con un toque de óxido y se identificó como resistencia al ácido para 120 minutos. El pergamino era protección contra la energía, que daba 120 puntos de escudo para las mismas 2 horas. Intentamos leer los rollos lo más silenciosamente posible, pero después de elegir el tipo de energía, se produjo un efecto muy fuerte al aparecer la protección. No sé si la culpa fue del ruido o de las emanaciones de magia tan cercanas, pero fue en ese momento que la cabeza del dragón se movió y sus brillantes ojos amarillos con una característica pupila vertical nos miraron.
A pesar de la monstruosidad del hocico del lagarto, su expresión era bastante inteligente. Los ojos amarillos del dragón nos miraban con somnolencia y total desdén, como a molestos mosquitos que perturbaron su sueño. El dragón giró la cabeza hacia su ala y abrió la boca como si bostezara, luego se levantó ligeramente sobre sus patas delanteras, estiró el cuello hacia arriba, tomando aire, y exhaló un cono de su aliento pegajoso, cual petróleo, en nuestra dirección.
Por unos instantes me encontré en una burbuja de protección que se derretía rápidamente, sin ver nada más que una corriente negra y viscosa. Cuando el chorro terminó, alrededor se evaporaban rápidamente los residuos de ácido, silbando sobre las piedras y emitiendo un humo oscuro y acre. Miré la ventana del sistema: más de una cuarta parte de la protección del escudo había desaparecido.
- ¡Vaya, los bichos se han preparado! - sonó la atronadora voz del dragón, atrayendo nuevamente mi atención. - Esto es algo nuevo...
El dragón se alzó sobre sus cuatro patas y se sacudió como un perro. Sus escamas de color negro azulado brillaron bajo la luz que emanaba de la cúpula. Las alas se abrieron, la cola azotó el pavimento, partiendo una de las losas, y la cresta de su espalda se enderezó con un crujido de una vértebra a otra. No pude evitar admitir que este formidable reptil parecía elegante y majestuosamente peligroso. No importa cuánto me fijaba, ningún cartel apareció sobre la cabeza de la criatura, lo que significaba que su nivel era mucho más alto que el mío... a menos, por supuesto, que hubiera alguna otra razón para ello que yo desconocía.
Apenas agitando sus alas, el dragón saltó con increíble facilidad sobre el terraplén frente a nosotros, arqueó su cuello cual serpiente y dejó escapar un rugido bajo y vibrante. Se me puso la piel de gallina y noté cómo en la ventana del sistema comenzaron a aparecer mensajes sobre salvaciones fallidas y algo sobre inmunidad.
Al girarme ante el crujido de las piedras, vi a los elfos correr lo más rápido que podían de regreso al túnel. Alma, sin embargo, estaba detrás de nosotros y sonreía despreocupadamente, mirando al dragón con admiración. Gilt también se giró y nuestras miradas se cruzaron.
- Es la presencia aterradora del dragón, - respondió el enano a la pregunta que se leyó en mis ojos. - Escuché sobre esto... Los afectados por el aura del dragón a menudo corren presas del pánico. Pasará después de un tiempo.
- ¿Y nosotros por qué no corremos? - me sentí un poco tonto al organizar tal conversación frente a un peligro mortal, pero las palabras ya habían salido de mis labios.
- Yo estoy muerto, - respondió Gilt con calma, - así que esto ya no me aflige. Tú eres un nigromante, tal vez tampoco te afecta, o es cosa de Mor... Y la zungara ya perdió la chaveta, cuando tienes sesos torcidos es difícil que el miedo llegue a ellos.
- Vaya, ¿lo habéis superado también? - sonaron notas de sorpresa en la voz del dragón. - Lo admito, es bastante inesperado... ¡Márchate, nigromante! - el dragón aumentó su ya amenazante tono. - Como recompensa por tu valentía y preparación, os perdonaré la vida: ¡vete y llévate a tus sirvientes! ¡¡¡Y contad ahí fuera que a todos los invasores les espera aquí únicamente la muerte negra en nombre del soberano Moran!!!
El dragón agitó sus alas y casi fuimos arrastrados por el viento; por otro lado, ese flujo de aire se llevó los vapores ácidos y se hizo más fácil respirar. Escuché al monstruo aspirar una nueva porción de aire y también sentí la concentración de energía en algún lugar de las profundidades de su torso: el dragón claramente iba a usar su aliento negro nuevamente.
- Estamos aquí precisamente por una misión de Mor, - grité y golpeé las piedras frente a mí con mi bastón. - ¡Debo activar el altar del Primer Templo para que él pueda regresar! No somos enemigos, ¿acaso no lo ves?
El dragón dejó de tomar aire, plegó las alas y bajó un poco la cabeza, como fiándose en nosotros. Sentí muchos hilos de magia tocándonos de pies a cabeza, la piel de gallina recorrió mi cuerpo de nuevo, pero esta vez más como un cosquilleo.
Al final, el dragón detuvo su examen mágico, inclinó la cabeza hacia un lado y entrecerró un ojo.
- Siento la marca del soberano en ti, mortal, - dijo el dragón con una voz más tranquila y pensativa, pero aún llena de desconfianza. - El bastón del sumo sacerdote, su amuleto... y el resto de amuletos parecen auténticos. Parece mucho a la verdad… ¡y cómo me gustaría creerte! Sin embargo, la posibilidad de engaño aún persiste.
- ¡Estoy dispuesto a demostrar que no miento! - grité. - ¿Me creerás si activo el altar?
El dragón no respondió, pero sentí corrientes de magia corriendo dentro de él, como pequeñas estrellas espinosas que se multiplicaban continuamente. Cada vez más y más rápido... y de repente un brillante destello mágico nos cegó, y en su luz el dragón desapareció. Logré sentir cómo el lienzo de magia en el lugar del dragón colapsaba rápidamente, como si encogiera, y bajé la mirada.
En el lugar del dragón estaba una chica, un poco más alta que yo. Su cuerpo estaba cubierto con una armadura completa negra, hecha de placas brillantes, muy parecidas a las escamas del dragón. El cabello negro azulado fluía sobre sus hombros desde debajo de su yelmo cornudo. La chica agitó las manos, como para echar rigidez del cuerpo, y caminó hacia nosotros rápidamente.
Capítulo 20
En cuestión de segundos, el dragón (¿o tal vez sea correcto llamarla dragona? esta vez mi memoria, que solía darme pistas por sí sola, se quedó en silencio) estaba justo frente a mí; logré percatarme que Gilt no se había quitado el escudo de su espalda y su martillo seguía colgando de su cinturón.
— Por supuesto, te creeré si activas el altar, — me dijo ella con una sonrisa aviesa. — Pero para hacerlo, tienes que entrar al templo. Y para ello, tendrás que quitar la barrera impuesta por el soberano, una barrera que no pudo romper ni siquiera el meteoro que destruyó todo el continente...
— Tengo cierta experiencia en derribar barreras, — respondí, sin mucha confianza. — Si no pudiera quitármela, ¿me habría enviado Mor aquí?
La dragona tan sólo entrecerró sus brillantes ojos amarillos con incredulidad y giró la cabeza hacia el pasadizo:
— Tus sirvientes se han recuperado. Síganme.
Giré y agité la mano hacía la pareja de elfos que volvían a toda prisa. Wunorse tenía su arco presto, su cuerda mágica brillando con oscuridad concentrada. Jamél corría un poco más adelante, tenía sus manos libres.
— Son mis camaradas, no sirvientes, — le expliqué a la dragona, pero ella ya no escuchaba, dirigiéndose hacia la calle ancha.
— ¿Pudieron llegar a un acuerdo? — me preguntó Jamél, que ni siquiera se quedó sin aliento después de correr.
— Más o menos, — respondí vagamente. — Vamos, me toca quitar esa barrera brillante.
Comenzamos a descender tras la dragona. Wunorse guardó su arco; parecía avergonzado por su repentina fuga, aunque no tenía idea de por qué. No fue culpa suya que se acobardara. Caminamos a bastante distancia de nuestra compañera blindada: mientras esperábamos a los elfos, ella logró tomar una ventaja decente y claramente no tenía intención de reducir sus pasos para darnos la oportunidad de alcanzarla. Ahora, cuando la dragona nos dio la espalda, vi que justo debajo de su cintura, de su armadura se asoma una cola cubierta con escamas similares a las placas de los que se componía su armadura. Medía aproximadamente un metro de largo y terminaba en una afilada flecha de dos lóbulos. Del mismo color negro que el resto de la armadura, se acoplaba a ella perfectamente y se movía sin ningún problema. Y ahora, mientras caminábamos por las polvorientas losas de la calle de esa ciudad abandonada, observaba el movimiento rítmico de esta cola al compás de las caderas blindadas de la dragona, pensando en la naturaleza de su armadura y la capacidad misma de transformarse de un dragón en una criatura humanoide.
La arquitectura de los circundantes edificios de piedra se distinguía por una extraña mezcla de agudos rasgos góticos con una filigrana redondeada e intrincada de decoraciones al estilo oriental. Esta era la primera vez que me encontraba con una combinación así, pero tenía una fuerte sensación de déjà vu, que ocurre cuando ves algo familiar, incluso si está olvidado hace mucho tiempo. Recordaba el edificio del Primer Templo y la plaza a su lado de los recuerdos de la diosa... ¿Quizás sea eso lo que me causa una sensación tan extraña?
Las casas están muy bien conservadas. A veces parecía que todavía vive gente en ellas, y sólo una capa muy sólida de polvo que yacía en algunos lugares hablaba de mucho tiempo transcurrido desde entonces. Pasamos por una gran plaza, giramos dos veces por calles un poco más pequeñas, pero todavía bastante anchas, y finalmente llegamos a la barrera. El altísimo muro de la cúpula bloqueaba la calle, pasando casi al nivel del edificio de dos pisos a la izquierda y capturando una buena mitad del largo edificio con forma de almacén a la derecha.
La dragona se detuvo a un paso de la barrera y ahora, volviéndose hacia nosotros, se quedó esperando, apoyando su mano derecha en su costado. Me acerqué a ella y miré más de cerca la pared brillante. Mis compañeros se quedaron un poco atrás. Sentí que la barrera provocaba un malestar casi físico en el enano, incluso sentí sus ecos, como pinchazos de dolor de muelas, por todo mi cuerpo. Gilt estaba estupefacto y, por un lado, le gustaba experimentar al fin al menos algunas sensaciones físicas, por otro lado, esto era una clara señal de desintegración, por lo que trató de mantenerse alejado de la barrera.
— La barrera es un hechizo compuesto complejo de la alta magia de nivel divino, — explicó la dragona. — Absorbió las fuerzas vitales de todos los que estaban bajo la cúpula y así adquirió un increíble poder. Ni siquiera un Dios podrá traspasar esta barrera durante muchos años aún. Si un enemigo la toca, la barrera le incinerará inmediatamente. Es poco probable que esto te amenace, al igual que a mí, a menos, por supuesto, que me haya equivocado y que la marca del soberano y tu amuleto sean falsos. La barrera le ofrece a un aliado la posibilidad de quitarla, pero eso requiere una gran cantidad de energía... Hace mucho lo intenté y toda mi magia no fue suficiente. Y me costó enormes esfuerzos simplemente mantenerme con vida. La barrera beberá hasta el fondo a un mortal sin experiencia. ¡Adelante, nigromante!
No vi ningún sentido en responder a la dragona que sonreía oscuramente; yo mismo veía en el velo blanco muchos canales energéticos entrelazados llenos de poder. Era obvio que antaño fueron notablemente más anchos, pero incluso si se estima la cantidad de energía que se ha disipado durante el pasado milenio, se necesitará al menos cinco veces más tiempo para debilitarlos lo suficiente.
Coloqué con cuidado mi palma contra la pared reluciente. La barrera era elástica y, si no fuera por su transparencia y brillo, parecía bastante material. Hilos de canales energéticos se arremolinaron bajo mi mano y comenzaron a juntarse lentamente. El resplandor blanco en el punto de contacto se intensificó; pasé la palma a lo largo de la barrera, observando cómo el rastro luminoso restante se desvanecía gradualmente. A juzgar por la respuesta residual de los canales que regresaban a su estado original, probablemente era una señal de algún tipo de mecanismo de control. La inscripción de ciertos signos en la barrera (jeroglíficos, letras o símbolos codificados) definitivamente tendría que conducir a algún tipo de resultado. Pero Mor no me facilitó ningún código, aunque tampoco dijo nada especial sobre la barrera en sí. ¿Era un desafío? ¿O le pareció tan elemental que ni siquiera consideró necesario mencionarlo?
Mientras pensaba, los canales bajo mi palma se alinearon en el orden requerido y un mensaje apareció frente a mis ojos: "Se ha establecido la conexión con la barrera. Tiene autorización para disipar el hechizo, expedida por su creador. Al cancelar el hechizo, toda la energía restante no utilizada será devuelta al creador y todas las almas aprisionadas bajo la barrera serán liberadas. ¿Desea comenzar a disipar el hechizo? Sí/No".
Quizás todo realmente sea más sencillo de lo que parece, pensé, sonreí a la dragona, que me miraba sorprendida, y presioné "Sí". Mi palma inmediatamente comenzó a hundirse lentamente en el espesor de la barrera. Para experimentar, traté de sacar la mano y la devolví fácilmente a la superficie: parece que podría interrumpir la operación en cualquier momento y los temores de la Muerte Negra resultaron infundados, como claramente evidenciaba la expresión de creciente asombro en su rostro. Permitiendo que actuara la débil atracción que empujaba mi mano hacia el interior del muro, incluso di un paso más hacia la barrera.
Hundiéndose casi hasta el codo, mi mano paró y me pareció que algo había hecho clic en mi cabeza, aunque estaba seguro de que en realidad todo sucedía en un completo silencio. Ahora la palma estaba fija y sentí un agradable calor a su alrededor. Dentro del muro comenzaron a aparecer remolinos, los canales energéticos alrededor de mi mano se alineaban en una hermosa espiral, parecida a una estrella, cuyos rayos se cubrían de la multitud cada vez más numerosa de líneas luminosas y empezaban a moverse alrededor de mi palma en sentido contrario a las agujas del reloj. El complejo patrón se hacía más grande, la espiral estiró los hilos decenas de metros a lo largo de la cúpula y, a medida que se volvían más gruesos y más rápido se retorcía la espiral, más fuerte se escuchó la baja vibración que emanaba de la barrera, convirtiéndose en un zumbido cada vez más notorio.
Intenté cerrar el puño y sacar la mano del muro. Lentamente y con dificultad, pero lograba hacerlo. La espiral comenzó a girar en la dirección opuesta y a disminuir de tamaño. Una vez que estuve seguro de que aún podía revertir el proceso, me relajé y dejé que el hechizo funcionara. Una notificación apareció frente a mis ojos: "Para mantener el proceso de disipación del hechizo hace falta energía proveniente del usuario". Luego, justo en el grosor de la barrera, apareció una escala llena con números encima. La barra se fue vaciando poco a poco, encima de ella se indicaba: "Progreso: 01%". Uno por uno, mis cubitos de hechizos diarios comenzaron a desaparecer: por los trucos la barra bajó un porcentaje, por los del primer nivel — dos por ciento, por los del segundo — cuatro, por cada cubito del tercer nivel — seis por ciento. Cuando todos los cubitos desaparecieron, la barra quedó aún medio llena: la inscripción brillante decía "Progreso: 47%".
Una cierta sensación de succión comenzó a extenderse desde mi mano hacia el cuerpo, convirtiéndose gradualmente en dolor, y un cartel rojo apareció frente a mis ojos: "¡Atención! La magia natural de su cuerpo se ha agotado. Utilice sus fuerzas vitales o conecte una fuente de energía externa. ¿Le gustaría utilizar sus puntos de salud? (¡Cuidado! ¡Esto puede provocar la muerte de su personaje!) Sí/No".
Mientras reflexionaba, la espiral blanca brillante de la barrera adquiría un tono cada vez más rojizo y apareció una ventana del cronómetro junto a la notificación roja: 59 segundos y contando regresivamente. Por el rabillo del ojo noté cómo la sorpresa en el rostro de la dragona da paso a la comprensión, y en el fondo de sus ojos me pareció leer algo de decepción. Vamos, una fuente externa, una fuente externa... bueno, usar elfos no es una buena idea... ¡Cierto! ¡¡¡Bastón!!!
Apoyé la punta del bastón contra la barrera y me alegré al ver cómo los pelos de los canales se concentran a su alrededor con un brillo. 15 segundos y el cartel rojo cambió a uno normal: "La fuente externa de energía conectada. El proceso de disipación del hechizo continua". Cerca apareció otra escala con la energía del bastón, completamente llena:100/100.
"¿Qué decía la descripción del bastón? — empecé a recordar. — 1 punto por nivel de conjuro. Si por un espacio de uso diario del primer nivel se elimina el dos por ciento, será más que suficiente".
Nada más lo haya pensado, la escala de progreso superó el 50 por ciento y comencé a darme cuenta con horror de que por 1 por ciento de la barrera, se deducían 2 puntos del bastón. ¡No tendré suficiente! — pasó un pensamiento de pánico por mi mente. Sentí la frialdad con la que la energía era succionada del bastón, rodaba por mi mano hacia mi cuerpo, circulaba a través de él, para luego pasar por mi otra mano hacia mi palma y derramarse con escozor dentro de la barrera. ¿Quizás este consumo se produce debido a la circulación por todo el cuerpo? Me concentré con todas mis fuerzas para mantener el canal de energía directamente de una mano a la otra. Pero era como sostener una pesada barra contra el pecho; el cuerpo estaba lleno de sus propios canales de energía: vasos sanguíneos, órganos, huesos; todo tenía su propio contorno y estorbaba. Hacía mucha falta la práctica: tuve que dirigir el canal a la fuerza, y éste enseguida comenzaba a estratificarse, la energía fue atraída por los canales cercanos y enviada a circulación a lo largo de los canales naturales ya existentes. Sí, tenía algo de experiencia y fui lo suficientemente inteligente como para tender un canal más o menos recto sin dañar mi organismo y mantenerlo a duras penas... pero salía mal: el gasto seguía siendo de 2 puntos por porcentaje. Y cuando el progreso superó el 70%, ¡se empezó a gastar 3 por porcentaje!
Entonces ya comencé a preocuparme seriamente y dejé todo a un lado, concentrándome por completo en mantener el flujo de la preciosa energía del bastón. Recuerdo que en la descripción ponía algo sobre la posibilidad de reponer una cierta cantidad de puntos una vez al día cuando el bastón esté completamente agotado, pero lo más probable es que se refería a una situación de combate, y no sé si ahora esto vaya a funcionar. Por lo tanto, ¡aguantar! Mi cuerpo temblaba por la colosal tensión soportada, y pronto me pareció que con una mano me aferraba al bastón y con la otra al muro, mientras mi cuerpo se sacude, como una hoja al viento.
A veces lograba cambiar dos puntos por un porcentaje, pero la mayoría de las veces no lo lograba y perdía tres. ¿Cuantos hay ya? Me pareció que habían pasado horas, todo mi cuerpo zumbaba, como si me hubieran golpeado con palos. "Progreso: 90%" — 07/100. Justo en el mismo momento que miré las ventanas, los valores cambiaron: "Progreso: 91%" — 04/100. Instantes después, mi mano se aflojó y el bastón vacío repiqueteó por el pavimento. El cartel rojo apareció de nuevo. 7%: puedo intentar pagarlo con sangre, pensé, pero aun así decidí preguntar primero.
— Ayuda... — las palabras apenas salían de mi pecho, y mi voz sonó ronca y desagradable. — Me queda casi nada.
La dragona escuchó, y la expresión de decepción en sus ojos se intensificó, y su rostro adquirió una expresión de disgusto y desdén. Pero no tuvo tiempo de decir nada: Gilt reaccionó más rápido que nadie.
— ¡Toma la mía! — dijo con firmeza, dando un paso adelante y tendiéndome la mano.
— ¡¿Qué estás haciendo, no muerto?! — exclamó la dragona enojada. — ¡¡¡Si empiezas a darle tu energía, te desintegrará!!! ¡Y esta vez nadie podrá levantarte!
— Lo sé, — respondió el enano con calma, y sentí que dice la verdad.
Gilt miraba fijamente al rostro de la dragona, quien le agarró la mano y una expresión incomprensible brilló en sus ojos por un instante.
— Fuera, — dijo en voz más baja, con fingida ira, apartando la palma del enano con tanta fuerza que incluso se tambaleó. — Tu lealtad y dedicación son dignas de recompensa — ayudaré.
Con estas palabras, agarró mi mano con su guante blindado, parecido más a una garra ganchuda. Y yo sentí que había tocado el océano. El océano negro y venenoso que se vertió dentro de mí en una corriente de color amarillo brillante, igual al color de los ojos de la dragona. Este océano en un instante arrasó con todos mis intentos de mantener un canal recto, como una ola arrasa los castillos de niños en la arena, y un torbellino de energía venenosa se arremolinó a través de mi exhausto cuerpo, arrastrando mi conciencia a un remolino negro y dorado.
Capítulo 21
Recobré el sentido repentinamente. El cuerpo se sentía algo extraño. La ciudad seguía igual, sólo que ya no parecía tan ruinosa y lúgubre, cubierta por una capa de polvo centenario y la luz llenaba todo alrededor. Pero mis ojos estaban fijos en el cielo (¿cielo?). Un enorme punto brillante en el cielo nocturno sin estrellas ya era más grande que el sol; no quedaban dudas de que se acercaba.
Qué mal momento eligió mi padre para enviarme a la capital, — pasó molesto pensamiento por mi cabeza. — Informa sobre la retirada de la flota enemiga en dirección sur... ¿Deberíamos perseguirles o continuar con la defensa?... — ella parodió mentalmente las estúpidas órdenes de su padre. — ¡Todo esto se podría enviar con la ayuda de la magia, y ella, Yarna dot Jágilas, sería mucho más útil enviando los barcos de los renegados al fondo marino con su aliento!
Aunque la interferencia de una bola tan grande, que está a punto de estrellarse contra la capital, bien podría interferir con el envío de cualquier mensaje, — surgió inmediatamente en mi cabeza otro pensamiento que justificaba la sabiduría del padre, que, sin embargo, no apaciguó mi caprichosa molestia.
Yarna no dudaba ni por un segundo de que el Soberano era capaz de proteger la capital de cualquier magia hostil de dioses invasores, pero aún así tenía curiosidad en ver los fuegos artificiales: la bola que se acercaba era la más grande que jamás había visto. Acababa de llegar a la capital y transformarse en humana (los vuelos sobre la ciudad estaban prohibidos), y ya había caminado un par de barrios cuando sintió que se acercaba un hechizo increíblemente poderoso.
Mientras tanto, la bola de fuego seguía creciendo y ya ocupaba la mitad del cielo. La gente se agolpaba a mi alrededor, pero sólo entonces ella se dio cuenta de que muchos corrían hacia el centro de la ciudad. Yo me quedé hechizada, levantando la cara hacia el cielo, incapaz de comprender la escala de aquel proyectil. Si su tamaño es realmente tan grande, ¡cubrirá casi todo el continente! ¡Simplemente no puede ser! ¡¡¡Los invasores no pueden tener tanto poder!!!
Cada vez más gente alrededor corría, sucumbiendo al pánico, y de cierta manera imperceptible de repente me quedé sola en la vaciada calle. Ella entendía que la gente corría hacia el Primer Templo; allí estaba el Soberano y es donde había la mayor posibilidad de salvarse... aunque ¿es posible salvarse de ESO? Casi por primera vez en su vida, ella experimentó un absoluto horror animal frente a algo desproporcionadamente enorme y despiadado que estaba a punto de caer sobre ti.
De mi estupor me sacó el zumbido de una barrera que se elevaba sobre mi cabeza y envolvía la mayor parte de la ciudad. Mirando al cielo de vez en cuando, caminé hacia el Primer Templo; su arrogancia no le permitía correr ni siquiera ahora. Por todas partes veía humanos, elfos y orcos que pasaban corriendo, algunos caían, se arrastraban y se levantaban de nuevo para correr. Cuando una sólida pared de fuego tapó todo el cielo, ella se detuvo y levantó la cabeza con orgullo: si iba a morir, ha de ser sólo de esta manera. Y el crujido de la bola al golpear la cúpula pareció atravesarla como un relámpago. Pudo mantenerse de pie, a diferencia de las personas alrededor que cayeron al pavimento.
Rugía por todas partes, el muro de fuego rodeó la barrera. Notaba con sus sentidos de dragón como la enorme bola de barrera descendiera, cada vez más profundamente bajo tierra. Cómo la monstruosa energía de la bola se gasta en vanos intentos de destruir el escudo que cubre la ciudad, cómo derrite las montañas, cómo la lava hirviente, en la que probablemente se ha convertido todo el continente, rodea la barrera por todos lados...
Finalmente, la esfera se detuvo y el mar de lava que bullía alrededor comenzó a petrificarse rápidamente, por un lado, por la falta de energía y gracias al efecto de absorción de la barrera, y por el otro, bajo la influencia de las aguas del mar que cayeron al gigante cráter. La gente se levantaba y corría de nuevo hacia la plaza del templo, pero ella estaba allí varada, incapaz de creer la magnitud del desastre que había ocurrido. ¿Están todos muertos? ¿Todos aquellos a los que se suponía que debía proteger, excepto al puñado de supervivientes en la capital? Su familia, padre...
Entonces la barrera volvió a zumbar y comenzó a encogerse, colapsándose hacia el centro. Ella podía sentir cómo se extendían los hechizos depredadores que inmolarían a todos los que quedaron bajo la cúpula en sacrificio para mantener ese escudo para siempre. Para su horror, sintió la caída del avatar del Soberano, que había gastado todo su ser para enfrentar la monstruosa bola de fuego. Y en el lugar del Soberano se sentía un vacío... no, no murió, sino que fue arrojado muy muy lejos.
Esto es una derrota, una derrota total... todos murieron... ¡ella es el último dragón superviviente! — su pensamiento lleno de desesperanza le atravesó cual hierro ardiente, — hasta donde ella sabía, todos los dragones estaban protegiendo las fronteras o en los nidos, sólo ella estaba en la capital, volando hasta aquí con un informe por una absurda coincidencia...
— ¡No! — un angustiado aullido se le escapó contra su voluntad. — ¡No-o-o!
Ella se lanzó a correr a toda prisa tras la barrera que ya la había traspasado. No quería quedarse sola en el mundo de los victoriosos invasores, era mejor entregarse por completo a su deber final y morir, igual que todos sus familiares. ¡Más rápido! ¡¡¡Aun más!!! Se convirtió en dragón, lo que sea para llegar a tiempo, el velo de la barrera ya estaba a un par de metros de distancia... y entonces se chocó a toda velocidad contra la pared de luz congelada, que de repente se volvió más fuerte que el acero.
Del golpe perdí el conocimiento y me desperté tirado en la acera frente a la barrera. El hechizo se estabilizó, encerrando para siempre al Primer Templo y el área circundante en una bola impenetrable de protección divina. Ella se acercó y vio cómo una persona más afortunada que ella se desintegraba ahí dentro en pequeñas chispas luminosas. Observado cómo las corrientes en las que se convirtieron los seres que quedaron bajo la barrera, remolinándose en torbellinos cual copos de nieve, eran absorbidas por las paredes de la barrera, cedió a la desesperación sin reservas y rugió, levantando la cabeza hacia el techo aún caliente de la recién formada cueva. Y este rugido suyo, en el que había más del aullido lleno de angustia que del rugido de un dragón, me sumergió de nuevo en un remolino de inconsciencia.
Parpadeando, vi cómo en el muro blanco frente a mí la inscripción "Progreso: 99%" cambió a "Progreso: 100%", la escala vacía parpadeó y la barrera se desmoronó en fragmentos que se derretían rápidamente en el aire, como copos de nieve. Mi mano fijada en la pared se liberó y casi me desplomo: todo mi cuerpo estaba débil y no podía apoyarme en el bastón como de costumbre; éste estaba tirado en algún lugar bajo mis pies.
Gilt no me dejó caer. El enano saltó rápidamente hacia mí, se metió debajo de mi brazo izquierdo y me agarró por el cinturón. Yarna apareció en mi campo de visión, dando un paso adelante y parándose frente a mí. Se giró bruscamente, se arrodilló e inclinó la cabeza; hizo todo esto tan rápida e inesperadamente que no tuve tiempo de ver la expresión de su rostro.
— Tocaste mis recuerdos y yo vi los tuyos, Sin Nombre, — dijo la dragona con voz apagada. — De verdad eres muy cercano al Soberano y a sus hermanas... ¡Perdóname por mi desconfianza y mi comportamiento inapropiado! — Yarna levantó la cabeza y me miró a los ojos, su arrepentimiento y pena parecían sinceros. — Yo, Yarna del linaje Jágilas, el último dragón de Ominaris, te juro lealtad a ti, el Heraldo de Moran. Mientras cumples la voluntad del Soberano, estaré a tu lado y compartiré contigo todas las dificultades; mientras haya en mí aunque sea una gota de vida, seré tu fortaleza, con gusto daré mi vida por ti, y si podrás levantarme después de la muerte, continuaré sirviéndote en cuerpo y en alma. ¡Que el Soberano sea testigo de mi juramento!
En algún lugar por encima de nosotros retumbó como un trueno y un mensaje apareció ante mis ojos: "¡Atención! Logro recibido: Juramento de lealtad del dragón: un dragón inteligente le ha jurado lealtad y se ha convertido en su vasallo. Ahora le servirá y cumplirá sus órdenes, incluso a riesgo de muerte a consecuencia de éstas, hasta que cumple con los términos del juramento."
— No te culpo, Yarna Dot Jágilas, — quise hablar con voz firme, pero resultó ser un susurro apenas audible. — Vi por lo que tuviste que pasar y sentí lo que tuviste que sufrir... Tu desconfianza estaba completamente justificada y tu comportamiento no fue en absoluto inapropiado. Ninguno de mis amigos resultó herido, todo está bien. Además, me ayudaste a disipar la barrera y no tuve que pagar con mi fuerza vital por los contornos restantes sin completar; puedes estar orgullosa de ello. — Me aclaré la garganta, las fuerzas volvían rápidamente y mi voz ya no sonaba tan débil. — Levántate, es hora de activar el altar y cumplir con aquello a lo que vinimos aquí.
Yarna sonrió levemente, como diciendo «entiendo perfectamente mi culpa y agradezco la indulgencia, aunque no la merezco», se levantó y me ayudó a enderezarme, apoyando su hombro desde mi lado derecho. Una calidez agradable emanaba de ella y enseguida sentí que la debilidad desaparecía. Entrecerrando los ojos, vi corrientes de energía mágica que la dragona intentaba compartir conmigo.
— Por ahí, — ella señaló la aguja claramente visible del Primer Templo, y caminamos en aquella dirección.
Unos minutos después pude caminar por sí solo y agradecí a Yarna su ayuda. La dragona respondió con una sonrisa. Gilt me entregó mi bastón y Wunorse, captando mi mirada, extendió su pulgar derecho hacia arriba; una sonrisa llena de alegre admiración brillaba en su rostro. Jamél tenía el mismo aspecto de siempre, y Alma saltaba alrededor de Yarna con excitación infantil, golpeando de vez en cuando con sus palmas diferentes placas de su armadura, a lo que la dragona no prestaba nada de atención.
Esto acabó en que la gnoma intentó pinchar a Yarna con su espada. Ahora la dragona reaccionó instantáneamente: con una mano quitó fácilmente la espada de la chiquilla, y con la otra la levantó en el aire con la velocidad del rayo, para sentarla sobre su hombro. Alma se rió alegremente y pateó las piernas en el aire. Ahí se quedó sentada, a veces riendo, a veces murmurando frases incoherentes, pero al menos ya no molestaba.
Cuanto más nos acercábamos al centro, más bellos se volvían los edificios de alrededor. Aquí ya no había polvo y todas las casas parecían casi nuevas, al menos en comparación con aquellas que quedaron fuera de la barrera. Finalmente llegamos a una plaza en medio de la cual se alzaba el majestuoso edificio del Primer Templo. De nuevo me invadió una ligera sensación de déjà vu: recordaba esta catedral de piedra blanca como la nieve y la plaza rodeada de negros obeliscos. Ahora ya no había cielo sobre nosotros y los rayos del sol no jugaban en las superficies pulidas de las paredes, y sin la luz de la barrera toda la cueva volvió a quedar sumida en la oscuridad. Parecía como si las paredes blancas brillaran ligeramente por sí solas, dando al enorme edificio un aspecto solemne, sin embargo, la oscura plaza con los dientes de obeliscos parecía lúgubre.
Subimos los anchos escalones que conducían a las enormes puertas de la entrada principal del templo. Yarna bajó a Alma al suelo y le devolvió la espada, la cual la gnoma inmediatamente, como de costumbre, colocó sobre su hombro. Obviamente, incluso ella se quedó impresionada por la majestuosidad de la edificación y se comportaba. Di un paso adelante y toqué la superficie plateada de las puertas, buscando una manera de abrirlas; no había manijas visibles, solo batientes cubiertos con grabados en relieve o cincelados. Antes de que tuviera tiempo de distinguir los dibujos, se escuchó un sonido metálico desde el interior y las puertas comenzaron a abrirse silenciosamente. Tan pronto como se abrieron por completo, las lámparas del interior comenzaron a encenderse una tras otra.
Entramos a un espacioso vestíbulo con columnas. A los lados había muchas puertas pequeñas, al frente — escalones que conducían a una plataforma transversal con puertas de entrada y escaleras que iban a los lados. Recordaba que se podía subir por ellos hasta el segundo piso, pero el altar debería estar en algún lugar más adelante.
Subimos las escaleras de nuevo y las siguientes puertas se abrieron tan pronto como las toqué. Ante nosotros apareció una enorme sala alargada. Inmediatamente en la entrada había un lugar espacioso, algo así como un transepto, se veían las puertas a los lados y, al frente, gruesas columnas conducían a un ábside ascendente.
Las lámparas que se encendieron en las columnas y en algún lugar del techo no eran muy intensas, pero de ellas emanaba una luz anormalmente blanca, lo que hacía que la plata de las decoraciones brillara sobremanera. El altar se encontraba sobre un pequeño podio y era un bloque rectangular de piedra blanca con forma de mesa con patrones que lo hacían parecer mármol. A los lados de esta mesa había rizos hechos de la misma piedra, y en el frente había un grabado de un círculo dividido en cuatro partes iguales por una cruz como la letra X. Cada una de esas partes tenía su propio símbolo, diferente de los demás.
Detrás del altar, en nichos semicirculares, se encontraban cuatro grandes estatuas. La primera nos era bien conocida: representaba a una elfa con una túnica sujeta con un cinturón. Alrededor de sus sandalias, el escultor hizo enredaderas que se tendían hacia arriba y se entrelazaban orgánicamente con la figura de la diosa. A su lado estaba un hombre que ya conocía vestido con una toga, y con un bastón en la mano. A diferencia de la elfa, una diadema brillaba en su cabello y la parte superior de su bastón tenía la forma de una calavera. Según su altura y constitución, la siguiente estatua representaba a una enana. Estaba vestida con armadura ligera y muy ajustada, y su rostro estaba oculto por una profunda capucha. Las dagas en las manos de la estatua estaban hechas de cobre o bronce y brillaban con un tono verdoso. La última estatua representaba a un musculoso orco, que levantaba su cabeza en un rugido. Su cuerpo lleno de cicatrices estaba cubierto tan sólo por un taparrabos de piel, y en cada mano sostenía un hacha de batalla.
Entramos a la sala y nos acercamos lentamente al altar. Nos detuvimos en la plataforma frente al podio, y tras un silencio durante el cual todos miraban las esculturas, vocalicé la pregunta que me inquietaba:
— ¿Y cómo activo el altar?
— Es muy simple, — respondió inmediatamente una voz familiar y burlona. — Ponte detrás y sitúa tus manos en su superficie. Aunque puedes hacerlo desde cualquier lado que quieras, funcionará de todos modos, pero comprenderás que es más conveniente estar de cara al público.
Junto al altar apareció una figura de Mor, copia exacta de su estatua, excepto que sin el báculo: tenía los brazos cruzados sobre el pecho. La figura tenía una apariencia ligeramente fantasmal, me di cuenta enseguida de que sólo era una proyección, pero no podía decir lo mismo de la atención de los demás. Una exclamación conjunta de sorpresa resonó por la sala y todos mis compañeros se arrodillaron e inclinaron la cabeza. Alma primero comenzó a mirar a su alrededor en busca del motivo de tal genuflexión, y luego, sin entender nada, a juzgar por la expresión de su rostro, arrojó con estruendo su espada y cayó de rodillas con tal fervor que incluso apoyó su frente en el suelo. Mor soltó una carcajada.
— No te olvides que para activar el altar es necesaria la presencia de todos los dioses, — sonó una lánguida voz femenina; Vesla apareció desde el otro lado del podio; también copió el atuendo de su estatua, excepto que la seda de su túnica era prácticamente transparente.
— Están todos, — sonrió Mor. — Jtoan está muerto, y Zmeraní...
— ¡Aquí! — sonó una alegre exclamación detrás de mí.
Me di la vuelta justo para ver la pequeña figura de la diosa salir de la sombra detrás de la arrodillada Jamél. Y podría jurar que, a diferencia de los demás dioses presentes, su cuerpo era de carne y hueso, al menos vi en su interior los contornos de los circuitos energéticos inherentes a los órganos de un ser vivo. Zmer no siguió el ejemplo de sus hermanos: vestía una armadura ligera, en la que destacaba un peto de metal mate y rodilleras, el cuero oscuro del equipamiento decoraba una tela fina e ingrávida (gasa ilusión, me dijo mi incordiosa memoria), lo que otorgaba a toda la figura un especial aire oriental. En el tocado reconocí la tiara con cuernos, sólo que ahora estaba integrada en un casco ligero hecho de un extraño material similar al cuero.
— No eres el único que tiene adeptos, — la chica le hizo una mueca burlona a Moran.
— Vaya razón de presumir, — resopló el dios muerto, y la expresión de su rostro de repente se volvió seria. — Está bien, ya es suficiente, ¡hora de empezar!
Mor tocó el altar y debajo se iluminó con la llama blanca el símbolo de las cuencas de los ojos vacías. Vesla siguió su ejemplo y el dibujo con dos triángulos dentados se encendió en verde. Zmer pasó silenciosamente a mi lado y palmeó el altar, un rombo con triángulos rellenos en su interior se iluminó con un fuego oscuro. Los dioses se hicieron a un lado y Mor me hizo un gesto con la mano, invitándome a actuar.
Hice caso a sus instrucciones y subí al podio, rodeé el altar y miré a mis camaradas. Todos ellos todavía estaban arrodillados y observaban lo que estaba sucediendo con diferentes emociones. Alma seguía tirada en el suelo y giraba la cabeza de forma curiosa, como si tratara de entender cuando llegue el momento de levantarse. No sin cierta solemnidad, puse mi mano sobre la rugosa superficie del altar.
Capítulo 22
"¿Quiere activar el altar? Sí/No" — apareció una simple pregunta ante mis ojos. Pulsé en "Sí" y la sala se llenó con un resplandor blanco que emanaba del altar. Se formó un vórtice sobre su superficie, en el que veía un colosal entrelazamiento de flujos energéticos. Un tiempo estuvo hirviendo y luego explotó en una ola que se extendió en todas las direcciones. La ola me atravesó y fue tan fuerte que casi me derribó. Escuché vibraciones provenientes de las estatuas y me giré para mirar. La piedra de las esculturas se derretía, cambiando su apariencia. Vesla ahora estaba en posición de combate, vestida con la familiar armadura verde y sosteniendo una espada delgada en cada mano. La figura de Mor estaba oculta por una túnica negra, su rostro tampoco era visible bajo la capucha. La estatua de Zmer se convirtió en una copia de la chica parada al lado del altar, y la escultura del orco tembló, el zumbido que producía alcanzó una nota alta y la estatua explotó en una lluvia de fragmentos que se deshacían rápidamente en el aire — sólo un pedestal vacío quedó en su lugar.
"¡Atención! Evento global: el Avatar de la Oscuridad ha logrado su objetivo y activó el altar del verdadero Primer Templo de los dioses antiguos. ¡Los dioses oscuros han regresado a Ominaris! Ahora tienen nuevamente acceso a sus planos astrales y corrientes mágicas. La plenitud de la magia divina regresa a los creyentes en los dioses antiguos. ¡El dominio del panteón luminoso flaquea! Una nueva Guerra de Dioses comienza en el mundo. Todos los jugadores ahora pueden elegir el bando. En cualquier momento, puede encontrar la opción correspondiente en la configuración de su personaje y expresar su lealtad a la causa de la Luz o de la Oscuridad. Por defecto, y para aquellos que no quieran participar en el evento global, el estado de afiliación se establece en Neutralidad. Los jefes de gremio pueden elegir la afiliación de todo su gremio, en cuyo caso cada miembro del gremio recibirá una notificación y deberá aceptar el estado elegido por el jefe o rechazarlo y por consiguiente abandonar el gremio. Durante toda la duración del evento, destruir enemigos del bando elegido no se considerará PK, y por cada enemigo derrotado y por acciones a favor de su bando, recibirá puntos que, en caso de alcanzar la victoria, podrá canjear por bonificaciones. Los jugadores neutrales pueden luchar libremente contra ambos lados del conflicto sin recibir el estatus de PK por matar a los jugadores que eligieron su bando, pero no recibirán ningún punto por ello: la neutralidad tiene su precio. La guerra continuará hasta que el altar principal de uno de los bandos sea destruido o todos los dioses de uno de los panteones sean completamente eliminados. ¡Ayude a la Luz a proteger el orden mundial establecido o póngase del lado de la Oscuridad para derrocar a los nuevos dioses y cambiarlo todo!"
Quité la ventana roja parpadeante que bloqueaba mi vista, e inmediatamente otras aparecieron ante mis ojos, mientras yo mismo fui elevado ligeramente en el aire:
"Recibe 10 000 de experiencia por completar el evento global „Avatar de la Oscuridad“: ha logrado su objetivo y ha activado el altar de los dioses oscuros, permitiéndoles así recuperar sus poderes."
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 10, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje.
Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá la aptitud de Cuerpo sin vida y un nuevo espacio para conjuros de tercer nivel. Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
De nuevo pulsé en «Sí» y quité los cuadros con explicaciones que aparecieron para ocuparme de ellos más tarde. Mor subió al podio frente al altar y se volvió hacia mí. Ahora parecía mucho más material y su apariencia cambió en semejanza con la de la estatua.
— Sin Nombre, — su voz sonaba seria y solemne — cumpliste mi voluntad, ha llegado el momento de que cumpla mis promesas. Para que puedas lograr lo que deseas, tienes que liderar el conflicto que se avecina. Hay varias formas de hacerlo. Lo más fácil para mí sería hacerte un avatar y tomar las riendas por mis propias manos. Pero ya lo hice la última vez, y ya sabes cómo terminó... Además, tú mismo no quieres ser mi marioneta, y odio imponer la voluntad ajena a nadie. Otra opción sería hacerte Sumo Sacerdote, después de todo, tienes su bastón... pero estoy seguro de que tampoco tienes ningún deseo de ponerte a la cabeza de la iglesia. Por lo tanto, tendremos que improvisar, — en la voz del dios de la muerte sonó una sonrisa. — ¡Te nombro mi Heraldo! Mientras cumplas mi voluntad, tendrás poder supremo sobre todos los demás adeptos... En pocas palabras, serás esencialmente un sumo sacerdote, pero sin la gracia divina, sin hechizos y otros, como decís, chollos de mi parte. Para mí incluso será aún más fácil y tú conservarás la ilusión de tal deseada libertad. Sólo tú tendrás acceso completo a este altar, así como a todos mis demás altares. Hay una leyenda circulando por el mundo, que nos vendrá muy bien, que explica perfectamente tu situación. Creo que has oído hablar de ella: el mito del Innombrable. Pero hablaremos de eso más tarde: aún no has adquirido la fuerza suficiente para convertirte en héroe de cuentos de miedo...
Mor giró hacia mis amigos arrodillados.
— Vosotros ayudasteis a mi Heraldo a lograr su objetivo y, por lo tanto, también merecéis una recompensa. No te engañé, elfo. — Mor hizo un gesto con la mano hacia Wunorse. — ¡Levántate! Has demostrado ser un amigo fiel y tus aspiraciones son dignas de respeto.
Wunorse obedeció la orden y se enderezó. Vi que estaba luchando por reprimir una sonrisa.
— He preparado un entrenamiento para ti... o una prueba, aprendizaje... como quieras llamarlo. Cuando hayas descansado, te abriré un portal a mi plano, donde podrás recibir una clase de prestigio, especialmente seleccionada para ti. Esto llevará tiempo, y allí necesitarás un guía familiarizado con las particularidades de los planes.
Entonces Mor se volvió hacia la elfa.
— Levántate, Bailarina de las Sombras, — Jamél se levantó con un movimiento fluido. — Hiciste un excelente trabajo cumpliendo con la tarea de mi hermana, por lo que recibirás tu recompensa de ella; no creo que sea correcto recompensar por omisiones y astucias. Sin embargo, si lo deseas, también puedes servirme a mí convirtiéndote en guía para Wunorse.
Jamél miró a Zmer que estaba de pie junto al altar y ella asintió en respuesta.
— No tengo nada en contra, — la diosa le guiñó un ojo con picardía. — Es un chico muy prometedor...
— A su servicio, Moran, — asintió Jamél e inclinó la cabeza respetuosamente.
— Levántate, orgulloso caelta, — Mor se volvió hacia Gilt y el enano se enderezó lentamente. Su rostro estaba tranquilo y parecía inquebrantable, y sólo yo sentía que estaba abrumado por toda una tormenta de emociones que mantenía bajo control. — Podrías haberte ido, pero permaneciste con mi Heraldo y fuiste su fiel escudo. Hablaré bien de ti con Loradrim. Sé que no deseas recompensa alguna, pero aún así estás en parte en mi dominio y puedo otorgarte mi bendición, — una sombra oscura voló de la mano extendida del dios y se disolvió tan pronto como tocó al enano. — Tengo fe en que no fallarás a tu honor y serás un fiel compañero de armas.
Mor inclinó levemente la cabeza frente al enano, provocando una tremenda sorpresa entre todos los presentes. Gilt respondió golpeándose el pecho con el puño y, a su vez, se inclinó profundamente ante el dios.
— Yarna dot Jágilas, — Mor se volvió hacia la dragona y su voz tembló levemente. — No sabía que sobreviviste, que te quedaste para proteger el Primer Templo... Una concentración tan alta de almas y tejidos crea una interferencia colosal, e incluso cuando me acostumbré, no te sentí cerca. Sé que no tiene sentido pedir perdón, pero lamento haberte causado sufrimientos innecesarios. — Parecía que el dios decía estas palabras pensando profundamente, como si miraba hacia algún lugar dentro de sí mismo, pero luego miró a Yarna y vio que ella no reaccionaba en absoluto, doblando la rodilla y mirando al suelo. Mor agitó su bastón con irritación. — Levántate, escuché tu juramento, y esto cambia un poco mis planes originales para ti.
La dragona se enderezó y adoptó una pose que me pareció muy tensa. Noté cierto brillo en sus ojos.
— Primero, quiero darte una buena noticia, — continuó Mor, — no eres en absoluto el último dragón en Ominaris. Sí, sólo unos pocos sobrevivieron, y para la mayoría de los pueblos os habéis convertido en un cuento de hadas, un mito de la antigüedad. Para sobrevivir, os tenéis que esconderse o adoptar otra apariencia... pero aún así, todavía no estáis en peligro de extinción. Aún eras muy joven cuando sucedió todo... y dormiste todo este tiempo, sin entender del todo cómo obtienen los dragones su poder. Te alimentaste de la magia residual de la barrera y creciste casi hasta el tamaño de, si no una gran sierpe, una antigua seguro. Sin embargo, estás peleando al nivel de un adolescente y no se trata para nada de fuerza. Hay mucho que explicarte y enseñarte, y sólo otro dragón puede hacerlo... o yo. Y precisamente esta recompensa quería ofrecerte: enseñanza en mi plano, personalmente por tu Soberano, — se rió Mor, parodiando las últimas palabras. — Pero tu juramento te obliga a estar cerca de tu señor, y al principio él necesitará ayuda más que nunca... Por lo tanto, acepta mientras mi promesa: tan pronto como surja tal oportunidad, ¡vendré a por ti!
Mientras Mor hablaba, la expresión del rostro de Yarna cambió: alegría después de las palabras sobre los dragones, vergüenza por la baja valoración de su poder... sólo después de las palabras sobre el juramento pareció llegar en sus cabales.
— No soy digna de que el Soberano me pida perdón, — su voz era firme. — Y nunca le culpé de nada... más bien, a mí misma, por no cumplir con mi último deber. Guardé la barrera simplemente por desesperación, por eso dormí y no entrené... ¡Soy yo quien debería pedir perdón! No merezco una recompensa...
— ¡Pero no depende de ti decidir tal cosa! — el grito enojado de Mor interrumpió su discurso. — ¡Deja de culparte! Ahora tenemos la oportunidad de vengarnos y necesito que estés concentrada y lista para la batalla. Si no quieres ver mi oferta como una recompensa, tómala como un refuerzo de una unidad importante de combate, de las que tenemos muy pocas.
Yarna cayó de rodillas y bajó la cabeza en señal de sumisión, tanto la asustó la ira de su Soberano. Y a mí me llegó a la cabeza el pensamiento de que durante el milenio pasado Mor no pudo evitar cambiar; aparentemente, antes era mucho más irascible y presto para castigar.
— En cuanto a esta pobre niña... — Mor miró a Alma y un poco de cálida tristeza se deslizó en su voz. La chica, aparentemente, se dio cuenta de que llegó su turno y se puso de pie de un salto con un grito, sin olvidar recoger su espada del suelo. — He tratado antes con gente tan destrozada, así que puedo llevarla conmigo. Pero no puedo prometer que sea capaz de curarla. Además, semejante ayuda requerirá mucho esfuerzo por mi parte... Pero aun así, tú la trajiste y por ti haré todo lo posible por curarla, — Mor me lanzó una mirada penetrante. — Piensa en que entre los que quieres liberar de las catacumbas del Primer Templo de Oum, hay muchos jugadores que han perdido el uso de la razón de forma parecida. La libertad para ellos no será de ninguna manera su salvación...
En los últimos días de nuestro viaje ya se me habían ocurrido pensamientos similares, y después de las palabras de Mor volví a pensar en la respuesta. Por alguna razón, todos los comentarios que me vinieron a la mente sonaron como una vacía bravuconería, y recordaba bien cuánto no le gustaban a este dios las declaraciones imprudentes.
— Bueno... — Mor se acercó a Alma, quien inmediatamente hundió la palma de su mano en su cuerpo fantasmal y la movió con alegría, dispersando las viscosas capas de la proyección como si fuese gelatina. — Ponte al día con el altar. Si algo estará muy incomprensible, pregunta a través del amuleto. Ya sabes dónde estaban mis aposentos, — aquí levantó ligeramente su bastón para señalar el segundo piso, — son para ti. Intenta descansar, pronto tendrás mucho que hacer.
Mor bajó bruscamente su bastón y lo estrelló contra el suelo. Sin embargo, no hubo ningún sonido del golpe, y solo yo, según me pareció, escuché el suave gorgoteo de las líneas de energía que se contraían. Dios le tendió la mano a Alma y ella la agarró con curiosidad. En el mismo instante, lenguas de llamas oscuras surgieron de la mancha de oscuridad que se extendía por el suelo, causada por el golpe del bastón, ocultándolos de la vista. Cuando las llamas se dispersaron, no había nadie en el lugar donde se encontraban.
— En cuanto a los quehaceres, — Zmeri se me acercó, — soy la primera en necesitar ayuda. En realidad la necesito ya... pero hermano tiene razón, hoy debes descansar, acostumbrarte con el altar; así al menos tendrás una idea de lo que está pasando. Trata de estar listo para salir lo antes posible.
Con estas palabras, la diosa se acercó a Jamél y desapareció en su sombra.
— Y a nosotros nos espera el asunto de unir mi núcleo, — Vesla apareció silenciosamente detrás de mí y pasó sensualmente su dedo por mi mejilla. — Hasta que mi corazón no esté completo, no obtendré la plenitud de mis fuerzas. Y para ello necesitas volverte más fuerte, convertirte en un verdadero Innombrable, — caminó a mi alrededor y se estiró seductoramente. — Ahora has puesto mi plano a mi disposición y es necesario ponerlo en orden a conciencia, así que no me aburriré... pero esperaré impaciente tus éxitos. ¡Intenta no tardar con ello!
Vesla me lanzó un beso y se dispersó en pétalos escarlatas que rápidamente se derritieron en el aire. Y nosotros cinco nos quedamos solos en la silenciosa sala del ábside.
Capítulo 23
El resultante silencio fue roto por el chillido de alegría de Wunorse. «¡Yee-haw!» — gritó, se lanzó hacia mí, me agarró de los brazos y me hizo girar, casi arrojándome del podio.
— ¡Tío! ¡Fue tan genial! — exclamó al detenerse. — ¡Hasta no llego a creerlo del todo! ¡¡¡Iniciamos un evento global!!! Todos estos dioses... ¡y tendré una clase especial! ¿Cuál será?... Ah, y bueno, ¡felicidades por subir de nivel!
— ¡Gracias! — me permití una sonrisa. — Ni siquiera he mirado qué hay... Primero el altar.
— Oh, sí, — el elfo simuló darse cuenta en broma, — ¡ahora eres nuestro comandante en jefe! — saltó del podio y se estiró, parodiando a un militar. — ¡Perdón por quitarle su tiempo, señor! Entonces iré a echar un vistazo a todo por aquí... Hay que buscar una habitación, encontrar baños, ¿tal vez haya una piscina aquí? También tengo curiosidad de mirar en los sótanos...
Wunorse se dirigió hacia la salida, agitando la mano.
— No me ocupes mi habitación en el segundo piso, — le grité con una sonrisa.
— Procuraré que no se extralimite, — me aseguró Jamél y se fue en pos del tirador.
— Qué compañero más... extraño tienes, — dijo Yarna cuando Wunorse se perdió de vista. — Su comportamiento... — parecía que la dragona no encontraba palabras para definir sus impresiones.
— Convocados, — resopló Gilt. — Nuestro orejudo es al menos sincero en sus sentimientos y no guarda nada en la manga. Dicen que la mayoría de ellos, además de hipócritas, también son caprichosos, carentes de principios y amargados.
— ¿Convocados? — Yarna se aferró con curiosidad a la palabra desconocida, e inmediatamente recordé la edad de la dragona que había dormido durante un milenio.
— Gilt, — me adelanté al enano que estaba a punto de empezar a explicar, — hay bancos cerca de la pared detrás de las columnas, cuéntale todo a Yarna allí. Yo me ocuparé del altar.
El enano asintió con comprensión y se dirigió hacia las columnas, y la dragona, antes de seguirle, se inclinó ante mí, como si hubiera recibido una orden. Cuando se fueron, al final puse mis manos sobre el altar. Enseguida apareció un montón de ventanas a mi alrededor, con las que comencé a lidiar detenidamente.
Lo primero que me llamó la atención fue el mapa esquemático de Ominaris, extendido como una ventana sobre la superficie plana del altar. En la parte superior, símbolos en forma de cristales indicaban la cantidad de avatares utilizados por cada bando. Por lo que pude entender de las explicaciones emergentes, mientras cada dios específico no está presente en el plano material en calidad de avatar, les proporciona a todos los seguidores de su panteón ciertas bonificaciones. De nuestro bando, el cristal de Zmeraní ardía con una llama oscura, y en el bando enemigo, brillaba con un blanco antinatural el cristal de Vaelum. El último cristal en cada bando era gris, indicando los dioses caídos de cada panteón.
Recordé las palabras de Mor sobre la posibilidad del resurgimiento del dios de la guerra — mencionó algo sobre la ascensión — y traté de encontrar información en las explicaciones que aparecían si me fijaba en ciertos elementos de esta interfaz de realidad aumentada. Resultó que el símbolo de los dioses destruidos durante el conflicto es un cristal roto. Si todos los cristales de un bando se rompen, es decir, los núcleos de todos los dioses activos del panteón se destruyen, ese bando pierde la guerra, incluso si su Primer Templo todavía está intacto. Pero sobre la posibilidad de ascensión de nuevos dioses al panteón durante el conflicto, se mencionaba muy vagamente; aparentemente, tal posibilidad existía, pero no se decía nada sobre la mecánica de esta misma ascensión.
En el propio mapa había dispersos montones de puntos negros y otros símbolos. Como descubrí rápidamente, los puntos representaban seguidores activos. Y eran muchos. Realmente muchos: casi todo el mapa estaba salpicado de motas negras, en algunos lugares incluso formando grandes manchas. El manejo del mapa era parecido al del mapa personal, además, era posible estirar y mover el mapa con los dedos directamente sobre la mesa. Para experimentar, amplié el mapa en el área de Ekrand; desde lejos, la ciudad parecía una gran mancha negra. A medida de hacer zoom, la mancha se dispersó en una multitud de puntos, la mayoría de ellos agrupados en la ciudad, pero había grupos importantes fuera de las murallas. Era posible aumentar la escala hasta el plano de las calles, y al pulsar sobre un punto en particular, aparecía información breve sobre dicho cultista: nombre, apodos, un corto historial; con más detalle se describía la actividad que ya logró en el camino del seguidor del culto de los dioses antiguos.
Los cuadrados indicaban altares activos, y estos, en cambio, eran muy pocos. Los triángulos, según entendí, marcaban altares o templos estacionarios. Inmediatamente recordé las ruinas junto a las cuales aparecí en este mundo y, efectivamente, ahí había un triángulo vacío en el mapa, el símbolo de un templo inactivo. Cruces había más: eran altares portátiles o móviles; cada grupo grande de cultistas tenía uno.
Los seguidores del enemigo no aparecían en el mapa, sólo la estrella en la capital del imperio brillaba con una vil luz fosforescente: la ubicación del Primer Templo de los enemigos era bien conocida. Bueno, y un pequeño resplandor indicaba el área donde supuestamente se encontraba el avatar de Vaelum en algún lugar de los desiertos de Anleus.
Teniendo más o menos claro el mapa, miré las otras ventanas. Una de ellas estaba dividida en dos partes verticales, encima había un contador con el número cada vez creciente, que en ese momento ascendía a poco más de dos millones. La descripción emergente explicó que se trataba de puntos de energía divina. Resulto que las oraciones y los recuerdos de los seres inteligentes se convertían en estos mismos puntos, y de ellos los dioses sacaban su fuerzas. A la izquierda aparecía una lista de objetivos específicos que aportaban dichos puntos. Mor encabezaba la lista, seguido de Zmer, y Vesla cerraba el trío. A continuación aparecía el punto de mención a simplemente dioses antiguos, cuando rezaban a todo el panteón, sin resaltar a nadie en particular. También se mencionaba el fallecido Jtón. Para mi sorpresa, encontré entre las líneas una que decía "Innombrable" con un pequeño número de puntos enfrente; justo mientras miraba, este número aumentó en una decena. Resulta que hubo quienes dirigían sus oraciones a este legendario personaje.
A la derecha aparecía una lista de peticiones o deseos con el número de menciones de este tema en las oraciones. Sobre todo deseaban la destrucción de los dioses de la luz, había solicitudes de libertad, pero en general la lista era enorme, bajé varias páginas, hasta donde comenzaban deseos completamente banales de salud para uno mismo o castigo para los enemigos. Mientras pasaba las páginas, accidentalmente toqué a uno de los temas y ante mis ojos se abrió la interfaz de creación de misiones. Resultó que en base a cada uno de estos temas era posible crear misiones, tanto muy globales como estrechamente especificadas, para ayudar a un solicitante particular. Inmediatamente se iluminó una ventana separada con misiones ya activas. Por ahora decidí no tocar nada aquí.
En otra ventana se llevaban registros del consumo de energía divina. La mayor parte se gastaba en mantener los planos astrales de cada uno de los dioses. No pude comprender todos los detalles, incluso después de pulsar en las columnas correspondientes: era obvio que las cantidades se establecían según algún tipo de algoritmo, y era imposible cambiarlas enviando más a alguno. Pero no estaba del todo claro de qué dependía esta distribución. A juzgar por el hecho de que la mayor cantidad iba ahora para Zmer y menor para Vesla, estas acumulaciones estaban de alguna manera relacionadas con el nivel de desarrollo de cada plano astral específico. Seguido se indicaban los gastos de los altares, de los hechizos de los sacerdotes, del mantenimiento de la red de portales... ¡Oh, ese es un punto importante! Tenía que encontrar el círculo local de teleporte y descubrir cómo funciona esta red.
También me llamó la atención un punto separado, «hechizos preparados». Ahora sólo había una línea ahí: "Ansias de libertad", con quinientos mil puntos de energía divina metidos, y enfrente brillaba alegremente el botón "listo". Pulsando en el nombre, abrí la descripción. Resultó que una vez lanzado, este hechizo tiene un efecto global en todo el Ominaris y permite que cualquier ser inteligente resista la magia de sumisión (sin importar si proviene de un sacerdote o de un artefacto), en caso de superar una salvación de voluntad, liberando a la víctima de los efectos de tal magia. La dificultad sería menor para los «oscuros» y, si tienen éxito, recibirán inmunidad a este efecto en particular. El hechizo también anulará los efectos letales de los amuletos de sumisión y los collares mágicos de esclavitud para los seguidores del panteón, lo que permitirá quitar dichos dispositivos a voluntad sin realizar ninguna tirada. El hechizo duraba indefinidamente y requería cinco mil puntos al mes para mantenerse.
Pues esto, de hecho, es para lo que vinimos aquí, pensé y apreté el botón. Apareció una notificación preguntándome si realmente quiero lanzar el hechizo, así que pulsé en "Sí". No se produjo ningún efecto especial, sólo el altar se encendió por un momento con una llama oscura, pero ante mis ojos apareció un mensaje: "¡Atención! El panteón oscuro activa el hechizo global „Ansias de libertad“. Todos sus seguidores obtienen la capacidad de resistir la magia de la sumisión". Me alegró la brevedad del mensaje, pero el factor sorpresa se iba desvaneciéndose: los jugadores que se pusieron del lado de la "luz" probablemente descubrirían rápidamente qué pasa, lo que significa que el enemigo pronto entenderá que no deba confiar en los collares.
A ver, ¿qué más queda? Había una ventana con un mapa táctico y una lista de facciones que habían elegido el bando. Las zonas de control correspondientes estaban coloreadas de blanco o de negro, mientras que las zonas neutrales restantes se mostraban en gris. Casi todo Suplein era blanco, con dos pequeñas áreas negras y algunas zonas grises en el norte. Anlein, a excepción del Gran Bosque, también era blanco, aunque había muchas más pequeñas manchas grises. El oeste de Draón era gris, con pequeñas manchas blancas; la abundancia de sectores negros agradaba la vista. Al este había un gran sector blanco adyacente a la costa, rodeado por zonas grises, y dos sectores negros igualmente grandes; el estrecho istmo que conducía a Suplein también era negro. Anleus era gris, con la excepción de una gran mancha blanca en el suroeste; en el norte había una pequeña mancha negra, aparentemente representandoPersuráiz.
Los nombres de las facciones locales no significaron nada para mí, así que abrí la lista de clanes de jugadores, resaltada en una pestaña separada. Cuatro clanes ya habían elegido el lado luminoso; en el lado oscuro de momento sólo hubo uno: Taiping. Su sector de influencia resultó ser uno de los sectores negros del este de Draón. ¿Qué pasa con los jugadores que no se han unido a ningún clan? Por mucho que busqué, no pude encontrar información sobre jugadores individuales entre las ventanas del altar. Al abrir mi propia interfaz, descubrí una nueva pestaña en las estadísticas del personaje: "La Guerra de los Dioses", en la que figuraba "Panteón Oscuro — 1100". No se me ofreció ninguna elección ni había explicación alguna sobre el número de puntos ya obtenidos.
Bueno, ahora sabía más o menos qué era el altar y cómo se usaba. Aunque debería escarbar mejor en todas estas ventanas... pero ahora mi cabeza ya estaba dando vueltas, y todavía necesito ver lo de subir de nivel. Iré a descansar y solucionaré los problemas a medida que surjan, decidí y cerré todas las ventanas que colgaban por ahí. Gilt y Yarna hace tiempo habían terminado su conversación y salieron hacia mí desde detrás de las columnas tan pronto como bajé del podio.
En las escaleras que conducían al segundo piso me topé con Wunorse, quien se me abalanzó con el mismo entusiasmo y me elogió por el hechizo global, diciendo algo como ¡bien hecho, no pierdes tiempo en vano! Ignoró mis palabras de que el mérito de esto no era mío en absoluto, sino más bien de Mor, y comenzó a hablar de los resultados de su exploración. En las partes laterales del templo había pequeñas salas de estar, celdas, algo como un cuarto de guardia con una armería (por cierto, las armas están en su lugar, incluso hay armaduras), baños a cada lado y un segundo pasaje que conducía a la sala central.
Amplias escaleras conducían al primer nivel del sótano, donde los elfos descubrieron un almacén: había muchas cajas y barriles, pero Jamél no permitió a Wunorse abrir nada a lo tonto. Enfrente había una gran cocina, y entre ellos había un enorme salón con mesas y bancos, aparentemente usado como comedor. Ahí ya había letrinas más grandes. Desde el comedor, dos puertas dobles conducían a una sala con piscina, a cada lado de la cual había vestuarios y baños. Wunorse estaba completamente encantado con la decoración de la sala, e incluso Jamél asintió confirmando sus palabras.
Las escaleras bajaban más, pero los elfos no pudieron entrar al segundo piso del sótano; las puertas sin manijas no parecían estar cerradas con llave, pero por alguna razón no querían abrirse. En el tercer piso no había nada interesante: nuevamente dos cuartos de guardia y filas de celdas con rejas de hierro en lugar de una pared adyacente al pasillo.
— Todas las celdas están vacías y ni siquiera hay nada de restos, — se quejó Wunorse en broma.
Mientras tanto, subimos al segundo piso y giramos hacia el ala izquierda. La gran puerta a la derecha, que conducía a los aposentos que antaño ocupó el avatar de Mor, inmediatamente llamó mi atención. Me detuve cerca de ella. Wunorse, sin ceremonias, correteó por el pasillo, mirando todas las puertas seguidas, tras lo cual declaró: "Todas las habitaciones son más o menos iguales, ¿quién ocupa cuál?". Gilt fue inmediatamente a la puerta justo enfrente de la mía, Yarna eligió la habitación a la izquierda, mientras Jamél le dio una colleja a Wunorse y eligió la habitación a la derecha, señalando al elfo la puerta de enfrente, a la habitación al lado de la que eligió el enano. Wunorse hizo una reverencia juguetona en señal de sumisión y acto seguido invitó a todos a reunirse abajo, en el comedor, cuando nos cambiamos de ropa, en plan nos bañaremos, prepararemos la comida... Todos estuvieron de acuerdo y nos fuimos a nuestros cuartos.
Capítulo 24
Mientras me cambiaba y colgaba mi ropa de viaje en el elegante armario de madera pulida, en mi cabeza daban vueltas los pensamientos sobre el nuevo nivel de personaje. Por lo tanto, antes de ir abajo, me senté en la enorme cama con dosel y abrí la ventana de características. A ver... El ataque básico aumentó en uno, todas las tiradas de salvación también aumentaron en uno. No se agregaron parámetros ni puntos de aptitud, solo de habilidades cuyo rango máximo aumentó a 13. Sin dudar puse un punto a Conocimiento de conjuros, después, está vez tras pensarlo un poco, gasté otros 4 en Persuasión, llevando la habilidad a 10; como a líder, esto debería serme útil. Nada más urgente me llamaba la atención, excepto tal vez Concentración... Sí, al final pongo 4 puntos allí también, me puede ayudar en un momento peliagudo. En reserva quedaron 15 puntos.
Con los parámetros tardé un rato más. Tenía muchas ganas de aumentar el Carisma, esto debería ayudar en las negociaciones, así como la Constitución: 82 puntos de salud me parecían pocos para mi nivel, Gilt hacía tiempo que había superado los 100. Pero tampoco me apetecía tocar los 4 puntos libres... Como resultado, llegué a un compromiso conmigo mismo y sólo aumenté la Constitución, porque afecta directamente a la capacidad de supervivencia, y el Carisma se puede aumentar inmediatamente antes o incluso durante de negociaciones difíciles. Un punto más en Constitución elevó el parámetro a 14, cambiando la bonificación a +2 y agregándome así 10 puntos de salud, uno por cada nivel de personaje.
No me sentí más saludable después de aumentar el parámetro, ni tampoco noté ningún cambio en mi cuerpo, pero cuando me miré con la visión mágica, me pareció que los canales energéticos en mi cuerpo se habían vuelto un poco más anchos. Bien, ¿qué más?
El sexto nivel del necromaster me agregó la aptitud Cuerpo sin vida, bajo la cual se indicaba "RD 2/cont. o mág.". Abrí la explicación: "Cuerpo sin vida, aptitud sobrenatural. Cuando el necromaster alcanza el nivel 6, la energía que controla ya fluye a través de él automáticamente. El necromaster cura sus heridas y repara los daños en su cuerpo sin pensar, utilizando la circulación de energía dentro de sí mismo en calidad de defensa natural. En el sexto nivel, el necromaster recibe una reducción de daño (RD) de 2 (es decir, se ignoran 2 puntos de cualquier daño recibido, a excepción de las debilidades indicadas tras la barra), que puede evitarse mediante daño contundente o mágico. Esta reducción de daño aumenta en dos puntos cada tres niveles, y en el nivel 18 para ignorar la reducción de daño se hace necesario infligir daño mágico contundente, es decir, el daño simplemente contundente o simplemente mágico deja de tener efecto para entonces".
A juzgar por la descripción, era una aptitud muy buena: significaba que ahora era mucho más difícil herirme con una espada o una flecha común y corriente. — 2 puntos de cada golpe no parece mucho, pero recuerdo bien algunos disparos que causaban 2 o incluso 1 punto de daño. ¿Ahora qué, se van a rebotar de mí? Apreté mi mano debajo de la muñeca y no me pareció en absoluto que se hubiera vuelto más resistente. Sacando daga de mi cinturón, traté de perforar con cuidado mi piel, y lo hice sin ninguna dificultad. Después de guardar el arma, miré reflexivamente la gota de sangre que corría por mi muñeca y pensé. ¿Quizás el daño debería ser hostil? ¿Debería pedirle a Gilt que haga un experimento?
De magia, se me agregó un cubito del tercer nivel, es decir, ahora podía lanzar 4 hechizos del tercer nivel por día, lo mismo que del segundo. Se ha añadido un dado a Canalizar energía. Otros cambios no he encontrado. Además, parece que me quedé sentado demasiado tiempo; lo más probable es que todos ya han bajado.
Nombre: /no hay, introduzca/ Nivel: 10 Experiencia 39350/45000 Clase: Guerrero 4 Necromaster 6 Raza: humano Puntos de salud: 92 Ataque base: +9/+4 Clase de armadura: 20 +4 camisote de mallas +3 destreza +1 armadura natural (amuleto) +1 camisote mágico+1 +1 forma transcendental
Salvaciones: Fortaleza +9 Reflejos +6 Voluntad +7
Parámetros: Fuerza: 14 (+2) anillo de fuerza+1 Destreza: 16 (+3) Constitución: 14 (+2) Inteligencia: 18 (+4) Sabiduría: 13 (+1) Carisma: 13 (+1) Puntos de parámetros disponibles: 3
Habilidades: Supervivencia 6/13 Cocinar 1/13 Concentración 10/13 Conocimiento de conjuros 13/13 Trepar 5/13 Primeros auxilios 5/13 Usar objetos mágicos 2/13 Artesanía (cartografía) 2/13 Desollar 1/13 Escuchar 1/13 Medicina 6/6 Avistar 6/6 Engañar 5/13 Buscar 6/6 Rastrear 5/6 Persuadir 10/13 Puntos de habilidad disponibles: 15
Aptitudes: Ataque poderoso Aura antinatural Combate con dos armas Soltura con un arma (bastón) Resistencia de muerto viviente Control de no muertos mejorado Canalizar energía 6d8 en 1d8 rondas Controlar/Expulsar no muertos (7 usos al día) 7/7 Cuerpo sin vida RD 2/cont. o mág. Esbirro inmortal/Familiar no muerto Visión oscura Forma transcendental+1 Puntos de aptitud disponibles: 3+2
Conjuros al día: Nivel 0 — 6 Nivel 1 — 4+1 Nivel 2 — 3+1 Nivel 3 — 3+1
Logros: Hardcore 3 Adepto de Mor Favorito de la diosa del Amor Amigo de los draelin Juramento de lealtad del dragón
Mis sospechas se confirmaron, todos realmente se habían reunido abajo ya, sólo Gilt me estaba esperando en el pasillo, donde apareció tan pronto como sintió que me iba a salir. Jamél estaba a cargo de la cocina, obligando a Wunorse llevar a las mesas platos de comida sencilla que preparaba. Se notaba que estaba haciendo todo lo posible para añadir al menos un poco de solemnidad al próximo banquete. Yarna se sentó a la mesa, todavía vestida con la misma armadura completa, y miraba el contenido de los platos con curiosidad. Cierto, es que ella no tenía nada de equipaje, ¿desde dónde sacaría ropa informal? Gilt se dejó caer en el banco y olió el contenido de la taza más cercana, mientras yo me volví hacia Jamél, que acababa de acercarse a la mesa con la última porción:
— Escucha, ¿no tendrás una muda de ropa para Yarna? — pregunté, señalando con la cabeza a la dragona. — Es algo inapropiado descansar con armadura...
— Creo que algo habrá, — la elfa asintió e hizo una seña a la dragona para que la siguiera hacia los vestuarios. — Vamos, será rápido.
— No me gusta usar ropa, — dijo Yarna con tono de queja, levantándose de la mesa de mala gana, — pero obedeceré la orden del maestro. Prefiero confiar sólo en mi cuerpo, — añadió, extendiendo la mano hacia adelante, en la que los eslabones del guante blindado se derritieron uno a uno, dejando al descubierto una muñeca completamente humana, excepto que las uñas eran de color negro ébano.
Las chicas de verdad regresaron pronto, con ropa élfica Yarna parecía muy cómoda, hogareña, sólo la camisa claramente le quedaba pequeña y ahora caminaba de cierta manera insegura. Cuando todos estábamos a la mesa, Jamél levantó su jarra (me las arreglé para asegurarme de que las había llenado todas con algún tipo de vino dulce) y la alargó adelante con las palabras:
— ¡Por el éxito!
— ¡Por el éxito! — repetimos y chocamos nuestras jarras.
Luego todos volvieron a sentarse en los bancos, Jamél sacó un pequeño barril de cerveza de su bolsa mágica y, para gran placer de Gilt, se lo entregó al enano. Comenzamos la cena festiva. Yarna comió sin miedo y con genuina curiosidad, aunque sin hacer preguntas. Tampoco rechazó la cerveza que le ofreció Gilt y cuando le preguntaron después de la degustación, respondió cortésmente que sí, que estaba muy rica. Yo me puse a contarle a la dragona, ya que ella misma no se lo pregunta, sobre los ingredientes de nuestro modesto banquete, y Wunorse se esforzaba para bromear y contaba todo tipo de historias, lo que hizo con tanta alegría y fervor que incluso el enano sonreía.
Después de comer, las chicas se quedaron a recoger en el comedor y a nosotros nos mandaron a la piscina, diciendo que ellas nadarán después, cuando nos vayamos a dormir. Todas las súplicas de Wunorse para un baño conjunto se vieron frustradas por la fría inflexibilidad de la elfa, aunque a Yarna, obviamente, no le importó y ella me miró solicita, esperando una orden. Guardé silencio, por lo que la dragona actuó de acuerdo con los deseos de Jamél.
Los vestuarios resultaron ser espaciosos, aquí podrían caber fácilmente quizás incluso veinte personas a la vez. La habitación pasaba suavemente a un cuarto de baño, a la izquierda de la entrada había un estante con un montón de pastillas de jabón, a la derecha un estante con toallas, para las cuales se veía una cesta en la esquina. Las pastillas de jabón estaban apelmazadas y pegadas entre sí; Gilt logró arrancar algunas después de dos o tres fuertes golpes en lugares estratégicos. Las toallas tampoco estaban muy frescas, pero al menos no se desmoronaron en mis manos, como temía. Quizás los procesos de descomposición fueron detenidos de alguna manera bajo la cúpula protectora.
Las duchas se diferenciaban entre sí sólo por el patrón de las losas del suelo, no había particiones entre ellas. Exactamente encima del centro de cada cuadrado había un agujero en el techo del diámetro de una palma; no se veían botones ni palancas. Sin embargo, cuando me paré sobre las losas del cuadrado, éstas se hundieron un poco en el suelo y pronto un chorro de agua brotó del agujero sobre mi cabeza. Tanto las losas del suelo como el agua estaban ligeramente tibias, así que me lavé sin muchas molestias.
La habitación estaba iluminada por lámparas mágicas en forma de bolas en las paredes, que inundaban la habitación nada más entrar con una luz suave, similar a la luz del sol. Y mientras me frotaba el cuerpo con ese cubo de jabón que hacía poca espuma, noté algunos cambios. Las venas y arterias negras ahora eran visibles en todo el cuerpo, incluso los pequeños patrones de capilares en los brazos y piernas ahora parecían una bien distinguible telaraña negra. La piel se volvió completamente blanca, como si no hubiera estado al sol durante años o la hubiera blanqueado deliberadamente. Gilt no prestó atención a tales cambios, pero Wunorse sí bromeó sin ánimo de ofender, tan pronto como me vio desnudo: "Vaya, qué pintado te has vuelto... ahora ni siquiera necesitas tatuajes".
Después de la ducha salimos a la sala con la piscina, que fue realmente impresionante. El estanque era enorme, sus bordes parecían estar pavimentados con piedras, entre las cuales se podían ver a pequeños intervalos escalones que conducían al agua. Debajo del agua se escondían orbes mágicos que brillaban constantemente con un color azul claro, lo que le otorgaba a la piscina cubierta de niebla una atmósfera fantástica. El suelo aquí estaba pavimentado con las mismas losas que en el vestuario, y en algún lugar debajo del techo había pequeñas lámparas escondidas que creaban la ilusión de un cielo estrellado.
El agua estaba muy tibia, incluso caliente (por eso el vapor se arremolinaba constantemente sobre la piscina) y ligeramente carbonatada: sentí burbujas corriendo por mi piel. Además, circulaba bastante rápido, porque en la piscina había una corriente bastante fuerte. La piscina resultó ser poco profunda, un poco más de un metro, sin embargo, más cerca del centro encontré una sección donde no podía llegar al fondo con los pies. En varios lugares bajo el agua, hábilmente iluminados por lámparas ocultas, había piedras planas y rugosas que en apariencia parecían piedra pómez. Después de nadar, fue muy agradable tumbarse sobre una de esas piedras y relajarse mientras la corriente acaricia tu cuerpo con burbujas.
Tras una buena relajación, nos secamos con toallas, nos vestimos y nos dirigimos a nuestras habitaciones. Durante todo el camino hasta el segundo piso, Wunorse nos instaba a bajar a escondidas y espiar a las chicas, a lo que Gilt sólo resopló, y yo amenacé al elfo con colocar al enano en su puerta para detener tales actividades picarescas.
Dormí a pata suelta. El inusual lujo de la cama me molestaba un poco — Mor claramente gustaba de colchones blandos — pero el cansancio pasaba factura. La voz del dios de la muerte me arrancó de mi sueño: "Levántate, si no, no podrás despedirte de tu amigo". Inmediatamente salí de la cama de un brinco, me vestí rápidamente y bajé corriendo las escaleras hasta el primer piso. Wunorse y Jamél ya estaban ahí. Preparados y con equipaje, se pararon en medio de la sala frente a Mor, quien, al verme, se hizo a un lado y agitó la mano de manera incitante.
Me acerqué y le tendí la mano a Wunorse.
— ¡Buena suerte amigo! — en respuesta al apretón de manos, arrastré al elfo hacia mí y le abracé. — Que todo vaya bien y que te guste tu nueva clase.
— Eso espero, — Wunorse sonrió y sacudió la cabeza hacia Jamél. — No te preocupes, estoy en buena compañía.
— Vuelve pronto, — le di una palmada en la espalda al elfo y di un paso atrás. — Necesitaré tu ayuda.
— Lo intentaré, — Wunorse asintió con la cabeza. — De verdad. ¡Haré todo lo posible!
— Está bien, ya es suficiente, — Mor se puso detrás de los elfos. — Ya es hora.
Lenguas de llamas negras brotaron del suelo, llevándose a las tres figuras consigo. Esta vez ni siquiera noté la concentración de energía para la magia del desplazamiento, probablemente por estar medio dormido, y con las emociones de despedirme de un amigo del que no me había separado durante los dos últimos meses. Gilt y Yarna estaban bajando las escaleras, pero mi atención se centró en Zmeraní emergiendo de la sombra de la columna más cercana. No sentí la magia, y me pareció que había estado allí hace tiempo, incluso antes de que yo bajara, escondiéndose allí con mucha habilidad.
— También estoy preocupada por mi niña, — dijo, haciéndome señas para que la siguiera. — Pero no te preocupes demasiado, ella no es ni mucho menos novata en las pruebas planares. Aunque en el plano de mi hermano estuvo sólo en teoría...
— Dijiste que necesitabas ayuda, — noté que íbamos hacia el altar. — ¿Cuál exactamente?
— ¿Estudiaste el mapa táctico? — la diosa me lanzó una mirada penetrante y yo asentí. -¿Has visto cuál es la situación en el este de Draon?
— Un gran sector blanco, dos nuestros, el resto gris, — delineé rápidamente el cuadro desde mi punto de vista.
— El blanco es la zona de influencia del clan Xin, — explicó Zmer. — En nuestros tiempos, era la familia de la dinastía imperial de un estado que controlaba casi todo el este del continente. Ahora son fervientes seguidores del culto del Sol. De los dos clanes de nuestros seguidores, uno son mis adeptos Tatsuane, el segundo es el clan de los Convocados, llamado Taiping... No los entiendo mucho, pero a juzgar por los datos de inteligencia, son lo suficientemente leales. Todos los clanes que rodean la región Xin están descontentos con los luminosos, en parte debido a mis intrigas, pero sobre todo por la cantidad de flagrantes atrocidades que los saelin cometen allí. Como viste en los mapas, en el este tenemos muchos creyentes, hay varios templos... toda la región pende de un hilo sólo gracias a la influencia de los Xin y al miedo absoluto que causan entre todos los demás clanes.
Nos acercamos al altar y Zmer extendió el mapa táctico sobre él, haciendo zoom en la parte oriental de Draon.
— Aún cuando apenas comenzabas tu viaje a la Infraoscuridad, — continuó su cuento la diosa, — traté de organizar un levantamiento en Xin para entregar toda la región para la activación del Primer Templo. Pero la revuelta fracasó, los clanes circundantes temían demasiado la derrota y huyeron al menor peligro, y cultistas locales resultaron ser demasiado pocos. Ahora los que fueron capturados están retenidos en las mazmorras bajo el Palacio Xin y se está preparando su ejecución ceremonial.
— ¿Qué podemos hacer?
— Hay dos opciones, — Zmeraní aumentó aún más la escala. — Los gobiernos de la mayoría de ciudades y poblados de la provincia acudirán a la capital del clan, la ciudad de Xian, para la ejecución; ya se han enviado las órdenes correspondientes. Podemos atacar justo durante la ceremonia. Mis agentes están colocando explosivos por toda la ciudad, tú tienes que lanzar un ataque aéreo contra la ciudad con tu dragón. La destrucción de la capital, junto con toda la élite gobernante del clan, asestará a Xin un golpe tan devastador del cual no podrán recuperarse. Los clanes que dudan pasarán a nuestro bando y los rebeldes intentarán quedarse con todo el territorio de Xin.
— ¿Habrá que sacrificar a los prisioneros? — no me gustó mucho la idea de quemar a todos indiscriminadamente.
— Durante el ataque, les otorgaré mi bendición, — la diosa se encogió de hombros. — Les protegerá contra el fuego y el ácido. Sin embargo, en la plaza habrá la mayor cantidad de explosivos y quién sabe cómo y por dónde volarán los fragmentos...
— ¿Y la segunda opción?
— Se puede organizar una incursión a las mazmorras bajo el palacio e intentar rescatar a los prisioneros, — Zmeraní describía ambos planes sin ninguna preferencia visible. — Tendrás que llegar al calabozo, matar a los guardias y sacar de ahí a los prisioneros. Y todo ello sin hacer saltar ninguna alarma. Fuera del castillo, puedo activar la transferencia y llevarlos a Jagi, después de lo cual podrás destruir tranquilamente a Xian. El daño a la élite gobernante será menor, no todos han llegado todavía a la capital, además tendrán mayores posibilidades de sobrevivir en la ciudad. Pero el atrevido rescate de prisioneros aumentará nuestra reputación y habrá más seguidores nuestros en la provincia.
Zmeraní me miró expectante. Observé a mis camaradas que estaban a una distancia respetuosa. A juzgar por los pensamientos de Gilt, no valía la pena consultar con ellos. Sintiendo profundamente la falta de Wunorse, me quedé en profunda reflexión, ya que ésta decisión tendré que tomármela yo solo.
Capítulo 25
Mi mente me decía que la primera opción era preferible. La sorpresa, un golpe moral incomparable al enemigo, una mayor probabilidad de acabar con todos los dirigentes de una vez... y todo ello con riesgos mínimos. Sin embargo, también me pedía una evaluación seria de la probabilidad de que los prisioneros sobrevivieran a la explosión en la plaza. Un perfecto comienzo para el monstruo de leyendas.
Sí, hay muchas posibilidades de fallar en el plan de la incursión. Hace falta infiltrarse en el palacio, llegar a las mazmorras, eliminar a los guardias; en cada una de estas etapas se puede cometer un error y dar la alarma. Y el camino de regreso no será más fácil. Se desconoce en qué condiciones se encuentran los prisioneros y cuántos de ellos será posible rescatar. Y Wunorse con Jamél no están ahora...
Pero está Yarna y es como tener un as en la manga. Con una ayudante así, incluso si suena la alarma, las posibilidades de éxito siguen siendo bastante altas. Y me parece que la probabilidad de que los prisioneros sobrevivan, incluso si nos descubren, será mayor que en una explosión en la plaza. Sí, algún jefazo probablemente sobrevivirá y el daño moral será menor. Pero de todos modos vamos a destrozar esta ciudad, y atraer a los rebeldes ya desmoralizados por la derrota empezó a parecerme un objetivo más digno.
— Creo que sería mejor intentar rescatar a los prisioneros, — decidí finalmente, con el amargo sentimiento de haber tomado la decisión equivocada. Todos los comandantes y políticos inteligentes probablemente se reirían de mí. — Me inclino por la segunda opción.
— Está bien, — accedió la diosa con facilidad. — Estoy preparada y para ese desarrollo de acontecimientos. Preparaos, os estaré esperando en el círculo portal en la plaza frente al templo. Nos vamos a Jagi, y desde allí volaréis a Xian, pero no en línea recta (la aparición de un dragón es un acontecimiento demasiado perceptible), si no desviándose hacia el mar. A través del territorio de Tatsuane llegaréis al mar por la tarde, luego os alejaréis de la costa y os dirigiréis hacia Xian durante toda la noche. Al amanecer deberíais estar ya cerca, así que bajad lo más posible y aterrizad en la costa. Después deberíais seguir andando, no deben detectaros. No os acerquéis a las puertas de la ciudad, en la carretera del este hay una posada llamada «Ji Xing», mis shinobi os esperan allí. Ellos os introducirán a la ciudad y os dirán cómo llegar al palacio. Tienen el plano de las mazmorras, sólo os quedará sacar a los prisioneros. Tan pronto como note que tu amuleto ha reaparecido fuera de la protección contra desplazamiento, vendré a recoger a los supervivientes. ¿Todo claro?
No tenía ninguna pregunta, así que sólo asentí.
Zmer abandonó la sala y yo me acerqué a mis camaradas. No hubo necesidad de dar largas explicaciones: Yarna tenía un oído excelente y Gilt se enteró de todo gracias a nuestra conexión. La dragona se dirigió inmediatamente a la plaza y nosotros subimos a nuestras habitaciones para prepararnos para el viaje. Pronto nosotros, ya con las mochilas, nos acercábamos al centro de la plaza, donde nos esperaban las chicas.
El círculo portal aquí era enorme y aún no nos habíamos acercado al centro cuando las líneas bajo nuestros pies comenzaron a brillar. Aparecieron mensajes ante mis ojos: uno notificó sobre la destinación: Jagi, el otro informó del gasto de energía divina para el transporte. Según entendí, se gastaban 1000 puntos para activar el círculo, y luego parecía que el gasto era de aproximadamente 10 puntos por nivel, aunque también se tenía en cuenta el equipo: el total era desigual. La interfaz de control de la red portal no apareció; probablemente estaba en algún lugar entre las ventanas del altar.
Esta vez no sucedieron cosas extrañas durante el transporte, aunque sentí cómo nos desplazábamos a las profundidades del plano astral. Se sentía como si estuviera siendo arrastrado por una poderosa corriente en algún lugar bajo el agua. Tenía la certeza de que, si quería, podía ralentizar el tiempo y crear un pseudoespacio dentro de la burbuja creada por el hechizo mientras dure el transporte, además, podía arrastrar a cualquiera que me acompañara allí. Pero decidí dejar todo como está.
Después del destello que marcó el final del transporte, fuimos recibidos por la luz del sol naciente y el viento, que me pareció incluso cálido después del frescor de la Infraoscuridad. El apabullante elenco de aromas me hizo dar vueltas la cabeza.
Aquí el círculo portal era bastante común, incluso la plaza recordaba un poco al familiar patio del gremio de magos. Aunque las casas de alrededor, de tamaño similar, se diferenciaban mucho por su arquitectura oriental. Edificios rectangulares con amplios balcones, profundamente metidos bajo pesados tejados puntiagudos con puntas curvadas hacia arriba, marcos dentados bajo el techo, patrones estrictos en una combinación de colores simple. Como ya sospechaba por los nombres pronunciados, terminamos si no en el Japón local, al menos en Asia fijo.
Un grupo de personas nos esperaba en la plaza, y algunos de ellos eran definitivamente elfos; logré ver las características orejas puntiagudas. Tan pronto como Zmeraní dio un paso adelante, todos cayeron de rodillas y se inclinaron, presionando sus cabezas contra el pavimento.
— Levantaos, — ordenó la diosa con cierta insatisfacción. — Heraldo accedió a ayudarnos y decidió salvar a los prisioneros.
Sin esperar a que reaccionen, Zmer caminó hacia el más bajo de los edificios que nos rodeaban. Mientras tanto, quienes nos recibían se pusieron de pie, pude ver alegría en sus rostros, aunque, probablemente fue por cortesía, intentaban claramente contener sus emociones.
— Nos alegra darle la bienvenida a Jagi, Heraldo, — uno de los elfos se adelantó e hizo una reverencia. Noté que varias personas corrieron con prisas hacia las casas laterales. — Estamos muy orgullosos de ser primeros a quienes ha decidido ayudar después del resurgimiento del Primer Templo.
— Gracias, — marqué una leve reverencia con la cabeza, — pero no pude rechazar la petición. El fracaso del levantamiento no pasará desapercibido y debo intentar salvar a los valientes que sobrevivieron.
— Permítanme entregarle nuestros modestos obsequios, — las personas que se fueron corriendo volvieron, llevando consigo varios paquetes. El elfo desenrolló el primero y vi sobre la tela oscura un cinturón. — Hicimos este cinturón especialmente para usted, siguiendo el modelo de los cinturones de aventureros.
Revisé el accesorio. El cinturón estaba hecho de cuero oscuro y grueso, los bordes estaban envueltos con una especie de tela metalizada y cosidos. Una hebilla de acero ennegrecido con forma de calavera con cuernos, sospecho que simulaba una calavera de dragón. Dos enganches en los laterales: uno claramente para una espada y el otro más sencillo. Varios ganchos para la bolsa del cinto y bolsillos para pociones. Podía notar la magia que emanaba del cinturón.
El siguiente par de personas dio un paso adelante. Uno me entregó una hermosa vaina negra con una espada, el otro una vaina con una daga, así que le entregué el bastón a Yarna y me desabroché mi cinturón, quité de él la espada, saqué el bolso y le pasé el cinturón a Gilt, que ya estaba bajando su mochila. Ponerme el nuevo cinturón fue mucho más fácil, me quedaba como un guante. Primero tomé la daga ofrecida, la saqué de su vaina y la examiné. Se mostraba como +3. Habiéndola enganchado al cinturón, tomé la espada, que resultó tener el mismo nivel de encantamiento, y también la colgué en su lugar. La bolsa se enganchó sin problemas. Le di la vieja espada al enano, volví a coger el bastón a Yarna y le di las gracias a los elfos. Saltaba a la vista que todos miraban a la dragona de una manera extraña y especial. Hacia mí en sus ojos se notaba el más profundo respeto, pero cuando miraban a Yarna detectaba en sus miradas cierta adoración, o algo parecido...
— Gran trabajo. Ojalá podríais hacerme también una capa con sujeción para el grimorio, — abrí mi capa y mostré cómo tenía sujeto el libro ahora.
— ¡Claro! — respondió el elfo con una reverencia y señaló a las personas con otros paquetes. — Aquí tiene una armadura de cuero, — abrió uno de los paquetes y vi un peto negro con tachuelas. — Es la que usan nuestros shinobi.
La armadura de cuero habría sido útil para mí; después de todo, el camisote de malla obstaculizaba los flujos de la magia. Pero no tenía intención de cambiarme de ropa en la calle y, afortunadamente, mi vacilación fue entendida correctamente. Me invitaron a una casa cercana, donde había varias mesas en un amplio salón y pude cambiarme de ropa. La armadura se abría por un lado, era liviana y podía ponérmela solo, sin embargo, sintiendo el deseo del enano de hacerlo, le permití ayudarme.
Unos humanos trajeron un espejo de cuerpo entero para que pudiera verme, y mientras sentía como la armadura se adaptaba a mi cuerpo, me miré en el reflejo. El cuero curtido de la coraza estaba reforzado con tachuelas y se le enganchaban hombreras lisas, con tanta habilidad que las sujeciones no se veían y parecían una sola pieza con el peto. Debajo de la armadura había una fina capa de cota de malla, más parecida a un fuerte tejido de tela metalizada que a de alambre. De debajo de las hombreras salían mangas de malla hechas del mismo material, no había protección para los codos. A la cintura se le sujetaba una especie de falda abierta, hecha del mismo cuero duro con remaches que la coraza. La parte inferior de la armadura estaba cubierta por delante por una coquilla lisa. Para las piernas había anchas rodilleras, hechas en forma de copa metálica con el dibujo de huesos cruzados en relieve. El conjunto lo completaban botas altas con cordones casi hasta las rodillas, cubriendo la pierna con una precisión anatómica asombrosa. Todo el cuero estaba tintado de negro y los elementos metálicos pavonados.
La armadura se identificó como "Armadura crepuscular de cuero de shinobi +3, armadura ligera tachonada, mágica, bonificación general +6 a la CA, bonificación máxima de DES +5, sin penalizaciones para habilidades, no causa interferencias a la magia, le otorga al usuario +5 al sigilo y a moverse en silencio". Como ya supuse, era una armadura para pícaro, pero yo no sabía ni esconderme ni moverme silenciosamente. Sin embargo, la clase de protección salía mejor que con mi camisote de malla y además me quedaba muy bien. Será útil por ahora, y luego la cambiaré por la armadura de guardia... Por cierto, a la primera oportunidad hay que regresar y completar aquella mazmorra.
— ¡Galán! — escuché la voz sarcástica de Zmer detrás de mí.
Los humanos se inclinaron en reverencia y se llevaron el espejo, yo me puse mi capa y me volví hacia la diosa.
— Les notifiqué a mis shinobi qué plan llevaríamos a cabo, — dijo. — Te proporcionarán el mapa de las mazmorras y detalles de la operación in situ. Toma, — hizo un gesto con la mano y me apareció un mensaje de que había recibido un paquete de datos cartográficos. Me apresuré a aceptarlo. — Y contigo será mejor así, — la diosa le hizo una seña a Yarna con el dedo para que se acercara, y ésta inmediatamente se arrodilló ante ella. Zmer le puso la mano en la frente y la retiró pasado un momento.
— Podéis volar ya, — la diosa hizo un gesto con la mano y los presentes se dispersaron a toda prisa, quedando sólo dos elfos. — Os vigilaré usando tu amuleto. La próxima vez nos vemos cuando salgáis con éxito del castillo.
Hicimos una reverencia a la diosa y salimos al patio. Ahora había mucha más gente aquí, pero todos ellos se quedaban cerca de las casas, la plaza con el círculo portal estaba despejada.
— ¿Hay suficiente espacio aquí? — pregunté a Yarna, mirando alrededor.
— Sí, — respondió con calma y me miró. — Crearé sillas de montar en mi cuello, para vuestro primer vuelo — de pasajeros. Pero para asaltar la ciudad, tendrás que aprender sobre la marcha en una silla de jinete. Deja que Gilt se vaya con los prisioneros. — Asentí con la cabeza. — Subid por donde la cabeza, no por el ala.
Asentimos al unísono. Sentí cómo el miedo innato al cielo abierto luchaba dentro de Gilt con el deleite de la anticipación de volar. Yarna caminó hacia el centro de la plaza, yo sentía cómo la tensión de nudos energéticos dentro de su cuerpo aumentaba con cada paso que daba. El destello no me pareció tan brillante como la primera vez, incluso vi cómo la silueta luminosa de la chica crecía, tomando la forma de un dragón. Hubo exclamaciones de sorpresa alrededor y todos cayeron postrados. Sólo la diosa permaneció en pie y noté una sonrisa de satisfacción en su rostro.
El dragón ocupó casi toda la plaza y al lado de edificios parecía aún más enorme y majestuoso que cuando lo vi bajo tierra. Extendiendo sus alas, Yarna hizo crujir la cresta en su cuello y vi sus huesos cambiar de posición y doblarse, adquiriendo la forma de sillas. La dragona bajó la cabeza hasta el suelo y presionó sus alas contra los adoquines para facilitarnos el ascenso.
Recordando la orden de Yarna, nos acercamos desde el lado de la cabeza y le indiqué a Gilt que subiera primero. A pesar de su altura y de la mochila con el escudo colgando de su espalda, el enano trepó con mucha agilidad, pisando las escamas que sobresalían. De repente temeroso de avergonzarme con una caída, me apoyé con mi bastón y trepé tras él. Luego todo se volvió más complicado, el bastón molestaba y me ardía de frustración, porque desde abajo me parecía que había pensado bien en cómo subir y podía hacerlo de manera eficaz y sin esfuerzo, pero resultaba evidente que hacía falta entrenamiento.
Afortunadamente no me caí, pero me corté bien las palmas de las manos con los bordes afilados de las escamas. No debería haberme olvidado de poner los guantes. Subiendo a la silla, curé las heridas con energía positiva, esperando que los espectadores no notaran este desliz. Después de sentarme adecuadamente en el asiento de cuero similar al caucho de la cresta, miré más de cerca los huesos afilados de los reposabrazos, que agarré para sentarme. Curiosamente, no había sangre; es como si había sido absorbida por el poroso hueso de color ébano.
Dos huesos sostenían la espalda, entre ellos justo pasaba la mochila, el cuero alrededor de la zona lumbar fue elástico, sentarse era inusual, pero bastante soportable. Giré para mirar a Gilt. Este no paraba de moverse, tratando de ponerse cómodo, y los huesos de su asiento cambiaban, adaptándose a su tamaño. De repente de debajo del asiento emergieron varios huesos arqueados más pequeños, un par se cerraron por encima de las rodillas y un par a la altura del cinto; ahora estábamos firmemente sujetos a las sillas. Pasé el bastón debajo de estos huesos, se enganchó de la forma bastante cómoda.
Yarna agitó sus alas, una, dos veces, y de repente saltó sin tomar carrerilla, ganando inmediatamente altura con varios aleteos aún más poderosos. El ruido del viento ahogó los gritos entusiastas de la multitud de abajo, pero no miré mucho a mi alrededor; por alguna razón me pareció que estaba mal sentado, quería apretarme más contra el cuello. Mientras recobraba el sentido, la dragona ganó altitud e hizo un pequeño círculo alrededor de nuestro punto de partida. Vi que la gente salió en tropel a la plaza, gritaba algo, agitaba los brazos olvidando de todo lo demás, como si estuvieran en una fiesta, pero ahora todos ellos parecían pequeños insectos a fondo de las casitas de juguete.
Yarna completó el círculo planeando, agitó sus alas, ganando velocidad, y tomó el rumbo hacia el mar.
Capítulo 26
La sensación de volar resultó no ser tan agradable como había imaginado inicialmente. No es que las corrientes de aire, que parecían heladas a gran velocidad, nos quemaran la cara y Yarna no hiciera giros bruscos, pero la posición fija de la silla y el constante rugido del viento en nuestros oídos, que acompañaban nuestro deslizamiento entre las nubes, nos mantenían en vilo todo el tiempo.
Para distraerme de alguna manera, traté de mirar los paisajes que iban pasando debajo. Durante la mayor parte del viaje, casi dondequiera que mirara, debajo de nosotros estuvo la selva tropical. Durante todo el tiempo no vi ni una sola carretera, pero divisé varios ríos, algunos de ellos de una anchura muy considerable, por los que corrían largas y estrechas barcas. De vez en cuando la mirada se fijaba en pequeños asentamientos cercados, pero no me atrevería llamar ninguno de ellos ciudad. A veces también nos topábamos con rectángulos de campos medio inundados. No sé si era arroz, pero a juzgar por el método de plantación, definitivamente era algún tipo de cultivo similar. Los campos tenían diferentes colores, aparentemente debido al desigual grado de maduración de los cultivos, y en algunos de ellos aparecían figuras de campesinos encorvados recogiendo la cosecha.
Volamos muy alto (incluso intenté apreciar lo enrarecido que estaba el aire aquí) y tan rápido que los campesinos no prestaron atención alguna a la sombra que se deslizó sobre sus cabezas. Sin embargo, es muy posible que simplemente no haya tenido tiempo de percatarme de ello.
Ocupado en tratar de distraerme de las dificultades del vuelo, ni siquiera me di cuenta de que comenzó a atardecer. El cielo adquirió un tono carmesí, y aunque todavía había luz en las alturas, las sombras comenzaron a envolver todo lo que había debajo. Pero la jungla seguía siendo hermosa incluso en el crepúsculo, el verdor volvió más intenso, por decirlo de algún modo, y reemplazó la impresión despreocupada del verano eterno que causaba en el espectador con algo depredador, peligroso, que instaba a estar en guardia.
En el crepúsculo que crecía rápidamente no había forma de ver nada debajo, así que miré el reloj de la interfaz. ¡Han pasado ya más de 10 horas desde nuestra partida! Que extraño, me pareció que volamos sólo un par de horas... Y no estaba nada cansado, a pesar de todos los inconvenientes del vuelo. Además, no tenía hambre ni muchas ganas de ir al baño. Probablemente sería debió a la relativa facilidad del vuelo en calidad de pasajero en comparación con las dificultades que normalmente experimentamos durante el viaje a pie, decidí e inmediatamente pensé en Yarna: seguramente estaba cansada por un vuelo tan largo, sobre todo siendo la primera vez después de muchos años de sueño.
Era impensable que me oyera gritarle, e inmediatamente recordé el cantrip Mensaje. El problema era que necesitaba un componente material. Metiendo mi mano derecha en mi bolsa del cinto, deseé sacar un trozo de fino alambre de cobre. Un instante... y la punta de la bobina me pinchó los dedos. La apreté, y con mi mano izquierda dibujé el signo en el aire y activé el hechizo con una frase en fatrod. Sintiendo como el pequeño trozo de alambre se derrita entre mis dedos y el hilo del hechizo se prepara para precipitarse hacia el objetivo, simplemente toqué las escamas del cuello de la dragona con mi mano y susurré el mensaje:
— Yarna, ¿no estás cansada? ¿Quizás aterricemos para descansar en algún lugar junto al mar?
— No estoy cansada, — el susurro de la dragona sonó en mis oídos, clara y comprensivamente, incluso a pesar del ruido del viento. — Pero tienes razón, he perdido la costumbre y es un poco más difícil de lo habitual... Bien, descansemos un poco.
Yarna cambió de rumbo y comenzó a descender hacia el mar en un pronunciado viraje. Incluso en la oscuridad pude ver que la jungla se acercaba a la escarpada costa rocosa, pero cuando ya estábamos cerca del suelo, divisé una pequeña playa arenosa hacia la que apuntaba mi dragona.
Para aterrizar, ha tenido que suspenderse sobre el agua y el batir de sus alas llenó el aire de polvo arenoso. Después de balancear un rato, se dejó caer en el agua poco profunda, arrojando cascadas de salpicaduras. Yarna bajó la cabeza hacia la arena para que bajáramos, pero simplemente activé el hechizo Caída de pluma y salté, tan pronto como me levanté de la silla y recogí el bastón. Mientras yo planeaba abajo lentamente, Gilt descendió ágilmente hasta la orilla.
La dragona esperó a que nos alejamos un poco y se convirtió en la ya familiar chica con armadura completa. Tenía la cara sonrojada, como después de una larga carrera, y sus ojos brillaban de emoción. Involuntariamente aspiré, esperando oler el sudor, pero no capté nada. Gilt no perdió el tiempo e inmediatamente se dirigió hacia los arbustos que crecían cerca de las paredes rocosas de la bahía, sacando un hacha de su mochila mientras avanzaba.
— ¿Qué tal el primer vuelo después de tantos años? — le pregunté a Yarna.
— Es genial volver a sentir el cielo, — respondió la chica con franqueza y se estiró, haciendo crujir las juntas de su armadura. — Nunca he estado por estos lares, el aire aquí es demasiado húmedo, pero huele muy rico... Sin embargo, estoy esperando el mar, — se volvió y miró soñadoramente las vastas extensiones de agua que se prologaban hacia el horizonte. — El agua es mi elemento, me encanta volar sobre el mar... ese sabor salado, plena libertad...
El enano encendió la hoguera y colocó sobre ella una olla. Me acerqué y quise sacar un odre de agua de mi mochila, pero Yarna me detuvo y extendió la palma de su mano sobre el caldero. Parecía como si una corriente de agua brotara directamente de su guantelete, pero en mi ventana del sistema apareció un mensaje sobre el hechizo que había usado: la habilidad del conocimiento de conjuros lo identificó como Crear agua, un hechizo de transmutación de primer nivel.
La olla se llenó demasiado rápido, no tuve tiempo de examinar bien el tejido e inmediatamente sentí el deseo de pedirle a la dragona que me mostrara esta magia otra vez; tal vez podría aprender. Pero mejor después, ahora hay que preparar la cena. Con una sonrisa, recordé que no hace mucho también pospuse para más tarde la misma pregunta a Jarir y, como resultado, estuve ocupado con el muro de viento, olvidándome por completo del agua.
Preparamos un guiso con las provisiones disponibles y nos sentamos en la arena junto al fuego. El enano no necesitaba descansar y sentía que yo tampoco quería dormir, así que no instaló el campamento y pronto ya estábamos sirviendo el cocido en los cuencos de viaje.
La cena a la luz de la hoguera, bajo la brisa nocturna, que saturaba el aire con el olor de la selva, estuvo llena de una especie de romanticismo viajero. Afortunadamente el guiso resultó ser bastante bueno y comimos con mucho apetito, sin dejar nada en el fondo del caldero. Después de comer me apetecía bañarme. Gilt acogió con agrado tal idea y empezamos a desvestirnos.
Quedándonos sólo en ropa interior, nos alejamos de la hoguera, donde Yarna, que no había dicho nada, observaba el juego del fuego en los tizones, arrojamos los restos de nuestra ropa a la arena y entramos en las olas rompientes. El mar estaba cálido, pero aún así era agradablemente refrescante. No nadé muy lejos de la orilla. Gilt sólo llegó hasta la cintura y comenzó a frotarse diligentemente con arena del fondo. Justo cuando estaba a punto de salir, noté la silueta oscura de Yarna en la orilla. El fuego se apagó y la chica se acercó justo al borde del agua. Al ver que comenzaba a acercarme lentamente a la orilla, la dragona estiró sus brazos hacia los lados y las partes de su armadura comenzaron a derretirse, convirtiéndose en pequeñas bolitas negras de energía, que parecían terrones de polvo en la oscuridad. Lentamente se retrajeron dentro de su cuerpo, y en cuando yo estaba en las olas costeras más o menos a la cintura, ella ya estaba completamente desnuda.
Gracias a mi visión oscura la vi perfectamente y me pareció que estaba esperando deliberadamente a que me acercara. Yarna era hermosa: su figura estaba perfectamente proporcionada y todas las curvas de su cuerpo se observaban sin ningún defecto. Su piel era muy blanca, y a su fondo destacaban especialmente sus uñas negras. Por lo demás, era indistinguible de una mujer humana común y corriente; no noté nada extraño ni en sus dedos, ni en sus pies. Por alguna razón esperaba ver una estructura anatómica más propia de las patas de un dragón, o al menos notar algunos cambios en las manos hacia las garras. Pero la única particularidad eran los cuernos, casi invisibles entre su cabello negro... y también la cola, la noté cuando estuve casi al lado. Esa cola me recordó a la de un ratón. Era lisa, con la misma piel blanca que el resto de su cuerpo, y se diferenciaba sólo por el gracioso engrosamiento en la punta en forma de flecha.
Sin nada de timidez, Yarna pasó a mi lado y se zambulló, hundiéndose de cabeza bajo el agua. Yo salí a la orilla, Gilt apreció a mi lado, resoplando con desaprobación hacia la dragona que chapoteaba en el agua. Sin embargo, leía fácilmente las emociones de mi amigo y sentí su admiración por la chica, y lo que es más, en su fuero interno se maravillaba de ella sinceramente, da igual si su comportamiento estaba en desacuerdo con sus conceptos de moralidad.
Así nos quedamos, mirando a Yarna, hasta que nos secamos, después de lo cual nos vestimos y recogimos al lado de la hoguera. Hartándose de nadar, la chica se acercó a la orilla y allí mismo, sin salir del agua, se convirtió en dragón. Esta vez no hubo prisa y trepé con cuidado, sin lastimarme. Sin embargo, durante el ascenso, me seguían viniendo a la mente pensamientos sobre el hechizo de Levitación de segundo nivel, el cual no cogí y ahora me sería muy útil... Ojalá pudiera encontrar a alguien que pueda enseñármelo. ¿Quizás debería preguntarle a Yarna?
Volar sobre el mar era aburrido. A la dragona le gustaba y a veces hacía virajes rápidos, descendiendo prácticamente hasta el agua. Desde arriba, la superficie acuática parecía antinatural, el sabor salado en la boca me era repugnante y la monotonía del paisaje rápidamente me dejó indiferente y me quedé dormido.
Me despertó una fuerte aceleración y la sensación de caer. Al abrir los ojos, descubrí que ya amanecía y Yarna estaba descendiendo en picado para volar bajo muy cerca del agua. Estimando el rumbo de la dragona, me di cuenta de que pretende rodear el cabo cercano. Detrás de éste había una amplia franja de playa, donde aterrizamos.
Al consultar el mapa, decidí que estábamos más o menos a un día de marcha de Xian. Siguiendo hacia el noroeste, deberíamos encontrar un camino que conduce a la puerta este de la ciudad, en la que había que encontrar la posada indicada. Pero de no llamar la atención... nos observé con una mirada evaluadora. Yarna destacaba mucho con su armadura completa. Yo parecía un viajero normal, acaso el bastón era extraño. Y Gilt con su enorme mochila se parecía mucho a un ronkae... ¡Pues es una buena idea!
— Yarna, ¿puedes convertirte en elfa?
— Claro, — la dragona me miró sorprendida. — Pero qué pasa, ¿te gustan más las orejudas?
Entonces, con la ayuda de Gilt, tuve que iluminar a Yarna en referente al sistema social actual. Con un poco de nostalgia, recordé cómo antaño Wunorse me explicaba lo mismo al lado de una hoguera. La ira de la dragona después de nuestro cuento me agradó. Ella accedió a desempeñar el papel de una extravagante viajera saelin y nosotros, como lo hicimos ya con Wunorse, seremos su casmere y ronkae.
La transformación de Yarna no tomó mucho tiempo. Ella hizo su figura un poco más delgada y cambió ligeramente la forma de su yelmo para que ahora sobresalieran de él las orejas puntiagudas de elfo. Yo tardé más, sacando los amuletos de Oum de mi mochila; escondimos los nuestros debajo de las armaduras.
No me gustaba nada la idea de ponernos amuletos enemigos, sobre todo después de activar el Primer Templo. A saber si los dioses de la luz sepan detectarnos de alguna manera a través de ellos, pero no había otra opción. En cualquier caso, envolví un montón de mi energía positiva alrededor de los amuletos lo mejor que pude, de forma tan espesa que con un poco más habrían empezado a brillar. Sólo después de eso nos los pusimos en nuestros cuellos. No tenía experiencia en el arte de aislar artefactos y sentí cómo los hilos de energía enrollados se derritan a cada instante, así que había que deshacerme de los amuletos lo antes posible.
La carretera estaba muy cerca de la costa, no había pasado ni una hora hasta que llegamos a ella. Pero tuvimos que recorrerla hasta mucho después del mediodía, ya que aún quedaba una buena distancia hasta la ciudad.
Afortunadamente, no nos topamos con patrullas ni sacerdotes luminosos, aunque había muchos viajeros en el camino. Por la carretera pasaban de vez en cuando carros, grupos de campesinos correteaban de un lado a otro y una vez pasó incluso un carruaje ricamente decorado tirado por un extravagante lagarto tan grande como un toro. Naturalmente, nos prestaban atención, pero tan pronto como veían las orejas puntiagudas de Yarna, perdían el interés y trataban de mantenerse alejados. Y si no era posible evitarnos a tiempo, los campesinos enseguida se tiraban de bruces al polvo del camino y no se movían hasta que nos alejábamos a buena distancia. La dragona se comportó como se debe, con arrogancia y desprecio hacia los insignificantes insectos, pero lamenté fervientemente no tener la misma conexión mental con ella que la que me unía a Gilt; ahora sería muy útil saber qué le pasaba por la cabeza.
Por delante ya aparecieron las murallas de la ciudad, cuando a lo largo del camino empezamos a ver cada vez más distintas construcciones. La mayoría eran de cuatro casas, construidas en forma de rectángulo, con un patio entre ellas. Las ventanas que daban a la carretera eran pequeñas, como aspilleras, y el edificio más cercano al camino tenía un ancho portón en el medio con abundantes elementos decorativos. Este portón a menudo estaba abierto y precisamente encima de ahí colgaban hermosos carteles que revelaban a qué se dedicaba cada establecimiento.
Por supuesto, sobre todo había tabernas, pero también vimos todo tipo de tiendas, talleres, forjas y bodegones. La posada que buscábamos aún no había aparecido, y ya estaba empezando a preocuparme al ver lo cerca que habíamos llegado a las puertas rojas de la ciudad, pero finalmente vimos un cartel con el dibujo de una extraña bola con cola y la inscripción: «Posada Ji Xing».
Apenas cruzamos la puerta hacia un bonito jardín con cenadores, que un humano bajo, bien vestido, se apresuró hacia nosotros y, inclinándose de vez en cuando, comenzó a balbucear:
— ¡Os estábamos esperando! ¡Pasen por aquí, por favor! ¡Aquí, aquí! ¡Vengan!
Miré al enano. Gilt encontró este comportamiento sospechoso y sacaba lentamente el martillo de su cinto. Sin embargo, Yarna, todavía con la misma mirada desdeñosa, caminó detrás del hombrecito, y nosotros, queramos o no, tuvimos que seguirla.
Nos dirigimos al edificio de la izquierda, donde, subiendo las escaleras, atravesamos una preciosa puerta lacada y nos encontramos en una especie de recibidor con un mostrador detrás del cual no había nadie. Un hombre que se inclinaba todo el rato y repetía «aquí, aquí» nos condujo a las escaleras a la derecha del mostrador que conducían hacia abajo. En el sótano, de repente dejó de hacer reverencias y nos condujo rápidamente a través de estrechos pasillos para finalmente llevarnos a las puertas con dos guardias armados. Y no vi amuletos de Oum en sus cuellos.
Nuestro guía señaló la puerta y se retiró, y yo me apresuré a quitarnos el amuleto a mí y al enano.
— Le estábamos esperando, Heraldo, — me dijo respetuosamente uno de los guardias y nos abrió la puerta.
Capítulo 27
Entramos en una habitación espaciosa de techo bajo. Precisamente en el centro había una gran mesa cubierta de papeles, a lo largo de las paredes varios armarios y dos sofás, y aquí y allá sillas dejadas en desorden. Cinco humanos estaban inclinados sobre la mesa y discutiendo algo, pero cuando se abrió la puerta enseguida dejaron de hablar y se volvieron en nuestra dirección.
Entendiendo rápidamente quiénes éramos, dieron un paso hacia nosotros e inclinaron la cabeza, cruzando las manos frente a ellos, puño contra palma. Y en aquel gesto no había ni una pizca de servilismo, sólo saludo y respeto. Entonces dio un paso adelante un hombre de mi estatura, pero mucho más corpulento. La mitad izquierda de su rostro moreno estaba desfigurada por una cicatriz de quemadura la que, a juzgar por las capas de piel crecida que llenaban la cuenca vacía de su ojo, intentaron curar, pero ni siquiera con la ayuda de la magia pudieron corregir por completo las consecuencias de una lesión tan grave.
— Bienvenido a Xian, Heraldo, — me saludó con voz ronca. — Estoy a cargo de la operación de rescate, mi nombre es Yaozú.
— Pónganos al día, — también le hice un gesto con la cabeza y nos acercamos a la mesa.
— Sin vos, planeamos actuar por nuestra cuenta, y tenían que ir estos chicos, — Yaozú señaló con la cabeza hacia sus camaradas.
Noté que todos ellos eran bastante bajitos, sólo uno podía compararse en constitución con su jefe, pero era significativamente inferior en altura.
— Hay cuatro casamatas separadas debajo del palacio, todos aquellos atrapados en relación con el levantamiento se mantienen en la más profunda de ellas, — Yaozú clavó su dedo en uno de los planos sobre la mesa. — Encontramos una manera de llegar allí. Aquí, — señaló otra hoja con el dibujo del palacio, — en la pared cerca del foso hay una salida de las cloacas. Normalmente está cubierta de rejas, pero ya las hemos aserrado. Aquí hay un esquema de los canales de desagüe, — Yaozú nos pasó otra hoja con un diagrama. — Planeábamos penetrar por aquí, — el hombre trazó una ruta con el dedo. — Este es el retrete de este nivel. El agujero allí también está cubierto de rejas, y planeamos romperlas, tras haberlas debilitado con bilis. Sin embargo, nuestra patrona nos informó que con vosotros está la heilong, — lanzó una rápida mirada a Yarna, — y esto hace que muchos momentos sean mucho más simples. Aquí, — Yaozú señaló en el esquema el lugar donde el canal se estrechaba e giraba justamente hacía el retrete, — queda lo mínimo hasta el pasillo, probablemente podéis quemar un pasaje desde el desagüe hasta el nivel y salir aquí, — empujó la hoja con el plano de la planta. — El retrete está aquí. Vosotros vais así, — su dedo se deslizó sobre el mapa, — bajáis y la guardia está apostada aquí. Normalmente son dos soldados. Hay que acabar con ellos silenciosamente y rápido, de lo contrario pueden dar la alarma. Luego bajáis a la casamata, — daba la impresión de que esta parte del esquema acabara de ser dibujada en el mapa. — Aquí no dejan pasar personas ajenas y conocemos el plano sólo en base a rumores y suposiciones. Sabemos que allí hay una escalera que conduce abajo, una sala de torturas y la propia mazmorra. No se sabe exactamente cuántos guardias y personal hay, pero es poco probable que sean muchos y seguramente estén mal armados. Pero allí ya podéis hacer todo el ruido que quieran: debajo del puesto de guardia hay artefactos instalados en las paredes que no dejan salir afuera ningún sonido.
— ¿Cuantos prisioneros hay ahí? — pregunté.
— Tampoco lo sabemos con certeza, — Yaozú se frotó la cicatriz. — Detuvieron alrededor de cien supervivientes después del levantamiento, pero luego comenzaron las purgas en la ciudad y todos los que estaban más o menos implicados fueron arrestados. Muchos fueron ejecutados, algunos murieron a causa de las torturas o simplemente no soportaron su estancia en los calabozos... Supongo que el número total podría ser de hasta doscientos en el mejor de los casos, y menos de cien en el peor.
— ¿Cómo sacar después a semejante multitud? — preguntó Gilt. — ¿No me dirás que por el desagüe?
— Id volviendo, — respondió Yaozú. — Cuando regresen al lugar por donde entraron, seguid por el pasillo hasta aquí, — continuó trazando con el dedo por el mapa, — y subid por esta escalera. Aquí, en la curva, el corredor pasa junto a la pared exterior, incluso hay una aspillera. Tened cuidado, a veces por ahí pasan patrullas, aunque por la noche no deberíais toparos con ellas. Planeábamos usar explosivos, pero a vos no resultará difícil destruir el muro. Antes de hacerlo, iluminad por la aspillera tres veces, esperaremos esa señal. Una vez que abran el hueco, sujetaremos cuerdas con una tira de tela entre ellas, por la cual los prisioneros se deslizarán hacia abajo por encima del foso, y desde allí Nuwa podrá recogerlos.
Nos miramos entre nosotros. Recordé los planos, no hubo objeciones por parte de mis compañeros, aunque sentí la aversión de Gilt por arrastrarse por los desagües.
— Todo claro, — me volví hacia Yaozú. — ¿Cuándo actuaremos?
— Saldremos después de medianoche, — el jefe le hizo una señal a uno de sus hombres y éste se apresuró hacia la puerta. — Tendrán que dejar aquí las mochilas y el escudo, — miró al enano, — no podrán pasar por el desagüe con ellos. Y a la estimada heilong le hará falta cambiar su armadura...
— No habrá ningún problema con ello, — le interrumpió Yarna, y antes de que tuviéramos tiempo de parpadear, su figura quedó oculta por un destello mágico, después del cual la dragona apareció ante nosotros en la forma mucho más pequeña, convirtiéndose, aparentemente, en una gnoma. — Si es necesario, puedo cambiar aún más.
En los ojos de Yaozú por un instante brilló la adoración, pero se contuvo y continuó como si nada hubiera pasado:
— Las capas también os molestarán, — en ese momento uno de sus hombres regresó a la habitación con un montón de paquetes. — Aquí está nuestro equipo, elijan el adecuado para vosotros. Descansen hasta la noche, luego los chicos os llevarán por el pasaje subterráneo hasta la ciudad. Allí esperarán hasta medianoche, y ellos os conducirán hasta el foso del castillo y, mientras vos actúen, se prepararán para sacar a los prisioneros. Tened presente que el cuartel de la guardia de palacio está situado justo encima de las casamatas, por lo que en caso de alarma o si haces ruido antes de tiempo, primero bajará la patrulla que está de turno. Son cinco guardias, pero tras ellos vendrán más, hasta que muy rápidamente los pasillos se llenarán con casi la mitad de la guarnición. Puede que la guarnición esté desgastada tras el levantamiento, pero allí habrá unos seiscientos excelentes guerreros. Estoy seguro de que en la estrechez de pasillos heilong podrá contenerlos, pero con semejante superioridad numérica, cualquier casualidad puede costarle muy caro a vos y, en consecuencia, a todos nosotros. Si algo no sale según lo planeado y la guardia sea puesta en alerta, salgan de allí inmediatamente, ¿entendido?
Me apresuré a asegurarle al jefe de que así lo haríamos. Yaozú nos señaló los sofás donde podíamos descansar y comenzamos a mirar los paquetes. Estos contenían armaduras ligeras, similares a la que llevaba, pero de peor calidad. Gilt inmediatamente la hizo a un lado, prefiriendo permanecer en su coraza. Nos gustaron los pantalones hechos de tela engomada, muy parecida a la lona, y logramos seleccionar los que sean de nuestra talla. Aunque al enano le quedaban demasiado ajustados, y él se quejó de ello en voz baja, pero luego le quitó las rodilleras a una de las armaduras y se las ajustó a sí mismo, lo que, a mi vista, añadió masculinidad a su apariencia, y se tranquilizó.
En lugar de capas, los saboteadores se prepararon... ni siquiera sé cómo llamarlo. Una especie de media capa terminaba justo debajo de la cintura con dos conos para las piernas. Los conos se apretaban con cordones. Las mangas tenían la misma forma, con cordones por encima de los codos. En el frente también había una tira de tela con ganchos que se sujetaban debajo de la capa, y en el exterior también había un sistema de correas que cubría todo este equipo.
Para entender cómo funciona este particular traje protector, pedí que me vistan en uno de ellos. Sí, protegía bien del barro y las correas tenían muchas sujeciones. Era posible colocar fácilmente una espada y una daga, incluso para el bastón había monturas en la espalda, pero el cinturón con la bolsa y las pociones permanecía inaccesible y no había ningún lugar donde poner el grimorio.
Cuando expresé estas consideraciones, me mostraron una ranura, cerrada con ganchos, en el área del cinturón. Practiqué desabrochando los ganchos, pero estar ocupado con ellos, considerando que todo estaría cubierto de barro, fue muy incómodo. La única salida que vi fue no cerrar estos ganchos en cuando entramos; simplemente meter la mano en esa ranura no era tan problemático. El grimorio se podría meter hacia arriba a través de la misma ranura. Lo probé y, en un principio, funcionó bien. Mostré la posición del libro a los saboteadores y les pedí que me cosieran un bolsillo, correa, enganche o cualquier otro tipo de sujeción debajo de la "capa" al nivel del plexo solar.
Entre el equipo también había elementos para escalar: unas peculiares garras que se sujetaban a las botas y brazales; aparentemente, se suponía que debían ayudarnos a subir por el desagüe; nos las pusimos sin mucha dificultad. En las sujeciones de la "capa" se podía colgar, ya familiares para mi, clavos, grapas y todo tipo de bisagras. No estaba particularmente interesado en ello, permitiendo que los saboteadores me colgaran todo lo que consideren necesario, siempre y cuando no me molestara.
Gilt le preguntó a Yaozú si no tendrían algún pequeño escudo de metal. Hablaron durante bastante rato (el enano aparentemente le explicaba qué es exactamente lo que necesitaba), después de lo que le trajeron un escudete ovalado un poco más grande que su palma, el cuál Gilt colocó en su brazalete izquierdo a modo de broquel. Éste ya tenía sujeciones, y también restos de un mecanismo debajo del escudete, que aparentemente funcionaba para arrojar una pequeña púa. El enano pasó el resto de la tarde hurgando en él, tratando de entender cómo funcionaba el mecanismo y cómo podría aprovecharlo. Al final no le dio tiempo lograr nada útil.
Pero a mí sí me hicieron ese bolsillo para el grimorio, e incluso efectuaron cambios varias veces, pidiéndome que practicara sacarlo para evaluar cómo sería más cómodo. Yarna simplemente se acomodó en el sofá y fingió estar dormitando todo este tiempo. Bueno, o eso me pareció a mí. Quizás dragones meditan como elfos... o quizás de esta manera ella quería alejarse de excesiva atención.
Finalmente, Yaozú anunció que había llegado el momento y realizamos una revisión final: me puse mi espada y daga en el cinto, el bastón en mi espalda; Gilt tenía en su cinturón el martillo y la espada de fuego; y sólo Yarna, que logró esquivar todo ese alboroto, tenía el mismo aspecto que siempre.
Después, el grupo de saboteadores nos condujo por los pasillos hasta el pasaje subterráneo. Este no era el pasaje que conducía a la ciudad, si no que nos llevó a una salida camuflada con un escudo cubierto de hierba no lejos de las murallas de la ciudad. De ahí avanzamos con cuidado por una depresión hasta otra entrada camuflada, que conducía al pasaje subterráneo de debajo de los muros. Equipado con soportes, parecía más bien una mina, y pude sentir sin palabras la indignación del enano ante la calidad del trabajo realizado. A juzgar por sus emociones, no le sorprendería que ocurriera un colapso ya mismo.
Por suerte, no pasó nada malo y salimos sanos y salvos al sótano de algún edificio de la ciudad. Resultó que era la casa de un rico mercader que simpatizaba con los rebeldes, pero que no tenía nada que ver con ellos antes del levantamiento. Tras el fracaso del golpe y las posteriores purgas, sólo se fortaleció en sus simpatías y ofreció a utilizar su casa como un pasaje secreto para detrás de los muros. Además, esa ruta era excelente para el contrabando, lo que le daba al mercachifle local un motivo adicional de lealtad.
No nos quedamos en el sótano. El mercader nos llevó a una de las lujosas habitaciones con ventanas del segundo piso, desde donde pudimos contemplar un poco las calles cercanas. En la ciudad reinaba un ambiente festivo: las casas vecinas estaban decoradas con guirnaldas de flores, por todas partes colgaban cuerdas con banderas y diversas decoraciones colgadas de ellas. En la oscuridad naciente brillaban alegremente numerosas linternas encendidas con divertidas formas de barriles. No había muchos viandantes, pero sí los suficientes para que tuvimos que esperar hasta bien pasada la medianoche cuando las calles estuvieron completamente vacías.
Entonces los saboteadores, tomando de la casa del comerciante dos grandes ballestas y poniéndose mochilas a la espalda, nos condujeron por calles oscuras hasta el palacio. Desde la ventana me fijé en una plaza cercana y gracias a este punto de referencia me di cuenta de que no estábamos deambulando a suerte, si no por una ruta pensada de antemano, lejos de ser la más corta. Pero los cálculos de nuestros aliados resultaron correctos, y durante la hora de nuestros movimientos por la ciudad no nos topamos con nadie. Quizás alguien nos vio desde su casa, pero no dio ninguna alarma.
El palacio era una enorme estructura rectangular a modo de castillo, con un foso de agua alrededor y cuatro puertas. Detrás de los altos muros con aspilleras se alzaba un majestuoso edificio de varios niveles con los característicos bordes de tejados alargados y vueltos hacia arriba. Una pagoda, pasó el término por mi cabeza. Esta tarta de varias capas estaba coronada por una casa torre con techos que se entrecruzaban rompiendo la simetría de los pisos anteriores, y en la parte superior un tejado de múltiples pétalos que, a juzgar por el brillo dorado, debía representar el sol.
Entre el foso y las casas cercanas había más de diez metros de espacio libre, que debería ser perfectamente observable desde las murallas de la fortaleza. Sin embargo, el borde del muro era alto y no vi ningún guardia allí, y a través de las aspilleras era difícil vernos. Además, en esta zona libre cerca del foso fue montado algo así como un parque, con senderos y arbustos, por lo que era posible cubrirse al cruzarlo. Sin embargo, todavía era necesario actuar con rapidez.
Escondidos en el callejón cercano, los saboteadores cargaron sus ballestas con algo así como una lanza corta con una pesada punta alada, a la que estaba atada por un anillo una cuerda. Luego pusieron la ballesta en la culata y comenzaron a amartillarla con un mango. Kranekin, otra palabra extraña apareció en mi cabeza. Cuando ambas ballestas estuvieron listas, los chicos nos explicaron el procedimiento. La primera pareja corre hacia el foso con una ballesta. Disparan un tiro, intentando clavar un gancho cerca de la salida del desagüe. Si lo consiguen, nos hacen una señal con la mano y corremos hacia allí, nos aferramos a la cuerda que ya tensaran para entonces con uno de los ganchos de la capa y nos arrastramos por ella hasta la pared. Subiendo al desagüe, nos aferramos y desenganchamos de la cuerda, el último la corta detrás de nosotros. Si no logran el tiro, tirarán de la cuerda para sacar el proyectil y regresan, la segunda pareja vuelve a intentarlo.
Bueno, ¡en marcha! Los primeros saboteadores corrieron hacia el foso, un tiro, ¿y bien? Parece que nos señalan, a correr. Yarna fue primera en llegar al foso y sin un instante de duda simplemente saltó hacia adelante. Yo aún estaba enganchándome a la cuerda cuando ella se zambulló en el oscuro rectángulo del desagüe, aferrándose fácilmente a la pared con las garras de su armadura. Fue muy incómodo arrastrarme por la cuerda, pero recordé nuestra experiencia de escalada y, para mi gran alivio, no me caí. Fue aún más difícil meterme en el desagüe. Al menos la abrazadera de seguridad era lo suficientemente larga, pude estirarme dentro del tubo rectangular como una rana, después de lo cual me desabroché y me arrastré más profundamente. De la emoción me pareció como si hubiera estado ocupado con todo esto durante una eternidad, y esa sensación sólo se intensificó cuando me di la vuelta, dejando suficiente espacio para el enano para ver cómo iba. Para mi sorpresa, vi a Gilt saltar hábilmente al desagüe. Sosteniéndose sólo con sus piernas y un brazo, sacó la espada de su cinturón y cortó la cuerda detrás de él. Me arrastré sólo un par de metros y durante ese tiempo mi amigo logró cruzar el foso y saltar a la tubería.
Bueno, hay que alcanzar a Yarna, así que, conteniendo la respiración y tratando de no tragar el apestoso barro, me arrastré con todas mis fuerzas hacia adelante por el túnel rectangular con un conducto triangular en la parte inferior, a través del cual las aguas residuales fluían hacia el foso.
Capítulo 28
Arrastrarse por el desagüe fue terrible. Al comienzo pensé que el principal problema sería el hedor, pero, curiosamente, al cabo de unos minutos el olor se volvió tolerable y al cabo de media hora ya ni lo percibía. O es una particularidad peculiar de mi sentido del olfato, o me influyó de alguna manera mi clase... La claustrofobia de repente se convirtió en un problema mucho mayor, pensamientos absurdos no paraban de aparecer en mi cabeza: qué pasa si me quedo atascado, qué pasa si de repente el tubo se llena de aguas residuales... y a pesar de argumentos lógicos que me daba a mí mismo en respuesta, mi cuerpo igual se petrificaba en esos instantes y la piel de gallina me recorría la columna.
Así, en una lucha constante conmigo mismo, me limité en arrastrarse obstinadamente hacia adelante y por un tiempo incluso dejé de pensar en nada en absoluto, hasta que de repente mi mano se posó en la pierna de Yarna, que se había detenido frente a mí.
— Me parece que es el lugar, — sonó sordamente su voz.
Abrí el mapa de mi interfaz. Sí, resultaba que ya habíamos llegado al lugar donde el tubo giraba hacía el retrete. Muchos canales de aguas residuales desembocaban en la cloaca del muro, pero mientras me arrastraba, no presté nada de atención a los desvíos, simplemente seguía ciegamente a la dragona que iba delante.
— Si el desagüe gira bruscamente hacia la derecha y para arriba, entonces sí, lo más probable que lo es, — respondí finalmente.
— Contengan la respiración por si acaso, — advirtió Yarna, y pronto escuché el silbido de su aliento ácido.
Una ráfaga de aire caliente recorrió la tubería. Me cubrí prudentemente la cara con el brazo doblado en el codo y contuve la respiración, así que no sé cuán apestoso era esta ola de vapor. Un poco más tarde, Yarna desapareció de la vista saltando abajo. Me arrastré hasta el lugar donde estaba y descubrí un gran agujero con bordes dentados y derretidos. Era difícil saltar fuera, los bordes del agujero todavía humeaban, así que alargué el bastón hacia adelante, lo apoyé en un agujero conveniente en el otro lado y salté, usándolo como punto de apoyo.
Logré mantenerme de pie y apenas me hice a un lado, del agujero en el techo cayó Gilt. Simplemente se tiró hacia adelante como un pez y, haciendo voltereta, aterrizó sobre los pies. Aunque no pudo completar el giro del todo y se dejó caer sobre su trasero, perdiendo el equilibrio. Me pareció que hicimos bastante ruido e inmediatamente comencé a mirar a mi alrededor. Yarna ya se había alejado un poco hacia adelante y ahora estaba asomándose con cuidado por la esquina, vigilando la escalera que conducía arriba, según recordaba, hacia el retrete. El pasillo a ambos lados todavía estaba vacío, sólo quedaba esperar que nadie nos escuchó.
Revisé el mapa y seguimos la ruta indicada. Tan pronto como alcanzamos a Yarna, ella, echándonos una leve mirada, inmediatamente extendió su mano y me tiró a la cara un chorro de agua, primero a mí y luego a Gilt, que le hizo un gesto con la mano, como diciendo "¡Oye! ¡A mí también!". Para ser honesto, ni siquiera me di cuenta de que me había manchado la cara con ese barro viscoso de color marrón oscuro. O no le di mucha importancia, considerando que ya estábamos cubiertos con eso de pies a cabeza.
Intentamos caminar sin hacer ruido y, por tanto, íbamos muy despacio. Para mi sorpresa, la normalmente atronadora armadura de placas de Yarna ahora estaba prácticamente silenciosa; parecía que ella podía controlar de algún modo las articulaciones de sus, en esencia propias, escamas, que constituían esta armadura. Sin embargo, por mucho que lo intentáramos, era imposible no emitir ningún sonido. Nuestros pasos todavía resonaban con fuerza por el largo pasillo, las armaduras crujían y las armas tintineaban en sus sujeciones, y todos estos crujidos y tintineos, debido a la emoción, me parecían casi golpes del trueno. Quizás, si tuviéramos la habilidad de movimiento silencioso, tendríamos al menos una idea de lo que se debe hacer, pero sin ello nos comportamos simplemente como aficionados, y para mí era obvio que nos salía bastante mal. Si nos hubiéramos cruzado con una patrulla, probablemente habrían oído nuestra llegada con antelación.
Pensando así llegamos a un giro, detrás del cual estaba el puesto de guardia que vigilaba la bajada a la sección de casamatas que necesitábamos. Mientras nos acercábamos, Yarna se transformó de nuevo en humana, y ahora tuve que agarrar su hombro e inclinarme para poder asomarme por la esquina con ella.
A pocos metros de la esquina, el pasillo se ensanchaba formando una especie de sala, que estaba dividida por la mitad por una pared con una puerta. A cada lado de la puerta había dos grandes aberturas, cubiertas con rejas, a través de las cuales se podía ver a los guardias. Eran dos y atacarlos me parecía una tarea bastante complicada. ¿Quizás podríamos montar un espectáculo como si Yarna trae a dos prisioneros más y esperar a que los guardias abran la puerta? ¿O intentar alcanzarles con un hechizo desde aquí? Esta opción me pareció más prometedora, pero entonces la oportunidad se nos presentó por sí sola.
Parece que los guardias oyeron nuestros pasos por el pasillo, y ahora se alarmaron por el silencio que siguió, pues nadie acudió a su puesto. Por lo tanto, estalló una discusión entre ellos: uno sugirió dar la alarma, a lo que el segundo se opuso, diciendo: piensa en la bronca que nos cae si la alarma resulta ser falsa. Al final, el guardia más valiente decidió ir a ver si había alguien a la vuelta de la esquina, y si todo estaba despejado, podrían continuar su turno con tranquilidad, pero si le pasaba algo o le grita algo a su compañero, éste debería tirar de inmediato de no sé qué palanca, que obviamente enviaba una señal al cuartel.
Habiendo tomado esta decisión, ambos caminaron hacia la puerta y comenzaron a hacer ruido con las llaves. El momento para un ataque sorpresa no podría haber sido más oportuno. Le pedí a Yarna que corriera hacia ellos tan pronto como abrieran la puerta, y que yo me aseguraría de que no tuvieran tiempo de cerrarla. La dragona se desplazó hacia el centro del corredor, Gilt se pusó a su lado y yo saqué mi grimorio de la hendidura desabrochada en mi pecho, el cual se abrió amablemente en la página del hechizo Consunción congelante.
Sin quitar la vista de la puerta, apoyé el bastón contra la pared y comencé a leer el conjuro en voz baja, y con mi mano derecha dibujar el tejido en el aire. Las palabras en fatrod sonaron tenebrosas, la sombra negra que permanecía en el aire tras los signos que hacía sólo añadía más pavor. Y cuando terminé, un susurro apenas audible siguió sonando del coágulo negro que colgaba sobre mi palma, del cual se ponía la piel de gallina.
Un círculo apareció ante mis ojos, mostrando el área del hechizo; cubría con creces todo el puesto de guardia. Esperé a que saliera el primero (el segundo le dejó pasar, sosteniendo la puerta abierta por la manija) y liberé el hechizo. El coágulo negro sobre mi palma se derritió en humo. La próxima vez puedo acompañar esto con un bonito gesto de apretar la palma de la mano en un puño, pensé, y entonces apareció una mancha enorme bajo los pies de los guardias, de la que emergieron en multitud grumos de color tinta del tamaño de un codo. Estas alargadas amebas fantasmales flotaron hacia arriba y parecieron sentir la presencia de sus víctimas, lanzándose vertiginosamente hacia los guardias y atornillándose en sus gargantas.
Yarna, a diferencia de mí, no se quedó mirando el efecto del hechizo, si no que rápidamente saltó desde la esquina y corrió hacia adelante, seguida por el enano que se apresuró al ataque. Vi cómo la dragona extendía sus brazos a los lados mientras corría, los dedos de sus guanteletes se alargaban, tomando la depredadora forma de dagas. Gilt simplemente agarró el martillo con ambas manos, preparándose para golpear cargando.
Mientras tanto, los guardias agitaban las manos a lo tonto, intentando ahuyentar los coágulos fantasmales, pero éstos ya habían hecho su trabajo y, al parecer, los soldados tuvieron mala suerte con sus salvaciones de voluntad: el guerrero cobarde se revolvía y se inclinaba intentando vomitar. El segundo no lo tenía mejor: se tambaleaba de un pie a otro justo delante de la puerta. Me fijé en ellos: a ver, nivel 15, 124 y 122 puntos de vida. Las náuseas duraban 6 rondas, sin embargo, a pesar de que no podrán atacar, el segundo puede huir fácilmente y tirar de la palanca. Las páginas del grimorio pasaron al ritmo de mis pensamientos y comencé a preparar apresuradamente el hechizo Simetría oscura. Es mejor gastar la mitad de los hechizos de segundo nivel en el primer combate que fracasar en la misión.
Yarna, mientras tanto, alcanzó al guardia que no tuvo tiempo de entender nada, y sus manos relampaguearon con una velocidad asombrosa, apenas podía seguir sus golpes. En un instante, ella asestó creo que seis golpes. ¡62 puntos de daño! La mitad de la barra de vida del guardia se vació, e incluso desde donde estaba, podía ver claramente los chorros de sangre volando después de cada golpe de las afiladas garras de la dragona. Era realmente sorprendente cómo el guardia seguía en pie con tan terribles heridas.
Gilt aún no había llegado al enemigo, y el segundo guardia, con los ojos muy abiertos por el horror, se giró y, agarrando la pared con la mano, intentó irse o llegar hasta la palanca; ahí ya no pude ver bien. Para detener incluso esos mínimos intentos, liberé el hechizo con un gesto de la mano y el guardia se estiró en una pose similar a la mía: la Simetría oscura funcionó.
Yarna dio un paso hacia un lado para no molestar al enano que se acercaba, y sus manos volvieron a moverse con velocidad del rayo. Esta vez 53 puntos, la barra de vida del guardia estaba casi vacía. El golpe del martillo de Gilt, que llegó en este momento, alcanzó al guerrero en el estómago y éste se inclinó. El enano rápidamente retiró el martillo y lo descargó sobre la cabeza del desafortunado, prácticamente aplanando su casco. El cuerpo del guardia, cubierto de sangre, se desplomó en el suelo sin que éste tuviera tiempo siquiera de gritar.
El segundo guardia seguía parado con los ojos llenos de horror, emitiendo ahogadas arcadas. Yarna dio un paso hacia él, cruzó los brazos frente a ella a la altura de su cuello y luego los movió bruscamente hacia los lados, cortando la cabeza del guardia como si fuesen tijeras. Su barra de vida se vació en un instante, se volvió gris y desapareció, mientras su cabeza rodaba por el suelo haciendo ruido metálico con el yelmo, y su cuerpo caía como un saco al suelo, llenando todo a su alrededor con torrentes de sangre que brotaba de su cuello.
Las llaves todavía colgaban de la puerta de hierro y, mientras me acercaba, Yarna las sacó y me las arrojó. Gilt arrastró los cuerpos de los guardias hasta el puesto y los colocó contra la pared para que no sean visibles desde fuera. Por supuesto, disimulo había poco, pensé, mirando los charcos de sangre y manchas dejadas por los cuerpos arrastrados. La dragona evidentemente pensó lo mismo, por lo que intentó lavar la sangre con chorros de agua creados mediante hechizos. No resultó perfecto, pero al menos lo que pasó aquí no llamaba tanto la atención. Mientras Yarna regaba el suelo, Gilt jugueteaba con la palanca que había descubierto y que parecía un interruptor. No la tocó mucho por miedo a activarla accidentalmente, pero desmontó el mango y lo metió en su cinturón; ahora tirar de la palanca sería mucho más difícil.
Detrás del puesto de guardia, el pasillo conducía a una escalera bastante ancha que descendía en espiral. Aquí y allá pequeñas bolas luminosas sobresalían de las paredes, dispersando débilmente la oscuridad. Bajamos por los peldaños durante mucho tiempo; en mi opinión, probablemente habíamos hecho ya un gran círculo, cuando finalmente apareció un amplio pasillo lateral. Aquí la escalera se estrechaba un poco, pero continuaba bajando. El pasillo representaba en realidad una pequeña habitación, en cuya pared del fondo había una puerta hecha de rejas. De muebles había ahí un banco de piedra y lo que parecía una destartalada mesita de noche. Es muy posible que aquí deberían estar guardias, pero ahora la habitación estaba vacía. Desde detrás de las rejas se escuchaban gritos y gemidos de dolor.
Yarna y yo intercambiamos miradas y nos acercamos con cuidado a los barrotes. Detrás de la puerta había una gran sala llena de todo tipo de dispositivos de tortura. Además de diferentes aparatos, aquí y allá había mesas con herramientas de aspecto espeluznante. Justo ahora, dos hombres con sucios delantales estiraban a un gimiente chico en el potro. No muy lejos de ellos se encontraba otro torturador con armadura ligera de cuero, que, riendo entre dientes, tomaba de la mesa cercana afilados punzones y los arrojaba uno tras otro a una mujer desnuda que colgaba de la pared. A juzgar por los ganchos que sobresalían de la pared, la desafortunada mujer no colgaba en absoluto de sus manos encadenados por encima de la cabeza, como pensé inicialmente. La mujer estaba cubierta de sangre, que rezumaba de numerosos trozos de hierro clavados en su cuerpo, su cabeza colgaba sin vida, pero estaba consciente, porque un nuevo punzón que se clavó en su vientre le sonsacó un débil grito.
Comprobé la puerta: estaba abierta. Había pensado en discutir un plan para acciones futuras y me giré hacia Yarna, pero en ese mismo instante ella gruñó, le dio una patada a la puerta y caminó hacia adelante, concentrando su magia y tomando aire a medida que avanzaba.
— ¡¿Qué haces?! — grité y traté de frenar a la dragona por el hombro. — ¡Hay prisioneros allí!
Pero fue inútil: el aliento de dragón salió de la boca de Yarna e inundó a los tres torturadores en un amplio cono. Cuando el chorro del aliento disminuyó, varios aparatos retorcidos se incendiaron y las figuras de personas, cubiertos con la mezcla pegajosa de ácido, corrieron por la sala, chillando y agitando los brazos. El ácido disolvió sus cabellos, les quemó los ojos y les cubrió la piel con terribles úlceras. Su ropa se disolvió parcialmente, en partes se pegó al cuerpo y el líquido negro continuaba devorando sus cuerpos. Uno de los torturadores al parecer perdió el conocimiento por el dolor y cayó, el segundo siguió gritando. Al jefe le protegió un poco su armadura y, a juzgar por la barra de vida sobre su cabeza, pronto debería llegar en sí.
— Perdóname, maestro, yo... — mi grito pareció hacer que Yarna entrara en razón, lástima que ya era demasiado tarde. — ... salió instintivamente...
Le envié a Gilt una orden mental para que se ocupara del asesino que chillaba y me apresuré hacia el chico en el potro. Ya cerca, me di cuenta de que tal vez no era un chico, como pensé al principio, sino un hombre bastante adulto, sólo que muy pequeño. Pero ahora ya no estaba muy claro: él también estaba tocado por el aliento y su cuerpo desnudo fue devorado por el ácido. Parecían unos 30 puntos de daño, estimé a partir de los números decrecientes sobre las franjas de vida enemigas y puse mi mano en el cuello del prisionero: ¿tal vez estaba vivo? Pero, lamentablemente, el pequeñajo ya estaba debilitado por la tortura y ese daño le fue suficiente: no tenía pulso, el prisionero murió.
Gilt se acercó hacia el torturador que agitaba los brazos, apuntó con calma y le golpeó en la rodilla como si cortase leña. Se escuchó un crujido, un grito y el torturador cayó al suelo. El enano balanceó su mazo: otro crujido y otro grito desgarrador. Echando una ojeada en aquella dirección, noté que Gilt golpeaba metódicamente al villano en las articulaciones, agotando lentamente su barra de vida, aunque podría haber acabado con él inmediatamente con un golpe preciso en la cabeza. Yarna se acercó, mostrando arrepentimiento con toda su apariencia y como esperando una orden. Saqué el grimorio y recité el hechizo Camino de los perdidos. La magia requería un componente material, y normalmente bastaba con un trozo de vidrio o una cuenta de cristal, pero recordé vívidamente que la descripción decía "una lágrima de torturado, un trozo de su ropa o cualquier otro elemento imbuido de tristeza y sufrimiento". Puse mi mano sobre el chico fallecido y el hechizo funcionó: una parte de la costra humeante debajo de mi palma desapareció y sentí como si tuviera en mi mano una bola de gusanos que intentaban liberarse. Extendí mi palma hacia el torturador jefe y ese coágulo invisible voló en su dirección.
El efecto no se hizo esperar: el torturador agitó las manos ante sus ojos quemados por el ácido, como si viera algo, y gritó: "¡No! ¡Vete! ¡Estás muerto!" Su cuerpo en el mismo instante fue cortado por una amplia franja, como por el golpe de un látigo invisible, y la sangre se derramó sobre los restos humeantes de su armadura. Intentó correr, se chocó contra la pared y se rajó contra uno de los ganchos que de ahí sobresalían; otra franja de latigazo le cortó la espalda. El asesino gimió, se llevó las manos a la cabeza y se hizo un ovillo, suplicando piedad, pero los horrores visibles sólo para él continuaron atormentándolo.
Gilt remató a su torturador, yo mientras di un paso adelante, saqué mi espada y acabé con el segundo, que yacía inconsciente, tras lo cual, sin mucha esperanza, me acerqué a la mujer colgada en la pared. Afortunadamente, el aliento no la golpeó: sólo le llegaron un par de gotas y estaba viva. Comencé a arrancar los punzones de su cuerpo, curando inmediatamente las heridas con energía positiva, y cuando saqué el último, le hice una señal a Yarna para que descolgara a la pobre mujer de la pared. La dragona lo hizo fácilmente, rompiendo también los grilletes de sus manos.
— Dale la vuelta, — le pedí y curé las heridas que tenía la cautiva en su espalda.
El resto de la energía simplemente vertí en su cuerpo, esperando que la mujer recobrara el sentido. Y así sucedió: la consciencia volvió a sus ojos y ella me miró con gratitud y una adoración tan fanática que incluso retrocedí involuntariamente.
— ¡Gracias, Innombrable! — susurró, yo asentí en respuesta y le hice una señal a Yarna para que la dejara ir.
La mujer tambaleó, pero se mantuvo en pie, su mirada recorrió la sala y se encontró con el verdugo que estaba gimiendo al lado de la pared. Antes de que tuviéramos tiempo de reaccionar, ella corrió hacia él, agarrando una afilada herramienta de una de las mesas de paso, y se la clavó en la cara cargando. Saltando sobre el torturador que había caído al suelo por el golpe, continuó clavándole ese pedazo de hierro en la cara, aunque vi que después del segundo golpe la barra de vida sobre su cabeza se volvió gris y desapareció.
— ¿Qué vamos a hacer con ella? — preguntó Gilt, observando desapasionadamente la ejecución.
— Que se quede aquí por ahora, no la vamos a arrastrar con nosotros... Creo que cuando llegue en sí encontrará con qué vestirse y armarse, y a la vuelta la llevaremos con los demás.
— Lo que tú digas. Pero pelea bastante bien, — el enano soltó una carcajada. — A saber cuántos guardias hay por delante, tal vez nos sería útil...
— Maestro tiene razón, — Yarna no entendió la broma. — Simplemente morirá en vano. Puedo encargarme de cualquier cantidad de guerreros yo misma.
Gilt exhaló con exageración y nos dirigimos hacia la salida de la sala de tortura.
Capítulo 29
Continuamos bajando las escaleras e hicimos en el crepúsculo reinante otro círculo casi completo, cuando finalmente vimos luz adelante y escuchamos voces. Preparé el grimorio, Gilt agarró su martillo más cómodamente y sólo Yarna no mostró la más mínima preocupación.
El último giro nos condujo a una habitación bastante espaciosa, desde la cual se extendía a lo lejos un pasillo, y en toda su longitud, hasta donde alcanzaba la vista, se podían ver las rejas de las celdas. En la habitación, cerca de la pared, había una mesa larga y estrecha, detrás de la cual estaban sentados dos guardias. Frente a ellos, de espaldas a nosotros, estaban dos más. Había muchas botellas acumuladas sobre la mesa, de alcohol obviamente, y eso era lo que bebían los guardias. En ese momento uno de ellos estaba sirviendo la bebida en tazas de una botella barrigona. Los guardias charlaban animadamente, pero callaron al escuchar nuestros pasos.
— Feydao, ¿eres tú? — nos gritó uno con una sonrisa de borracho, girándose lentamente. — ¿Ya te has cansado de tu juguete?
— Esta vez muy rápido, — se rió el segundo, sin dejar de servir el brebaje. — ¿Estás perdiendo habilidades? ¿O es que consiguió enojarte? No pasa nada... ahora te encontraremos una nueva diana.
Sin embargo los guardias sentados frente a ellos vieron que en la habitación apareció gente distinta de aquellos que esperaban ver: uno se inclinó hacia adelante, llevando su mano hacia el arma de su cinturón, los ojos del segundo se ensancharon de sorpresa. Teníamos que actuar mientras la sorpresa estuviera de nuestro lado.
No parecía haber nada particularmente valioso en la habitación. Un armario apilado contra la pared de la derecha, y varios escudos, así que sin pensarlo dos veces, saqué una bolita de azufre de mi bolsa, leí el conjuro, apunté a la mesa y, señalando con el dedo, solté la bola de fuego hacia los guardias.
¡Fue una gran explosión! Toda la habitación se llenó de llamas furibundas y, cuando se calmaron, vi a los guardias chillando de dolor. La mesa quedó destrozada por la explosión y sus restos ardían por toda la habitación. Los dos guardias estaban sin casco, y lo que les quedaba ahora de pelo humeaba y ardía, igual que sus capas, convertidas en harapos. Curiosamente, los cinturones y correas de sus armaduras no sufrieron daños; aparentemente, algunas piezas de su equipo estaban encantados, de lo contrario no sé cómo explicar tanta suerte.
Sin embargo, no pude observar las consecuencias de mi hechizo por mucho tiempo; solo logré notar que causé exactamente 30 puntos de daño y ninguno de los guardias había superado la salvación de reflejos. A pesar de los gritos, las barras de vida de los enemigos se han vaciado sólo una cuarta parte; estos carceleros también eran de bastante alto nivel. Pero entonces un oscuro torbellino del aliento de dragón llenó la habitación, ocultando una vez más a los guardias y ahogando sus gritos.
El ácido apagó numerosos incendios, pero ahora había más humo. El líquido negro cubrió las figuras de los guardias, un hedor acre se elevaba de sus armaduras y sus rostros estaban desfigurados por las úlceras de las quemaduras. Aunque sus barras de vida aún estaban llenas a la mitad.
Esta vez Gilt fue el primero en correr adelante, y cuando Yarna le alcanzó, ya estaba machacando al guardia que no llegó a desenvainar su espada. La dragona acabó rápidamente con uno y se lanzó sobre el siguiente. Gilt remató al suyo y esquivó los ataques del último guardia, quien a pesar de todo logró intentar entrar en combate. Cuando yo llegué corriendo, este guardia apenas tenía vida y cayó al suelo, manchado con la sangre de sus compañeros, del primer golpe que le dí con mi bastón.
Aún el cuerpo no terminó de moverse, cuando se escucharon exclamaciones de alegría desde el pasillo, desde las celdas más cercanas, extendiéndose como un fuego a las profundidades de la casamata. A este alboroto se sumaban cada vez más voces jubilosas, y se mezclaban felicitaciones, palabras de agradecimiento y peticiones de pronta liberación.
— Está cerrado con llave, — dijo Gilt, examinando la puerta de la celda más cercana.
— Las llaves están en el cinturón del jefe de turno, — balbuceó apasionadamente el prisionero, presionando su cara contra los barrotes en un intento de ver lo que estaba sucediendo en la habitación.
Yarna y yo comenzamos a registrar los cadáveres y rápidamente descubrimos un manojo de llaves sujeto por un pesado anillo de hierro. El manojo humeaba ligeramente y las llaves estaban un poco corroídas, pero parecían estar intactas de momento. Le lancé el manojo a Gilt, quien hábilmente lo atrapó en el aire y comenzó a abrir las celdas una por una, desapareciendo poco a poco en la oscuridad del pasillo.
La dragona arrastró los cuerpos hacia la pared y se acercó a mí como si estuviera esperando una orden. Muy bien, la iniciativa es punible...
— Ayuda a Gilt, — ordené y señalé a la dragona hacia el pasillo. — Cuenta a los prisioneros, divide a los más fuertes en grupos, ponga a cargo a los más avezados, que también ayuden, sacad de las celdas a los heridos y a los que tienen dificultades para caminar, y los conducen hacia a mí, estaré aquí curándoles en la medida de lo posible.
La dragona asintió y se lanzó hacia el pasillo, mientras yo fui donde la escalera y me apoyé en el bastón, pensando en qué hacer a continuación. Pero tampoco pude pensar mucho rato: personas vestidas con harapos sucios y rotos comenzaron a llegar a la habitación. Algunos enseguida fueron hacia los cuerpos de los guardias nada más verlos; dos ayudaban a caminar a un anciano que apenas podía mover las piernas.
Los liberados quitaron las armas a los guardias muertos y comenzaron a quitarles las armaduras y las botas. Yo me coloqué justo al lado de la escalera para que nadie pudiera pasar a mi lado. Los prisioneros que sostenían al herido se acercaron y sus compañeros de repente se arrodillaron frente a mí, directamente en el todavía humeante suelo.
— ¡Innombrable! — uno de los asistentes del anciano se me dirigió con voz temblorosa, el segundo no tuvo el valor de siquiera mirarme, fijando su mirada en el suelo. — No merecemos que nos salve la vida personalmente... No sé cómo expresarle nuestro agradecimiento...
— ¿Qué le pasa? — interrumpí la verborrea de este chico y comencé a examinar al anciano.
— Este es Zian, — el chiquillo estaba confundido, pero al menos no se quedó sin palabras. — No participó en el levantamiento, pero lo llevaron junto con familiares de los rebeldes de casas cercanas... aquí hay muchos como él. Después de las torturas, sus piernas quedaron paralizadas.
Ya había descubierto varias heridas en el cuerpo del anciano, las curé de paso y finalmente llegué a los pies. No pude hacer un diagnóstico preciso y no hubo tiempo: ya estaban arrastrando a la habitación a otro herido, que ni siquiera podía mantenerse en pie. Bueno, tengo que darme prisa, de lo contrario habrá un apretón aquí. Dirigiendo rápidamente energía positiva a sus pies y distribuyéndola como mejor me parecía, le pedí:
— Intente andar por sí mismo, estimado Zian.
El anciano se separó tímidamente de los muchachos que lo sostenían, dio un paso, otro, y habría caído de rodillas, lleno del sentimiento de gratitud, si yo, suponiendo tal desarrollo de los acontecimientos, no lo hubiera sostenido por sus harapos.
— ¡Dividiros en decenas! — alzando la voz, me volví hacia los liberados que ya habían entrado en la habitación. — Por un par de más o menos sanos, llevad consigo a uno débil o herido. Dejaré pasar a las decenas formadas, pero no subid por encima de la sala de torturas. Cuando todos estén libres y preparados, yo os guiaré; de lo contrario, no podréis salir. ¿Lo comprenden todos?
La gente asintió, casi de inmediato las primeras diez personas se me acercaron y los dejé pasar a la escalera.
— ¡Eh, vosotros! — les grité a los cuatro que se vestían con las armaduras de los guardias caídos. — Ya que os habéis armado irán los últimos y, si nos topamos con una patrulla, tendrán que retenerlos para que los demás tengan tiempo de irse. ¿Estáis dispuestos?
En lugar de responder, los rebeldes cruzaron las manos delante de ellos y se inclinaron.
Un hombre bajo salió corriendo del pasillo como un rayo, llegó a mí y me agarró de las manos.
— Habéis pasado por la cámara de tortura, ¿no? — el hombre estaba sumamente emocionado, la locura llenaba sus ojos, pero hablaba con claridad. — Mi esposa... Lulí... se la llevaron junto con Kang... ¡¿la habéis visto?!
— Está viva, — me apresuré a tranquilizarle. — Pero Kang falleció...
Pero el hombre ya no me escuchaba, se tiró corriendo por la escalera con aún mayor agilidad, y no quise detenerle. Y a mí ya me traían a otro herido, el cooldown de la habilidad se reinició y comencé a verter energía positiva en él. Luego inspeccionar rápidamente y dejar pasar a las decenas formadas, luego otra ver heridos, heridos, heridos...
Cuando la figura de Gilt apareció frente a mí, incluso comencé a mirar a mi alrededor, como si saliera de un trance. No había más heridos en la habitación. Las últimas diez personas liberadas, a quienes dejé pasar, subían por la escalera y los cuatro rebeldes armados permanecían cerca, esperando órdenes. Yarna apareció desde el pasillo de la casamata.
— ¿Todos? — las palabras salieron de mi boca sin querer.
— Sí, ya hemos liberado a todos, — el enano asintió y se giró hacia la dragona que se acercaba. — Yarna revisó si quedaba alguien en las celdas.
— ¿Cuántos en total? — pregunté con cansancio.
— Ciento diez personas, — informó Yarna. — Hay 25 cadáveres en las celdas. Todos los heridos que podrían ser curados fueron sacados y los pusiste en pie; no hay postrados. A aquellos que estaban graves y a los que estaban a punto de morir, — explicó la chica, anticipándose a mi pregunta, — les alivié el sufrimiento.
Ni en la voz ni en la expresión del rostro de la dragona no se deslizó ni una sombra de emoción; sentí que Gilt aprobaba tan dura necesidad, y en los rostros de los rebeldes sólo vi fiera determinación. Y yo estaba demasiado vaciado por el maratón de curaciones y, al parecer, no sentía nada en absoluto.
— Bueno, vámonos, — les dije a mis compañeros y miré a los rebeldes armados. — Id detrás. Procurad no hacer ruido, no dejen pasar a nadie y no os retraséis. Si de repente notan que nos sigan o cualquier cosa sospechosa, mandad a uno de vosotros a que nos lo comunique inmediatamente. ¿Todo claro?
Los ex prisioneros sólo se inclinaron en respuesta, repitiendo el gesto de las manos cruzadas y caminamos hacia la escalera.
Pronto alcanzamos a la gente acurrucada en el pasillo, que se pegaba a la pared para dejarnos seguir adelante y luego llegamos hasta la sala de torturas. En la habitación de entrada había gente, mujeres estaban sentadas en el banco. Por lo que podía ver desde la escalera a través de los barrotes, la gente no quiso entrar a la propia sala... o al menos no se quedó allí. Busqué con la mirada a la mujer rescatada: estaba en el rincón junto a los barrotes. El hombre que nos preguntaba por ella estaba a su lado y la abrazaba tiernamente por los hombros, a veces enderezando los trapos que, a juzgar por las manchas, ella recogió de los cadáveres para poder cubrirse al menos con algo. Todavía aferraba el ensangrentado pincho en sus manos.
Poniéndonos a la cabeza de la columna, ordenamos a las decenas que nos siguieran de manera organizada y regresamos por el mismo camino por el que vinimos aquí. En el puesto de guardia nada ha cambiado; parece que hasta ahora la suerte nos sonreía. Avanzamos rápidamente, envié correr la voz con la orden de no tocar los cadáveres de los guardias; ahora teníamos que darnos prisa.
Pronto llegamos al lugar por donde entramos a este nivel. El repugnante barro manaba del agujero irregular en el techo, y ya se había acumulado un charco considerable en el suelo. Extendí el mapa de la interfaz frente a mis ojos para ver a dónde ir a continuación, y adelante salió Yarna, caminando firmemente por el camino correcto sin necesidad de pistas.
Varios pasillos, escalera que conduce hacia arriba; aquí las lámparas incrustadas en la pared se encontraban más a menudo. Sin embargo, no hicieron más luz el pasillo que se elevaba en forma de caracol, sólo una mayor limpieza y pulcritud distinguían esta escalera de aquella que conducía a la casamata. Varias veces nos topamos con estrechas aspilleras en la pared derecha del corredor; parecía que estábamos al nivel de la pared exterior del castillo, lo que significa que casi habíamos llegado al punto deseado.
Caminé más despacio, revisando continuamente mi mapa personal, haciendo zoom al máximo. Yarna caminaba cerca, parecía que ella tampoco sabía cuál de las aspilleras era la designada.
Finalmente la línea roja que me indicaba la ruta desapareció y me detuve. Detrás de nosotros podía oír el arrastrar de pasos, la respiración agitada de la gente exhausta... si hubiera habido una patrulla delante, le habría resultado muy fácil oír nuestra aproximación.
Aquí sólo había una aspillera, y se la señalé a Yarna. Ella asintió y una llama apareció en su palma extendida. Acercándose justo a la pared, ella puso la mano frente a la aspillera e hizo que la llama ardiera intensamente, tras lo cual movió la mano hacia un lado. Luego repitió este procedimiento dos veces más. Me acerqué y miré por la aspillera. En la oscuridad de la noche era imposible distinguir nada afuera, pero abajo (imaginé que el foso estaría más cerca) apareció una luz que giró en círculos — nos daban una señal en respuesta.
— Dale, — le dije en voz baja a Yarna y me alejé de la pared.
La dragona se movió hacia la pared opuesta y nos hizo un gesto con la mano, como diciendo «manténganse alejados». Gilt y yo hicimos retroceder a las personas que ya habían subido, dejando a la dragona sola.
El aliento ácido escapó con un fuerte silbido de la boca de Yarna y golpeó la pared en un denso chorro. La piedra comenzó a fluir enseguida, la aspillera empezó a ensancharse, convirtiéndose rápidamente en una enorme brecha. La que pronto adquirió el tamaño de una puerta ancha, pero la dragona continuó exhalando, moviendo la cabeza de un lado a otro, destruyendo un fragmento entero de la pared con un área de varios metros.
Un humo acre todavía se arremolinaba alrededor de la chica, y mientras esperábamos a que se disipara, afuera se escucharon los secos clics de los disparos. Alguien falló y uno de los virotes entró zumbando en el pasillo, trazando una línea en el aire con la cuerda atada a él. Yarna caminó impasiblemente hasta la pared y arrancó el virote clavado, se acercó al borde de la brecha y, inclinándose, lo clavó de un sólo golpe un poco más abajo en el muro.
También me acerqué y descubrí el segundo virote clavado en la pared. La dragona dejó poco más de un metro de distancia entre ambos, y los saboteadores, cuyas siluetas oscuras ya se podían ver al otro lado del foso, estaban tensando las cuerdas. Unos cuantos tirones para asegurarse de que los virotes no se soltaran, y una lona ya se desliza por las anillas enhebradas en las cuerdas. Cuando llegó hasta nosotros, pensé en cómo fijarla desde arriba, pero entonces Yarna puso el primer anillo sobre un hueco al borde del virote. Resultó que esto también estaba previsto y, mientras yo estaba sorprendiéndome, Gilt hizo lo mismo en el otro lado: el puente para el descenso estaba listo.
Mis camaradas empezaron a recibir a las personas que se acercaban una a una y las ayudaban a deslizarse por la lona. La inestable estructura aguantaba por el momento y la evacuación se desarrollaba sin incidentes. Anduve un poco más adelante por el pasillo y me quedé vigilando tensamente la escalera que subía, mirando de vez en cuando a las personas que desaparecían por la brecha.
Diez minutos, veinte... Todo salía demasiado bien, pensé. Nadie vino a comprobar el puesto de guardia, nada de patrullas en los pasillos, desde hace media hora hay gente acumulándose junto al muro, sin que le importara a nadie. Supuse que casi inmediatamente alguien desde la pared nos notaría, y esperaba que sonara la alarma en cualquier momento. Me estaba preparando para un posible combate en los pasillos para cubrir la evacuación de los prisioneros, esperaba disparos e incluso ataques mágicos desde el muro. Pero todo seguía en calma.
Al final, los rebeldes armados que cerraban nuestra columna se acercaron a la brecha. La escalera detrás de ellos estaba vacía. Yo también vine. Los rebeldes me hicieron una reverencia y, uno tras otro, se deslizaron hacia abajo.
— Adelante, — Yarna nos señaló el puente improvisado. — Yo simplemente saltaré.
Gilt escuchó mi orden silenciosa y fue primero. Me senté en el borde de la brecha, esperé hasta que el enano, quien había sido recibido por los saboteadores abajo, me haga un gesto con la mano y salté abajo, recostándome sobre la tela resbaladiza y sosteniendo el bastón frente a mí.
El deslizamiento terminó muy rápido, unos brazos fuertes me agarraron cerca del suelo y me pusieron de pie. Me encontré entre la multitud y enseguida vi a Yaozú sonriendo a mi lado; era uno de los que atrapaban a la gente que descendía por la lona. La tela detrás de mí susurró al caer al suelo. Fue Yarna quien cortó las cuerdas y, antes de que tuviera tiempo de darme la vuelta, con un salto increíble ella ya estaba a mi lado.
— ¡Lo habéis logrado! — me felicitó Yaozú en un alegre susurro y me dio unas palmadas en el hombro, sin prestar atención al barro que me cubría de la cabeza a los pies.
— Así es, ¡lo habéis logrado! — repitió la fuerte voz de Zmer, que de repente apareció en medio de la multitud. Algunas personas alrededor de ella cayeron de rodillas.
— Sin embargo, no podemos perder ni un instante, — continuó gravemente la diosa. — ¡Juntaos inmediatamente y tómense de las manos!
Mientras la multitud cumplía sus órdenes, Zmer se acercó a mí.
— Bien hecho, — no se escuchó ni una pizca de calidez en su voz. — La guardia se quedó completamente dormida durante tu atrevido asalto.
Su mirada se deslizó hacia arriba, al borde dentado del muro. También miré allí y no vi nada sospechoso. En algunos lugares ahí había iluminación, pero no detecté ningún movimiento. ¿Había siquiera centinelas o nadie patrullaba las murallas de la fortaleza?
— Aquí está la ubicación de los explosivos en la ciudad, — la diosa puso su mano sobre el hombro de Yarna, pero seguía mirándome a mí. — Esto te ayudará a quemarlo todo por aquí. En la propia ciudad minamos casi cada calle, pero al palacio conseguimos introducir sólo unos pocos barriles. Además, el castillo está protegido por la cúpula, que no sólo bloquea el teleporte, sino que también protege contra la magia. No puedo hacer nada al respecto... Pero antes de irme, pondré una cúpula aún más grande sobre la ciudad, lo que también hará imposible el transporte mágico. El círculo portal no funcionará, por lo que nadie lo podrá usar para escapar.
— ¿Hay Convocados en la ciudad? — pregunté.
— Por supuesto, — asintió Zmer. — Incluso los hay sirviendo en el palacio. Pero son individuales, Xin no logró llegar a un acuerdo con ningún clan de jugadores.
— ¿Son todos partidarios de la luz?
— Seguramente habrá quienes se pusieron de nuestro lado, — la diosa se encogió de hombros con despreocupación. — Pero incluso si mueren, resucitarán. No hay necesidad de preocuparse por ellos.
— Los Convocados son fuertes, — objeté, — y pueden atacarnos.
— Oh, ¿crees que los defensores del palacio seguirán durmiendo cuando volarás hacia ellos para destruir el castillo? — Zmer me miró burlonamente. — Tendrás que romper la barrera. Y entonces definitivamente te atacarán con todo lo que tienen. En comparación con ello, los posibles ataques desde la ciudad te parecerán una nimiedad.
Dejándome desconcertado, la diosa volvió a mirar a la multitud apiñada.
— ¡Excelente! — lo que vio claramente la satisfizo, y Zmer hizo un gesto a Yaozú y Gilt que estaban cerca. Poneos junto con los demás y también cogedles de las manos.
— Tome, Innombrable, — Yaozú me entregó un paquete. — Es su capa. No es apropiado que un jinete de heilong vuele manchado de inmundicia...
Recogí el paquete de sus manos, el tuerto me hizo una reverencia y volvió con los demás. Gilt se acercó a mí y me tendió la mano.
— Buena suerte, amigo, — le devolví el apretón de manos, recordando su tradición y agarrando al enano por el antebrazo.
Gilt se unió a la multitud, la diosa se acercó a ellos y giró hacia mí. Esperaba una acumulación de energía para el hechizo de transferencia en masa, pero Zmer simplemente me hizo un gesto de despedida y desapareció, y con ella se esfumó toda la multitud que se había acumulado en este peculiar parque cerca del foso. La gente parecía haberse disuelto en las sombras: ahora sus figuras oscuras estaban frente a ti, parpadeas y ya no hay nadie.
Capítulo 30
Comencé a desabrochar mi media capa manchada de porquería y Yarna se puso a mi lado, como si se cerniera sobre mí con su figura acorazada.
— Para luchar en la ciudad, tendrás que dirigirme como jinete, — su voz era seria e incluso parecía emocionada. — No tienes la habilidad y esto podría ser un problema. Normalmente, un jinete entrena con su dragón durante más de un año antes de intentar la fusión en una silla de guerra. Escuché que los especialmente talentosos lo lograban tras unos meses, en mi memoria el récord era una temporada, es decir, tres meses. Sin preparación, la gente o es rechazada, incapaz de siquiera llevar a cabo la fusión, o dirigen mal debido al shock, algunos incluso se vuelven locos. Pero estoy segura de que tú serás capaz.
No dije nada, desenganchando las armas, y tiré a un lado el traje sucio. Agarré el grimorio bajo mi brazo, desenvolviendo el paquete con la capa.
— La silla del jinete tiene agujeros para las manos, — continuó la dragona. — Cuando te asegures en la silla y pongas las manos allí, dos de mis púas entrarán en ellas — estate preparado. Gracias a esta conexión, se producirá la fusión. Para transferir completamente el control al jinete, se necesita otra púa, que entrará en la base del cráneo en la parte posterior donde el cuello. Pero para el primer vuelo será demasiado peligroso, y además, para eso hace falta una silla cerrada... Sin embargo, si estoy gravemente herida o si se centran en ti, podemos probar esta opción también.
— ¿Y cómo funciona esta fusión? — me puse la capa, inserté el grimorio y me sacudí, lanzándome una mirada evaluadora. Parecía a mi capa de siempre con la correa cosida para el grimorio, pero se sentía diferente... Por lo demás, tenía buena pinta, excepto que la parte inferior de mis pantalones y las botas estaban cubiertas de barro y no había tiempo para hacer nada al respecto.
— Es difícil decir cómo lo percibe el jinete... — la voz de Yarna sonaba confusa. — Nos enseñaban que el jinete comienza a sentir el cuerpo del dragón, comparte sus sentimientos, ve cómo el dragón... Se hace posible un intercambio directo de pensamientos. Tendrás que aprender sobre la marcha.
— Vale, — miré a mi alrededor y comencé a alejarme del foso. — Conviértete antes de que nos vean desde el muro, creo que aquí hay suficiente espacio.
Yarna asintió y sentí la concentración de energía. Me parece que ella esperó deliberadamente hasta que yo estuviera lo suficientemente lejos antes de tomar la forma de dragón. La transformación no tardó mucho, pero a mí me pareció larga; de vez en cuando miraba el oscuro muro que se alzaba sobre nosotros, esperando gritos o alguna otra señal de alarma. Sin embargo, el palacio permanecía en ese estado de sueño profundo, y no noté nada sospechoso, incluso mientras trepaba por el cuello de la dragona y me sentaba en la silla.
Su diseño realmente era diferente al que tenía cuando volamos por primera vez con Gilt: respaldo más corto, huecos para las piernas y agujeros para los brazos. El jinete se veía obligado a recostarse prácticamente con el pecho sobre el cuello del dragón, para lo cual había un cómodo saliente. Tan pronto como me ajuste mis piernas en los huecos, dos huesos salieron de debajo del asiento, entraron en esa misma saliente del medio y así fijaron mis piernas. Deslicé el bastón debajo de ellos, colocándolo de tal manera que estuviera cerca de mi mano si lo sacaba del agujero. Los huesos que servían de respaldo casi no sostenían la espalda, si no que solo delimitaban el asiento, aparentemente para evitar que el jinete se deslizara hacia atrás.
Enderecé la capa, me tumbé al saliente e introduje mis manos en los agujeros. Los huesos del respaldo salieron, rodearon mis hombros y también se fijaron, aunque no rígidamente. Los agujeros se apretaron suavemente alrededor de mis brazos, y sentí pinchazos en la región de mis muñecas. Me dolió durante los primeros instantes, luego tan sólo sentí como las púas entran en mi brazo casi hasta el codo. No había sensación de sangrado, mis manos sentían calidez y eso incluso era agradable. Me fijé en mis canales energéticos y vi cómo se entrelazaban con los canales de la dragona, además muchos hilos con forma de raíces se extendían mucho más allá de mis brazos, yendo hasta mi pecho y cuello.
Mientras tanto, Yarna agitó sus alas, tomó carrerilla y despegó. Y me di cuenta de que podía sentir los músculos de sus patas, la tensión de sus alas, como si yo mismo estuviera corriendo y elevándome en el aire. Sentir que estaba en el cuerpo de otra persona no era nada nuevo para mí, así que traté de relajarme y aceptarlo todo como algo normal. No llegué hasta los pensamientos de la dragona, pero sentí su determinación y un ligero deleite en anticipación del combate. Todo el cuerpo del monstruo volador se sentía como mi propio: comedidos movimientos musculares, el manto de escamas, que se sentía como si fuese piel queratinizada, y corrientes de viento deslizándose sobre el cuerpo.
Comprendí que estaba viendo todo a mi alrededor con su visión: era mucho más nítida, e incluso me pareció que mi campo de visión se había vuelto mucho más amplio. Una imagen esquemática del dragón apareció en la esquina inferior izquierda. Cada parte del cuerpo se distinguía por un cierto grosor y tenía un número al lado; aparentemente, era un indicador del estado del blindaje. Debajo había dos franjas rojas: la grande — los puntos de salud de la dragona, la más pequeña debajo — la mía. En la parte superior estaban los cubitos habituales de los espacios para hechizos, y en la parte inferior derecha un indicador del aliento con un contador de tiempo de cooldown. Tan pronto como me fijé en él, la realidad aumentada me mostró un cono que podía controlar a voluntad con mi mirada. Y como el cono estaba centrado al nivel de las fauces, noté una flecha translúcida por el centro que indicaba la dirección del vuelo. Al parecer, su largo y ancho mostraban la velocidad y el esfuerzo ejercido. En el crepúsculo de la noche, la ciudad se llenó de luces brillantes que indicaban lugares donde se encontraban barriles de explosivos.
Yarna se alejaba del palacio trazando un amplio arco y ganando lentamente altura, cuando me acostumbré más o menos.
— ¿Y cómo te conduzco? — pensé, dirigiéndome a la dragona.
— Simplemente piensa en cómo quieres volar y yo me adaptaré, — llegó enseguida una respuesta mental de ella.
Esta conexión era muy similar a la comunicación con Gilt, así que ni siquiera me sorprendió.
— Siento que nuestra fusión es lo suficientemente profunda, — continuó la dragona, — así que puedes intentar doblar un ala o inclinarte en la dirección que necesites. No podrás controlar, pero sentiré la presión y seguiré tus órdenes. Lo mismo ocurre con la cabeza: intenta girarla y yo miraré hacia donde quieras.
Sin malgastar palabras, intenté girar hacia la izquierda, hacia las murallas de la ciudad, y descender un poco, y la dragona realizó inmediatamente los movimientos corporales necesarios para estas maniobras. El retraso se notaba, pero aún así la sensación de un vuelo controlado era algo increíble. Me sentí abrumado por el deleite y noté cómo se transmitía a la dragona, cómo su excitación crecía y se transmitía a mí a través de la fusión... Contrólate, me dije a mi mismo, hay que recomponerme, de lo contrario, simplemente vamos a perder la cabeza de este influjo de éxtasis. Y hay que recordar que Yarna es extremadamente vulnerable a las emociones del jinete: no dijo nada, pero sentí su confusión y un ligero susto tan pronto como la ola de euforia pasó.
Bueno, es hora de empezar, llevamos unos quince minutos sobrevolando la ciudad y no puedo creer que nadie se haya fijado en nosotros.
— Yarna, — me dirigí a la dragona, — ocúpate del aliento y yo te voy indicando qué barril explorar. Primero, iremos a lo largo del muro exterior para rodear a la ciudad con un anillo de fuego, esto cortará las vías de escape. Luego vamos en espiral hacia el palacio.
— Muy bien, maestro, — respondió la dragona, sentí que estaba de acuerdo con este plan.
Señalé con la mirada el escondite de explosivos más cercano y Yarna plegó sus alas y comenzó a descender en picado hasta el punto en cuestión. Volamos muy cerca de la torre que había en cada sección del muro, el viento me trajo los gritos de los guardias. Ojalá pudiera lanzarles mi bola de fuego, pensé, e intenté salir de la fusión para volver a la interfaz normal. O mejor dicho, simplemente pensé en hacerlo, sin estar muy seguro de si era posible. Resultó que sí, podía, pero el proceso fue lento y prolongado, la conexión no se perdió por completo y, además, empecé a tener terribles nauseas.
Justo cuando emergí de las profundidades de la fusión, Yarna pasó a unos metros de los tejados más cercanos, rociando aliento ácido frente a ella y apuntando a la casa debajo (o dentro de la cual) se indicaba el alijo de explosivos. El chorro corrosivo derretía las tejas, provocando el derrumbe de las paredes e incendiando elementos de madera. Volvimos a ganar altura sobre la ciudad y ya nos habíamos alejado una distancia considerable cuando el ácido llegó hasta los explosivos y una explosión retumbó detrás de nosotros.
Muy convenientemente, me di vuelta, lleno de dudas sobre si el aliento sea capaz de activar los explosivos, y pude observar la explosión en detalle. No sé con qué llenaron los rebeldes sus alijos, pero sonó como si hubiera explotado una bomba aérea. La casa, ya dañada por el aliento, simplemente voló en pedazos, y con ella varios edificios que estaban en la zona afectada. Un enorme brote de llamas creció en el lugar donde se encontraban, escombros ardientes se esparcieron en todas direcciones, destruyendo edificios vecinos y extendiendo el fuego. Un fragmento particularmente grande golpeó el muro y se llevó consigo casi toda la sección, mucho más efectivo que un proyectil de catapulta. El brote de fuego se abrió, cayendo con llama líquida y como pegándose a todo lo que había a su alrededor. Parecía que el fuego vivía su propia vida, devorando incluso la piedra. Peor que el napalm, pensé, sumergiéndome de nuevo en la fusión.
El siguiente barril brillaba un poco más lejos del muro y repetimos el picado, llenando la casa marcada de aliento ácido. Los guardias en el muro comenzaron a moverse, las flechas volaron hacia nosotros, sin embargo, la mayoría falló y las que dieron en el blanco rebotaron de las escamas de la dragona. El aura de terror que envolvía a Yarna llegó hasta el muro cuando volvimos a ganar altura. La explosión sólo contribuyó al pánico y vi gente huyendo en diferentes direcciones. Algunos guardias, perdiendo la razón del terror, incluso saltaron del muro, aunque era obvio que si caían desde tal altura, prácticamente no tenían posibilidades de sobrevivir.
Así volamos con una trayectoria rota, dejando una franja de destrucción detrás de nosotros. Desde las torres nos dispararon cada vez con mayor precisión y, obedeciendo mis pensamientos, Yarna comenzó a lanzar bolas de fuego a los tiradores especialmente molestos. Los conjuros de la dragona no requerían ningún componente, palabra o gesto, su magia le salía de forma natural, sólo necesitaba concentrar la energía y liberarla en forma de hechizo. Pero las células de mi interfaz se estaban desapareciendo: las reservas de magia de mi aliada no eran infinitas.
Me pareció que pasó muy poco tiempo y ya regresamos al lugar donde iniciamos el ataque. La línea irregular de nuestro rastro se convirtió en continua franja de fuego. En las afueras de la ciudad, endebles casuchas estaban cerca unas de otras y el fuego se propagaba a una velocidad aterradora. Las llamas, que volaban de tejado a tejado, ya habían llegado por sí solas a algunos escondites y se produjeron sin nuestra participación varias explosiones que envolvieron en llamas barrios enteros.
En mi ventana del sistema, los mensajes sobre la experiencia y los puntos de facción adquiridos fluían como un río; al parecer cada una de nuestras víctimas era tomada en cuenta. No había forma de seguir tal flujo de información, así que simplemente dejé de prestarles atención; ya los miraré después.
La ciudad bullía como una colmena perturbada, aquí y allá se encendían lámparas en las calles y la gente salía corriendo de sus casas. Aunque yo esperaba más caos, alarmas de incendio, intentos de apagar el fuego... Pero no había tanta gente en las calles y las figuras que correteaban abajo simplemente huían despavoridas, en su mayoría dirigiéndose hacia el palacio. Me quedaba tener fe de que los rebeldes hubieran evacuado a todos los que pudieron de la ciudad antes de lanzar esta operación de exterminio.
La euforia inicial ya había pasado, y nuestras acciones posteriores siguieron el mismo patrón: identificar un objetivo, sumergirnos en picado con el aliento por delante, ascender, esperar la explosión y seleccionar el siguiente objetivo. En menos de una hora, la ciudad se convirtió en un océano de fuego. Aún en la primera vuelta pasamos por el puerto, donde los explosivos estaban colocados debajo de un cutre muelle. La explosión envolvió en llamas los edificios portuarios, en su mayoría construidos de madera, y el aliento ácido destruyó los barcos barrigones equipados con velas de curiosas formas. No había barcos grandes en el puerto.
Mis temores no se confirmaron y, mientras sobrevolábamos la ciudad, nadie nos atacó en serio desde las calles. Además del palacio, la única isla que no fue consumida por el fuego fue la plaza central con los edificios del gremio de magos cerca. Incluso mientras nos acercábamos, pude ver que en la plaza se estaba produciendo una pelea: la gente exigía a los magos que activaran el portal; los magos que intentaban sin éxito hacerlo cayeron presos de la ira de la multitud. Los guardias de los ricos y nobles que lograron llegar a la plaza intentaban sacar a los magos de la multitud enloquecida, al parecer con la esperanza de que al menos les ayudarían a escapar a ellos.
Revolviéndome de asco, le pedí a Yarna que lanzara allí algún hechizo fuerte y noté cómo una de las células del sexto nivel se estaba derritiendo. Al principio no vi ningún efecto, pero luego detecté una bola de fuego de unos tres metros de diámetro que crecía justo en el centro del círculo portal. La superficie de la bola estaba desigual y... ¿se movía? Fijándome, entendí que no era una bola en absoluto, sino una enorme masa de pequeñas criaturas parecidas a insectos, completamente compuestas de fuego. Ante nuestras miradas, estas criaturas comenzaron a dispersarse, prendiendo fuego a todo lo que encontraban a su paso. Y cada una de ellas apuntaba a la persona más cercana.
Ya comenzó a chillar un elfo vestido con ricos ropajes, sobre quien saltó una criatura ardiente, y pronto cayó, envuelto en llamas como una antorcha. La gente empezó a huir, perseguida por pequeños elementales, mientras el muro del incendio ya se acercaba a la plaza. Pero los magos, dejados en paz por la multitud, lograron hacer frente a este nuevo problema: acercándose unos a otros, ahuyentaban a los pirómanos mágicos con conos de frío.
— No tenemos tiempo para ocuparnos de ellos, — le dije a Yarna, notando cómo estaba concentrando energía para un nuevo hechizo, — es hora de atacar el palacio. Además, los magos alardean de su neutralidad... no importa si alguno de ellos podrá sobrevivir.
— Dejar a los magos en retaguardia es una mala idea, — respondió la dragona, y otra celda del sexto nivel se derritió. — Además, los magos siempre sirven al poder que les permite construir sus gremios, a pesar de toda su alardeada neutralidad...
El grupo de magos envolvió una neblina verde que apareció de la nada en la plaza. Incluso desde lejos se notaba su carácter ácido. Yarna se zambulló en picado, su aliento destrozó los edificios del gremio, y las llamas que llegaron a la plaza saltaron con avidez sobre los escombros derrumbados. Elevándonos hacia el cielo, nos dirigimos al palacio.
Capítulo 31
Desde la plaza quedaba muy poco hasta el palacio, y muy rápidamente llegamos al castillo, atravesando nubes de humo negro. En algunos lugares el fuego ya había llegado al parque adyacente al foso. Esta vez las murallas estaban llenas de soldados y fuimos recibidos por una discordante ráfaga de disparos de ballestas. Antes de que tuviera tiempo de alegrarme por el mal entrenamiento de la guarnición, al ver que la mayoría de los virotes pasaron sin acertarnos, una nube de flechas cayó sobre nosotros desde las torres que también estaban en las murallas de aquí. Las flechas volaban muy cerca y no tuve que esforzarme mucho para ver que estaban encantadas: ¡había elfos en estas torres!
Yarna soltó el aliento y destruyó algunas de las flechas, sólo que después su aliento impactó en la cúpula transparente que rodeaba el palacio y se derramó impotentemente sobre ella. Una franja azul ligeramente acortada apareció ante mis ojos, aparentemente indicando los puntos de la barrera. La barra no tenía valor digital. Las flechas comenzaron a tamborilear por el cuerpo de la dragona y todas perforaban fácilmente su armadura. Si apenas noté daños por numerosos impactos de virotes, ahora el grosor de las tiras de blindaje en el diagrama se ha disminuido notablemente. Sentí el dolor de estos aguijonazos, no muy fuerte, pero con quemazón, como al tocar la ortiga. Apareció un deseo irresistible de rascarme para aliviar de algún modo esa sensación tan desagradable. Sin embargo, Yarna soportó valientemente el daño y giró para hacer una nueva pasada. Se escuchó un estruendoso crujido y un rayo de repente salió disparado de una de las torres, ramificándose en el aire. ¡Había un mago entre los tiradores!
Incluso cuando estábamos quemando la ciudad, esperaba un posible ataque mágico, así que no fue tomado con guardia baja. Habiendo liberado mi mano de la púa y ganándome un monstruoso dolor de cabeza, agarré con fuerza mi bastón, esperando que el artefacto me considerara a mí y a la montura como un todo, dada la ininterrumpida fusión de combate. Si esto no sucede, tendré que pedirle a Yarna que me ponga contra los hechizos hostiles...
La dragona intentó esquivar el rayo, pero sin éxito. La descarga golpeó su cuerpo justo debajo del ala... y no causó ningún daño. Sólo sentí cómo la superficie de piedra del bastón se calentaba un poco al tacto, y vi brevemente los flujos de energía atraídos hacia el artefacto. ¡Funciona!
— Yarna, — llamé. — Mi bastón absorbe magia, así que no prestes atención a los hechizos. Sólo que para que nos cubra a ambos, no puedo romper la fusión, y con una mano podré acaso sólo indicar la dirección... Ahora tendrás que ocuparte del vuelo también.
— La fusión a través de una sola púa debería haberse interrumpido, — la voz de la chica sonaba con mucha preocupación. — ¡Siento que te está desgarrando en pedazos! ¿Estás seguro de que puedes soportarlo?
— Estás exagerando, — por alguna razón, el habla mental era difícil, como si mis mandíbulas invisibles, constreñidas por algún tipo de peso, se movieran lentamente y con esfuerzo, — sólo es un dolor de cabeza. Necesitamos destruir rápidamente la cúpula protectora, y si yo también lanzo bolas de fuego, nuestra efectividad se duplicará...
Yarna se dio la vuelta y se abalanzó de nuevo hacia el palacio, rociando la cúpula con aliento ácido. Una bola de fuego se despidió de su pata y también se estrelló contra esa barrera invisible. Para no quedarme atrás, saqué una bolita de azufre de mi bolsa mágica, recité el conjuro de memoria y disparé mi bola de fuego usando el bastón como foco. Me salía muy lentamente, pero aún así funcionó. Y durante este tiempo el bastón absorbió dos hileras de dorados misiles mágicos disparados desde diferentes torres.
— Oye, te derribarán antes de que podamos reventar la cúpula, — murmuré, viendo que las franjas de blindaje en el diagrama habían disminuido significativamente y los puntos de salud de Yarna se habían reducido en casi un tercio. — ¿Algunas ideas?
— Sólo dos, — la dragona no discutió y se giró para ir a la tercera pasada. — Puedo usar un hechizo de séptimo nivel, pero creo que puedes ver que sólo me queda uno. Puedo utilizar el Rayo antimagia, seguramente desactivará la cúpula. Pero el hechizo dura poco más de un minuto, y durante este período tan sólo tendremos tiempo de entrar dentro de ella, y esto limitará significativamente mi movilidad. O puedo utilizar la Llamada del dragón. Antes con ese conjuro invocaban a los dragones, pero sabemos usar esta magia para golpes individuales de enorme poder... sin embargo, dudo que sea suficiente para una cúpula tan extraña.
Volvimos a caer sobre la barrera. Aliento y bola de fuego de Yarna, yo decidí probar Rayo relampagueante y gastar para ello puntos de carga del bastón. Resultó que el bastón tampoco necesitaba de componente material, lo que me alegró sobremanera. La barra azul se vació en casi una cuarta parte, pero la barra de vida de Yarna se acercaba a la mitad, sentía como si todo su cuerpo ardiese por las muchas flechas élficas clavadas. El bastón absorbió dos rayos enemigos más; al parecer los magos de las torres comenzaron a darse cuenta de la inutilidad de sus hechizos y sólo atacaban con conjuros más poderosos. De una de las torres, que aún no había atacado con magia, de repente salió volando una enorme flecha de energía verde y me puse tenso. Parecía peligrosa y obviamente giraba por su propia voluntad para seguir al dragón. Pero el bastón la absorbió también, aunque esta vez volvió notablemente más caliente.
— Que sea la Llamada, — decidí. — Si no la rompe, nos vamos. Es una pena, claro, pero no voy a sacrificarte en la primera misión.
Yarna no respondió, pero sentí que empezaba a concentrar su energía; por lo visto para lanzar este conjuro hacía falta tiempo. Efectivamente, en mi interfaz que parpadeaba doble, noté cómo la única celda del séptimo nivel que quedaba desapareció y debajo comenzó una cuenta atrás.
Ahora la dragona entraba al ataque mucho más lentamente, incluso logré tirar dos rayos mientras tanto. Y los elfos no perdieron la oportunidad de aprovecharse de este retraso: parece que en el aire voló aún más flechas. Los magos dejaron de tirarnos conjuros y se dirigieron a los soldados; vi cómo las filas de guardias en los muros brillaban una y otra vez de la magia interpuesta sobre ellos. Su precisión de tiro aumentó y algunos virotes comenzaron a brillar de diferentes colores. La escala de vida de Yarna ya estaba medio vacía y continuaba disminuyendo rápidamente; algunas tiras de blindaje en el diagrama comenzaron a parpadear en rojo.
Y de la cúpula durante todo este tiempo sólo le quitamos un poco más de un tercio de la barra, así que estuve a punto de ordenarle a la dragona la retirada, viendo la inutilidad de nuestros esfuerzos, pero entonces Yarna se giró de nuevo hacia el palacio, y noté que esta vez ella subió inusualmente mucho. Extendiendo sus alas y quedándose quieta en un lugar por un instante, abrió mucho sus fauces y un rugido escalofriante salió de ellos. Alto y al mismo tiempo enojado, de cierta manera parecía un aullido animal, una llamada que amenazaba con venganza o incluso una terrible canción corta sin palabras.
Muy lejos adelante, al otro lado del palacio, se escuchó un fuerte estrépito, como si una tela gruesa se rasgara en algún lugar del aire. En ese mismo segundo, una delgada brecha negra se abrió en el cielo. De ella corrieron grietas como una telaraña y algo empezó a salir fuera en el centro. El aire se llenó de tanta energía negativa que incluso desde nuestra posición lo sentí perfectamente. Esto también causó su efecto en aquellos que estaban en el castillo, y los soldados dejaron de apuntarnos, girando hacia esa nueva amenaza. Y al parecer también les golpeó anímicamente: vi cómo varios guardias arrojaron sus ballestas y corrieron hacia las escaleras cerca de las torres que conducían a las profundidades del castillo.
Un enorme dragón negro hecho enteramente de energía emergió de la brecha en el cielo. Me pareció que era incluso más grande que Yarna. Las membranas de sus alas estaban rotas y colgaban en jirones, y en general tenía la pinta como si acabara de salir de una tumba. Abriendo sus fauces llenos de dientes rotos, el dragón emitió un chillido taladrador al nivel del infrasonido y se lanzó sobre el palacio en picado. Y ni siquiera era ya un vuelo. El dragón caía tan rápido que parecía una mancha borrosa, y se estrelló contra la barrera a toda velocidad. Del golpe se hizo claramente visible el hemisferio de la cúpula, cuya franja azul se vació a ojos vistas y literalmente desapareció por completo en cuestión de segundos. Se escuchó un sonido de cristal romperse y toda la energía negativa que se había adherido a la cúpula cayó, inundando los muros del palacio. Logré ver cómo la ola oscura arrancaba la armadura y la carne de uno de los soldados, y antes de que éste desapareciera en la oscuridad hirviente, vislumbré su esqueleto desnudo. Pero las torres se han envuelto en esferas mágicas que no dejaron pasar el flujo de la energía en su interior.
Mientras tanto, Yarna ya se estaba volando rápidamente hacia abajo y ahora no había ninguna barrera para parar su aliento. Me dio tiempo de lanzar una bola de fuego con mi bastón y ésta atravesó la esfera casi derretida en una de las torres. Piedras y arqueros envueltos en llamas volaron en todas direcciones. La bola de fuego de Yarna siguió a la mía (ella apuntó más abajo) y la explosión destrozó la pared, aplastando la torre ya dañada. Entre el velo de fuego, brilló la silueta de un mago, rodeado por una esfera personal de protección, flotando suavemente hacia abajo. Los ballesteros estaban confundidos y la mayoría de sus virotes pasaron lejos de nosotros. Pero los elfos mantuvieron la compostura y nubes de flechas volaron hacia nosotros desde las torres intactas que quedaban. Además, a los luminosos claramente no les importaban sus soldados: vi aquí y allá guardias cayendo de las murallas, atravesados por las flechas de sus amos. Pero nosotros recibimos también.
— ¡Explosivos! — le grité a Yarna, apuntando con la mirada al más cercano de los dos escondites resplandecientes.
La dragona se torció en el aire, cambiando la dirección de su vuelo, y soltó una corriente de aliento sobre la pagoda. Yo, siguiendo el ejemplo de Yarna, arrojé una bola de fuego a la pared de la torre más cercana e hice un agujero en ella, sólo que mis bolas eran claramente más débiles: la torre no cayó. Pero al menos dejaron de disparar desde allí: a juzgar por las figuras que aparecieron en la muralla, los elfos decidieron bajar.
Se hacía evidente que con una exhalación el ácido no alcanzó su objetivo, el escondite que brillaba en realidad aumentada estaba ubicado bastante profundo dentro del edificio, y Yarna describió un arco en el aire, volviendo a venir hacia el mismo lugar. Disparaban sólo desde dos torres y le lancé una bola de fuego a una de ellas. El resto de los elfos se mezclaron con los guardias y dispararon desde las paredes, lo que redujo significativamente su precisión y llegamos hacia el palacio con mucho menos daño esta vez. Pero lo cierto es que quedaba poco más de un tercio de la barra de vida de la dragona...
Esta vez, Yarna liberó su chorro de ácido directamente en el agujero derretido en la pared de la pagoda, que ya había hecho antes. Y mientras los muros del palacio se acercaban ante mis ojos, me alarmé al notar extraños ecos de energía acumulándose en las profundidades de la estructura. ¡Era muy similar a aquella que formaba la cúpula protectora invisible que destrozamos! Pensamientos de pánico corrieron por mi cabeza, pero entonces el ácido finalmente llegó al alijo de explosivos. El efecto superó todas mis expectativas: una gran parte de la pagoda se partió y estos fragmentos salieron disparados hacia la derecha, derribando dos torres y una gran parte de la muralla. El lado izquierdo de la pagoda fue lanzado ligeramente hacia arriba y todo el edificio restante del palacio comenzó a inclinarse hacia la izquierda. Justo delante de nosotros creció un familiar brote de fuego líquido, con el cual casi chocamos: en el último momento, Yarna se elevó bruscamente hacia arriba y dio la vuelta, girando a lo largo de su eje para volver a tomar su posición normal.
Desmoronándose, pero manteniendo su antigua grandeza, el palacio inclinado se derrumbó en el lado izquierdo, convirtiendo todo a su alrededor en ruinas. Con un estallido apenas audible, el brote de fuego estalló y los restos del palacio fueron consumidos por las llamas. Todavía quedaban fragmentos intactos del muro a la derecha, y la dragona se lanzó hacia allí, llenándolos con su aliento. Los aturdidos soldados ni siquiera intentaron disparar. Solté el bastón y volví a colocar la mano en su lugar, restaurando la integridad de la fusión, sólo que el dolor de cabeza no pensaba en desaparecer.
— Ya está, vámonos de aquí, — di la orden con voz cansada. — Completamos la tarea.
Pero Yarna hizo otro círculo sobre los restos en llamas del palacio, emitiendo un rugido triunfante a modo de despedida, y sólo después se alejó volando, batiendo pesadamente sus alas. A fondo del cielo amaneciente, pero aún oscuro, el enorme incendio en el lugar de la ciudad aniquilada se veía fascinante.
— Ve hacia el mar, que te pareces un erizo... No está bien volver así con la diosa. Además te curaré en la medida de lo que pueda...
Sentí que la dragona estaba demasiado cansada para responder, simplemente giró hacia la derecha, hacia el mar. Y a mí me envolvió la sensación de calidez y sonó fanfarria en mi cabeza; un montón de ventanas apareció ante mis ojos y encima de todas ellas brillaba una: "¡Atención! Logro obtenido: Innombrable — Destructor de ciudades. Con sus propias fuerzas y con la ayuda de vasallos, ha destruido una ciudad, el centro de la provincia. Los rumores sobre un jinete de dragón negro se extienden por todo Ominaris, llenando de terror los corazones de sus enemigos y dando esperanza a sus aliados. Ha dado el primer paso en el camino hacia la leyenda; del olvido emergen una vez más los cuentos sobre el Innombrable, un hombre que desafía a los dioses. De ahora en adelante, si está a la cabeza de asalto a cualquier asentamiento, todos sus aliados recibirán una bonificación de moral y los seguidores del panteón oscuro se volverán inmunes a la influencia mental durante todo el asalto. Si los defensores le ven liderando a los atacantes, reciben una penalización a la moral dependiendo de su estado, incluso hasta la posibilidad de huir o rendirse."
"Después, todo después..." — pensé y deseché a todas las ventanas sin leer. Yarna ya estaba bajando pesadamente hacia la playa.
La dragona aterrizó torpemente, lentamente saqué mis manos y las examiné. En el lugar donde las espinas entraron en mis manos, quedaron pequeños cicatrices, ni una gota de sangre, sólo que la cabeza se me parte del dolor... Los huesos regresaron al cuello, liberando mis piernas. Cogí el bastón, leí la Caída de pluma y salté. Sí... Yarna realmente parecía un puercoespín, tan acribillada estaba a flechazos. Sangre perfectamente roja brotaba de debajo de las muchas escamas perforadas. ¿Cuánto tiempo me llevará arrancárselas a todas? — me horroricé, aterrizando en la arena.
Sin embargo, Yarna resolvió rápidamente este problema: el cuerpo del monstruo desapareció en el destello de metamorfosis, y una lluvia de flechas que habían perdido su soporte cayó sobre la arena. La dragona se transformó en una chica desnuda, todo su cuerpo estaba cubierto de cortes, de los cuales inmediatamente brotó sangre.
— Perdóname, maestro, — susurró Yarna sin fuerzas y cayó a una rodilla. — Es la forma más simple...
Yo ya salté hacia ella y no la dejé caer del todo, su rostro se enterró en mi pecho.
— Nada, no pasa nada, — repetía, acariciando su espalda, sin olvidar de paso cerrar las heridas sangrantes. — Ahora te remendaré, quedarás como nueva...
Así nos quedamos sentados: ella resoplaba quedamente en mi pecho y yo alisaba con ternura sus heridas tan pronto como mi habilidad me lo permitía. Cuando el sol ya había comenzado a pegar fuerte, Yarna recobró el sentido y se puso de pie. Yo me quedé de rodillas, extendiendo la mano y cerrando un par de heridas más que no podía alcanzar antes.
Finalmente, la chica apartó suavemente mi mano.
— Suficiente, ya puedo volar, — con estas palabras se dio la vuelta y se fue al mar a bañarse.
Pero yo estaba tan exhausto que sólo quería tumbarme y no pensar en nada. El dolor de cabeza no desapareció, aunque disminuyó, convirtiéndose en una desagradable pulsación en las sienes. Comencé a bajarme lentamente hacia la arena, observando a la chica chapotear en el agua, cuando de repente algo duro presionó contra mi espalda. Palmeé torpemente con las manos y agarré una especie de palo que sobresalía entre mis omóplatos y con dificultad la arranqué. Al acercarme el palo a los ojos, me asombré al descubrir que era una flecha con la punta mojada en sangre. Por raro que fuese, no sentí ningún dolor ni mientras estaba en mi espalda ni durante su extracción. Pero ya no tenía fuerzas para sorprenderme. "Bah, igual estoy cubierto de sangre, — pensé descuidadamente, — un poco más, un poco menos, ¿qué más da?" Tirando la flecha a un lado, me estiré con gozo en la arena.
De mi estado medio dormido me sacó Yarna sacudiendo las salpicaduras de agua de sus manos en mi cara. Rechacé categóricamente su oferta de bañarme. Lo que quería es simplemente quedarme así tumbado y mirar al cielo, o mejor aún, a la hermosa figura de la chica inclinada sobre mí contra el fondo de nubes blancas... Por alguna razón, mis palabras asustaron a Yarna. Se apresuró, levantándome y pidiéndome que subiera inmediatamente a la silla. Luego corrió hacia un lado y se convirtió en dragón. "Te lo dije, quedarás como nueva", — pensé y me reí, trepando por las escamas sin prestar atención alguna a los cortes en mis palmas que recibía debido a que estaba bastante tambaleante.
Subiéndome a la silla del pasajero, esperé, ya con costumbre, hasta que los huesos se cerraran sobre mis piernas, coloqué mi bastón debajo de ellos y despegamos en dirección a Jagi. Al parecer, mi dragona eligió el camino recto, porque ya no volábamos por la costa. Por alguna razón esto me divirtió mucho y me reí con ganas, recostándome en el respaldo y relajándome.
Capítulo 32
Todo el vuelo transcurrió para mí en una especie de estupor: del cansancio ni siquiera tenía fuerzas para dormir, simplemente miraba estupefacto la jungla que pasaba con rapidez debajo, sin fijarme en nada y sin pensar. No quería abrir la ventana del sistema y mucho menos ver ventanas minimizadas de mensajes. Me recuperé un poco sólo cuando Yarna ya estaba descendiendo hacia la plaza portal de Jagi.
A juzgar por la hora, oscurecía temprano, aún no eran ni las siete de la tarde, pero la plaza ya estaba sumida en la sombra de los edificios circundantes. Nos estaban esperando: la plaza estaba abarrotada y sentí la presencia de Zmer entre la multitud.
La dragona aterrizó, haciendo que los reunidos retrocedan ante la ráfaga de viento de sus alas. Me bajé de la silla, leí el conjuro y comencé a descender suavemente hacia el suelo. Todavía estaba en el aire cuando Yarna se convirtió en humana. La diosa salió a nuestro encuentro.
— Enhorabuena, — Zmer parecía complacida, aunque no escuché mucha calidez en su voz. — Lo lograsteis. ¡Bien hecho!
La multitud estalló en vítores de triunfo. Enseguida vi a Yaozú entre la multitud. El tuerto destacaba sobremanera en el contexto de su bajito entorno. Al captar mi mirada, sonrió y me saludó con la mano. A su lado estaba Gilt, quien en ese momento también comenzó a acercarse.
Yarna salió adelante y se dirigió a la diosa en voz baja y con preocupación:
— Maestro luchó con una mano fuera de la silla mientras mantenía la fusión. No se ha vuelto loco, pero su comportamiento... — la dragona se calló, echándome una mirada asustada.
— Continúas asombrando, muchacho, — Zmer fijó su mirada en la dragona, se acercó, extendió su mano y tocó el peto de su armadura. Yarna se iluminó por un brillo rosado y su barra de vida se llenó instantáneamente. — Temía que no puedas tragarte el trozo que te prepararon, pero tanta imprudencia...
La diosa me hizo una seña y yo, apoyándome pesadamente en mi bastón, incliné la cabeza ante ella.
— Que estoy bien, estoy bien. Sólo estoy cansado, — estiré con hastío y al mismo tiempo se me escapó una especie de risa tonta.
Zmer puso su palma en mi frente y pareció mirar más allá de mí durante varios minutos, luego una alegre astucia brilló en sus ojos por un instante, pero su rostro seguía conservando una expresión imperturbable. Las pulsaciones en mis sienes disminuyeron, la migraña finalmente desapareció de mi cabeza.
— Tu preocupación es vana, — la diosa se volvió hacia Yarna y noté calidez en su tono por primera vez. Por alguna razón, a ella le gustó esa preocupación de mi súbdita. — Sin Nombre es un humano especial: cualquier otro en su lugar se habría quemado los sesos, pero él resistió y sólo se ganó una migraña. Y su alegría histérica... Eres una dragona y hace tiempo que alcanzaste el límite de desarrollo en el plano material, por eso no prestas atención al flujo de energías espirituales. Sin embargo, habéis destruido una ciudad entera, ¿te imaginas cuántos fragmentos de almas pasaron a través de él en tan poco tiempo? Bajo tal presión, muchas personas se rompen, se vuelven maníacamente crueles, propensas a rápidos cambios de humor y crisis emocionales, algunas se elevan a las alturas de su ambición y comienzan a considerarse casi iguales a los dioses... Y aquí tenemos tan sólo un estado similar a una leve embriaguez. Él tiene razón: dormirá un poco y volverá a la normalidad.
Yarna me miró con incomprensible respeto y sonrió con pinta culpable. Gilt se acercó y le tendí la mano sin decir nada. El enano me agarró el antebrazo a modo de saludo y me dio una palmada en el hombro con la otra mano. Seguramente percibió mi cansancio, así que no tuvimos que hablar.
— Innombrable cumplió su promesa, — proclamó Zmer en voz alta, volviéndose hacia la multitud. — Aquellos que encabezan la casa Xin fueron destruidos, mañana mismo nuestras tropas, junto con las de nuestros aliados, marcharán para completar la derrota. También mañana devolveré a los refugiados a casa y les ayudaremos a apagar incendios y reconstruir la ciudad. Después, los residentes de Xian elegirán un nuevo gobierno y no habrá más esclavitud en las tierras de Xin. Ahora nuestro héroe necesita descansar, no olviden que aún le queda mucho por hacer... Todos aquellos que lo desean podrán despedirse de él mañana, cuando va a partir.
La diosa se giró hacia nosotros y señaló a uno de los edificios. Caminamos en aquella dirección ante los entusiastas gritos de la multitud. Zmer de repente me agarró del brazo, obligándome a retrasarme un poco de mis compañeros.
— Hiciste lo correcto, — me susurró. — Pero aun así fuiste muy estúpido: puedes ver los flujos de energía, de lo contrario no habrías podido realizar un truco así. En tal caso deberías haber identificado los canales de fusión y fortalecerlos, entonces incluso con una mano tendrías fusión completa. El patrón de contacto de la silla de combate fue diseñado para jinetes comunes que no tienen la capacidad de manipular la energía, de ahí que existen tantas convenciones para crear una fusión estable. En realidad se puede lograr incluso simplemente tocando a tu dragón. Reflexiona sobre ello.
Me sorprendió no haber pensado en esto yo mismo. Después de las palabras de la diosa, todas las manipulaciones necesarias como si fulgurasen ante mis ojos, todo parecía evidentemente claro y simple. Si no hubiera estado tan cansado, probablemente me habría sonrojado de vergüenza por semejante sosería. Sin saber qué decir, simplemente asentí en respuesta. Zmer sonrió con complicidad, sus ojos brillaban de picardía.
Entramos a la casa e inmediatamente mucha gente corrió hacia nosotros. Dos chicas escoltaron a Yarna hasta las escaleras que conducían hacia arriba y no menos de cuatro me rodearon. Acto seguido comenzaron a quitarme la ropa sucia. Dejé que me quitaran la capa, después de tomar el grimorio en mi mano, le pasé el bastón a Gilt, que estaba parado a mi lado. El enano, por cierto, se veía bastante pulcro, incluso su coraza tenía pinta de estar bien pulida. Al parecer, él ya pasó por un procedimiento similar.
Sin ningún pudor, me desnudaron hasta la ropa interior. Me puse holgados y suaves pantalones que me ofrecieron y ancha camisa con amplia abertura. Cada pieza de equipo fue inmediatamente llevada fuera por uno de los asistentes, y otro con presteza ocupaba su lugar. Me dieron algo parecido a unas sandalias para mis pies y para reemplazar el cinturón uno nuevo, al que engancharon la bolsa del cinto que frotaron hasta sacarle brillo allí mismo. Todo lo demás se lo llevaron para limpiarlo.
— Mañana lo recuperarás todo, — confirmó Zmer. — Gilt te llevará a la sauna. Te han preparado una habitación en el segundo piso. Descansa, duerme como se debe y por la mañana activaré para ti el portal.
La diosa se despidió con la mano y salió del salón. Ahora aquí quedaba sólo un asistente, quien con una reverencia me entregó la capa. Resultó ser muy ligera, parecida a una gabardina con capucha, y estaba hecha de algún material extraño. Era de color negro mate, por fuera muy lisa, incluso diría resbaladiza, pero no brillaba. El interior parecía aterciopelado al tacto, en la zona del pecho en la solapa izquierda encontré un bolsillo ideal para mi grimorio, e incluso con un libro tan pesado en el interior no sentí desequilibrio: no se hinchaba ni se tiraba hacia un lado, prácticamente no notaba el peso sobre mis hombros. ¡Un regalo maravilloso!
— Te queda bien, — dijo Gilt, haciéndole eco a mis propias impresiones. El hombre que me entregó la capa ya se había escapado, sin esperar palabras de agradecimiento.
Me fijé a la manga para determinar las características de esta prenda, que era claramente mágica, y lo que apareció ante mis ojos fue: "Capa del Innombrable, capa, artefacto único, mágico de escala, vinculación personal, estadísticas actuales: resistencia +4, carisma +3, +3 de armadura natural, +5 al sigilo en la oscuridad, permite al propietario volverse invisible en la sombra si no se mueve durante más de 5 segundos; puede ocultar cualquier arma mágica en su interior." Alucinante... De escala significaba que a medida que el nivel del propietario crecía, también lo hacían las características del artefacto. Vinculación personal — que en caso de morir, esta pieza de equipo siempre permanecería con el propietario y era imposible quitarla. El amuleto de armadura natural no se juntaba con el bono de la capa, así que lo quité y lo puse en mi bolsa, recordando que Gilt ya tenía un bono mayor simplemente debido a su estado de zombi. Y eso de ocultar el arma... voy a probarlo.
Le pedí a Gilt mi bastón y lo apoyé contra el ala de la capa. El bastón fue como aspirado en la tela; todo el proceso tomó a penas un par de segundos. Deseando mentalmente tomar el bastón en mis manos, lo hice aparecer, lo que sucedió con la misma velocidad del rayo. La descripción decía que esconder un arma en la capa y volver a sacarla era una acción estándar, fuera lo que fuese lo que eso significara. Al menos ahora sabía que tal acción sólo me llevaba un par de segundos. Muy útil.
Escondiendo nuevamente el bastón, seguí a Gilt, quien me condujo al patio interior, donde había un estanque de forma irregular, como un pequeño lago enmarcado por piedras lisas. Detrás había una estructura baja de madera que resultó ser la sauna. Gilt se quedó en el camerino; después de desvestirme, le entregué la ropa y entré en la sala de vapor ya calentada. Una chica bajita y de cabello negro, envuelta en una tira de tela blanca atada a un costado de su cintura con un voluminoso nudo, arrojaba agua de un cucharón sobre el horno.
Sin avergonzarse en absoluto por mi desnudez y sin prestar atención alguna a la red negra de capilares bajo mi piel pálida, me hizo una reverencia y, saltando hacia mí con un cubito de jabón con acre olor a hierbas, comenzó a enjabonarme enérgicamente. Luego me señaló a un pequeño taburete que había por ahí y, tan pronto como me senté, me roció con agua tibia de una tina de madera, después de lo cual comenzó a frotarme con algo que parecía un manojo de hierbas. La hierba era suave y jabonosa, pero aun así agarraba muy bien la suciedad de la piel... ¿o era por la innegable habilidad de la chica?
Después de rociarme una vez más con agua de la tina para completar el lavado, me secó con trapos húmedos y se arrodilló frente a mí, inclinando la cabeza en señal del trabajo realizado. El calor y el proceso que resultó ser muy agradable me ablandaron bastante y casi me quedé dormido, por lo que no me di cuenta enseguida de que el procedimiento había terminado. Pero, cuando al final lo comprendí, me levanté e inmediatamente casi caigo al suelo, porque el cuerpo se me fue hacia un lado. La chica saltó instantáneamente como un resorte y con notable destreza se enroscó debajo de mi brazo, me agarró por la cintura y me ayudó a salir. A pesar de su pequeña estatura, la chica resultó ser muy fuerte; aunque yo no quería, tuve que apoyarme en ella y no se movió ni un milímetro, soportando fácilmente mi peso sobre sí misma.
Gilt me recogió en el camerino y la chica regresó; obviamente, todavía tenía que poner en orden la sala de vapor. El enano me envolvió en una toalla y me llevó al patio, donde casi de inmediato me sentí mejor: la somnolencia pasó y mi cuerpo pareció llenarse de fuerzas. Gilt me mostró escalones que conducían al estanque y se sentó cerca, sosteniendo la toalla y mi ropa.
No necesitábamos pronunciar palabras para tener una conversación: la comunicación mental era suficiente. Resultó que el enano sintió ecos de mis emociones e incluso vio vagamente algunos momentos, pero aún así no tenía una imagen completa y, aprovechando la oportunidad, quiso conocer los detalles. El habla mental no me cansaba, así que le relaté mi misión de vuelo a mi amigo. Gilt a veces hacía preguntas aclaratorias, y yo sentía perfectamente su sincero interés y sentimientos y me sorprendió descubrir al final de la conversación que, de alguna manera, incluso me había descansado. La tensión que encadenaba mi mente, de la que ni siquiera había sospechado, desapareció e incluso respirar se volvió para mi más fácil.
Sin embargo, tan pronto como la constricción mental me soltó, la somnolencia me invadió cual avalancha, mis ojos comenzaron a pegarse y le pedí a Gilt que me ayudara a salir del estanque y que me llevara a la habitación. Mientras caminaba, pude controlarme y luchar contra mis ojos que intentaban cerrarse y, en teoría, podría haber andado sin ayuda, pero el hombro fiable del enano me daba seguridad; a saber si me desmayo repentinamente, me siento de verdad algo extraño...
En el segundo piso, mientras Gilt movía la hoja de la puerta local hacia un lado (aquí se desplazaban sobre correderas y no colgaban de bisagras), vi a Yarna asomarse desde la habitación vecina. La chica vestía una yukata (por alguna razón sabía cómo se llamaba este tipo de vestido) y la reconocí sólo por los característicos cuernos que sobresalían de su cabello. Al asegurarse de que estaba bien, desapareció en la habitación, dejándome cuestionarme de si era ella o si ya estaba soñando. Sin embargo, literalmente un momento después ya estaba cayendo en una cama baja, para desconectar al instante.
Dormí sin tener sueños y me desperté de repente, como si hubieran accionado un interruptor. A juzgar por el reloj, era mañana temprana, ya amanecía por la ventana. Gilt estaba acostado en la cama de al lado y no demostró de ninguna manera que supiera de mi despertar. Bueno, tengo que aprovechar este tiempo y quitar ese montón de ventanas minimizadas. Vamos a ver...
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 11, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje. Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá la aptitud de Levantar no muertos superiores 1, acceso al cuarto nivel de conjuros y un nuevo espacio para conjuros de cuarto nivel. Su familiar se reforzará. Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
Aquí parece que nada cambia mucho, acepto. Levantar no muertos superiores resultó ser una aptitud similar a la magia de levantar no muertos, sólo que aquí se indicaba que era posible levantar una criatura muerta de hasta tercera clase de dificultad y dotarla de razón, o, bueno, devolverle su antigua inteligencia, si es que la tuvo durante la vida. La aptitud permitía controlar de esta manera solo a un no muerto superior, pero a cambio durante todo el tiempo que quiera; además era posible transferir a esta especie de oficial la subordinación de otros muertos levantados por mí. Útil... ¿qué hay más?
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 12, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido un punto libre de parámetros y aptitudes, y nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje. Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá la aptitud de Mirada desde el velo, la aptitud deForma transcendental aumenta su bonificación a +2. Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
El hecho de que obtuviera más de un nivel por destruir la ciudad no me sorprendió. Acepto y leo las explicaciones de la nueva aptitud. Resulta que es algo así como mi visión oscura, solo que ahora podía ver constantemente la energía vital de quienes me rodeaban, y se indicaba que ningún hechizo podía ocultarla de mi vista. Interesante... ¿cómo funcionará? La defensa aumentó en uno, al igual que el ataque básico con la salvación de voluntad. Pero no se han agregado nuevos espacios para conjuros. Es una pena...
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 13, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje. Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá un punto adicional de aptitud para las aptitudes especiales de nigromante, la reducción del daño delCuerpo sin vida aumenta hasta 4, consigue acceso al quinto nivel de conjuros y un espacio nuevo para conjuros de primero, segundo, cuarto y quinto niveles. Su familiar se reforzará. Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
¡Guau! ¡Tres niveles! ¡Claro que "Sí"! A ver, salvaciones de fortaleza y reflejos aumentaron en uno, el ataque básico no cambió. Ya tengo tres puntos adicionales... pero eso luego, lo principal es no olvidarlos... RD 4 es genial, el quinto nivel de magia y un montón de células... ¡que bien! ¿Qué más hay por ahí?
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 14, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje. Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá la aptitud Cuerpo transmundano y un espacio nuevo para conjuros de primero y quinto niveles.Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
¿En serio? Cuatro niveles ya es demasiado... estoy empezando a preocuparme. El ataque base aumentó y, parece, me apareció un tercer ataque por ronda. Uno en salvación de voluntad, dos nuevos espacios... ¿Y qué es eso del Cuerpo transmundano? Resultó que después de lanzar cualquier hechizo de nigromancia, me volvía inmune al daño de parámetros, al drenaje de parámetros, de energía y de niveles durante un número de rondas igual al nivel del necromaster + modificador de inteligencia. Todavía no me he topado con los tipos de daño enumerados, pero cualquier inmunidad es algo muy útil. Siguiente...
"¡Enhorabuena! Ha alcanzado el nivel 15, sus puntos de salud han sido restaurados, todos los efectos negativos existentes han sido neutralizados. Sus puntos de salud han aumentado, ha obtenido un punto libre de aptitudes, y nuevos puntos de habilidad que puede distribuir desde la ventana de estadísticas del personaje. Ha conseguido suficiente experiencia para subir nivel de necromaster. En caso de subir de nivel, obtendrá la aptitud Esbirros reforzados +2, acceso al sexto nivel de conjuros y un espacio nuevo para conjuros de segundo, tercero, cuarto y sexto niveles. Su familiar se reforzará y obtendrá la resistencia a la magia. Por defecto, y en caso de rechazarlo, el nivel se contará como neutral. ¿Quiere aumentar su nivel de necromaster? Sí/No".
Ayer me hubiera reído a carcajadas, pero ahora casi tiemblo... ¿A cuánta gente he matado? La descripción de la aptitud de Esbirros reforzados indicaba que la energía mística que canalizo cambia y ahora todos los esbirros levantados o creados por mí obtendrán una bonificación de distorsión de +1 a Fuerza y Destreza por cada cinco niveles completos del necromaster. Es decir, ahora mis no muertos recibían +2 en estos parámetros.
Con miedo oculto, cerré esta ventana también, esperando ver la notificación de otro nivel más. Pero ahora ha aparecido un mensaje sobre la tarea completada de "Resolver el problema con la Casa Xin". Las cinco mil de experiencia por esta misión palidecían en comparación con las más de cincuenta mil que separaban el nivel diez de personaje del nivel quince. Abriendo la ventana del sistema, me perdí literalmente entre mensajes de ganar experiencia por muertes de seres conscientes en la ciudad, además algunos todavía estaban llegando. Hojeé una decena de páginas y comprendí tan sólo que por un residente común hasta el nivel 10, caían 10 puntos de experiencia, y esos eran la mayoría. Las víctimas de nivel 10 a 15 valían 50 puntos. Por encima del nivel 15: 100.
Mi ferviente deseo de saber el número exacto de fallecidos pareció hacer que apareciera una ventana ante mis ojos: "¿Quiere ver las estadísticas completas sobre la experiencia adquirida en la última misión? Sí/No". ¡Claro que sí!
8 157 seres de hasta nivel 10 por 10 хр — 81570 xp 759 personas de nivel superior a 10 por 50 хр — 37950 xp 22 personas de nivel superior a 15 por 100 хр — 2 200 xp 4 Convocados por 500 хр — 2000 xp Total 123 720
¡Atención! La mitad de la experiencia obtenida se dirige a su esbirro inmortal.
Ha obtenido 61 860 puntos de experiencia (xp)
Casi nueve mil... — pensé, mirando la tabla. ¿Y si no tuviera a Gilt? Ahora quedaron claras algunas de las rarezas de mi salud, que atribuí a la fatiga. Al igual que las palabras de la diosa... Traté de mirar muy profundamente dentro de mí, de darme cuenta de mis sentimientos. ¿Culpa, remordimiento, algo aunque sea? Pero en mi alma reinaba la impasibilidad, incluso la indiferencia hacia aquellas cifras colosales, detrás de cada una de las cuales se encontraba la vida cortada de alguien. Sólo podía encontrar un ligero sentimiento de pena por las personas perdidas sin sentido, que en otras circunstancias serían capaces de lograr muchas cosas. ¿Quizás fue porque estaban del lado del enemigo? ¿O llevo mucho tiempo preparándome para las posibles bajas de esta nuestra guerra?
De mis reflexiones me distrajo una nueva ventana que apareció ante mis ojos: "Gracias a la bendición de Mor su esbirro inmortal ha adquirido suficiente experiencia para evolucionar. Puede cambiar el subtipo inicial de no muerto de su esbirro (zombi) por uno más avanzado. Actualmente hay dos subtipos disponibles para seleccionar: ghoul y flintusk. En caso de rechazo, la evolución se ofrecerá después de subir al siguiente nivel, con lo que podrían desbloquearse opciones adicionales. Si acepta, asegúrese de que su esbirro esté preparado, ya que el proceso de evolución puede ser muy doloroso. ¿Quiere hacer evolucionar a su esbirro inmortal? Sí/No".
Gilt evidentemente sintió algo, porque se sentó en la cama y me miró fijamente. Suspirando, yo también comencé a levantarme. Y todavía me quedaba mirar lo de los hechizos, repartir los puntos...
Capítulo 33
— ¿No tenías ninguna sensación extraña mientras no estuve contigo? — le pregunté a Gilt.
— Algo como una repentina llegada de fuerzas, — respondió el enano con un suspiro. — Como si me hubiera bebido un barril del bajomontaña fuerte en una apuesta... Después me di cuenta por nuestros lazos que recibí parte de esas almas que enviaste a los antepasados. Y ahora me ha subido otra vez, todo el cuerpo está que arde. ¿Qué es eso de evolución en la que estás pensando ahora?
Le expliqué cómo le estaba afectando mi repentino salto en el desarrollo.
— La bendición de dios muerto, dices... — Gilt se rascó la nuca, y luego se dio una palmada en las rodillas, sacudiéndose. — ¿Y cuáles son las opciones?
Se lo conté, sin olvidar mencionar lo doloroso que podría resultar el proceso de transformación.
— Los ghouls son monstruos, comedores de carne, — el enano se quedó pensativo. — Dicen que a veces aparecen en cementerios abandonados o si algún glotón ha sido mal enterrado. También hay rumores de que los vampiros saben convertir a sus sirvientes en algo similar. Los ghouls son mucho más fuertes que los muertos vivientes comunes; sus garras y dientes emiten un veneno que puede paralizar a la víctima. Pero son más vulnerables al daño debido a su carne más "viva". Seguramente en un cuerpo así podré sentir mejor los sabores, y paralizar al enemigo es una habilidad muy útil... Pero los ghouls se destacan por su apariencia repugnante, y no tengo muchas ganas de convertirme en algo asqueroso...
— Bueno, no te convertiste en algo asqueroso al ser zombie, — argumenté. — Lo más probable es que tu cuerpo cambie de acuerdo con el nuevo subtipo de no muertos, pero en apariencia no cambiarás mucho.
— Tal vez sea así, — resopló Gilt. — Y el flintusk es un monstruo muy poco frecuente... Escuché varios rumores al respecto. Dicen que algunos de los que murieron bajo un derrumbe o cayeron en una grieta pueden regresar en forma de estos no muertos. De sus cuerpos sobresaldrán piedras afiladas, que les brindan protección a modo de espinas y también les sirven como arma. Este monstruo también es capaz de provocar un terremoto a su alrededor. Pero dicen que su carne muerta apesta brutalmente... Si no fuera por este detalle, sin duda le preferiría a un ghoul.
— Se puede negar y esperar hasta que aparezcan más opciones, — sugerí.
Gilt se quedó pensando profundamente y guardó silencio durante varios minutos. Sentía sus pensamientos, pero no le molesté con consejos y no le metí prisa.
— No, no estaría bien ofender a tu patrón, — dijo finalmente. — Además con esta «envolupción» te seré más útil. En cuanto a los rasgos desagradables... ¡aguantaré, no me pasará nada!
— Creo que juntos podemos manejarlo, — animé a mi amigo. — Intentaremos reiniciarlo de alguna manera, si se vuelve completamente insoportable... Entonces, ¿a quién eliges?
— Vamos con flintusk, — suspiró Gilt con aire de condenado. — Ya que estamos, la piedra me es más afín, y es un monstruo poco frecuente, tal vez podemos sorprender a nuestros enemigos...
— Quítate la ropa por si acaso, — le pedí, y el enano, suspirando de nuevo, comenzó a desvestirse.
Yo, mientras, regresé a la ventana correspondiente, esperé hasta que Gilt asintió, en plan «estoy listo», e hice clic en «Sí».
El enano se plantó en medio de la habitación, y, tan pronto como la ventana de confirmación se disolvió, se quedó envuelto en un torbellino de energía negativa. Además, este tornado estalló desde algún lugar dentro de su cuerpo. Los frenéticos torrentes de energía eran fantasmales y giraban a tal velocidad que apenas podía seguirlos. Los músculos de Gilt se hincharon y se ha puesto en una postura como de un culturista en el podio (qué comparación más extraña me vino de repente a la cabeza). Parecía que se había vuelto un poco más alto e incluso más ancho... sin embargo, este estado relativamente tranquilo pronto terminó: como bayonetas, filos de piedra anchos y afilados comenzaron a salir a golpes del interior de su cuerpo. Sentía que cada uno de esos golpes resonaba en el cuerpo de mi camarada con un tremendo dolor. Incluso sus ecos que me llegaban a través de los lazos fueron dolorosos para mí, y debió ser muy duro para el enano. Sin embargo, Gilt aguantaba y tan sólo soltaba un leve gruñido ante cada aparición de un nuevo pincho. Pronto ya parecía un erizo: las púas sobresalían de todas las extremidades, de los hombros, de la espalda y del pecho... sólo la cabeza quedaba libre; allí, como una diadema, de la piel emergió una cresta que aparentemente servía para proteger el cráneo. Al parecer, este fue el último detalle de la transformación y el flujo de energías se calmó.
— Y bien, ¿cómo me ves? ¿Muy guapo? — me preguntó Gilt con voz ronca.
Sentí su sarcasmo y entendí que gracias a nuestro enlace ya sabe perfectamente cómo se ve, así que no respondí nada. Además, me atrapé en el pensamiento de que estaba evaluando todas estas piedras que sobresalían de su cuerpo únicamente desde el punto de vista de la conveniencia táctica, sin ningún tipo de desdén ni disgusto.
Gilt carraspeó y todos los fragmentos que habían salido fuera comenzaron a regresar lentamente a su cuerpo. En cuando una espina desaparecía, la piel desgarrada se cerraba, emitiendo un sonido succionante, e incluso parecía sanarse por completo. Al menos no noté ninguna cicatriz ni ninguna otra marca residual. Este proceso fue menos doloroso, pero aún así quedaban sensaciones desagradables. Quitándose la corona de piedra de la cabeza, el enano se dejó caer con cansancio en la cama.
— Bueno, ya está... ¡y a eso le tenías miedo! — le sonreí. — Además no parece haber ningún olor...
— ¡Alabado sea el Padre! — exhaló Gilt con alivio. — Bueno, y a Moran le debo una reverencia... Lo que se trata del hedor... siento que puedo provocarlo a voluntad, lo mismo que estas espinas. Y también me apareció la comprensión de cómo darle al suelo para que salga una ola... ¡Qué raro!
— Lo principal es que estás bien y puedes controlar todo ello, — le calmé a mi camarada. — Necesito ponerme al día con hechizos nuevos, y tú descansa mientras.
— A ver si puedo... — refunfuñó Gilt, pero no puso objeciones y se tumbó obedientemente en la cama.
Las habilidades son lo primero, pensé, sacando el grimorio y dejándolo a un lado. Se han acumulado 51 puntos, el máximo aumentó hasta 18, el mínimo, respectivamente, a 9. En primer lugar, por supuesto, subí conocimiento de conjuros: — 5 puntos. 8 en concentración y persuadir, eso deja 30. 5 en engañar y escalar: tal vez con eso me corte menos cuando trepo al dragón. 3 en medicina, observar y buscar... pensando un poco, también les puse más al uso de objetos mágicos y cartografía. Sólo quedan 5 puntos. Repasando la lista una vez más, quise agregar 4 puntos a escuchar, pero ahí la codicia pudo conmigo y lo dejé como estaba, todo lo importante ya lo tenía maximizado.
Mi mirada se deslizó sobre los parámetros, tenía ya 4 puntos acumulados. Estaría bien aumentar fuerza, que si no sin el anillo el bono se reduce en uno... Y entonces una suposición me golpeó como un rayo: voy a abrir el grimorio después de subir un montón de niveles; recuerdo que el maestro dijo algo sobre que por más inteligencia que tengas, más hechizos mostrará el grimorio... ¡Y yo, idiota, lo olvidé por completo! ¡Qué bueno que primero me puse a repartir los puntos de habilidades! Inmediatamente quise poner ahí los cuatro puntos, pero mi intuición contuvo persistentemente mi codicia; por alguna razón tenía el presentimiento de que los puntos libres aún me harían falta. Así que me decidí por dos: 20 (+5). Inmediatamente miré lo que había cambiado: apareció un espacio adicional del primer nivel y uno nuevo del quinto. Seguramente, si le pongo dos más a Inteligencia, aparecerá uno nuevo del sexto... pero eso da igual, siempre podré hacerlo, sin embargo perder la oportunidad de conseguir hechizos nuevos... Argh, ¡ojalá supiera cómo funciona eso! A ver si abro el grimorio y no habrá nada de hechizos nuevos — y ya, demasiado tarde, gastaste todos tus puntos libres...
También se me ha acumulado una decente cantidad de puntos de aptitudes, incluidos 3 de especiales de nigromante... Pero aquí hay que pensar con prudencia y en un ambiente más tranquilo. Además me gustaría pedirle consejo a Wunorse, él al menos lo entiende algo.
Bueno, ahora sí ha llegado el momento de recurrir al grimorio. Apenas tomé el libro en mis manos y pensé en abrirlo, el grimorio se volvió notablemente más cálido y varios mensajes aparecieron ante mis ojos. Resultó que tenía 4 hechizos del cuarto nivel, 4 del quinto y 2 del sexto disponibles para elegir. También hubo una notificación sobre cuatro hechizos de tercer nivel que, o olvidé seleccionar en niveles anteriores, o es la bonificación por tener ahora inteligencia más alta. En fin, a ver qué hay.
De tercer nivel, elegí Armadura de mago mejorada, que otorga +6 de armadura para una hora por nivel de mago, es decir, casi para todo el día en mi caso, Disipar magia, que, según recuerdo, quería escoger aún durante mi aprendizaje, y Lanza sónica, un hechizo de largo alcance que inflige 1d8 de daño por nivel, hasta un máximo de 10, con una salvación de fortaleza para la mitad del daño. La elección recayó en ellos debido a que no tenían requisitos de componente material. De restante seleccioné Aliento ácido, sólo para sintonizar con Yarna. Aquí era necesario llevar vinagre a la boca, aunque, a juzgar por la descripción, el vino también serviría, y el hechizo resultante salía en forma de la exhalación creando un cono de casi 5 metros con el daño de 1d6 por nivel, también hasta un máximo de 10.
A medida que seleccionaba hechizos, el grimorio pasaba páginas por sí solo, mostrándome cada vez más páginas nuevas de diferentes colores, dependiendo de la escuela o elemento de cada conjuro específico.
De cuarto nivel, me gustaron 6 hechizos de la lista y, como resultado de algunas reflexiones, me decidí por la Puerta dimensional, una especie de teletransporte en distancias cortas: 120 metros como base, más 12 metros por nivel, es decir, en mi estado actual podría saltar unos 250 metros. Una gran ventaja radicaba en que este hechizo era puramente verbal y, además, podría llevar consigo una criatura mediana por tres niveles completos del mago. El segundo hechizo que elegí fue Invisibilidad mejorada: a diferencia de la normal, no requería componente material y no terminaba en caso de atacar, es decir, podría luchar siendo invisible. Sólo que duraba una ronda por nivel de mago en lugar del habitual minuto de invisibilidad. El tercero escogí Bastón enredador. Este curioso hechizo se lanzaba tocando el bastón, y durante una ronda por nivel de mago, el bastón adquiría una propiedad adicional: en caso de un ataque exitoso, bajo la influencia de esta magia liberaba una enredadera que envolvía a la víctima con un bono de +8 para presa. Después de esto, se podría apretar la enredadera, causando un poco de daño y sujetando al enemigo, o se podría dejar a la víctima enredada y seguir golpeando a otros enemigos con el mismo efecto. Al final otra vez no pude resistirme y escogí Vuelo de dragón. Esta magia hacía que te crezcan alas de dragón, permitiendo volar durante una hora por nivel de mago. Además, incluso estaba indicada la velocidad media de vuelo de aproximadamente 25 km/h. En calidad de componente hacía falta una escama de dragón, una garra o un diente, o un trozo de membrana de ala... creo que no será difícil para mí pedirle eso a Yarna. Los recuerdos de las sensaciones de volar todavía estaban tan frescos en mi memoria que simplemente no pude resistir la tentación. Junto con el aliento, ahora podía hacer compañía a mi amiga no como un jinete, sino casi como un verdadero compañero de combate en el aire. Es una lástima que por culpa de este conjuro tuve que renunciar al hechizo de Piel pétrea, una excelente magia protectora, pero requería polvo de diamante, que no tenía, así que decidí posponer su adquisición para el futuro... y hay que recordar conseguir diamantes para entonces.
De quinto nivel, lo primero que hice fue elegir Teleporte. Aquí estaba, el hechizo que tanto me faltaba y que me liberaba del apego a los círculos portales. Esta magia era puramente verbal, el alcance estaba limitado a 150 km por nivel de mago e, igual como en el caso de la Puerta dimensional, podía llevar consigo una criatura mediana por tres niveles de mago completos. De siguiente, quería algo ofensivo, así que elegí Bola relampagueante: este conjuro permitía crear bolas eléctricas a razón de 1d6 de daño por nivel de mago, hasta un máximo de 15. Además, era posible crear muchas bolas con 1d6 de daño o combinaciones de más tamaños, hasta sólo una con el daño máximo. El alcance era medio: 30 metros +3 por nivel, y las bolas duraban una ronda por nivel, sin desaparecer incluso después de causar daño. Era posible mover las bolas de la misma forma que las luces con las que ya estaba familiarizado. De componente se requería una pequeña cuenta de metal hecha de hierro o cobre para cada una de las bolas relampagueantes a crear. También me gustó el hechizo Neblina helada y lo elegí en tercer lugar. No se requería ningún componente material y, al alcance medio, esta magia creaba una niebla viscosa en forma de bola con un radio de 6 metros. Tan viscosa que dentro se podía ver sólo en un radio de metro y medio; además suavizaba la caída si alguien se caía encima desde arriba, y el desplazamiento en el interior era muy complicado. Además, adentro hacía mucho frío, causando 1d6 de daño con frío mágico y congelando inmediatamente todas las superficies, haciéndolas muy resbaladizas, no era fácil quedar de pie dentro de la neblina. Y por último elegí Desterrar, un hechizo que muchos probablemente encontrarían inútil. Esta magia funcionaba a distancia corta y permitía enviar de regreso a una criatura que vino de otro plano de la realidad. Era posible resistir el hechizo únicamente con una salvación de voluntad e incluso si tenía éxito, la criatura podría ser empujada accidentalmente a otro plano de la realidad, diferente de su nativo. Aún no me he topado con criaturas extraplanares, no sé si los elementales se consideran tales, pero tenía frescos los recuerdos de la diosa sobre los demonios... y ya que tenía oportunidad, quería asegurarme por si acaso: no creo que por aquí haya muchos magos que pueden enseñarme este conjuro.
De sexto, enseguida elegí Desintegrar, tan pronto como vi este hechizo en la lista. Esta magia permitía lanzar un rayo de alcance medio, que tenía que impactar al objetivo con un ataque de toque a distancia. Si acertaba, causaba 2d6 de daño por nivel de mago, hasta un máximo de 40, y si este daño reducía los PV de la víctima a cero, este conjuro la desintegraba por completo, convirtiéndola en fino polvo. Si la víctima superaba una salvación de fortaleza, el daño se reducía a 5d6, conservando el mismo efecto en caso si los puntos de vida se reduzcan a 0 como resultado de este daño. Los componentes necesarios eran un trozo de imán y una pizca de polvo. En el segundo lugar escogí Tormenta ácida, un hechizo que creaba un cilindro con un radio de 6 metros dentro del alcance medio, en el interior del cual lloviera ácido, causando 1d6 de daño por nivel de mago, hasta un máximo de 15. La salvación de reflejos reducía el daño a la mitad, y de componente se requiría un vial de ácido. Puede que haya sido imprudente escoger dos hechizos de ataque, pero ya estaba cansado de leer la lista y decidí actuar de la misma manera que cuando obtuve acceso al tercer círculo. Además, alguien llamó a la puerta de la habitación; la visualización de las páginas negras de nigromancia tendrá que posponerse para más tarde. Y necesito practicar con estos nuevos hechizos, de lo contrario me servirán bien poco.
Señalé a Gilt con la cabeza hacia la puerta y él fue a abrirla. Enseguida puse el grimorio en el bolsillo de mi capa y comencé a vestirme rápidamente. Detrás de la puerta había una chica que nos llamó a comer. En la amplia sala del segundo piso, donde la seguimos, ya nos estaban esperando Zmer y Yarna. Las chicas estaban sentadas sobre cojines directamente en el suelo, junto a una mesa baja con platos. La dragona realmente vestía un yukata, no me lo hubiera soñado, y se veía muy orgánica con él. La diosa todavía estaba vestida con su habitual equipo de aventurero pícaro. Nos sentamos a la mesa, la chica que nos acompañaba salió y cerró la puerta detrás de ella.
— ¿Qué te parece tu nueva capa? — me preguntó Zmer con una sonrisa. — ¿Te gustó? Es mi agradecimiento personal por tu ayuda.
— Es un regalo magnífico, — respondí honestamente e hice una reverencia, — del cual no soy digno. Sin Yarna no habría podido completar la tarea.
La dragona levantó la cabeza bruscamente y quiso objetar, pero la diosa la silenció con un ligero movimiento de su mano.
— No te hagas el humilde, — se rió, aunque parecía que le gustaba mi modestia. — Eres precisamente tú quien lleva a tus compañeros detrás de sí. Y es poco probable que alguien más hubiera sabido manejar la situación si estuviera en tu lugar. Hermanito actuó sabiamente al no convertirte en su avatar.
Una vez más incliné la cabeza frente a ella, empujando un plato hondo hacia mí. Zmer asintió en respuesta e hizo un gesto como diciendo, vamos, empezad a comer. El plato estaba lleno hasta el borde con una especie de sopa oscura con verduras y hierbas hervidas; no pude distinguir los demás ingredientes. Su sabor era áspero, pero agradable. La cuchara sopera de madera se parecía más a un cucharón y me parecía un poco incómoda, pero parece que sólo a mí: los demás se las arreglaron sin visibles problemas. De segundo plato había pescado asado hasta tener costra dorada, con guarnición de arroz blanco. En apariencia y sabor, no noté en él ninguna diferencia con el cereal de la Tierra que conocía. En un recipiente cuadrado aparte, estaba servida una ensalada de verduras encurtidas. Reconocí algo parecido a repollo picado, además de algunos brotes y algas. La marinada tenía un sabor fuerte e inusual, pero había tan poca ensalada que sirvió perfectamente como condimento para el arroz. A todos nos pusieron cucharas y tenedores europeos bastante familiares, sólo la diosa usaba palillos para comer.
Tan pronto como terminamos de comer, en la habitación entraron unas chicas y retiraron los platos vacíos, luego trajeron rápidamente cuencos con bebida humeante y colocaron una pequeña cesta de mimbre con pan frente a cada uno de nosotros. La bebida resultó ser té verde y los bollos alargados, cortados por la mitad, parecían recién salidos del horno. Las mitades rubicundas estaban cubiertas con una espesa mermelada de olor apetitoso, que sabía a ciruela.
— Tus cosas ya se fueron limpiados y las han llevado a tu habitación, — habló la diosa cuando las chicas se fueron. — El círculo portal está listo. Hay muchos que quieren despedirse de vosotros, pero, según tengo entendido, a ti no te gustan este tipo de eventos, ¿verdad?
— Así es, — asentí agradecido. — Me gustaría volver lo antes posible. Por mucho que me gustaría disfrutar de su hospitalidad, ahora no es el momento para ello. Además, he obtenido muchos hechizos nuevos y necesito aprenderlos. Hará falta práctica y entrenamiento... y hasta donde tengo entendido, tu también tienes muchos quehaceres aquí y yo sólo seré una distracción.
— Así es, — sonrió Zmer con picardía, tomando un sorbo de té. — ¿Te ayudo con algunos componentes? ¿Qué escogiste?
Enumeré los hechizos que acababa de elegir y dije honestamente que ni siquiera tuve tiempo de mirar las páginas de nigromancia. Recordando a tiempo, también comenté sobre el polvo de diamantes.
— Está bien, — la diosa asintió y se puso de pie. — Ordenaré que te preparen lo que necesites.
Nos saludó con la mano y salió de la habitación sin ceremonias. Mis compañeros también comenzaron a levantarse. Durante nuestra conversación, lograron vaciar sus cestas y terminar su té, y sólo a mí me quedaron algunos bollos. Sentía que Gilt no era reacio a terminar con los deliciosos horneados, pero le amenacé con el dedo, saqué un trozo de tela de mi bolsa del cinto, envolví en ella los bollos y la metí en el espacio mágico de la bolsa. Wunorse seguramente estará encantado con tal obsequio.
— Te queda muy bien, — le comenté a Yarna, acercándome a la puerta. — Pídeles que te envuelvan este vestido para llevar.
La dragona asintió y salió rápidamente de la habitación. ¡Bah! ¿Se ha sonrojado? Gilt separó los brazos, como diciendo «y yo qué sé», en respuesta a mi mirada inquisitiva y nos dirigimos a nuestra habitación a cambiarnos.
Capítulo 34
El reluciente equipo ya estaba sobre mi cama y no nos tomó mucho tiempo prepararnos. Yarna nos recibió en el pasillo, vestida con la ya familiar armadura completa negra. Sin embargo, esta vez noté una pequeña mochila negra a su espalda; después de todo, parece que la dragona ha adquirido algunas cosas.
En la misma salida, casi choco con un chico que me hizo una reverencia y me entregó una bolsa bastante pesada con componentes. Se lo agradecí y comencé a introducir los ingredientes en mi bolsa mágica uno por uno, más para tener una idea de los regalos que me prepararon.
Bajamos las escaleras los tres juntos. Mis compañeros, que me esperaron mientras estaba ocupado con mi bolsa, decidieron quedarse un poco atrás, aparentemente para crear una imagen más espectacular. A juzgar por el rugido entusiasta de la multitud que marcó nuestra aparición, lo consiguieron.
La diosa nos esperaba en la salida abierta a la plaza portal, abarrotada de gente. Soldados armados custodiaban el paso hacia el círculo del portal y lo rodeaban, aguantando a la gente con las astas de sus lanzas. Zmer hizo un gesto deliberadamente amplio con la mano, mirándome con una sonrisa, como diciendo «por favor», y cuando la alcancé, caminó a mi lado, saludando ocasionalmente al público alzando la mano.
Caminé lentamente, permitiendo que la diosa estuviera un paso por delante (espero que los lugareños apreciaran esta señal de respeto) e hice lo mejor que pude para quitar la expresión ceñuda de mi rostro. A pesar de la sincera alegría y adoración que iluminaba los rostros de las personas reunidas, por alguna razón no me gustaba nada esta ceremonia de despedida, que me recordaba una especie de espectáculo escenificado.
En la primera fila detrás del cordón, vi a Yaozu y le hice un gesto con la mano. Él sonrió y me devolvió el saludo. Algunas personas que lo rodeaban retrocedieron asombradas y luego se acercaron a él con gritos de alegría, palmeándole los hombros y la espalda, felicitándole y expresándole admiración. Intenté buscar a alguien más que conocía entre la multitud, pero había mucha gente, los rostros pasaban rápidamente y parecían fusionarse en uno, además recordaba muy mal a todos los rescatados de las mazmorras.
Pero cuando ya estábamos a medio camino del círculo del portal, mi mirada se enganchó en el rostro concentrado de un joven. Con demasiada atención me miraba y la expresión de su rostro era notablemente diferente de las caras felices de las personas alrededor. Ropa corriente, un arma en su cinturón, mochila, orejas puntiagudas... Sin embargo, en cuando me fijé en él, sobre la cabeza del chico apareció un cartel con la inscripción escarlata: "Li Mon, [Rus], nivel 12". Como si sintiese mi mirada, el chico comenzó a retirarse lentamente dentro de la multitud, sin desviar su mirada ligeramente vidriosa del centro de la plaza.
Entramos en el círculo, la diosa hizo un gesto brusco y el ruido en la plaza poco a poco se apagó.
— Nuestro héroe nos deja, — habló, y su voz, potenciada por la magia, resonó por toda la plaza, — y estoy muy contenta de ver que tantos vinieron a expresarle nuestro más sincero agradecimiento por haber venido a ayudarnos en un momento difícil. Por la incertidumbre de los aliados, por nuestra propia debilidad, nuestro levantamiento contra la tiranía de los nuevos dioses, contra la esclavitud que impusieron, fracasó... — Zmer hablaba con emoción, con una sinceridad cautivadora en su voz. — Los aliados se fueron, muchos de los nuestros fueron capturados, y los canallas ya estaban disfrutando de su victoria, revolcándose en la intimidación y la tortura... ¡Y esto lo han aprendido hacer muy bien durante los muchos siglos de su dictado! Todos lo sabéis muy bien... Pero el Innombrable no nos abandonó. Atendió nuestras súplicas, escuchó la petición de su diosa y vino. Y no vino solo. Trajo consigo a su heilun, — la diosa señaló a Yarna, y la multitud estalló con un grito triunfal, — destruyendo así el mito acariciado por los amos sobre su completo exterminio. También le acompañó su fiel amigo del pueblo bajo las montañas, — la multitud saludó al enano con no menos fervor y sentí que Gilt estaba muy satisfecho con esta atención. — ¡Un amigo que murió en combate con los saelin que lo vendieron como esclavo, pero incluso así no se resignó, y se levantó para estar a su lado y seguir luchando por una causa justa!
Un rugido entusiasta volvió a resonar entre la multitud, la gente agitaba frenéticamente los puños en alto, muchos alzaban sus armas por encima de sus cabezas, incluso los guardias levantaron sus lanzas al unísono. Gilt sucumbió a las emociones del momento y levantó lentamente su martillo sobre su cabeza, lo que provocó otra oleada de deleite.
— El Innombrable no tuvo miedo de arriesgar su libertad y fue personalmente a rescatar a los prisioneros, aunque yo, — aquí la diosa inclinó la cabeza en gesto de arrepentimiento, — le ofrecí atacar durante el festejo y la ejecución de nuestros camaradas prevista para ese momento. La muerte de los jefes de la casa Xin pagaría con creces todos los posibles sacrificios, y estoy absolutamente segura de que cada uno de ustedes, tanto los que estaban en las mazmorras como los que quedaron libres, estarían dispuestos a dar su vida por la oportunidad de destruir a los torturadores. No podía obligarme a arriesgar también al Innombrable...
En la plaza reinó un silencio sepulcral. Sentía casi directamente con mi piel como la simpatía fluía de la multitud hacia la diosa. Curiosamente, a nadie le sorprendió que Zmer se arrepintiera públicamente y revelara a los reunidos la terrible verdad. Tal franqueza se dio por sentada, incluso escuché varios gritos femeninos ahogados: ¡no, no es culpa tuya!
— Pero él sin dudar decidió rescatar primero a los prisioneros, — continuó Zmer. — y no podía ir en contra de sus deseos. Nosotros, a diferencia de los nuevos dioses, respetamos el libre albedrío, — la multitud rugió con aprobación. — ¡¡¡Y lo ha logrado!!!
Se escucharon nuevamente gritos de alegría.
— ¡Entre nosotros están aquellos a quienes Innombrable rescató del cautiverio, salvó sus vidas y se vengó de sus verdugos! Ellos son testigos vivos de su hazaña, preguntadles también. ¡El palacio de los amos ha sido destruido, y aquellos que fueron pusilánimes y se pusieron de su lado fueron castigados con la ira caída desde el cielo!
— El héroe casi fue consumido por completo, — continuó la diosa cuando los gritos se calmaron. — caminó al borde de la locura por nosotros. Y me alegra ver que tantos lo entienden y han venido a expresarle su gratitud. Pero no somos los únicos que necesitamos ayuda. ¡Todo Ominaris pronto se verá envuelto en las llamas de la rebelión, llamas que destruirán los collares de esclavos y derribarán a los amos de su falso pedestal! ¡Y el Heraldo de nuestra lucha debe partir de viaje de nuevo!
Zmer dio un paso atrás y la oí susurrar en mi cabeza: "¡Venga! ¡Vamos! ¡Di algo!" Actuando como por instinto, golpeé los adoquines con mi bastón, liberando energía negativa a través de él y soltando mi aura. Estalló bien, el sonido del impacto se extendió por toda la plaza, como un disparo (Zmer había manipulado claramente el efecto con su magia), y era como si una ola hubiera pasado por las primeras filas debido a que muchas rodillas cedieron a la vez.
— ¡Gracias! — mi voz, también realzada por magia, sonaba de cierta manera anormalmente sombría. — Entiendo vuestra alegría y me complace vuestra gratitud. Sin embargo, mientras los dioses ajenos estén vivos, mientras sus templos permanezcan en pie, mientras existan los sacerdotes, magos y nobles devotos a ellos, siempre podrán regresar y esclavizaros nuevamente. La guerra apenas comienza y deben comprenderlo muy bien. Todos tenemos mucho sufrimiento por delante, muchos sacrificios, muchos momentos de desesperación y decepción. No he hecho nada que ustedes no hagan, que algunos de ustedes no hayan hecho ya. Recuerdan esto. El Innombrable es sólo uno más de ustedes. Por lo tanto, no es necesario que me agradezcan lo que cada uno de vosotros haría en mi lugar. ¡Gracias a vosotros! ¡¡¡Gracias por la valentía de ir contra cimientos centenarios, por la voluntad de romper los collares de esclavos, por la osadía y el sacrificio!!!
Con estas palabras, incliné mi cabeza ante la multitud e hice que se apagara el bastón que ardía con la llama oscura. El silencio que siguió a mis palabras fue roto por un tímido aplauso, luego otro... cada vez más personas se sumaron a los aplausos y algunos comenzaron a corear al compás: "¡Innombrable! ¡Innombrable!" La diosa permitió que los gritos alcanzaran su clímax, tras lo cual agitó su mano y quedamos cegados por el destello del teletransporte activado.
— Excelente discurso, — me elogió cuando aparecimos en el círculo del portal del Primer Templo.
— Sólo dije lo que pensaba, — hice una mueca. — Entre la multitud se encontraba un jugador del clan «Rus».
— Yo le vigilaré, — asintió Zmer con comprensión. — Y tú deberías pensar en cómo hacer frente a los jugadores inmortales.
Con un movimiento de su mano, la diosa se despidió y desapareció; por lo visto ha usado su propio hechizo de teleporte sin usar el círculo. Nosotros nos dirigimos hacia nuestras habitaciones. Por el camino, le comenté a Yarna sobre los hechizos recién adquiridos y la pedí entrenar juntos. Bueno, tampoco olvidé de mencionar los componentes que necesitaba para el vuelo. La dragona accedió fácilmente y acordamos ir a la ciudad tan pronto como estuviera listo.
En mi habitación, me cambié de ropa e inmediatamente me senté con el grimorio, que obedientemente abrió sus nuevas páginas negras ante mí. Cuarto nivel:
Contagio — verbal-somático, permite infectar a la víctima por medio del toque, había 7 enfermedades diferentes para seleccionar.
Enervar — también verbal-somático, este hechizo despide un rayo de energía negativa a una distancia corta, que debe golpear con un ataque de toque a distancia, en cuyo caso la víctima recibe 1d4 niveles negativos. Si el nivel después del enervar bajaba a cero, esto conducía a la muerte. El nivel negativo se restaura después de horas iguales al nivel del lanzador.
Maldición — verbal-somático, maldice a la víctima con un toque, si ésta falla la salvación. Dicha maldición tiene tres efectos, pero sólo se puede elegir uno: −6 a un parámetro aleatorio (hasta el mínimo de 1); −4 a las tiradas de ataque, de parámetros y de habilidades; con cada acción, la víctima tiene un 50% de posibilidades de caer en estupor y no hacer nada. Se mencionaba que la maldición podría ser creada por el lanzador; al parecer esta posdata apareció porque podía manipular los flujos de energía. La maldición impuesta era permanente hasta que la quite otro hechizo o hasta la destrucción de magia impuesta.
Miedo — este conjuro golpea en un cono de 10 metros y provoca que todos los seres vivos afectados entren en pánico durante un número de rondas igual al nivel del lanzador, si fallan una salvación de voluntad. Incluso en caso de éxito, las criaturas afectadas serán conmocionadas durante una ronda, sufriendo −2 en todas sus tiradas. De componente se requería un corazón o una pluma de pájaro, de éstas últimas, afortunadamente, tenía de sobra.
Hervir sangre — este conjuro hace que la sangre de un objetivo al alcance medio hierva durante rondas iguales al nivel del lanzador, causando 1d8 de daño por ácido y 1d8 de daño por fuego cada ronda. Una salvación exitosa de fortaleza podría suprimir este daño, pero dicha salvación debe repetirse en cada ronda. El componente material necesario era una gota de sangre.
Por alguna razón, el grimorio me mostró el ya familiar hechizo de Revivir muertos, y también vi el conjuro de Infligir heridas de nivel correspondiente.
Con el cuarto nivel parece que ya está; los hechizos son poderosos, ingredientes para ellos tengo... ¿a ver el quinto?
Ruina — este conjuro afectaba a la víctima a una distancia de hasta 10 metros, bastaba con tener contacto visual. La energía negativa marchita y destruye a la víctima desde el interior, causando 8d8 de daño necrótico. Si la víctima supera la salvación de fortaleza, este daño se reduce a la mitad. Si la víctima tiene aunque sea alguna relación con el mundo vegetal, entonces recibe penalizaciones en su salvación y el daño del hechizo para ella será máximo, es decir, 64 puntos. Y si una planta que no tiene conciencia cae bajo el efecto de este conjuro, se seca inmediatamente y muere. Se mencionaba que este hechizo podría lanzarse usando un espacio de nivel superior, en cuyo caso el daño aumentaba en 2d8 por cada nivel del círculo superior al quinto. No hacían falta componentes materiales.
Manto gris — ese extraño hechizo enviaba una nube de humo gris a la víctima a media distancia. Si la víctima falla su salvación de fortaleza, no podrá curarse de ninguna manera durante una ronda por nivel de lanzador. El componente para esta magia era un cráneo humanoide.
Muro de espíritus — crea una masa inmóvil de formas de color blanco verdoso parecidas a espíritus atormentados que se arremolinan unos contra otros. Un lado de ese muro a elección emite gemido bajo que obliga a las criaturas en un radio de 20 metros de ese lado realizar salvación de voluntad o huir presas del pánico durante 1d4 rondas. Cualquier criatura viviente que simplemente toque el muro sufre 1d10 de daño de energía negativa. Una criatura viviente que atraviese el muro sufre 1d10 de daño adicional y debe realizar salvación de fortaleza o sufrir un nivel negativo. La barrera es semimaterial y opaca, proporciona cobertura y protege completamente contra ataques físicos, además de bloquear cualquier efecto mágico (incluidos hechizos, habilidades sobrenaturales y sortílegas). El muro se puede hacer recto con una sección de 3 metros por nivel del lanzador, o en forma de esfera/hemisferio con un radio de medio metro por nivel. Un muro así durará un minuto por nivel del mago. El componente material requerido era cualquier piedra preciosa transparente.
Impotencia — un hechizo verbal-somático que afecta a un humanoide vivo en alcance corto. Si la víctima falla su salvación de fortaleza, su cuerpo se llena de un dolor salvaje, sus extremidades comienzan a temblar y sus ojos comienzan a sangrar. Durante una ronda por nivel de lanzador, la víctima se vuelve indefensa, e incluso después estará conmocionada por esa experiencia durante 3d10 minutos.
Miasmas de entropía — otro hechizo verbal-somático que arroja una niebla roja en un cono de 10 metros que destruye cualquier material natural que pese medio kilogramo por nivel de lanzador, no afectando sólo objetos de mayor peso. Se mencionaba que esta magia podría dirigirse a un objeto específico, no mágico y no sensible.
Toque de la noche — un hechizo de toque que golpea a la víctima con energía negativa intrincadamente concentrada, causando 1d6 de daño por nivel de mago (hasta un máximo de 15) y además le quita 1d6+2 puntos de Constitución. Una salvación de fortaleza exitosa permite evitar el daño al parámetro, pero el daño necrótico siempre pasa entero. Este conjuro asusta incluso a las criaturas no muertas, haciéndolas huir presas del pánico si fallan una salvación de voluntad.
Oleadas de fatiga — un hechizo verbal-somático que libera ondas de energía negativa en un cono de 10 metros, causando fatiga a todos los seres vivos afectados por esta magia.
Y en la última página negra del quinto nivel estaba el hechizo Símbolo del dolor, que permitía crear una trampa mágica que, cuando se activaba, hundía a todos los seres vivos en un radio de 20 metros en oleadas de dolor, imponiendo −4 a todas sus tiradas. Una salvación exitosa de fortaleza permitía resistir esta magia, pero tenía que repetirse en cada ronda mientras uno se encontraba dentro del área de efecto del símbolo. El dolor continuará atormentando a la víctima durante una hora y el símbolo en sí, una vez activado, funciona durante 10 minutos por nivel de mago. Para crear esa trampa, era necesario dibujar un símbolo rúnico y realizar un ritual sobre él, que ocupa unos 10 minutos. Las líneas tenían que dibujarse con fósforo, luego había que verterles mercurio y después, a medida que avanzaba el ritual, encima rociar generosamente con polvo de diamante u ópalo. Resultaba ser una trampa que consume demasiados recursos...
En fin, me gustaron los hechizos de quinto nivel, especialmente Muro e Impotencia. Para el Manto, valía la pena guardar un par de calaveras cuando surja la oportunidad, aunque no creo que necesite este conjuro muy a menudo. Sin embargo, privar a una criatura que se regenera rápidamente de su principal baza vale mucho la pena. Pero del Símbolo me temo que tendré que olvidarme por ahora.
Bueno, lo que queda es mirar el sexto nivel.
Nova incorpórea — este hechizo provoca una explosión con un radio de 15 metros a alcance medio que destruye 1d4 niveles de criaturas incorpóreas por nivel de lanzador (máximo 20d4) en el área afectado. Hubo mención de que las criaturas de nivel 9 y superior pueden no verse afectadas por esta magia, y las criaturas especialmente inteligentes de este tipo podrían resistir este conjuro en caso de superar la salvación de voluntad. Verbal-somático.
Congelar el corazón — este hechizo encierra el corazón de la víctima a corta distancia en un bloque de hielo. El objetivo queda exhausto de inmediato y muere en 1d3+2 rondas. Con una salvación de fortaleza exitosa, en vez de ello recibe 5d8 puntos de daño por frío y no se agota. Este conjuro cuenta como un golpe crítico, y cualquier criatura que sea inmune a críticos por una razón u otra, es inmune a este hechizo. De componente material para esta magia hacía falta una tira de tendón humanoide disecado.
Temblor de la carne — este hechizo afecta el esqueleto de un solo objetivo a corta distancia, causando un dolor insoportable, torciendo y rompiendo huesos. La víctima queda automáticamente aturdida durante 1 asalto (sin posible salvación). En el siguiente asalto, la víctima debe realizar salvación de fortaleza o recibir 1d6 puntos de daño contundente por nivel de lanzador, y sentirá náuseas por el dolor durante 1d4+2 rondas. De componente hacía falta un hueso, que se consumía durante el lanzamiento del hechizo.
Rayo de entropía — dispara un rayo de energía negativa a corta distancia que degrada la energía vital del objetivo. El rayo debe impactar en un ataque de toque a distancia. Si este ataque contra una criatura viviente tiene éxito, la víctima sufre una penalización de −4 a Fuerza, Constitución y Destreza durante un minuto por nivel de lanzador. No se requería ningún componente material.
Revivir muertos vivientes — este hechizo levantaba de nuevo a los muertos vivientes que fueron derrotados reduciendo sus PV a cero. Desde el momento de tal derrota debería haber pasado no más de un día por nivel del lanzador, además el espíritu del objetivo debe estar libre y dispuesto a regresar. Los muertos vivientes cobran vida con 1 PV por cada nivel que tenían y pierden permanentemente un nivel durante el proceso de resurrección. De componente material sirve una gran perla negra.
Toque fantasmal — un interesante hechizo verbal-somático que le da a cada toque del mago en el combate cuerpo a cuerpo, durante un número de rondas igual a su nivel de lanzador, la capacidad de drenar el nivel de la víctima (aplicándole el llamado nivel negativo) y ganar 5 PV temporales si tiene éxito. La víctima puede resistir esta magia con una salvación exitosa de fortaleza. En caso de tocar a un no muerto bajo la influencia de esta magia, era posible transferirle sus propios 5 PV, que también serán temporales. Los efectos de este hechizo duran una hora, después de la cual los niveles negativos regresan al propietario y los PV temporales desaparecen.
Guantelete del ghoul — era un cruel hechizo verbal-somático que convierte a la víctima en un ghoul. El conjuro se transmite por el toque y, si la víctima falla su salvación de fortaleza, comienza un lento proceso de transformación. La víctima sufre 3d6 puntos de daño por ronda a medida que su cuerpo muere lentamente, convirtiéndose en carne fría de ghoul. Cuando la víctima alcanza 0 PV, se convierte en un ghoul, en cuerpo y mente. El efecto de la transformación se puede eliminar mediante un conjuro de curar enfermedad, disipar magia, curación completa, deseo limitado, milagro, eliminar maldición, etc. Los hechizos de curación simples pueden prolongar temporalmente el proceso al aumentar los PV de la víctima, pero la transformación con eso no se debilita. El ghoul resultante queda bajo el control del lanzador (si así lo desea y tiene espacio para ello en su reserva de control de no muertos).
Círculo de la muerte — un púlsar de energía negativa con un radio de 12 metros que puede ser invocado a distancia media. Este conjuro mata 1d4 niveles de criaturas vivientes por nivel de lanzador (máximo 20d4). Al igual que con la Nova, se mencionaba que las criaturas de nivel 9 y superiores pueden no verse afectadas por esta magia. El hechizo requería polvo de una pequeña perla negra.
Había tres tipos de miradas: Mirada imperiosa — que obligaba a la víctima ponerse a cubierto, Mirada penetrante — que provocaba horror, asco o sueño, y Mirada opalescente — que destruía a los muertos vivientes hasta el nivel 5 y asustaba a los demás. También un hechizo de levantar muertos vivientes más avanzado: Crear muertos vivientes, que permitía crear no muertos más poderosos. A mi nivel, con este hechizo podría levantar a un ghoul en lugar de un zombie. Para el conjuro se necesitaban los mismos ónices negros. También había una versión de Contagio para masas: en lugar de un objetivo, se producía una explosión con el radio de 6 metros, que infectaba a todos los que quedaban dentro de ese área.
También estabaAura del terror, que leí brevemente, notando que ya poseía algo similar gracias a mi aptitud, y Símbolo del miedo — otra trampa mágica que se diferenciaba del Símbolo del dolor sólo en el diseño... y en el efecto, por supuesto.
La última página ocupaba el hechizo de Transmigración, que permitía transferir tu alma a la filacteria, y desde allí intentar poseer cualquier cuerpo humanoide en un radio de 30 metros. Me pareció extraño y muy peligroso: capturar el cuerpo de otra persona no valía la pena con correr tantos riesgos. Tal vez fuera adecuado para algún juego político, pero en mi caso sólo lo leí como una curiosidad y lo relegué al fondo de mi mente.
Bueno, el sexto círculo de verdad resultó ser poderoso, es una lástima que sólo puedo usar uno de esos hechizos por día. Por curiosidad, metí la mano en la bolsa del cinto, queriendo sacar una tira de tendones secos y, para mi sorpresa, saqué una tras otra hasta cuatro piezas. Parece que el maestro fue precavido y puso algunos ingredientes para el futuro, ya que entre los regalos recibidos de la diosa tendones no hubo.
Mi cabeza daba vueltas por la cantidad de diagramas que había visto, las palabras y los gestos se confundían entre sí y el deseo de practicar recorría mi cuerpo como una ola ardiente; quería correr donde Yarna ya mismo y con ella afueras. Sin embargo, contuve mi impaciencia y comencé a releer los hechizos a conciencia, memorizando los que, en mi opinión, eran más útiles. Luego tenía que practicar gestos y probar construir canales... y sólo después de ello ir a buscar a la dragona.
Vale, vamos: grimorio, Disipar magia con enfoque en contraconjuro...
Capítulo 35
Estudiar y practicar me llevó varias horas, así que salí de la habitación ya de noche. Yarna salió enseguida, tan pronto como llamé a su puerta, y ya en las escaleras nos alcanzó Gilt, expresando su deseo de hacernos compañía. Por el camino, le conté a la dragona sobre los hechizos elegidos y ella accedió felizmente a donar sus escamas al maestro. Justo en la plaza frente al templo se convirtió en dragón y usé mi daga para sacar un poco más de una docena de pequeñas escamas de su ala. Cuando Yarna tornó a su forma humana, no había heridas visibles en su cuerpo, pero aun así curé sus PV perdidos como resultado de mis acciones.
Luego la dragona habló sobre los matices del vuelo y las tácticas para usar el aliento, y yo me desnudé hasta la cintura y le entregué la ropa al enano. Después de leer el hechizo y ver cómo la escama se desmoronaba en mi mano, me centré en mis sensaciones. No sentí nada inusual, pero en mi espalda crecieron negras alas membranosas, muy similares a las alas de Yarna en miniatura. Estas alas eran casi ingrávidas y no creaban la sensación de algo ajeno. Al contrario, de cierta manera inconsciente las percibía como una parte completamente natural de mi cuerpo y podía controlarlas sin pensar, igual que a mis piernas al andar.
Al intentar un par de aletadas, casi me caigo, perdiendo el equilibrio debido a los empujones inesperadamente poderosos. Yarna se rió, pero se veía que estaba encantada e incluso parecía como un poco halagada por mis ganas de volar como ella. En cualquier caso, algo así se denotaba a ratos en su mirada.
— En realidad no hay necesidad de desvestirse, — explicó mientras yo intentaba controlar mis alas. — Los elementos mágicos de equipo se ajustan a los sortilegios. Por ejemplo, tu capa simplemente abrirá agujeros para las alas que crecen. Aunque por primera vez, sin duda, es mejor sentirlas sin obstáculos.
— Te ves amenazante, — me elogió Gilt con una sonrisa; sentí que hablaba en voz alta más bien por la dragona.
Finalmente logré hacer los movimientos correctos, que imaginaba con bastante claridad en mi mente, pero en la práctica no fue fácil reproducir de inmediato. De dos saltos me despegué del suelo y comencé a ganar altura. Seguramente, desde fuera todas mis acciones parecían torpes, me pegaba tumbos de un lado a otro continuamente, pero acumulé velocidad y me empezó a salir mejor.
Yarna se convirtió en dragón y me alcanzó, pero al principio se mantuvo un poco alejada. Después de darme algunos consejos y asegurarse de que yo tenía el control total del vuelo, comenzó a girar en círculos a mi alrededor, intentando derribarme con las corrientes de aire. El entrenamiento resultó genial. Aterricé varias veces para practicar el despegue. Aproximadamente una hora después, cuando el deleite del vuelo había disminuido, saqué de mi mochila la petaca con vino para probar el aliento ácido.
Volamos hasta los bordes de la cueva, donde utilicé mi nuevo conjuro. Creo que me salió bastante bien. Yarna contó cómo utilizar el aliento en un picado grupal y también explicó varias tácticas para ataques secuenciales. Habiendo gastado todos mis espacios para hechizos de tercer nivel, decidí terminar con los vuelos por hoy y regresamos a la plaza.
Mientras volábamos, Gilt tampoco perdió tiempo en vano y se puso a entrenar sus recién adquiridas aptitudes. También se desnudó, aunque dejó la coraza directamente sobre su torso desnudo, y practicó sacar los pinchos. La armadura mágica realmente se adaptó, dejando pasar las púas sin ningún problema.
Comencé a practicar hechizos y el enano le pidió a Yarna que le asistiese en un sparring. Mirándolos de vez en cuando por el rabillo del ojo, noté cuánto había crecido en fuerza el enano. Ahora manejaba su martillo aún más rápido, logrando golpear tres veces por combinación. Al final del entrenamiento, me di cuenta de que la coraza sólo le estaba obstaculizando, y después de hurgar en las ventanas de estadísticas, comprendí que podía compartir hechizos personales con mi esbirro. Es decir que con el hechizo de Armadura de mago mejorada, que ahora iba a usar apenas me despertara cada mañana, ya no teníamos la necesidad de seguir usando rígidas armaduras fabricadas.
Regresamos ya pasada la medianoche. Me dejé llevar tanto que no me di cuenta del paso del tiempo y me enteré sólo después de mirar el reloj. Nos lavamos, nos cambiamos de ropa y preparamos una modesta cena. Cabe señalar que Yarna bajó vestida con su yukata y la vergüenza muy visible en su rostro. Así que traté tener el mayor tacto posible con ella para no ofenderla sin querer, y el enano también, aunque su comportamiento siempre se había caracterizado por una extrema ecuanimidad.
Por la mañana me dirigí al altar. Tenía que ver cómo había cambiado la situación y planificar nuestras próximas acciones. En el mapa, inmediatamente llamaba la atención la negrura de casi todo el este de Draón; aparentemente, la destrucción de Xian tuvo un fuerte impacto en la región y todas las provincias vacilantes se pusieron de nuestro lado. Por otro lado, en el oeste quedaban muchas menos zonas grises: casi toda la costa se puso del lado del enemigo y, hasta donde puedo recordar, no aparecieron más zonas negras por allí. Verifiqué el estado del clan "Rus", todavía era neutral. También me fijé en que los bosques de los draelin, claramente aliados con nosotros, también estaban marcados en gris.
No noté ningún otro cambio en el mapa. Quizás aparecieron más zonas grises en el sur de Anlein, y un par de zonas negras en el norte de Suplein... pero no estaba muy seguro de ello. Ya quería abrir la lista de misiones disponibles cuando escuché una voz familiar a mi lado:
— ¿Decidiendo la siguiente destinación, Heraldo?
Me aparté de las ventanas del altar y miré a la proyección del dios de la muerte que apareció a mis espaldas. Mor, a juzgar por su sonrisa escarnecedor, estaba de buen humor.
— Así es. Entrenaré un par de días más y vamos.
— Una actitud encomiable, — asintió dios. — Pero es posible que no tendrás un par de días.
Levanté una ceja inquisitivamente.
— Mañana te devolveré a Wunorse, — explicó Mor. — El elfo superó la prueba y lo único que les queda es llegar al portal. Así que ten esto en cuenta en tu planificación. Además, a cambio me llevaré a Yarna; ahora le toca a ella entrenar.
— Está bien, — asentí, estando de acuerdo. — ¿Algún consejo sobre nuestro próximo objetivo?
— Primero, cuéntame qué ideas tienes sobre ello, — Mor entrecerró los ojos.
Resoplé y acerqué la ventana con el mapa, colocándola sobre el altar como en una mesa; así me resultaba más fácil pensar.
— Hace tiempo que quería volver a Anlein, allí dejamos una mazmorra sin terminar, — comencé a reflexionar. — Necesito encontrar una manera de neutralizar a los jugadores, nuestra inmortalidad es un problema grave... Además, los rusos parecen tener un serio rencor contra mí: estaba pensando en visitar el oeste de Draón, para vigilarlos y ver qué se puede hacer. Además, la cuestión del dios de la guerra permanece abierta; según tengo entendido, hay pistas sobre ello en Anleus.
— Todavía es demasiado pronto para ti involucrarte con el legado de Jton, — reaccionó Mor. — Pero las dos primeras ideas son bastante prácticas. El levantamiento en el sur de Anlein avanza bien. La mayoría de los barones están con nosotros, los gremios de mercaderes nos apoyan en secreto, pero las autoridades y el clero todavía no han entendido nada... Atribuyeron los disturbios detectados a la actividad de sectarios y, como de costumbre, quemaron todo con hierro candente, sin siquiera investigar nada. Precisamente en el sur, tu intervención aún no es necesaria, pero en el bosque se han reunido muchos refugiados. Si vas allí, deberías pasar por las ruinas del Primer Templo. Aún es pronto para restaurarlo... si es que tiene sentido hacerlo, pero bien podría convertirse en una base para refugiados. Allí hay un círculo portal, y una vez que el sur caiga, esta base será un buen trampolín para una invasión a las zonas más pobladas del Imperio. Y si decides tratar con los jugadores, sería mejor que comiences mucho más al este de los lugares que conoces, más específicamente desde la ciudad portuaria de Zeney. Es allí donde se encuentra ahora un jugador muy interesante del clan "Rus": Petrovich. Trata con él, pero ten cuidado a que no te atrapen... — dios soltó una carcajada y desapareció, aparentemente decidiendo que había dicho suficiente. Esta manera suya de largarse de repente y sin despedirse me saca de quicio...
Absorto en mis pensamientos, me fui de vuelta. No quería tomar una decisión sin Wunorse, sobre todo si regresaría tan pronto. Lo decidiremos juntos, y de momento sacaré de mi cabeza todas las cavilaciones innecesarias para concentrarme en entrenar.
Yarna y Gilt me recibieron en las escaleras; aparentemente, el enano percibió mis pensamientos y pasó a por ella. De camino a la plaza les conté mi encuentro con Mor. La dragona no mostró ninguna emoción cuando se enteró de su inminente partida, solo preguntó si su ausencia me causaría dificultades adicionales. Aseguré que no, diciendo que intentaremos no meternos en problemas especialmente graves. Me pareció que un atisbo de pena se deslizó en la mirada de Yarna, así que le pedí que hiciera su máximo esfuerzo para regresar lo antes posible.
La dragona no entendió mi gesto y juró con tono oficial a darlo todo para lograrlo. Para ocultar mi enojo, me apresuré a pasar el tema al próximo entrenamiento y, afortunadamente, lo he conseguido. Y después de unas horas me involucré tanto que dejé de pensar en nada más.
Cuando me surgieron primeros pensamientos de parar, revisé el reloj y descubrí que ya era de noche. ¡Entrenamos durante más de diez horas sin descanso! Curiosamente, no me sentía muy cansado ni tenía hambre en absoluto. No, no rechazaría la comida, no parecía que perdiera el apetito, pero no tenía hambre, como si hubiera comido recientemente.
Al terminar las repeticiones previstas, propuse regresar y mis compañeros aceptaron. La velada transcurrió igual: piscina y cena juntos. Esta vez nos fuimos a dormir más temprano que ayer, así que saqué libros de mi bolsa mágica y leí un poco antes de acostarme.
Y por la mañana me despertó la sensación de condensarse los flujos en el círculo portal, e incluso mientras dormía sentí que no se trataba de una transferencia local ordinaria: los hilos del portal se perdían en otras capas de la realidad, por eso vibraban de una manera especial. Incluso me desperté porque comencé a intentar comprender de dónde venía en mi cuerpo esa sensación de picazón tan extraña.
Al darme cuenta rápidamente de lo que estaba sucediendo, me puse mi capa, agarré mi bastón y corrí escaleras abajo. Mis expectativas resultaron justificadas: Wunorse y Jamél estaban en medio del círculo portal, y detrás de ellos brillaba la proyección del dios de la muerte, que se inclinó jocosamente al ver mi aparición.
A primera vista, los elfos lucían como de costumbre, sólo que el rostro de Wunorse estaba ligeramente demacrado, lo cual era un signo de extrema fatiga. Además, su capa parecía gastada, como adelgazada, consumida por algún tipo de energía desde dentro hasta tal punto que parecía estar a punto de desmoronarse. Jamél tenía mejor pinta, o tal vez simplemente no la conocía lo suficiente como para detectar cambios en distintos pequeños detalles de su apariencia.
Tan pronto como me vio, Wunorse puso su habitual sonrisa y se lanzó impulsivamente hacia mí, pero rápidamente controló sus emociones y pasó al andar. Yo no me molesté en seguir las reglas de etiqueta y corrí hacia mi amigo, le estreché la mano, luego le abracé y le di una palmada en la espalda.
— ¡Sin nombre! — me susurró Wunorse con entusiasmo. — ¡Vas a flipar! Ahora de verdad tengo una clase de prestigio infrecuente: Tirador blindado de los dioses. ¡¡¡Me convertí en una mega metralleta con el arco!!! Y me dieron todo un nivel de golpe por pasar la prueba, ¿te lo imaginas?
— ¡Alucinante! — sonreí. — No puedo esperar a escuchar sobre tus aventuras.
Wunorse asintió repetidamente, pero luego sus ojos se fijaron en algo sobre mi cabeza y se redondearon con sorpresa. Abrió la boca para preguntar, pero entonces en las escaleras apareció Yarna y me distraje haciéndome a un lado, por lo que el elfo contuvo su curiosidad. Noté que esta vez la dragona no tenía su nueva mochila detrás.
Las chicas se acercaron a nosotros, Jamél se puso a espaldas de Wunorse y Yarna a mi lado.
— Yarna dot Jagilas, — habló Mor solemnemente. — Los amigos de tu maestro han regresado y ahora puedo cumplir la promesa que te he dado. Ven conmigo, tienes mucho que aprender.
La dragona se volvió hacia mí y se arrodilló.
— Maestro, — preguntó, inclinando la cabeza, — ¿me permitirá ausentarme por un tiempo?
— Por supuesto, — traté de que mi voz sonara solemne, de acuerdo con esta aparentemente importante para la chica ceremonia. — Pero haz tu máximo esfuerzo para volver lo antes posible, necesito de tus fuerzas.
— ¡Lo juro! — respondió Yarna, se levantó bruscamente, se dio la vuelta con la misma brusquedad y se dirigió hacia Mor, sin volver a mirarme.
Dios le puso una mano en el hombro, como queriendo envolverla en su manto, y con la otra me hizo un gesto frívolo, señalando a la muchacha y haciendo una mueca, como diciendo, oh-oh-oh, pero qué tonterías. El manto de proyección se convirtió en una ola de oscuridad, en la que ya podía discernir los flujos entrelazados del hechizo, envolvió a ambas figuras y se las llevó a través de las capas de la realidad.
— Tronco, ¿es que lograste ligártela? — la voz perpleja de Wunorse rompió el silencio en la sala. — ¿Y cómo cojones has subido cinco niveles? ¿Qué os pasó aquí?
— Es una larga historia, — sonreí, la espontaneidad de mi amigo fue como un bálsamo para mi corazón. — Vamos a tumbarnos en la piscina y compartir cuentos. Y luego montamos un festín — tengo algunos regalos para ti...
Capítulo 36
Pero primero acompañé a Wunorse a su habitación, después bajamos a las duchas y luego, pasado muy poco tiempo, nos desplomamos sobre las rocas de la piscina. Jamél todavía estaba en la ducha y, para no repetir la historia dos veces, le pedí al elfo que comience a contar la suya.
Según Wunorse, la misión clásea consistía en una serie de diferentes plataformas con pruebas, principalmente relacionadas con el tiro con arco, aunque también había acertijos, tareas de inteligencia y arenas con oleadas de monstruos. Todos estos sitios estaban ubicados en el plano de Mor, sin embargo, el elfo conjeturaba que tal vez se tratara de algún tipo de dimensión de bolsillo o un ramal del plano principal del dios de la muerte. La palabra que utilizó Wunorse para describir esta realidad cambiante fue incolora. Dijo que era como si el mundo que te rodea volviese de blanco y negro, como si estuvieras en una especie de negativo fotográfico. Además, todo estaba inestable, en la superficie negra se abrían agujeros sin fondo, y aunque no parecía haber problemas con la temperatura y el oxígeno, la misma esencia planar afectaba a los objetos ajenos, haciéndolos más finos y volviéndolos frágiles. Las cosas encantadas aguantaban, pero Wunorse tuvo que cambiar hasta tres camisas interiores en los cinco días de su viaje: dos de ellas literalmente se convirtieron en polvo.
Hablando de las desventuras asociadas con su estancia en el otro plano de la realidad, el elfo a menudo mencionaba a Jamél; estaba absolutamente seguro de que sin su ayuda habría muerto allí. La elfa elegía el camino correcto, advertía sobre los peligros y encontraba en este extraño mundo nada obvios oasis donde era posible instalar un campamento con relativa tranquilidad. Su tarea era guiar a Wunorse de una plataforma a otra, mientras ella misma permanecía siempre en el umbral y nunca interfería directamente en las pruebas. Sin embargo, las tierras blanco-negras tampoco estaban exentas de peligros: además de trampas, también se topaban con monstruos, y aquí Jamél luchaba junto al elfo.
Después de pasar la prueba final, Wunorse finalmente recibió la tan esperada clase de prestigio. Tirador blindado de los dioses requería elegir uno de los tipos de armas de distancia (Wunorse eligió arcos largos compuestos) y otorgaba todas sus bonificaciones específicamente para este tipo de arma seleccionado. En el primer nivel, el alcance de tiro efectivo aumentaba en 3 metros. Posteriormente, crecía otros 3 metros con cada nuevo nivel de esta clase. Además, el tirador recibía protección divina en forma de RD 5, de principio mayor que la mía y sin ninguna debilidad.
— Para obtener esa clase de prestigio era necesario tener +10 en ataque básico, crítico mejorado en aptitudes, un patrón divino y un cierto mínimo en parámetros, — explicó Wunorse. — Y si tenía 20 en Destreza, y 18 en Constitución subí con puntos libres, los 18 en Carisma fue una sorpresa desagradable. Menos mal que después de pasar la prueba, el sistema me ofreció reemplazar uno de los niveles ya obtenidos con el nivel del tirador, al mismo tiempo que me permitía transferir algunos puntos de parámetros con el límite de no más de dos puntos de uno. Digamos que ahora mi Inteligencia no es muy buena...
— Como si antes fueses muy listo... — bromeé y nos reímos alegremente.
Apenas Wunorse tuvo tiempo de acostumbrarse con el primer nivel obtenido, recibió mensajes de felicitaciones y una generosa cantidad de experiencia por completar la misión. Justo lo suficiente para subir nivel del personaje, y el elfo recibió el segundo nivel de su clase de prestigio. Aquí apareció la aptitud de Apuntado mortal, algo similar al ataque furtivo de pícaro: el primer disparo de cada ronda, si se hace desde una distancia de hasta 10 metros, alcanzaba algún punto débil del enemigo y le causaba 1d6 de daño adicional. Y también la aptitud Flechas pesadas, que imbuye con poder divino a todas las flechas disparadas, lo que aumenta el paso de los dados de daño del arco utilizado. Por ejemplo, si el arco impacta con flechas de 1d8 de daño, con esta aptitud esas mismas flechas comenzarían a impactar con 1d10.
A continuación, hacía falta llegar al portal a través del cual los elfos llegaron al plano blanquinegro, y el camino hasta ahí resultó ser tortuoso: el lugar de la última prueba estaba muy lejos. Además, los monstruos parecían enloquecer, como si hubieran decidido probar las nuevas aptitudes del atrevido forastero. Como resultado, todo el camino de regreso se convirtió en una serie casi continua de combates, en las que Wunorse ganó suficiente experiencia para pasar al siguiente nivel, el decimotercero. El tercer nivel del tirador le otorgó sólo una aptitud: Entrenamiento superior, que agregaba su bono de Sabiduría al daño del arma elegida.
— Así que ahora soy un mega tirador, — finalizó alardeando el elfo. — Y como un francotirador, puedo hacerlo de lejos, y de cerca, como un pícaro.
Felicité sinceramente a mi amigo que sonreía con jactancia; su deseo de compartir su alegría era infantilmente simple e ingenuo. A mis espaldas se escucharon pasos y Jamél se sumergió en la piscina. Nadando bajo el agua, salió a la superficie justo al lado de donde estábamos tumbados y trepó con gracia a una roca al lado de Wunorse. La chica olía a hierbas y noté que la elfa de piel negra estaba muy bien formada.
— Y aquí viene Jamél, — anunció Wunorse la aparición de su compañera y le sonrió acogedoramente, la chica le guiñó un ojo en respuesta. — Ahora te toca contar, ¿en qué os habéis metido aquí?
— Tu patrona necesitaba ayuda, — yo también le sonreí a la elfa. — El levantamiento en el este de Draón fracasó, y en la provincia central llamada Xin muchos rebeldes, y aquellos que simplemente estuvieron cerca, fueron encarcelados en mazmorras y ya estaban a punto de ser ejecutados...
Mi cuento llevó bastante tiempo. Jamél se lo tomó todo con bastante calma, de vez en cuando hacía preguntas aclaratorias e incluso se reía de las bufonadas de Wunorse, porque ni siquiera puedo llamar bromas a sus bufonadas. Pero Wunorse, como de costumbre, estaba abrumado por las emociones: lo revivía todo con sincera preocupación, exclamaba y gemía, especialmente durante la historia del ataque aéreo, y golpeaba con excitación la piedra con la palma de su mano, levantando cascadas de salpicaduras.
— ¡Oh, Dios mío! — finalmente exhaló exhausto y, echándose hacia atrás, sumergió la cara en el agua y gorgoteó. — Quemar una ciudad entera... ¡a lomos de un dragón! ¡No me sorprenderá que ahora se formen leyendas sobre ti!
— Esta era una de las razones de esta campaña propagandística, — hice una mueca de molestia. — Cuando dejamos a Jagi, Zmer montó todo un espectáculo.
— ¡Mierda! — Wunorse volvió a golpear la piedra. — ¡Qué lástima que me lo perdí todo!
— Arriba estos ánimos, — sonreí. — Como mucho, habrías ido con nosotros al castillo y luego te habrías teleportado junto con Gilt, por lo que la destrucción de la ciudad no habrías visto seguro. Y el resto no es tan interesante como tu viaje planar.
— Aún así me da pena, — repitió obstinadamente el elfo, poniendo cara de ofendido, y nos reímos juntos de esta broma.
— Ahora la pregunta es, — me quité la sonrisa de la cara, — ¿cuál será nuestro siguiente objetivo? No planeé nada a propósito, ya que decidí esperarte.
— ¿Hay algo urgente? — preguntó Wunorse, asintiendo agradecido en respuesta a mis palabras.
— No, — negué con la cabeza. — Tengo dos opciones en mente: regresar a nuestra primera mazmorra: tengo una manera de completarla. O ir a Draón, a la ciudad de Zeney, para espiar a los rusos. Había una tercera opción: buscar en Anleus una forma de revivir al dios de la guerra, pero Mor dice que es demasiado pronto para nosotros meternos en eso.
— ¿Por qué específicamente Zeney? — se sorprendió Wunorse.
— También es un consejo de Mor, — les conté sobre el jugador del clan «Rus» que vi durante mi despedida en Jagi. — Nuestro patrón afirma que deberíamos reunirnos con un tal Petrovich... No sé por qué, pero este jugador se encuentra precisamente en Zeney.
— ¿Quieres iniciar una guerra con los rusos? — el elfo alzó una ceja desconcertado. — No, lo entiendo, tuvimos un conflicto con ellos, nos agregaron a la lista negra... pero, en realidad, no nos hicieron mucho daño, no creo que en este momento valga la pena agravar la situación... a lo mejor nos dejan en paz, — Wunorse guardó silencio por un momento, hizo una mueca y continuó: — Aunque no, no nos dejarán en paz... son vengativos, además es cosa de reputación y eso... ¡Y está claro que aquella vigilancia no es una casualidad!
— Una guerra es absolutamente inútil, — expliqué. — Son tan inmortales como nosotros. Vale, mataremos a varios de ellos, les cargamos alguna operación, causaremos pérdidas... se resucitarán y sólo estarán más cabreados. Y son más que nosotros y su trabajo operativo está bien hecho: me encontraron incluso en el este.
— ¿Entonces para qué espiarles? — al parecer mi explicación había confundido a Wunorse.
— El caso es que he aprendido a ver bastante bien los flujos de energía que componen toda magia. Además, gracias a las aptitudes de clase, ahora puedo ver también los flujos de energía vital, — le conté brevemente a mi amigo sobre los nuevos niveles del necromaster y los hechizos adquiridos. — Quiero usar todo ello para encontrar alguna manera de neutralizar a los Convocados. Sé que los dioses son capaces de arrastrar a los jugadores a su plano y de algún modo mantenerlos allí; también están las mazmorras del capital... es decir, existen métodos para luchar contra los inmortales. Sin embargo, quiero encontrar una manera de cortar a los jugadores el acceso a Ominaris o de alguna forma evitar que resuciten. El lapso temporal que a veces ocurre durante al revivir también me hace pensar: ¿por qué es tan distinto cada vez? ¿Por qué algunas personas reaparecen al pasar varias horas y otras después de unos minutos? ¿De qué depende este tiempo? Es muy posible que al observar el proceso comprenda algo y pueda utilizarlo. Es por eso que hacen falta jugadores hostiles; me importan un comino las riñas estúpidas.
Durante un tiempo, Wunorse sopesaba mis palabras y se quedó en silencio con cara pensativa; aparentemente, antes no miraba este problema desde ese ángulo.
— Pretensiones ambiciosas, — el elfo se revolvió el pelo. — ¿Y si me mato varias veces y tú observas todos estos flujos y energías? En un ambiente tranquilo, por así decirlo...
— Lo he considerado, — asentí con la cabeza a mi amigo. — Sin embargo, observar es sólo la mitad del asunto. Supongamos que como resultado de las observaciones descubro algo... por ejemplo, que cuando un jugador muere, aparece un flujo adicional que transfiere su conciencia al punto de resurrección. Para estar seguro, necesitaré interactuar con ese flujo, lo que puede conducir a consecuencias más inesperadas. ¡No quiero destruirte accidentalmente!
— Es verdad... — arrastró Wunorse. — Entonces sí, es mejor experimentar con los rusos, — se notaba que todavía no le gustaba la idea, pero siguió pensando.
Durante algún tiempo permanecimos callados, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.
— ¿Y en el altar no hay misiones? — preguntó el elfo en un tono que no esperaba una respuesta positiva.
— Ninguna interesante, — confirmé. — Y antes de solucionar los mezquinos deseos de alguien, prefiero resolver los nuestros.
— ¿Y qué hay de restaurar el corazón de Veslaní? — recordó Jamél.
— Probablemente, también es demasiado pronto, — me encogí de hombros. — La diosa dijo que debería volverme más fuerte... Supongo que si hubiera alcanzado el nivel requerido, ella no tardaría en recurrir a mí, y si esto no ha sucedido todavía, significa que aún no soy lo suficientemente fuerte.
— O aún no ha llegado el momento de sacar a los draelin de su neutralidad, — musitó la chica en voz baja, pero yo la escuché y asentí, estando de acuerdo.
— Honestamente, ¡me gustaría ir a nuestro calabozo y olvidarme de todas estas dificultades! — Wunorse finalmente expresó sus pensamientos. — Pero entiendo que el problema de los jugadores es más apremiante y seguramente requerirá mucho tiempo para resolverlo. Si de repente los acontecimientos vuelven a suceder a una velocidad vertiginosa, es posible que nos encontremos patéticamente en una situación cuando no haya tiempo para investigar. Además, es obvio que los dioses utilizarán jugadores en su guerra, lo que significa que tarde o temprano vendrán a por nosotros y debemos estar preparados. Hay que ir a Zeney.
Y así decidimos. Luego la conversación se convirtió en una charla de amigos: Wunorse me sonsacaba detalles de la relación que él había inventado entre Yarna y yo; preguntó por Jagi e incluso se interesó cómo de bien se veía Zmer con ropa informal, por lo que se ganó una colleja de Jamél. quien intentó ahogarle bajo el agua en broma. Incluso Gilt, que no había pronunciado una palabra en todo ese tiempo, se vio afectado por el ambiente de diversión, y le dio un par de consejos a la elfa, en plan: oye, pero ¿quién hunde así? ¡mira cómo se hace!
Cuando llegamos a la cocina, el buen humor nos ayudó a organizar un digno banquete, aunque, sinceramente, hay que admitir que la cena que preparamos fue más que modesta. La guinda del pastel fueron las mitades de bollos horneados de Jagi con mermelada que guardé para mi amigo y los que saqué de mi bolsa mágica cuando terminamos de comer. El pliegue mágico del espacio conservó bien la frescura de los bollos, y Wunorse estaba en el séptimo cielo de felicidad: de ningún modo esperaba semejante regalo. Poniendo los ojos en blanco de placer, saboreó cada bocado como si fuera el manjar más increíble. Y yo, por alguna razón, noté un brillo especial en los ojos de la sonriente Jamél mientras miraba a su compañero devorar los bollos. Anda que se inventa cosas sobre mi y Yarna, mientras entre ellos evidentemente pasó algo durante esa prueba...
Después de cenar, tambaleándonos por el vino que habíamos bebido, subimos a las habitaciones y ahí detuve a Wunorse, entregándole mi segundo regalo: la armadura de shinobi que me habían regalado recientemente. El elfo agradeció, miró las estadísticas, e inmediatamente le entregó la armadura a Jamél, alegando que le quedaría mejor, ya que nosotros eso de sigilo lo tenemos mal. La chica comenzó a negarse en un principio, diciendo que no era bueno volver a regalar los regalos, pero Wunorse enseguida esbozó una sonrisa lujuriosa y respondió en plan que, si realmente no quería tomar ese regalo gratis, entonces podía agradecérselo pasando esa noche en una cama blanda con él. Ese ingenuo acoso pronunciado con la lengua trabándose del elfo que se tambaleaba ligeramente detuvo rápidamente todas las objeciones, y Jamél recogió la armadura, le dio a Wunorse otra colleja y desapareció en su habitación. El elfo hizo una mueca graciosa, extendió hacia arriba el pulgar de su mano izquierda (con la derecha se sujetaba al marco de la puerta para no caer) y entró (o más bien cayó) en su habitación. Me reí a carcajadas y fui a la cama; mañana teníamos que ir a Draón.
Capítulo 37
A primera hora de la mañana me dirigí al altar. La zona costera donde se ubicaba Zeney estaba marcada en gris, es decir, la ciudad se consideraba neutral, pero hay que tener en cuenta que, aún así, estaba bajo el dominio del Imperio y nuestro descubrimiento amenazaba con serios problemas. Había un círculo portal en la ciudad, y me aseguré de que pudiera ser seleccionado como objetivo, lo cual no dudé en hacer, gastando los recursos necesarios, y ahora sólo quedaba activar el círculo para ser transportados allí.
Saliendo de la sala, me encontré con Jamél y compartí con ella mis pensamientos. La idea de presentarnos nuevamente como sirvientes de Wunorse no le causó ningún rechazo; sólo se preguntó qué haríamos si nos topamos con un mayor escrutinio a nuestra llegada. Era muy posible encontrarnos con clérigos que descubrirían inmediatamente nuestros medallones falsos.
Aparte de preparar mi propio hechizo de teleporte justo antes de ser transportados y largarnos con su ayuda si algo sale mal, no se me ocurrió nada. Jamél tampoco sabía gran cosa sobre Zeney, más allá de información general muy superficial, por lo que no nos quedaba otra: tendríamos que saltar a lo desconocido.
Fui a prepararme y Jamél se dirigió a despertar a Wunorse. Gilt y yo nos pusimos la ropa más sencilla: camisa, pantalones y botas. Decidimos dejar la armadura aquí, junto con los yelmos. Gilt ni siquiera se llevó su escudo, limitándose a la rodela, y de las armas sólo su martillo colgaba de su cinturón. El enano sacó del fondo de su mochila un chaleco y una boina y, con su capa gruesa, volvió a parecerse al comerciante que habíamos conocido por primera vez. Tras dudar un poco, al final me puse la capa regalada en la que escondí el bastón. Sí, su excesivo lujo, por supuesto, llamaba la atención en el contexto de nuestra ropa sencilla, pero no había otra opción: no quería ir sin bastón, pero tampoco debería exhibirlo, esperaba que al estar en el bolsillo espacial irradiaría menos.
Una vez preparados, Gilt y yo nos examinamos meticulosamente. En cuanto a mí, teníamos pinta bastante adecuada para los viajeros comunes, y sentí pensamientos similares del enano sobre este asunto, aunque todavía me quedaban ciertos temores de quedar expuestos. Escondí nuestros amuletos de Mor en mi bolsa mágica, ajusté las falsificaciones en nuestros pechos, y salimos de la habitación.
Jamél se puso la armadura de shinobi que, junto con su capa negra, le daba un aspecto absolutamente impresionante. A Wunorse tuvimos que esperar un poco. Finalmente apareció, vestido como un verdadero aristócrata: capa de gala y pantalones de cuero ajustados, pequeño yelmo brillante y cota de malla, y el gran amuleto de Oum en el pecho.
— ¿Listo? — pregunté, tratando sin éxito encontrar rastros de resaca en el rostro de mi amigo.
— Sí, — asintió y nos dirigimos hacia las escaleras. — ¿Cómo actuaremos?
— Pues como siempre, — me encogí de hombros. — Tú eres nuestro amo, un rico jugador que se compró un ronkae de guardaespaldas, yo soy tu sirviente, y Jamél...
— ¡Una concubina! — Wunorse no tardó de llenar mi pausa.
Esperaba la colleja de turno, pero la chica de repente sonrió con exagerada dulzura y se colgó demostrativamente del brazo del elfo, lo que provocó nuestra sorpresa general. Después de eso, se rió ya con total sinceridad y soltó a su compañero. Hay que reconocer que Wunorse reaccionó inmutable a esa chanza de la elfa y ni siquiera interrumpió su paso.
— Si todo sale bien en la plaza portal, — continué bajando las escaleras, — iremos a alguna taberna, procurando que los eclesiásticos no nos pillen por el camino.
— Habrá que alejarnos del centro a alguna zona más pobre, — me interrumpió mi amigo. — ¿Y después?
— Buscaremos a ese tal Petrovich. Si Mor nos envía allí, alguien debe saber de él...
— Será mejor que os quedéis en la taberna, — dijo Jamél con confianza. — Wunorse puede echar una ojeada en el gremio de aventureros, mirar anuncios, preguntar sobre misiones... es muy posible que salga algo sobre este Convocado. Pero es mejor que de la búsqueda me ocupe yo, a mí no me conocen, puedo pasar desapercibida y sé dónde y cómo preguntar.
Wunorse y yo nos miramos y asentimos con la cabeza.
Mientras tanto, llegamos al círculo portal y comencé a reunir energía para el hechizo de teleporte. Para activarlo bastaba una frase en el fatrod, y podía llevar conmigo a tres personas, así que pedí a mis compañeros que lo tuvieran en cuenta y se cogieron de las manos en caso de peligro. Wunorse me entregó su mochila y se plantó en el centro del círculo, Jamél le dio la suya a Gilt y se colgó del brazo del elfo; nosotros nos posicionamos detrás de ellos, después de lo cual rebusqué por las ventanas y activé el círculo portal. Corrientes de magia se arremolinaron a nuestro alrededor y se escuchó un zumbido, pero la transferencia no ocurrió, en vez de ello apareció una ventana frente a mis ojos con la frase: «Espere su turno», lo que comuniqué a mis camaradas.
— Significa que el círculo portal en Zeney está ocupado ahora, — explicó Wunorse y torció la mirada. — Buena señal, es hora de comer... es muy posible que allí sea hora punta, hay muchas idas y llegadas, por lo que tampoco nos van a revisar a consciencia, con tal de acelerar, lo cual nos viene muy bien...
— O, por el contrario, hay un mayor control y el retraso se debe precisamente a eso, — redujo Jamél nuestro optimismo.
Wunorse estaba a punto de responder, pero entonces la transferencia funcionó y desaparecimos en el brillante destello del remolino de flujos de energía.
Aparecimos en la ya familiar plataforma del portal de estilo europeo. A primera vista, parecía una copia exacta de la plaza de Rival, excepto que la salida aquí era un poco más ancha. Un carro la atravesaba ahora, a ambos lados se veían guardias. Alrededor de la plataforma no había soldados, tan sólo a cierta distancia, a medio camino de la salida, había una mesa, bajo una sombrilla desplegada, tras la cual estaba sentado un elfo vestido con túnica, agitándonos la mano con irritación.
— ¡Aquí, aquí, dese prisa!
Wunorse se acercó a paso rápido a la mesa y le seguimos. El elfo sentado a la mesa ya había mojado su pluma en el tintero y levantó su mirada a nosotros desde el libro abierto con apuntes.
— Wunorse, explorador de Ekrand, estoy de viaje, — dijo Wunorse con arrogancia y tanta confianza, como si se presentara así continuamente. — Esta es mi compañera, Jamél, — el elfo lanzó una mirada lujuriosa a la chica, y ella le sonrió coquetamente. — Tengo conmigo un sirviente y un ronkae, — añadió Wunorse, como si acabara de recordarlo y hubiera mencionado el equipaje.
El elfo de la túnica escribió apresuradamente, después de lo cual giró el libro hacia Wunorse y le entregó la pluma. En ese momento, se escuchó un zumbido detrás de nosotros y el círculo portal se activó con un estruendo. Me di la vuelta; en la plataforma apareció un carro cargado, tirado por dos animales parecidos a burros, un hombre saltó de él y se dirigió hacia nosotros, el carro mismo rodó hacia la salida de la plaza.
Wunorse, mientras tanto, firmó, el elfo le respondió con la frase de circunstancias: «¡Bienvenido a Zeney!», tras lo cual perdió todo interés en nosotros y se dirigió al humano que llegó corriendo. Pasamos sin problemas junto a los guardias claramente aburridos, que de toda nuestra compañía sólo prestaron la mínima atención a Jamél, y salimos a la ciudad.
Amplias calles divergían de la plaza en diferentes direcciones, y ya aquí, al lado de la avenida que conducía al noroeste, se extendía un canal de agua. Cuanto más nos adentrábamos en la ciudad, más a menudo nos topábamos con canales de este tipo, que en algunos lugares incluso reemplazaban calles enteras. Los edificios por todas partes eran macizos, de piedra, similares a las casas de Rival, pero sin excesiva solidez norteña, recordando en algo el estilo colonial de la Tierra.
Por lo que recordaba del mapa, el mar estaba al sur de la plaza portal. Wunorse, interpretando discusión con Jamél sobre la elección de una posada, siempre trataba de girar hacia el norte o el este. Las calles estaban abarrotadas, todos se apresuraban en sus asuntos, muchos llevaban cargas consigo. Todavía no hemos visto a ningún aristócrata; aparentemente, debido a la hora de comer. La masa de gente rodeaba a los elfos que caminaban por la calle, de vez en cuando alguien de la multitud caía de rodillas, tan pronto como mis camaradas lanzaban una mirada casual en su dirección. Hay que admitir que los elfos interpretaron perfectamente una pareja enamorada y no prestaron a la plebe ninguna atención.
Pronto las calles a nuestro alrededor quedaron desiertas y las casas de piedra se volvieron cada vez menos frecuentes; aparentemente, deambular por la ciudad finalmente nos llevó a una zona pobre. Mientras me preguntaba qué tan lejos nos habíamos alejado del centro y cuánto tiempo faltaba para salir de la ciudad, llegamos a la orilla de un canal tan ancho que parecía más bien un río. La orilla opuesta estaba un poco más baja, y gracias a ello teníamos cierta vista a aquella parte de la ciudad.
Inmediatamente quedó claro que no estábamos en el lugar más pobre, porque al otro lado del río el entrelazado de calles era mucho más caótico y chozas miserables de todos tipos y tamaños parecían amontonarse unas sobre otras. Todo este laberinto, que parecía un hormiguero gigante, se extendía hacia el sur hasta donde alcanzaba la vista, pero hacia el norte iba adquiriendo poco a poco un aspecto ordenado: allí se podían ver edificaciones más sólidas, a veces incluso de piedra.
A unos cien metros de nosotros, justo desde la orilla, comenzaba un enorme puente que conducía al otro lado del canal. El puente era de piedra y lo atravesaba una ancha calle, que parecía estar dentro de un arco, o incluso de un túnel, ya que sobre el puente colgaban numerosas superestructuras, a veces de dos o incluso tres pisos, a juzgar por la cantidad de ventanas. A ambos lados del puente había enormes puertas dobles, ahora abiertas, pero en ambos lugares el marco de estas puertas parecía a las de un castillo.
Cuando nos acercamos, vimos que a ambos lados de la carretera, entre todo tipo de columnas y vigas de soporte colocadas aquí y allá, había bastante anchas aceras. A veces se encontraban bancos cerca de la valla en el borde del puente, se veían las mesas de numerosos establecimientos y del techo sobresalía multitud de luceros y lámparas mágicas, algunas de las cuales probablemente estaban encendidas todo el día... Tal colorido le otorgaba a este extraño lugar un encanto inusualmente atractivo.
Ya habíamos recorrido aproximadamente la mitad del puente, cuando Jamél, que constantemente pedía a su galanteador algún capricho en cada establecimiento de paso, de repente, con inesperada seriedad y obstinación, llamó nuestra atención sobre un cartel al otro lado de la carretera: la taberna "Sobre el puente". Evidentemente, la taberna también servía como posada, porque pude ver un cartel: "Habitaciones sólo para huéspedes sin mascotas ni monturas". No sé por qué a Jamél la interesó tanto precisamente este establecimiento. Según he entendido, el puente estaba justo en el límite con los barrios marginales y, por un lado, a juzgar por los portones, aquí era muy fácil caer en una trampa, pero por el otro, también era más fácil defenderse, se podría escapar simplemente saltando al río. Aunque, después de aprender el hechizo de teleporte, estaba mucho más tranquilo a este respecto. Lo que más me preocupaba era el evidente carácter bohemio de este lugar; aquí, sin duda, uno podría tropezar fácilmente con encuentros no deseados.
Wunorse hizo caso a las sugerencias de Jamél y cruzó al otro lado, y pronto estábamos parados en el mostrador de la taberna, donde un chico muy joven, sin excesivo respeto (incluso su reverencia parecía más un homenaje a la tradición que una señal de servilismo), inscribió a Wunorse y Jamél en un librito, tomó 300 monedas de oro como pago por un día y le entregó al elfo dos llaves: una para la habitación de los señores y la segunda para el cuarto directamente encima, para los sirvientes. El chico, que ya no nos prestaba más atención, volvió a sus quehaceres en la barra, mientras un muchacho se nos acercó corriendo y, haciendo continuamente torpes reverencias, nos llamó seguirle.
Por medio de una escalera empinada e incómoda, pero hábilmente decorada con tallados pasamanos, subimos al piso directamente encima de la sala de la taberna. En el estrecho pasillo se veían varias puertas, junto a las cuales había escalones que conducían a los cuartos de los sirvientes. El corredor también terminaba en escalera, que probablemente conducía a algún lugar donde había más puertas, pero el chiquillo no fue hace allí y, deteniéndose en la tercera puerta a la derecha, se la señaló a Wunorse, tras lo cual cayó de rodillas, extendiendo suplicante su palma hacia el elfo. Wunorse le arrojó una moneda de oro y el crío, sujetándola con fuerza en su puño, se escabulló inmediatamente, murmurando ininteligibles agradecimientos.
La puerta era robusta, de madera y revestida de hierro. La habitación detrás de ella resultó ser modesta, pero acogedora: dos camas con mesitas de noche contra las paredes, una mesa con una pata tallada junto a la ventana y dos sillas de madera con respaldo igualmente elegantes, dos armarios estrechos hasta el techo en cada lado de la puerta. Sin embargo el cuarto de los sirvientes parecía más bien un ático: un techo bajo, por lo que incluso la puerta parecía como mitad de la normal y había que entrar encorvado, una ventana estrecha con un postigo que podía confundirse con un agujero para ventilación, y colchones para dormir enrollados en un rincón. El único mueble era un cofre con tapa plana que hacía las veces de mesa.
Tras observar los lujos de nuestro cuarto, Gilt y yo nos soltamos un carraspeo y bajamos con nuestros «amos». Jamél, abandonado su melosa apariencia de fulana depravada, insistía a Wunorse de que pase el resto del día en la habitación, permitiéndole buscar información por la ciudad de forma independiente. Y si ella no consigue encontrar a Petrovich, que mañana salga a buscarlo el elfo. Apoyé a la chica, después de todo, ella es una picara y sabe utilizar el sigilo, nosotros, en cambio, podemos atraer innecesaria atención. Wunorse intentó sugerir visitar el gremio de exploradores, pero con ciertas dudas, así que al final estuvo de acuerdo con nosotros.
Jamél se fue casi de inmediato, diciéndonos en broma que vigiláramos a Wunorse, y nos quedamos los tres en la habitación. Para pasar el tiempo, nos pusimos a discutir posibles estrategias que deberíamos seguir al hablar con Petrovich. Enseguida surgió la pregunta de cómo concertar una reunión con él de manera más conveniente para que sus compañeros de clan no se enteraran. Y en general, ¿qué interés podría tener en reunirse con nosotros?
Jamél regresó después del anochecer, más cerca a la medianoche. Yo ya he bajado a la sala para pedir la cena para mi «amo», y al mismo tiempo para sus «sirvientes». En ese momento ya no quedaban mesas libres en la taberna y traté de acercarme al hombre detrás del mostrador lo más discretamente posible. Resultó que no era el mismo tipo que nos dio las llaves de nuestra habitación ese día, pero también era bastante joven. Me di cuenta de que el público de la taberna estaba formado en su mayoría por los mismos jóvenes. El ambiente era alegre, una compañía levantaba ruidosamente sus copas con continuos brindis, en otra mesa, sobre la cual se veía una pila de libros, se desarrollaba una acalorada discusión. Camareras con vestidos de encaje corrían entre las mesas, sirviendo bebidas y comida, y no noté ninguna actitud desdeñosa hacia ellas, a pesar de que la mayoría de los visitantes eran elfos y las camareras, humanas.
Tan pronto como Jamél cerró la puerta y aceptó de mis manos el bocadillo que le habíamos dejado, nos alegró de golpe:
— Encontré a Petrovich y fue muy sencillo.
Tras esperar a que terminen nuestras felicitaciones y después de darle un buen mordisco al bocadillo, la chica continuó:
— Petrovich actúa aquí como una especie de reclutador y representante del clan. Sus folletos de reclutamiento cuelgan en todos los tablones de anuncios. Se aceptan todos los rusos, pero los Convocados de otras nacionalidades sólo si pueden ser útiles al clan de alguna manera. Además, corren rumores de que Petrovich está buscando distintos personajes y paga muy bien por la información. Personalmente, llegó aquí hace poco, pero ya ha hecho negocios por estos lares antes y tiene su propia mansión en las afueras. Muchos trafagones turbios perciben cada una de sus apariciones como un acontecimiento y casi compiten entre sí para ver quién será el primero en venderle los chismorreos más suculentos...
— ¿Averiguaste donde está esta mansión? — preguntó Wunorse.
— Claro, — la chica asintió y se quedó en silencio durante unos segundos para masticar otro bocado. — Y no sólo eso, decidí pasar por allí y explorar la situación. Lo diré directamente: será muy difícil acercarse desapercibidos. La mansión está ubicada junto a la carretera, pero al lado están las mismas fincas: el césped está cortado, no hay arbustos y nadie merodea por allí. Además, el perímetro está vigilado y los guardias allí son buenos, no se descuidan. Yo pude llegar, pero vosotros — ni de coña.
— Esto es malo, — constaté. — ¿Quizás podemos toparnos con él en algún lugar de la ciudad? Saldrá de la mansión para sus encuentros...
— En realidad no, — sonrió Jamél. — Sin embargo, no hay de qué preocuparse, logré entrar dentro y pude hablar con él — Petrovich está dispuesto de reunirse con nosotros.
Capítulo 38
— ¿Y cómo te imaginas esto? — preguntó Wunorse, cuando se recuperó de su sorpresa inicial. — Tú entraste allí con tu paso de sombra, ¿verdad? Para nosotros esto no cambia nada.
— No olvides que tu amigo es mago, — Jamél le guiñó un ojo con picardía al elfo y se metió el último trozo del bocadillo en la boca, empujándolo con gracia con la punta de su dedo meñique.
— ¿Teleporte? — Wunorse arqueó una ceja y me miró. -¿Puedes llevarnos?
— Para este hechizo hace falta tener una buena idea del lugar a donde te diriges, — respondí pensativamente. — Es decir, primero hay que visitarlo. Es posible configurar parámetros de transferencia, incluso simplemente indicando en el mapa… pero en este caso surgen muchos problemas: podemos aparecer en medio de una pared o algún tabique. Y aunque lo más probable es que esto no nos mate, el desplazamiento resultante provocará, si no una explosión, considerable ruido, y nosotros tenemos que pasar desapercibidos… Pero puedo transportarme al punto con mi marca mágica: es lo más sensato que se me ocurre.
— ¿Puedes poner esta marca directamente sobre Jamél? ¿Y cuánto durará? — se oía entusiasmo en la voz de Wunorse. — Si Jamél vuelve a colarse en la mansión con la marca y nos saltamos hasta ella con teleporte, ¡sería una solución perfecta!
— Puedo, — asentí. — Y, en teoría, debería durar varios días, aunque mi maestro decía que esto depende de lo fuerte que irradia energía cada ser vivo en particular. Había que experimentar…
— Entonces, aplícala ahora mismo, — sugirió el elfo. — Si dura hasta mañana, nos vale. ¡La renuevas antes de irnos y entonces durará lo que nos hace falta! ¿A qué hora has acordado el encuentro con Petrovich?
— Después de comer, — respondió Jamél, empujando a Gilt a un lado y recostándose en la cama, tras pasarme antes su capa. — Prometió despedir a los sirvientes y asegurarse de que no quedaran Convocados ni guardias en la casa. Aunque te aconsejaría, Sin Nombre, que pusieras otra marca aquí y estuvieras preparado para volver al instante en caso de algún percance.
Así hice, dibujando mi símbolo en la capa de la chica. Los elfos voltearon la capa en sus manos y dijeron que no notan nada inusual. Pero Gilt me comentó a través de nuestra conexión mental que ve la marca claramente, como si ésta ardiese con una llama oscura por encima de la tela.
Le pedí a la chica que mantuviera la capa cerca para que las energías de su cuerpo pudieran interactuar con la marca, tras lo que nos fuimos a nuestro cuarto, dejando a los elfos en su habitación. Había que seguir con nuestros papeles para no despertar sospechas entre los sirvientes.
A pesar de la miseria del cuarto, dormí bien, ni siquiera los sospechosos ruidos que a veces llegaban de abajo me molestaron; al parecer, las relaciones entre los elfos habían pasado a otro, más íntimo nivel. Y me despertó la parpadeante ventana de chat, cuando me volcaba de un lado a otro por la mañana. Al principio incluso pensé que lo estaba soñando, pero resultó que Wunorse ya me llamaba a su habitación, porque Jamél estaba lista para partir.
Al mirar el reloj, descubrí con sorpresa que era casi mediodía, así que me apresuré a bajar a la habitación de mis «amos». La chica sacó su capa doblada de debajo de la almohada y me la arrojó. Wunorse estaba acostado en la cama, con las manos detrás de la cabeza, feliz como un gato. Revisé la marca y pasé mi mano sobre las líneas, tratando de sentir algún cambio. Si la intensidad de las energías del dibujo mágico disminuyó, fue en una cantidad tan pequeña que no pude percibirlo: la marca me parecía igual de fuerte que ayer. Soltando un resoplido, aun así activé el cantrip y dibujé mi signo nuevamente, encima de la marca existente.
— Y bien, ¿se borró? — preguntó Wunorse, que seguía con interés mis manipulaciones.
— Para nada, — le entregué la capa a Jamél, que estaba comprobando las correas de su armadura. — ¿Seguro que la tenías cerca toda la noche?
— ¡Oh sí! — el elfo estalló en una sonrisa. — Segurísimo…
Recibiendo una colleja, Wunorse se calló, pero siguió sonriendo. Jamél se abotonó la capa y se dirigió hacia la puerta, manteniendo una expresión impasible en su rostro, aunque noté júbilo en el rabillo de sus ojos.
— ¿Dentro de cuánto tiempo me teleporto hacia ti? — le pregunté cuando pasó cerca.
— Dame dos horas, — la chica sacó un pequeño reloj de arena de su bolsa del cinto y me lo mostró. — Llegaré más rápido, pero pondré el reloj y entraré justo para ese momento.
— Entendido, — asentí y me puse a configurar una alarma para dentro de 2 horas. Jamél se despidió de nosotros con un gesto de la mano y salió de la habitación.
— ¡Qué buenorra, la condenada! — exclamó Wunorse con admiración y siseó de forma divertida, dejando escapar el aire entre los dientes.
— Veo que has conseguido lo que querías, — me reí, sentándome en la cama. Gilt se dejó caer a mi lado.
— Aún en la dimensión de Mor, — asintió el elfo; en su rostro se reflejaba claramente la lucha entre el deseo de compartir y el miedo a decir demasiado. — Los combates en el camino de regreso fueron duros, ambos estábamos agotados, la ayudé un par de veces… Bueno, para ser honesto, me insinué como de costumbre, por inercia, y de repente ella misma va y salta sobre mi… Wunorse se calló inesperadamente y se sonrojó, como si sus propios pensamientos, expresados en voz alta, le causaran de repente vergüenza.
— Lo importante es que tú estás contento y ella no tiene nada en contra, — le tranquilicé a mi amigo.
— ¡Oh sí! — el humor de Wunorse cambió instantáneamente y sus ojos brillaron. — ¡Ella es genial! ¡No te puedes imaginar cómo lo hace! Nunca he experimentado nada parecido con nadie…
— Un par de centenares de años de experiencia, — sonrió Gilt en su barba. — Y aprenderás a hacerlo incluso mejor…
El elfo se quedó estupefacto, como si nunca antes se le hubiera ocurrido la idea de la probable edad de su amante, lo que personalmente me pareció increíble. Sin embargo, Gilt y yo no perdimos la oportunidad de aprovechar su confusión y reímos en unísono. Así, riendo y charlando, pasamos el rato rápidamente. Media hora antes de lo acordado, me levanté y dibujé mi marca en el medio de la habitación. Luego leí la Armadura de mago mejorada, compartiendo el hechizo con Gilt.
Preparativos finales, suena la alarma y leo el hechizo de Teleporte. La marca la sentía cerca, me parecía que si me concentraba podía incluso determinar la distancia aproximada. Me dirigí a ella, puse mi mano sobre el hombro de Gilt, quien, a su vez, ya había tomado la mano de Wunorse y liberé el conjuro.
Dio la impresión de que por un momento mi visión se oscureció y ya estábamos en un lugar diferente. «Me pregunto cómo se verá desde fuera» — pasó un pensamiento por mi cabeza, pero ya estaba fijándome a mi alrededor. Nos encontramos en una habitación bastante espaciosa. Desde las ventanas se podían ver las copas de los árboles, de lo que se podía deducir que no se trataba del primer piso. La habitación estaba llena de todo tipo de armarios y contra una de las paredes se divisaba una chimenea sin encender. Frente a nosotros, ante una pesada mesa de madera, estaba sentado cómodamente en un lujoso sillón un hombre. Junto a la mesa había varias bonitas sillas con respaldo tallado, un sillón y dos sofás. El hombre era más bajo que yo y de constitución muy corpulenta, vestía una camisa blanca de seda y holgados pantalones de color oscuro. Sobre su camisa llevaba un grueso chaleco que, a diferencia del resto de su vestimenta, no parecía nada caro. En toda su apariencia, el hombre recordaba a un comerciante anciano y corriente, y sólo sus orejas puntiagudas lo delataban como un elfo. Sobre su cabeza apareció el letrero: "Petrovich, [Rus], nivel 16".
-… muy puntual, — me llegaron las palabras del jugador. Al parecer, nos transportamos justo en medio de su conversación con Jamél. ¿Dónde está, por cierto?
La chica se encontraba detrás de mí. Resultó que Gilt y yo aparecimos justo frente a ella, y Wunorse a su hombro derecho.
— Es un placer conoceros, — el hombre se levantó y me tendió la mano directamente sobre la mesa. — Me llaman Petrovich. ¡Y sobre ti he oído mucho! Podemos hablar de «tú», ¿verdad?
— Por supuesto, — le estreché la mano y sonreí. — Gracias por aceptar reunirse con nosotros sin informar al clan.
— Sentaos, no hay verdad en los pies, — Petrovich nos hizo un gesto con la mano y se hundió de nuevo en su sillón. — Yo mismo buscaba reunirme contigo, — el hombre sonrió con astucia y entrecerró un ojo, — y no sólo por mi propia iniciativa. Aparte de buscar a los nuestros, rusoparlantes, también busco a otros jugadores, a solicitud previa. Y hace muy poco, llegó un pedido para encontrarte a ti. ¿Adivinas de quién?
— ¿Yozh? — sugerí, acercando el sillón a la mesa y sentándome.
Gilt se plantó detrás de mí y apoyó los codos en el sillón. Wunorse agarró la silla más cercana y se sentó a horcajadas sobre ella, colocándola con el respaldo al frente, para evidente disgusto de Petrovich, quien incluso hizo una mueca ante la actitud tan bárbara hacia los muebles. Jamél dio unos pasos hacia la puerta y desapareció en la sombra del armario, apoyando su hombro contra él. Comencé a preparar silenciosamente el hechizo de teleporte para activarlo lo antes posible.
— ¡Correcto! — Petrovich sonrió con exagerada satisfacción. — Dima es un joven muy rencoroso, sobre todo cuando se trata de fracasos en el trabajo. Y yo, sin duda, le informaría y le informaré sobre tu paradero tan pronto como lo descubro, — aquí me guiñó un ojo con picardía. — Sin embargo, antes quería intentar reunirme contigo y hablar. Y aquí vosotros mismos venís a mí… ¡Muy buena suerte!
— La suerte no tiene nada que ver, — no veía ningún sentido en ocultar la causa fundamental de nuestra aparición, — me envió a verle nuestro patrón, — señalé con el dedo hacia arriba. — Y antes de emprender acciones hostiles hacia vuestro clan, consideré necesario primero hablar.
— Precisamente esto fue para mí el principal motivo para buscar un encuentro contigo, — asintió Petrovich, frunciendo el ceño. — Sería ingenuo esperar que una vez que te topaste con hostilidad, ya no nos prestes más atención. Pero primero, para que me entiendas, necesitas conocer la historia de nuestro clan.
El hombre se recostó en su sillón y me miró atentamente. Asentí con cortesía, indicando que estaba listo para escuchar.
— Vine aquí hace varios años, entre los primeros jugadores en Ominaris, — Petrovich hablaba lentamente, como si estuviera recordando, pero se notaba que, incluso si no hubiera ensayado este discurso antes, seguramente había pensado mucho en ello. — Llegué en sí bastante rápido y me di cuenta de que me he digitalizado. Encontré amigos, incluso diría que personas con ideas afines. Éramos cinco y nos volcamos en la idea de crear un clan de rusoparlantes para ayudar a los recién llegados a instalarse y encontrar su lugar en este mundo. Y lo logramos: Vlad era un líder muy bueno. Pronto ya teníamos una base, que luego se convirtió en un castillo entero. Logramos sacar a muchos que ya estaban con un pie en los calabozos de la iglesia… No a todos, por supuesto, pero no parábamos, el clan seguía desarrollándose y creíamos que algún día seríamos lo suficientemente fuertes como para intentar cambiar el orden mundial existente. Y después Vlad murió, — Petrovich se quedó en silencio por unos momentos. — Mucha gente pensó que simplemente había dejado de jugar, pero yo lo conocía bien y sabía que también estaba digitalizado. Su desaparición sólo podría significar su muerte.
— ¿Acaso los digitalizados pueden morir? — se sorprendió Wunorse. — ¿Quizás se lo llevaron los eclesiásticos? ¿O alguno de los dioses le arrastró a su plano?
— No, — respondió Petrovich con convicción. — Yo estaba con él en el momento en que desapareció. Estábamos bebiendo después de limpiar una mazmorra, y él desapareció en el aire en medio de la conversación justo ante mis ojos. Parecía igualito a una desconexión normal, cuando alguien sale repentinamente del juego. Por supuesto, existe la posibilidad de que sea posible de algún modo volver a un digitalizado a su mundo real, o puede que Vlad no estaba realmente digitalizado, sino que simplemente tenía bloqueada la opción de salida… Pero le conozco, habría encontrado una manera de volver. Ha pasado más de un año desde entonces, así que lo más probable es que Vlad haya muerto. Estaba muy viejo y enfermo, por eso jugaba a su edad, y parece que la muerte le alcanzó incluso aquí…
Se produjo una pausa mientras todos asimilábamos lo que acabamos de escuchar.
— Cuando Vlad se fue, — continuó Petrovich, — el control del clan fue tomado gradualmente por Nicolay. Él también jugó casi desde el principio, pero siempre estuvo al margen, bajo Vlad no trataba de llegar al poder en absoluto, y ni siquiera podríamos haber imaginado qué cucarachas tenía en su cabeza… Parecía un buen chico, un jugador hábil que apoya nuestras aspiraciones y se preocupa sinceramente por los intereses del clan… Nosotros no valíamos para el papel del líder, por lo que poco a poco pasó a primer plano. Y cuando nos dimos cuenta de que algo iba mal, ya era demasiado tarde. Formó su propio grupo de combate, no sé cómo consiguieron subir tanto… probablemente haciendo grind día y noche. Además, creó un buen servicio operativo. Muy pronto quedó claro que no hay forma de derrocarle por la fuerza. Y sus agentes demostraron una alta eficiencia, sin rehuir los métodos más sucios. No, todavía teníamos suficiente influencia para hacerle frente… pero esto habría implicado una división y, muy probablemente, la destrucción del clan. Y, a pesar de todo, Nikolay continuaba siguiendo el rumbo original del clan: salvar, apoyar y proteger a los rusoparlantes, con la esperanza de cambiar todo el orden mundial en el futuro.
— Y os habéis aceptado tal situación, — resumí, cuando la pausa en el relato de Petrovich me pareció demasiado larga.
— Sí, — se estremeció, como si hubiera recobrado el sentido y arrancándose de sus pensamientos. — Me dediqué por completo a reclutar; siempre me gustó viajar y, con el pretexto de buscar jugadores, podría formar una excelente red de inteligencia por todo el mundo. Kirya se convirtió en una especie de ministro de educación, en la vida real era profesor y ahora se lanzó de lleno a su ámbito natural. Y Misha se hizo ermitaño, finalmente emprendiendo sus extrañas investigaciones… Sin embargo, Kirill pronto comenzó a quejarse de que Nikolay estaba dirigiendo el programa educativo en paraderos demasiado absurdos. Está bien que hemos logrado mejorar las imprentas, ¡pero Nikolay ordenó confeccionar libros de aprendizaje de ruso para enseñarlo a los lugareños! Me comenzaron a llegar rumores bastante verídicos sobre una conjura entre los líderes del clan y los eclesiásticos, gracias a la cual el clan logró apoderarse de un extenso territorio. Nicolay comenzó a cambiar el nombre de las ciudades en nuestro poder al modo ruso, llamando a la capital Novgorod y a todo el territorio, Rus. Pero inicialmente el nombre del clan era la simple abreviatura RUS, comprensible para todos, ¡y no esta tontería neonazi! Al mismo tiempo, Nikolay comenzó a abrir iglesias ortodoxas aquí. Las escuelas, las pocas existentes y las nuevas, comenzaron a convertirse en parroquiales, a los niños les enseñan oraciones por los libros de texto al antiguo estilo eslavo. No hay duda de que esto va en contra del orden mundial existente, pero no es en absoluto lo que planeamos originalmente. Nicolay quiere crear un estado nacional, introducir aquí una religión de la Tierra y el idioma ruso y, posteriormente, expandir su imperio a todo Ominaris. Y las semillas del odio ya se están esparciendo activamente: la gente es casi forzada a acudir a las iglesias, obligada a aprender un idioma que les es ajeno, todos los aspectos organizativos se traducen en una comunión obligatoria con la nueva religión. No quiero ni hablar sobre qué libros se transfieren aquí al papel a instancias de Nikolay…
— ¿Quiere decir que dentro de su clan existe un grave descontento con la política ejercida por vuestro líder? — preguntó Jamél desde las sombras.
— Así es, — asintió Petrovich. — Descontento hubo desde el principio, y en los últimos tiempos no ha hecho más que crecer. Sin embargo, no tenemos forma de pararle los pies a Nikolay de ninguna manera; como cualquier otro jugador, es inmortal. La confrontación abierta conducirá a la guerra y la división. Una presión suave no cambia el curso de toda la política. Y ésta, en mi opinión, convierte a todo el clan en un polvorín que, cuando explote, destruirá todo lo conseguido a lo largo de años de trabajo. En cambio si logramos destituir a Nikolay y a las personas que le son leales del liderazgo, el clan podrá salvarse y volver al camino correcto. El problema está en que sólo los dioses de este mundo pueden conseguirlo, pero, como comprenderás, — Petrovich me miró, — recurrir a los dioses que organizaron toda esta obscenidad aquí, no tiene ningún sentido.
— Lo entiendo, — asentí. — Pero ahora ha comenzado la Guerra de los Dioses y ha visto su oportunidad. Y yo veo la nuestra. Una oportunidad de traer al clan Rus a nuestro lado. Los objetivos que usted plantea hacen eco con los míos, pero no sólo en relación con un grupo de jugadores, si no en general con todos los seres sintientes de este mundo. — Petrovich sonrió condescendientemente ante estas palabras mías. — Y tengo algunas ideas que, probablemente, pueden ayudarnos a eliminar a los jugadores que nos molesten sin recurrir a la ayuda de los patrones. Pero para esto necesito hacer algunos experimentos. Sobre los jugadores, — expliqué con dureza en respuesta a la ceja levantada inquisitivamente de mi interlocutor. — Y elegí precisamente a aquellos que ya nos han perjudicado.
— Quieres saldar cuentas con Yozh, — constató Petrovich con cierta amargura.
— Efectivamente, — asentí. — Y si funciona, podré quitarle de encima a todos los jefazos que le molestan. Si no, prometo actuar como intermediario. Mi patrón sin duda es capaz de resolver este problema, lo vi con mis propios ojos. ¿Tiene un plan sobre cómo tomar el control del clan sin permitir que colapse después de la eliminación de los líderes?
— Lo tengo, — Petrovich hizo una mueca de pesar, sacó del bolsillo de su chaleco unas gafas con montura dorada, se las puso en la nariz y reorganizó varias hojas de papel sobre la mesa en busca de la que necesitaba. — Esperaba algo como esto… Encontrar a Yozh no es nada fácil. Bueno, puedo revelarte su ubicación, pero… no creo que te saldrá experimentar con él, — finalmente encontró la hoja que buscaba y me la entregó. — Primero, tenéis que introducir al clan a una persona leal. Y tengo un candidato adecuado en mente.
Capítulo 39
Leí el texto. En la parte superior de la hoja estaba indicada información sobre el jugador. ChePie*, guerrero de nivel 12, supuestas características, breve descripción de sus aventuras después de llegar a Ominaris.
— Su nombre es Pavel, — explicó Petrovich. — Me fijé en él hace mucho y estaba esperando la oportunidad para reclutarle. El chico al principio se unió a la guardia de la ciudad y se mostró muy bien en el campo de la lucha contra el crimen. Pero rápidamente se topó con todo aquello que reinaba en la capital… Bueno, ya sabéis: secuestros de jugadores, corrupción. — Wunorse asintió comprensivamente. — Y el chico resultó tener principios, aunque para nada tonto: no se metió en líos, pero tampoco cerró los ojos. Con el tiempo, se acumularon quejas en su contra, incluso logró cruzar el camino a muchos poderosos influyentes… hasta el punto que yo ya estaba pensando en enviar gente para sacarle del aprieto, andaba ya muy al límite, un poco más y habría acabado en el calabozo. Pero él mismo lo comprendió, se dio de baja y abandonó la capital. Durante varios meses vagó de un lado a otro, intentó convertirse en mercenario y en todas partes sus esfuerzos terminaron con el mismo resultado: sus puntos de vista resultaron ser demasiado incompatibles con las realidades locales. Ni siquiera consiguió congeniar con otros jugadores… Sea como sea, nuestros caminos coincidieron en Zeney, mis agentes le dieron información sobre el clan y él pasó a verme. Le describí todo tal como era, pero él se negó rotundamente: ya había oído rumores sobre el chovinismo gran ruso de nuestro líder. Se negó de manera muy grosera… — Petrovich sonrió de manera condescendiente, como diciendo, jóvenes, qué les vamos a hacer. — Pero su visión del mundo es bastante similar a la vuestra, a lo mejor podéis llegar a un acuerdo…
— ¿Cómo podemos conocerle? — vi que el texto en la hoja continuaba.
— El chico aceptó una misión del gremio de aventureros. En varios pueblos cercanos a la ciudad, comenzó a desaparecer gente. Fueron encontrados cadáveres con heridas de dientes y garras de animales salvajes. Se cree que se trata de las fechorías de una manada de lobos terribles que apareció por esos lares. En consecuencia, el gremio encargó la misión de localizar y destruir la manada. Hace unos días Pavel partió a cumplirla.
— ¿Solo? — se sorprendió Wunorse.
— Por supuesto que no, — sonrió Petrovich. — El grupo incluye otro guerrero, un explorador y una sacerdotisa de Oum. Este trío de jugadores ha estado trabajando aquí durante varios meses ya, al chico le aceptaron como refuerzo sólo para esta misión.
— ¿Para qué necesitamos toda esta información? — noté que el texto contenía una descripción bastante detallada de los casos de desapariciones, con referencia al terreno y una descripción del supuesto área de operación de la manada.
— Pavel y sus compañeros simplemente aceptaron la misión sin pensar mucho, — explicó Petrovich. — Yo, en diferencia, sé un poco más sobre todo este asunto. Sospecho firmemente que la manada de lobos no tiene nada que ver.
— ¿Cómo es eso? — terminé de leer y le entregué la hoja a Wunorse.
— En primer lugar, merece la pena observar más de cerca los pueblos de donde desapareció la gente. Todos pertenecen a la heredad del mismo barón. El viejo von Seekust murió hace unos años y sus tierras las heredó su hijo, un estúpido holgazán y derrochador. Mientras su padre vivía, estudió en la Universidad de Zeney, y tras su muerte se quedó en la ciudad y pasa aquí todo su tiempo. No le importa la baronía; percibe sus tierras sólo como una fuente de ingresos. Durante los años de su propiedad, la desolación reinó ahí en todas partes; todos los artesanos buenos huyeron o fueron vendidos por este tonto. El orden relativo se mantiene sólo gracias al capitán de la guarnición del castillo. Éste sirvió fielmente a su antiguo amo y ahora patrulla las carreteras al menos de alguna manera. Pero ¿qué puede hacer un pelotón de soldados que también tienen que actuar como recolectores de tributos? Sólo sirven para asustar a ladronzuelos… Por allí está tranquilo porque los vecinos simplemente no necesitan incitar el caos patrocinando a bandidos. Creen razonablemente que será más fácil quitarle las tierras al joven imbécil banalmente ganándoselas a las cartas…
— Pues eso, — señaló Wunorse. — Las carreteras están más o menos patrulladas, pero no hay fuerzas para correr por los campos en pos de los animales, por eso los lobos han vuelto feroces… A mí todo me parece lógico.
— Eso es lo que todos pensaron, — asintió Petrovich. — Sin embargo, si te fijas en los hallazgos de los exploradores, también hay aldeas de otras baronías en el área de acción de la manada, pero por alguna razón nadie desapareció en ellas. Leed sobre cada caso individual de ataques: hay cuando desaparecen a la vez decenas de campesinos, pero cadáveres hay uno o dos… los lobos terribles no se llevan los cuerpos para reservarlos. Nunca hubo supervivientes… Es posible, por supuesto, que todo esto sólo sean coincidencias. Pero semejantes rarezas me hacen dudar mucho.
— ¿Alguien está raptando gente? — dijo Wunorse pensativamente. — ¿Pero para qué?
— Trata de esclavos, — llegó la voz de Jamél desde las sombras.
— Exacto, — Petrovich agitó el dedo con aprobación en dirección de la chica. — La baronía está desolada, al barón no le importa su gente, los guardias no tienen tiempo para corretear por los campos… todas las pérdidas se atribuirán a los lobos, sin muchas pesquisas sobre qué y cómo.
— No me imagino cómo se puede montar todo esto, — continuó Wunorse, testarudo. — Hace falta falsificar amuletos, llevar a la gente lejos para venderles, de lo contrario hablarán del secuestro…
— Razonamientos inteligentes, — coincidió Petrovich. — Y esto significa que si mis sospechas resultan ser ciertas, hay todo un plan en marcha, en el que probablemente esté involucrado algún clan de jugadores. Y me temo que las creencias de Pavel pueden conducirle en tal situación a un resultado muy lamentable.
— ¿Está sugiriendo que le salvemos? — pregunté.
— Sí, — asintió Petrovich, haciendo una mueca ante el hecho de que me dirijo a él de «usted». — De esta forma ayudaréis a uno de los nuestros a salir del apuro y le resultará más difícil decir no a sus salvadores. Si me equivoco, tendréis que buscar otras formas de convencerle. Sea como fuere, considerad esto como una prueba de vuestras habilidades: si lográis convencerle, que venga a mí y le enviaré a donde van todos los novatos: al grupo de entrenamiento de Yozh. Si no… buscaremos otra opción.
— Está bien, — acepté rápidamente. — Supongo que usar el chat en nuestro caso no es seguro. ¿Cómo podemos contactar con… tigo?
Petrovich sonrió al ver con qué esfuerzo me obligué a dirigirme a él de «tú», se agachó, abrió uno de los estantes de la mesa y sacó un pequeño estuche. En su interior había dos piedras rectangulares. Me entregó una e insertó la segunda en el agujero de tamaño perfecto para ella de su brazalete. Mientras hacía esto, noté que el brazalete tenía muchos agujeros similares y algunos ya estaban ocupados por piedras.
— Piedras del Mensaje, — explicó Petrovich, mirándome girar la piedra en mis manos y examinar las finas tallas que tenía. — Permite enviar un mensaje de hasta 25 palabras al propietario de la piedra pareada, esté donde esté. Máximo tres veces al día. Y algo más. — Agitó la mano y frente a mis ojos apareció una ventana: "¡Atención! El jugador Petrovich, [Rus], quiere compartir una parte de su mapa de territorios explorados. ¿Aceptar? Sí/No".
Acepté y se me abrió el mapa de la ciudad y una parte del territorio adyacente en el noreste. La supuesta zona de acción de la manada estaba resaltada en un área verde, y el punto de una de las aldeas se iluminaba en rojo.
— El punto rojo es el pueblo al que se dirige el grupo de ChePie, — explicó Petrovich cuando le miré de nuevo. — Es el asentamiento más cercano a la ciudad en la zona peligrosa. Deberían llegar allí esta tarde, si no les pasó nada por el camino.
— Muy bien, — asentí y me levanté, extendiendo mi mano a Petrovich a modo de despedida. — Estaremos en contacto.
Petrovich también se levantó de su sillón y me estrechó firmemente la mano. Mientras tanto, los elfos ya habían agarrado a Gilt, puse mi mano en su hombro y liberé el hechizo con una frase rápida. Un breve instante y nos encontramos en medio de la habitación de la taberna. Wunorse se quitó el arco inmediatamente y se dejó caer en la cama.
— ¿Cómo vamos a proceder? — pregunté.
— Podemos alquilar monturas y galopar hasta allí, — sugirió Wunorse. — Si nos damos prisa, llegaremos esta noche.
— No estoy seguro de que pueda permanecer en la silla el tiempo que haga falta, — al menos no tenía ningún recuerdo relacionado con eso de montar, por lo que la idea de galopar no me atraía.
— Tampoco soy muy buen jinete, — me secundó Gilt.
— Además, cada vez nos queda menos monedas, — señaló Jamél.
— ¿Todavía tienes teleportes? — preguntó Wunorse.
— Un espacio del quinto nivel, — asentí, — pero habrá que saltar a ciegas a un punto en el mapa.
— No hay otra opción, — se encogió de hombros el elfo. — Esta será la forma más rápida: pasaremos la noche en el pueblo y nos curaremos si será necesario. Y si no nos topamos con estos tipos allí, mañana por la mañana seguiremos sus pasos. Aunque creo que si llegan allí por la tarde, lo más probable es que también se queden allí a pasar la noche.
— ¿Y qué les diremos? — preguntó Jamél.
— Que también aceptamos la misión de lobos terribles, — Wunorse agitó su mano con despreocupación, — en plan, ¡venga, vámonos juntos! También podemos contarles las sospechas sobre los traficantes de esclavos… Pero primero hay que ver qué tipo de personas son, qué relaciones tienen en su grupo… Es decir, actuaremos según las circunstancias.
Jamél meneó la cabeza con gesto de reproche; no le gustaba actuar sin un plan. En cambio a mí las palabras de Wunorse me parecieron bastante razonables.
— Bueno, — el elfo interpretó nuestro silencio como señal de aceptación y me pasó una bolsa con monedas, — ve abajo, pide algo de comer y saldremos inmediatamente después.
Así hice y pronto regresé a los «amos» con una bandeja llena de panecillos parecidos a pizza y una botella de vino. Gilt y yo conseguimos varias rebanadas de pan gris y un gran pescado al horno para cada uno, más un tarro de kvas.
Después de comer, cerramos las habitaciones, le devolvimos las llaves al chico del mostrador y salimos de la taberna. Afortunadamente, había muy pocos transeúntes en el puente y llegamos a los tugurios sin incidentes. El sol ya se acercaba al horizonte y largas sombras cubrían las calles del hormiguero humano. Al entrar en el primer callejón desierto, nos tomamos de las manos y comencé a leer lentamente el hechizo de teletransporte, abriendo frente a mi cara la ventana del mapa personal y tratando de concentrarme en el punto rojo.
Por sí solo el mapa aumentó al máximo zoom y apareció una solicitud de coordenadas. Señalé con la mirada un lugar a pocos kilómetros del pueblo, aparecieron algunas letras y números; aparentemente todo salió bien. A continuación salió una ventana preguntando por la altitud sobre el nivel del mar. Me quedé pensando y esta breve pausa fue suficiente para que la ventana cambiara a "Se ha seleccionado el valor predeterminado actual. ¿Quiere hacer ajustes?" Pulsé en "Sí" y subí la barra deslizante hasta que marcará un metro, pero luego, mirando el puente que se elevaba sobre nosotros, agregué un metro más. Si me equivoco, no creo que caer desde una altura de dos metros nos cause graves daños, pero quedarnos atrapados en el suelo sería extremadamente desagradable…
Tras confirmar el último valor, miré la expresión estrambótica en el rostro de Wunorse y noté sobre todo cómo Jamél se aferraba convulsivamente a su mano. En ese mismo segundo, el paisaje ante mis ojos cambió. Aparecimos casi en el centro de un pequeño altillo y, a juzgar por la sensación elástica que fue como si algo nos empujara las piernas hacia arriba, un poco más bajo del nivel de la superficie. Aparentemente, el hechizo por sí solo compensaba errores menores en los cálculos, y ese fallo nos costó únicamente unas posturas incómodas y movimientos corporales caóticos para mantenernos en pie.
Desde el altillo se divisaba una aldea ubicada en cierta depresión. Del oeste del pueblo salía un camino que conducía a Zeney, y por el norte y el este, justo detrás de las casas, comenzaba el bosque. Al otro lado del altillo, se extendían hacia el mar interminables campos cubiertos de algunos cereales que parecían ya completamente maduros.
El astro aún estaba lejos de la delgada franja de mar en el sur, por lo que me sorprendió la ausencia de campesinos en los campos. Ya había pasado la hora del almuerzo, si es que tenían uno, así que al menos alguien debería trabajar. Sin embargo, ya nos estábamos acercando a las casas: maderámenes de troncos de un piso, simples, pero bastante sólidas, pero aún no vimos a ningún residente local.
Pasando entre las casas, salimos al camino que conducía a una pequeña plaza en medio del pueblo, y fue allí donde finalmente vimos un grupo de gente apiñada, la mayoría mujeres. Nos vieron y un anciano salió adelante, varios jóvenes se pusieron a su lado, las mujeres se acurrucaron detrás de ellos y se callaron.
Antes incluso de que tuviéramos tiempo de acercarnos, todos cayeron de rodillas, excepto el anciano, que se inclinó profundamente, apoyándose en su bastón.
— Levantaos, — dijo Wunorse de forma bondadosa, pero con un dejo de desdén en su voz. — ¿Qué ocurre? ¿Por qué nadie trabaja en los campos?
Jamél se colgó del brazo del elfo, pero sin excesiva fineza, sino más bien fingía apoyarse en su compañero para descansar. Nos pusimos a ambos lados de ellos.
— ¡Desgracia tenemos! ¡Desgracia, señor! — exclamó el anciano, enderezándose. Las mujeres comenzaron a gemir, muchas permanecieron de rodillas, algunas incluso se inclinaron aún más, apretando sus cabezas contra el suelo.
— ¿Qué pasó? — Wunorse frunció el ceño.
— Los niños han desaparecido, — el anciano trataba de hablar rápido y sobre lo importante, pero al mismo tiempo no miraba al elfo y había angustiosa desesperanza en su voz. — Por la mañana se fueron al bosque a recoger setas y bayas… van todos los días. Pero no regresaron a comer, y con ellos estaba Koby, es el mejor rastreador entre nuestros muchachos, no podían perderse. Después del almuerzo, mientras decidíamos qué hacer, unos señores aventureros llegaron al pueblo y dijeron que van tras una manada de lobos terribles que vino a nuestros lares. Entonces nos asustamos mucho, los hombres más fuertes agarraron lo que tenían de arma y se fueron al bosque a buscar a los chiquillos. Y todos los demás nos hemos reunido aquí, por eso no hay nadie en el campo… ¿Cómo vamos a trabajar con tal desgracia?.. — la voz del anciano se quedó ya muy baja.
— ¿Y los aventureros? ¿Acaso no os ayudaron? — preguntó Wunorse con un tono de sorpresa.
— Uno de ellos fue con nuestros hombres, — asintió el mayor. — Incluso se peleó con sus compañeros por ello… Cuando escuchó de los críos, cambió de rostro y trató de convencer a sus amigos. ¡Ayudaremos, decía, hay que salvar a los niños! Pero ellos se negaron del todo… no, dicen, tenemos indicado dónde está la manada, vamos a matar a los animales malditos, y así nos libraremos del peligro. Él trató de razonar con ellos, decía ¿y qué pasa si la manada feroz ataca ya a los niños? Casi llegaron a las manos por la discusión… Entonces sus compañeros se marcharon enfadados, y él ayudó a nuestros hombres a prepararse y se fue con ellos.
— ¿Hace mucho que pasó eso? — gorjeó Jamél.
— No, — el anciano negó con la cabeza. — Las sombras han crecido muy poco. A ojo una hora o dos, mejor no tenemos con que medirlo, no se enoje, somos muy pobres…
— ¿Y cómo se llamaba aquel aventurero que se apiadó de vosotros? — preguntó Wunorse. — ¿No averiguasteis su nombre por casualidad?
— Escuché a sus camaradas llamarle Chapay, — asintió el mayor. — Mucho se gritaron los unos a los otros…
— Bueno, — ni un solo músculo se movió en la cara de Wunorse. — Habéis tenido suerte de que haya pasado por aquí. A mí también me encantan los chiquillos, así que os ayudaré. ¡Les salvaré a todos, si en problemas se metieron! — el elfo sonrió pomposamente. — Que uno de vosotros me lleve a las afueras, y al borde del bosque me muestre exactamente adónde fueron sus hombres. ¡Luego los encontraré a todos yo mismo!
El anciano volvió a hacer una profunda reverencia y las mujeres compitieron entre sí para agradecer al «benevolente señor». Mientras tanto, el viejo agarró a un chico por el cabello y le susurró: «guíale», después de lo cual el chico se lanzó precipitadamente hacia adelante, girando continuamente para mirar si le seguimos e inclinándose. Nos marchamos tras él.
* ChePie es un juego de palabras comprensible a los rusos que hace alusión a un famoso héroe de la guerra civil, Vasili Ivánovich Chapáyev, al que llamaban Chapay.
Capítulo 40
El joven nos llevó fuera del pueblo y nos condujo por un sendero hasta el borde del bosque. El sendero seguía adentrándose en la espesura y en seguida se hacía evidente que rara vez se usaba: estaba poco pisoteado y rápidamente se perdía entre hierbajos. Señalando con la mano casi exactamente hacia el norte, el chico soltó que los hombres habían ido en aquella dirección e inmediatamente volvió corriendo a la aldea. Era un chico alto, de constitución bastante fuerte, pero aun así su miedo fue palpable.
Nos adentramos en el bosque por el sendero, parando en primera bifurcación. Wunorse observó el suelo con atención.
— Veo claramente huellas de un grupo de gente, — explicó el elfo. — 7-8 personas. Es verdad, fueron allí, en dirección norte.
Caminamos un poco más, y cuando subimos a un montículo convenientemente encontrado, que ofrecía una vista relativamente amplia, les pedí a mis compañeros tomarse de las manos y activé el hechizo Puerta dimensional, eligiendo como punto final el espacio más lejano entre los árboles que mi mirada podía alcanzar.
El salto nos llevó, según mis sensaciones, a unos 200 metros, Wunorse se dirigió con confianza hacia el este, hasta que de nuevo encontró huellas y nos guió por ellas. Tan pronto como surgía la oportunidad, usaba nuevamente el hechizo de Puerta para acelerar, aunque sea un poco, nuestro progreso. Pronto esta manera de desplazarse por el bosque empezó incluso a parecerse rutinaria: un salto, Jamél escucha y da luz verde, Wunorse busca huellas y nosotros le seguimos intentando no hacer ruido, veo un buen punto para el salto y todo se repite de nuevo.
Pero de repente Jamél no dio el visto bueno después del salto mágico del turno, si no que señaló con la mano hacia un lado y dijo en voz baja:
— Por ahí hay ruido.
Lentamente, agazapados en la hierba, nos deslizamos entre los árboles hasta llegar al borde de un barranco poco profundo y con suaves pendientes. En el fondo, donde el terreno llano se extendía varios metros antes de volver a elevarse, se podía ver el tronco de un grueso árbol, caído hace mucho tiempo y ahora cubierto abundantemente de musgo. Detrás de este tronco se encontraban, acurrucados, varios niños, y frente a ellos se alzaban dos altas figuras de elfos. Un poco al lado, gruñían tres enormes monstruos parecidos a perros: dos llegaban a casi un metro de altura a la cruz y el tercero probablemente me llegaba hasta el hombro. Los más pequeños tenían el pelaje marrón con manchas, como si se hubieran revolcado en el barro, y el grande tenía la piel brillante y de color negro como carbón. Además de su tamaño, lo que inmediatamente llamaba la atención fueron muchas púas de hueso que sobresalían de los cuerpos de los monstruos.
Nos pegamos al suelo y nos escondimos detrás del arbusto más cercano; desde aquí podíamos ver y oír todo con claridad, pero a nosotros, evidentemente, todavía no nos habían detectado.
-… basta de charlas, — escuchamos las palabras de uno de los elfos, sobre su cabeza floreció en escarlata el cartel "Janszoon, [Barbarije], nivel 16", — me llevaré a los más valiosos, y tú mientras vigila al resto.
— Va-a-ale, — alargó el segundo bandido, que fue identificado como "Simonszoon, [Barbarije], nivel 14". — ¿Puedo jugar un poco con ésta? — relamiéndose con lujuria, el elfo señaló a la muchacha más alta del grupo, quien se plantaba al frente de todos, como si intentara cubrir a los demás con su cuerpo.
— ¡No estropees la mercancía! — le espetó Yanszoon y dio un paso hacia los niños. — Tú, tú y tú, y también tú y tú, — señaló el elfo a ciertos niños, — salid adelante y cogerse de las manos.
Los niños obedecieron la orden sin rechistar. Dos chicos y tres chicas; probablemente, según el criterio del bandido, eran los más lindos.
— Fu-u-uh, — Simon melindreaba a propósito. — Después del entrenamiento, se vuelven obedientes… ¡Y a ésta, mira cómo le arden los ojitos! ¡¡¡Porfa-a-a!!!
— Es poco probable que llegue al entrenamiento mañana mismo, — Yanszoon tomó la mano del niño más cercano y se volvió hacia su compañero, — jugarás lo suficiente con ella en la base. ¡Y no te atrevas a distraerte mientras trabajas!
Simonszoon puso cara de ofendido y Yanszoon comenzó a leer un hechizo, que reconocí fácilmente como teleporte.
— ¿Atacamos? — susurró Wunorse.
— Casi no me quedan conjuros, — respondí al instante, — además, no veo a ChePie por aquí. No sé si podemos con ellos…
— Quietos, — susurró Jamél con severidad. — Escucho más ruido desde esa pendiente de ahí.
Mientras tanto, Yanszoon desapareció en un destello blanco, llevándose consigo a cinco niños. Y Simonszoon, tras parpadear de la luz brillante, escupió y caminó lentamente hacia los tres restantes, flexionando los dedos mientras avanzaba. La chica alta le miraba furiosa, tratando frenéticamente de empujar al chico y a la chica que se aferraban a ella a su espalda.
— ¡¡¡Excelente, excelente!!! — del deleite el elfo hablaba con una especie de aullido, y su voz parecía a un gemido de placer. — ¿Cómo puedo contenerme con ésto?..
Sin embargo, el crujido de las ramas le detuvo, y con cierto desconcierto se volvió hacia los hombres que aparecían en la ladera. Llegó el grupo de rescate, encabezado por un chico rubio, sobre cuya cabeza apareció el letrero: "ChePie, nivel 12". Le acompañaban seis campesinos: dos del décimo nivel, cuatro del undécimo.
— ¡Roos! — gritó uno de los hombres y corrió aún más rápido. Las lágrimas comenzaron a correr nuevamente por el rostro ya húmedo de la pequeña, pero permaneció en silencio y ni siquiera se movió de su lugar.
— ¡Vaya, vaya, vaya! — Simonszoon se rió con exageración y chasqueó los dedos en dirección a los hombres. — ¡Mira quién ha venido!
En ese mismo segundo, al escuchar el crujido, los lobos terribles despegaron y corrieron hacia los campesinos.
— ¡Sta-a-a-an, Zwarti, staan! — ordenó Simonszoon, y el lobo negro se detuvo junto a él. — Veamos primero lo que valen estos plebeyos y el pastelito que decidió hacerse el héroe…
El monstruo negro resultó tener nivel 13, los dos que se lanzaron contra los campesinos — 12.
ChePie recibió el salto del monstruo sobre su escudo y le asestó ágilmente una serie de golpes, su espada se oscureció con la sangre del lobo terrible. Sin embargo uno de los campesinos no tuvo tanta suerte: el monstruo le derribó y le arrancó un gran trozo de carne del pecho, rasgando sin esfuerzo la sencilla camisa del hombre. Se escuchó un grito lleno de dolor y pánico, pero los demás hombres no perdieron la compostura y azotaron a la bestia con golpes de sus hachas y guadañas que parecían alabardas. Casi todos estos golpes tuvieron éxito y le quitaron al monstruo casi la mitad de su barra de vida.
— ¿Por qué este Simón está tan tranquilo? — susurró Wunorse. — Está claro que machacarán a estos dos lobos, pero él no ataca y no deja que su familiar participe…
Mientras tanto, ambos lobos con una agilidad fenomenal saltaron lejos de sus oponentes y lanzaron un nuevo ataque de salto, pero ahora cambiaron de objetivo. El segundo se abalanzó sobre ChePie, que no esperaba un ataque por este lado, y esta vez no pudo anteponer el escudo. Las garras del monstruo chirriaron contra la cota de malla y la barra de vida del jugador disminuyó ligeramente. De los ataques de represalia, sólo uno alcanzó su objetivo.
Y el primer lobo terrible se abalanzó sobre un hombre con guadaña que tampoco lo veía venir y le propinó un garrazo en la espalda. Un nuevo grito de dolor y maldiciones llenaron los alrededores. El ataque de represalia fue tan torpe que incluso yo hice una mueca involuntariamente. Uno de los hombres ayudó al herido a levantarse. Su camisa estaba manchada de sangre, su rostro se puso blanco, apenas podía mantenerse en pie, agarrando torpemente su hacha con ambas manos. Los otros tres intentaron golpear a los monstruos cada cual a su manera, pero fallaron.
Los lobos continuaron con su táctica: saltaban de prisa sobre sus víctimas, cambiando continuamente el objetivo de sus ataques, luego se retiraban con la misma rapidez y atacaban nuevamente. Tales maniobras confundían a los campesinos, los obligaban a fallar y pronto casi todos ellos resultaron heridos. Sólo ChePie luchaba más o menos bien, pero no podía estar en todas partes y también fallaba sus golpes a menudo. Con un salto exitoso, un lobo terrible completamente cubierto de sangre derribó al hombre que tenía las heridas más graves, sus patas golpearon su cuerpo y los gritos del campesino se convirtieron en sibilancias: al parecer uno de los golpes le había acertado en la garganta. La franja roja de su vida aún no estaba completamente vacía, pero se derretía a cada segundo que pasaba… estaba claro que ya no sobreviviría.
ChePie rugió y propinó una serie de golpes precisos al monstruo que atormentaba al hombre, uno de los cuales le cortó el ojo a la bestia, y los ataques posteriores de los campesinos remataron a la criatura, que cayó pesadamente justo encima del moribundo.
— ¡Perfecto! — exclamó Simonszoon y silbó. El lobo terrible herido saltó inmediatamente lejos de los hombres y retrocedió, presionándose contra el suelo y gruñendo. — Uno a uno, ¡habéis luchado bien!
— ¡Canalla! — gritó ChePie. — ¡Suelta a los niños inmediatamente!
Un destello blanco interrumpió la bronca y detrás de Simón apareció Yanszoon.
— ¡¿Qué ocurre aquí?! — ladró de inmediato.
— El equipo de rescate… — el elfo se encogió de hombros. — Lo más probable es que sean del pueblo más cercano, — supuso Simonszoon con desdén y alargando palabras de forma cómica. — Pero hay un jugador con ellos, — añadió ya con seriedad.
Yanszoon observó el campo de batalla, sus ojos fríos y calculadores captaban tenazmente todos los detalles, e incluso yo, sin darme cuenta, me encogí y contuve la respiración; por un segundo me pareció que podría detectarnos. El elfo agarró con una mano el gran amuleto de Oum que tenía en el pecho, dio un paso adelante y ordenó:
— ¡Tiren sus armas, quédense quietos y guarden silencio!
Los campesinos arrojaron enseguida sus guadañas y hachas y trataron de ponerse firmes. ChePie les miró desconcertado, lanzó una mirada enojada a Yanszoon, luego a su mano, que estaba estirándose hacia un lado, y luego su rostro se distorsionó del todo, porque de repente sus dedos se aflojaron y su espada cayó sobre la hierba.
— Es un clérigo, — susurró Wunorse alarmado. — Vaya marrón… Y te has fijado en que sus apodos están en rojo: eso significa que su clan está de parte de la luz.
Mientras tanto, Yanszoon se volvió hacia su compañero.
— Voy a llevarme a los niños que quedan y a dos campesinos, — habló en tono de orden. — Tú envía a tu Zwart a la manada, que la conduzca al siguiente lugar. Es hora de cambiar ubicación, ya nos hemos expuesto mucho aquí. Mira a los hombres que quedan, demasiado lisiados no nos hacen falta.
— ¿Qué hacemos con el jugador? — Simonszoon hizo un gesto con la cabeza hacia ChePie.
— Que no se te ocurra cargártelo, — respondió Yanszoon en voz baja. — Mañana le pondremos un collar de esclavo y lo venderé a la capital.
— ¡Dejen ir a los niños, malnacidos! — gritó ChePie luchando consigo mismo para hacerlo, ambos jugadores se voltearon hacia él sorprendidos.
— ¡Qué fuerte! — Simonszoon se rió con deleite, Yanszoon en cambio frunció el ceño, su mano dibujó una señal en el aire y ChePie se tambaleó con un gruñido de dolor, tras lo que cayó sobre una rodilla.
— Tú y tú, — el clérigo señaló a dos campesinos menos heridos. — Acercaos a los niños y tomen sus manos.
Los hombres obedecieron, uno de ellos caminó más rápido y exclamó: «¡Roos!», tras lo cual siseó de dolor, se agarró la cabeza y cayó de rodillas.
— ¡¿Cómo te atreves?! — Yanszoon se acercó a él y le preguntó amenazadoramente. — ¿O debería dejarte aquí para que seas devorado por los lobos? ¡Levántate ahora mismo y agarra a tu hija de la mano!
El hombre se levantó con dificultad y cumplió la orden. Su rostro estaba blanco como la tiza y sus labios se movían, pero no nos llegaba ningún sonido. Yanszoon leyó el conjuro y desapareció en un destello junto con los niños y campesinos.
— Hay que hacer algo, — el susurro de Wunorse temblaba de ira.
— Estaos quietos, — un cierto plan cuajó en mi mente. — Ataquen sólo si me descubren.
Me quedaba mi último espacio de hechizos de cuarto nivel. Me aparté de los arbustos y comencé a susurrar el hechizo de Invisibilidad mejorada. Abajo, Simón se acercó a los hombres y comenzó a levantarles las camisas una por una, examinando sus heridas. Parece que la condición de uno de ellos no le gustó. Le dio una fuerte patada, haciendo que el desafortunado saliera volando hacia un lado, luego chasqueó los dedos y el lobo terrible herido se abalanzó sobre el indefenso campesino. Ni siquiera un gemido salió del hombre devorado por la bestia.
— ¡Escoria! — gritó ChePie.
— ¡Oh, es un bálsamo para mis oídos! — Simonszoon estalló en una risa loca. — ¡Eres un encanto!
Comencé a caminar con cuidado pendiente abajo, procurando no pisar ninguna rama y no hacer ruido. Mientras tanto, Simón se acercó al lobo terrible negro y, agachándose frente a él, le tocó la cabeza con la frente. Yo ya estaba a medio camino cuando se levantó, el lobo terrible chilló, atrayendo la atención de la bestia que desgarraba el cadáver del campesino, y ambos monstruos se alejaron rápidamente en dirección noroeste.
Me detuve detrás de ChePie y con movimientos rápidos dibujé mi signo mágico en su capa. No satisfecho con ello, activé el truco nuevamente y dibujé la marca otra vez, con mi dedo y directamente en el cuello del jugador. Al mismo tiempo, me acerqué directamente a su oreja y le susurré:
— Aguanta, Pavel. Vendremos a sacaros a todos. Pasada medianoche, procura tener más espacio libre posible a tu alrededor…
Para el honor de ChePie, hay que decir que ni un solo músculo de su rostro se estremeció y no mostró su sorpresa de ninguna manera, sólo susurró apenas audiblemente: «Vale». Me apresuré a regresar.
— ¿Estás rezando? — se rió Simonszoon.
— Estoy enviando… vuestros apodos… a mis amigos, — jadeó ChePie.
— Pronto estarás en un lugar, — se rió de buena gana el bandido, — ¡donde ningún amigo te ayudará!
Con un nuevo destello, detrás de Simonszoon apareció Yanszoon.
— Genial, — el elfo miró con total indiferencia al cuerpo destrozado del campesino. — Un cadáver de lobo terrible, dos hombres con heridas características… todo será atribuido a monstruos. Vámonos.
— El héroe amenazaba con enviar nuestros apodos a sus amigos, — compartió Simonszoon las palabras de ChePie con su cómplice, acercándose a los campesinos y agarrando la mano al jugador.
— Mañana haré averiguaciones, — asintió Yanszoon. — Pero este idiota no tiene clan y, muy probablemente, en relación con su desaparición nadie nos molestará seriamente. ¡Tomaos de las manos!
Los campesinos obedecieron. Simonszoon puso a ChePie en pie y Yanszoon colocó su mano sobre el hombro de su compañero, pronunciando el conjuro de teletporte. Nos quedamos solos.
— Vaya mierda, — alargó Wunorse, poniéndose de pie. — Petrovich tenía razón, el chico se metió en problemas… Un clérigo de nivel 16 es una amenaza muy grave, y el segundo parece ser un compañero explorador, con tendencia a ser maestro de mascotas. Este clan tiene todo un esquema probado…
— El clérigo dijo que mañana venderá al Convocado a la capital, — dijo Jamél alarmada. — Y esto significa — a las mazmorras del Primer Templo de la Luz. Hay que sacarle.
— Con él todo es relativamente simple, — cancelé el hechizo de invisibilidad. — Puse sobre él mi marca, lo único que queda hacer es teletransportarnos y matarle. Reaparecerá en su punto de anclaje y listo. Pero cómo sacar al resto de los prisioneros es todo un problema…
— ¿Tengo entendido que para hoy no te quedan teleportes? — preguntó Wunorse.
— Así es, — asentí. — Necesito dormir unas cuantas horas. Le advertí a ChePie que nos esperara después de medianoche. Sugiero regresar al pueblo y ocupar alguna casa allí; necesitamos un punto de anclaje y un lugar para la marca.
No hubo objeciones y regresamos, ahora sin magia y confiando únicamente en las habilidades de Wunorse. Con cada minuto que pasaba, la oscuridad en el bosque se espesaba más y más, y los campesinos caídos y niños secuestrados, el mismo hecho de que tuvimos que dejar que los bandidos se vayan, nos infundía un estado de ánimo extremadamente sombrío. Llegamos al pueblo ya muy a oscuras, pero casi todos los residentes salieron a recibirnos de todos modos. Tras contarles de los hombres asesinados, pero sin entrar en detalles sobre los bandidos que secuestraron al resto, Wunorse exigió proporcionarnos algún tipo de alojamiento por un tiempo, a cambio de lo cual prometió salir mañana mismo para rescatar a los prisioneros.
Lo contado provocó una oleada de exclamaciones de pesar y lamentaciones, pero el anciano calmó rápidamente a la multitud y, sin hacer preguntas innecesarias, nos asignó una de las casas de madera de la plaza. Dos mujeres que vivían allí nos prepararon una escasa cena y se ofrecieron a ayudar con cualquier cosa, pero nos negamos y se fueron, dejándonos solos. Inmediatamente nos apareeció un punto de anclaje temporal, que Wunorse y yo aprovechamos enseguida. Dibujé mi marca arcana en el suelo en medio de la habitación y nos sentamos a la mesa a cenar.
— Tú te quedarás aquí, Jamél, — espeté nada más sentarme. Wunorse asintió con aprobación.
— ¿Tienes miedo de que muera? — me alegré de que la chica no discutiera y reaccionó a mis palabras con bastante calma.
— Vamos a teleportarnos a la base enemiga, — le expliqué. — Además, se trata de un clan de jugadores, probablemente recibirán inmediatamente una notificación sobre la invasión de su territorio. Teniendo en cuenta que están relacionados con los eclesiásricos, no podemos ser capturados, por lo que nos suicidaremos al menor peligro. Y si puedo resucitar a Gilt de nuevo, tu muerte será irreversible…
— Está bien, — asintió Jamél. — ¿Cuál es tu plan?
— En esencia, ninguno, — me encogí de hombros. — Nos teleportaremos donde ChePie, liberaremos a tantos prisioneros como podamos e intentaremos llegar a la salida. Si las cosas se ponen realmente difíciles, mataremos a ChePie y Wunorse, y yo me iré por medio del conjuro de regreso con un par de niños. El resto habrá que abandonar.
— Existe la posibilidad de que haya un círculo portal en la base del clan, — señaló Wunorse. — He oído hablar de ello.
— ¿Y no conocerás un plano aproximado de dicha base?
— No, — el elfo sacudió la cabeza. — Nunca me interesó la idea de unirme a ningún clan… Tan sólo escuché las charlas de mis compañeros de trabajo en la capital.
— Bueno, si encontramos el círculo, — concluí, — iremos al Primer Templo y desde allí teletransportaré a todos hasta aquí.
Mis camaradas asintieron, terminamos de comer y me fui a la cama, pidiéndole a Gilt que me despertara a medianoche. Teníamos que emprender un asalto prácticamente suicida.
Epílogo
Pavel volvió a mirar el reloj que tenía en la esquina de su visión: sólo quedaban unos quince minutos para la medianoche. ¿Y cómo procuro tener más espacio aquí? Le han arrojado a una estrecha celda y le encadenaron a la pared. ChePie se movió, tratando de encajar de forma más compacta posible en la esquina, tan lejos como le permitían las cadenas que llevaban al pesado anillo en la pared. Había suficiente espacio en la celda para un par de personas más, pero si salvadores misteriosos habrá más…
Sí, en un ataque de ira, no pudo contenerse y amenazó a los bandidos con sus supuestos amigos, pero tenía que ser honesto consigo mismo: no tenía amigos. No pudo congeniar con nadie, no encontró personas con ideas afines y ni siquiera topó con alguien de carácter parecido. Era curioso, ¿quién se atrevió a acercarse a él invisible y tranquilizarle en una hora tan oscura?
Sus pensamientos volvían una y otra vez a los acontecimientos en el bosque. Y por mucho que lo pensara, llegaba a la irremediable conclusión de que no podría haber actuado diferente. ¡No se puede dejar a los niños en semejante desgracia, no se puede permitir a los bandidos hacer tales cosas obscenas, incluso si el cuerpo de repente deja de obedecerte y por sí mismo cumple las órdenes de los villanos!
Cuando recuperó la visión después del destello del teleporte, Pavel descubrió que se encontraba en una sala bastante grande. Más adelante se veía un amplio pasillo que aparentemente conducía a la salida del edificio, a los lados del pasillo había pasajes arqueados con escaleras hacia arriba, y justo debajo de los pies se podían adivinarse las líneas del círculo portal.
Yanszoon ya se estaba alejando hacia una de las escaleras y mientras caminaba le dijo a Simonszoon: «Ocúpate de la mercancía». El jugador hizo una mueca, pero aun así empujó a los campesinos a una de las esquinas de la sala, donde se encontraban escalones de bajada. Pavel intentó resistirse para guardar las apariencias, pero recibió un fuerte empujón en la espalda y cojeó junto con los demás.
Los escalones les condujeron a un pasillo estrecho, por el cual llegaron a una bifurcación y giraron a la derecha, hacia otra escalera. Luego otro pasillo y otra escalera. ChePie memorizó diligentemente todos los giros, seguro de que le será útil. Durante uno de los descensos, logró mirar por una estrecha y alargada ventana, más parecida a una aspillera, por la que soplaba aire fresco y húmedo.
La vista desde la ventana no contribuyó al entusiasmo. Abajo, hasta el horizonte mismo, se extendía el mar. Al parecer estaban en un castillo construido sobre un monte o un acantilado de alguna isla: ChePie pudo vislumbrar su contorno mientras su mirada se deslizaba por la orilla rocosa. Pronto ha recibido otro empujón y se vio obligado a seguir adelante, pero lo que vio fue suficiente para comprender que será difícil escapar de aquí. Por supuesto, todavía quedaba esperanza de que el castillo no estuviera ubicado en una isla, sino en un cabo adyacente al continente. Pero su intuición le gritaba insistentemente: "¡Es una isla, una isla! ¡¡¡No podrás huir!!!"
Finalmente llegaron al nivel donde estaban las celdas de los prisioneros. En una bifurcación que conducía en tres direcciones diferentes, Simonszoon empujó a los prisioneros hacia el corredor de la derecha. Al principio los campesinos fueron recto, pero el bandido se rió y le dio una patada a uno de ellos, tras lo cual exclamó burlonamente: "¿Qué, querías ir con tu hijita? Espera, mañana te llevaré a su sesión de entrenamiento… ¡Estoy seguro de que te gustará!" El hombre, aún bajo la acción del orden de permanecer en silencio, no dijo nada, pero su rostro pálido se volvió aún más blanco y se llenó de manchas rojas. Y en el pecho de Pavel, que sospechaba de qué tipo de entrenamiento se trataba, comenzó a surgir nuevamente una oleada de ira.
Simonszoon condujo a los campesinos a una celda bastante espaciosa, donde ya se encontraban varias personas. Por el camino, ChePie vio que en otras celdas también había gente, a menudo muy jóvenes, casi niños, pero todos varones. También había varias celdas vacías.
A Pavel el bandido llevó a un pasillo lateral con celdas individuales, cuyos barrotes eran mucho más gruesos. Le empujó a la celda más cercana por el pasillo, cerró los brazaletes en sus brazos y piernas, hizo un gesto burlón con la mano y se fue. En la celda sólo había un pequeño banco, simple tabla de madera insertada en la pared debajo del anillo con cadenas, y un agujero en una de las esquinas. Las cadenas eran lo suficientemente largas como para tumbarse en el banco o llegar al rincón donde poder defecar.
Unas horas más tarde, vino a verle Yanszoon. Sin decir una palabra, se abrochó en su cuello un collar de cuero con el amuleto de esclavo, miró a la espada en su cinto, se rió entre dientes y se fue. Media hora después, dos hombres con los mismos collares entraron en su celda, le quitaron la cota de malla y la mochila, agarraron su espada y escudo y, a cambio, le metieron un cuenco de sopa en las manos.
Pavel se envolvió en su capa que los hombres arrojaron al suelo mientras lo desarmaban, se sentó en el banco y tomó el cuenco con ambas manos. Hacía bastante frío y humedad en la celda, tanto que del cuenco salía un apetitoso vapor. La sopa resultó ser caliente y sorprendentemente nutriente. Recogiendo la espesa y aceitosa mezcla con una cuchara de madera, se sorprendió al descubrir que en el cocido no sólo flotaban trozos de verduras, sino también de carne. Al menos alimentaban bien a los prisioneros.
Luego se sentó, apretando el cuenco vacío contra su pecho hasta que lo abandonó la última gota de calor. ¿Quién era aquel misterioso hombre invisible? ¿Quién vendrá a rescatarles? ¿Realmente vendrá? Pavel se inclinaba a concluir que alguien intentaba cazar a esta organización de traficantes de esclavos, y él simplemente se metió en medio. Pero cómo le apetecía conocer al fin a las personas con ideas afines, al menos a alguien que esté luchando contra las injusticias de este juego tan exageradamente real…
Quedaba muy poco tiempo para la medianoche… fuera las dudas, hay que cumplir la petición del desconocido. ChePie se levantó, la capa se le resbaló y volvió a caer al suelo. La puso en el banco, la presionó con el cuenco y se trasladó a la esquina opuesta al agujero, tratando de presionarse lo más que pueda a la pared para ocupar el menor espacio posible. Todo se decidirá pronto. Y no quería pensar en lo que pasaría si nadie viniera a rescatarle… Aunque sea como sea, sabía que seguiría luchando hasta el final, sin importar cuán desesperada pudiera parecer la situación.
Nombre: /no hay, introduzca/ Nivel: 15 Experiencia 108330/120000 Clase: Guerrero 4 Necromaster 11 Raza: humano Puntos de salud: 116 Ataque base: +11/+6/+1 Clase de armadura: 24 +6 armadura (armadura de mago mejorada) +3 destreza +3 armadura natural (capa) +2 forma transcendental
Salvaciones: Fortaleza +14 (+4 capa) Reflejos +11 (+4 capa) Voluntad +13 (+4 capa)
Parámetros: Fuerza: 14 (+2) anillo de fuerza+1 Destreza: 16 (+3) Constitución: 14 (+2) Inteligencia: 20 (+5) Sabiduría: 13 (+1) Carisma: 16 (+3) (+3 capa) Puntos de parámetros disponibles: 2
Habilidades: Supervivencia 6/18 Cocinar 1/18 Concentración 18/18 Conocimiento de conjuros 18/18 Trepar 10/18 Primeros auxilios 5/18 Usar objetos mágicos 5/18 Artesanía (cartografía) 5/18 Desollar 1/18 Escuchar 1/18 Medicina 9/9 Avistar 9/9 Engañar 10/18 Buscar 9/9 Rastrear 5/9 Persuadir 18/18 Puntos de habilidad disponibles: 5
Aptitudes: Ataque poderoso Combate con dos armas Soltura con un arma (bastón) Aura antinatural Resistencia de muerto viviente Control de no muertos mejorado Canalizar energía 11d8 en 1d8 rondas Controlar/Expulsar no muertos (7 usos al día) 7/7 Cuerpo sin vida Cuerpo transmundano RD 4/cont. o mág. Esbirro inmortal/Familiar no muerto Esbirros reforzados +2 Forma transcendental+2 Levantar no muertos superiores 1 Visión oscura Puntos de aptitud disponibles: 5+3
Conjuros al día: Nivel 0 — 6 Nivel 1 — 6+2 Nivel 2 — 5+1 Nivel 3 — 4+1 Nivel 4 — 3+1 Nivel 5 — 2+1 Nivel 6 — 1
Logros: Hardcore 3 Adepto de Mor Favorito de la diosa del Amor Amigo de los draelin Juramento de lealtad del dragón Innombrable — Destructor de ciudades
Riazán, septiembre de 2021 — septiembre de 2023
AGRADECIMIENTOS
Al final he completado la tercera parte del ciclo. Esta vez de forma bastante cotidiana, muy probablemente porque la capacidad de sentir algo vívidamente aún no me ha regresado… si es que alguna vez regresa. No quiero mencionar en absoluto mi estado de ánimo; en su contexto, incluso mi estado de salud que se ha deteriorado mucho pasa a un segundo plano. Me gustaría disculparme por el intervalo tan largo entre la segunda y la tercera parte; 2022 resultó ser tremendamente terrible para mí. Y no sólo para mí…
En primavera murió mi abuela, en otoño, justo antes de la primera nevada, falleció mi esposa y exactamente tres meses después mi madre. Durante menos de un año, todas las mujeres de nuestra familia murieron. Entiendo que en el fondo de las tragedias que ocurren ahorra mismo en el mundo, mis problemas personales parecen insignificantes… sin embargo, no tuve ninguna oportunidad de escribir. Incluso después de lidiar con todas las preocupaciones asociadas con los funerales, después de derramar todas mis lágrimas y después de aprender a dormir de nuevo, fui estúpidamente incapaz de escribir durante unos tres meses. Lo intenté, me sentaba, incluso escribía un par de frases o un párrafo, pero lo releía y me daba cuenta de lo vacío y miserable que era el texto resultante. Admito que podrían ser tan sólo mis impresiones personales, trastorno mental, devastación espiritual, o algo de ese rollo… pero el hecho era que no podía escribir.
Hay que resaltar que lo que realmente me derribó fue la muerte repentina de mi esposa. Mi abuela ya llevaba un par de años terminal, mi madre estaba terriblemente atormentada por las consecuencias de la quimioterapia después de su cáncer de mama… estaba preparado para su fallecimiento. Pero Vanesa… Yo adoraba a mi mujer, fue mi amor a primera vista, auténtico, mutuo, salvaje y demoledor. Ella era el centro de mi vida, sin ella todo simplemente dejó de existir. Todo ha perdido su significado, sólo quedaron fragmentos dolorosos y ardientes, hasta provocar náuseas y mareos, recuerdos.
Pero ya basta de eso. Casi había terminado el segundo arco cuando sucedió lo terrible. Probablemente habéis notado el deterioro en la calidad o algún otro cambio; ahora ya saben a qué se debe. Esto no ha trastocado el esquema general preparado desde el principio, pero sin duda afectó la narrativa misma. Aunque, créanme, hice increíbles esfuerzos para que mi condición no afectara de ninguna manera el texto y la forma de presentación de la historia. Sin embargo, entiendo que es casi imposible conseguirlo al cien por cien…
Sea como fuere, la tercera parte está completa y queda la cuarta, última parte. Todavía no estoy del todo seguro de poder encajar todo lo que queda por contar en un solo libro, por lo que existe la posibilidad de una quinta parte. Pero me gustaría completar el ciclo según el plan original de cuatro partes. Además, poco a poco voy terminando con todos los preparativos y prácticamente lo único que todavía me mantiene en este mundo es este ciclo inconcluso.
Lo admito, inicialmente planeé un segundo ciclo. Una especie de continuación de las aventuras del mismo protagonista, esta vez al estilo de una ópera espacial con naves surcando la inmensidad del espacio, con un par de arcos de academia de magia rollo potteriana. Pero no me quedan fuerzas para resistir. Mucha gente dice que pasado un año, los niveles hormonales vuelven a la normalidad, el tiempo cura… Busca, dicen, darle un nuevo sentido a la vida, cuida de tu salud. Incluso admito que pueden tener razón, pero yo mismo siempre he evaluado con racionalidad lo que está sucediendo en mi alma y dudo mucho que algo cambie. No quiero vivir más.
Ya casi todo está listo, incluso hice testamento, sólo queda terminar el ciclo; sería una pena dejar a los lectores sin el final. Pero para un ciclo más, me temo, no seré suficiente, mi salud ya es muy mala, puedo palmar en cualquier momento.
En vista de todo lo anterior, puede comprender que la continuación debería salir pronto. Descansaré un poco y empezaré a traducir la tercera parte al español. Pero sin fanatismo, mientras tenga ganas. Y luego enseguida me sentaré a escribir la última parte e intentaré sacarla rápidamente, no me gustaría demorarme.
Ahora con los agradecimientos. Quiero dirigir mi mayor y más importante gracias a todos aquellos lectores que compraron el libro aún en la etapa de borrador. Fuisteis vosotros quienes no me dejaron rendirme por completo, realmente evitasteis que muriera. Saber que alguien está leyendo tus escritos y esperando la continuación… ¡cómo dejarles sin final! Es como si te sujetaran por las solapas en un remolino oscuro que te arrastra al infierno.
Como siempre, quiero expresar mi profundo agradecimiento a mi amigo de la infancia, editor y simplemente mago, Mijaíl Ermishkin. Si no fuera por él, definitivamente no habría continuación. Intentó usar su magia lo mejor que pudo, a pesar de que también le era difícil y no siempre quería estudiar minuciosamente mis textos. Gracias por estar y por quedarte a mi lado.
Una mención especial merece recibir mi redactora de estilo Mireya Sánchez Rosas Del Carpio Landa, que continuó ofreciéndome su apoyo incondicional a lo largo de todo el trabajo de traducción. A pesar de que muchos cortaron sus comunicaciones conmigo, dada la situación internacional en el mundo, ella siguió ayudándome voluntariamente e incluso trató de darme ánimos. No tengo suficientes palabras para expresar cuánto te lo agradezco.
Juan Carlos Ortiz Cuerda hizo un excelente dibujo de acuerdo a mis deseos. Alexey Voronin diseñó la portada. ¡Muchas gracias, compañeros!
Mamá, te gustaba esta historia… lamento no poder leerte la tercera parte. Te la contaré cuando nos vemos. Y Vane, permanecerás inmortalizada para siempre en esta tercera parte, ¡te amo!
Mi agradecimiento obligatorio a Andrey "Shawn" Gizatulin por continuar sacando sus streams, incluso a pesar de que, debido a la transición al boosty, parte de su contenido ahora no me es accesible. Esta vez, ni siquiera él pudo sacarme del abismo de la desesperanza, pero todavía hubo muchos momentos en los que sus streams realmente ayudaron. Lloré cuando vi el stream del remake de Dead Space, porque vimos el stream del original junto con Vanesa, le gustaba este juego. ¡Gracias, primarca! Aunque esta vez poco, aún así pudiste ayudar; sin ti, esta parte habría salido mucho más tarde.
Спасибо за чтение
Вернуться к книге
