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Mechwarrior: Historia de una vida

Игорь Воробьёв

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Игорь Воробьёв

Mechwarrior: Historia de una vida

Глава 1

¿Qué podría decir de sí mismo si tuviera que mirar hacia atrás ahora y describir los años ya vividos? ¿No tan seco como en su expediente, pero tampoco obsesionándose con vanos detalles? Marçal arrojó su cigarrillo a medio terminar en un cenicero mecánico y observó como éste mastica su colilla, soltando otra porción de ambientador en el aire.

Marçal nació el 9 de mayo de 3020 en la familia de un ordinario trabajador de fábrica, Carlos Olle, en el planeta Acubens de la Liga de Mundos Libres. No sabía quién era su madre, tan sólo su nombre: María Moreno. Ella murió pocos meses después de dar a luz a un bebé de pelo rubio. Ya mucho más tarde, gracias a los rumores reunidos poco a poco en la calle, Marçal se enteró de que su madre era una refugiada, e incluso su nombre, muy probablemente, no era real, inventado con el fin de sacar papeles. Demasiado diferente era de todos los demás habitantes morenos de su barrio. Quién era ella, de dónde huyó, quién se escondía bajo este nombre, no pudo averiguarlo, tan sólo recordaba el calor de sus manos, pero la cara sonriente (por alguna razón le parecía que era precisamente sonriente) de su madre estaba tan borrosa en su memoria que ni siquiera podía recordar sus rasgos.

Su padre volvió a casarse de nuevo pronto. Marçal tuvo hermanos, pero nunca pudo sentir amor en esta familia. Su padre rehuía del primogénito, siempre le trataba con demasiada rudeza, con demasiada severidad. Y por mucho que Marçal se ocupaba de sus hermanos y hermanas, era demasiado diferente, demasiado extraño... Pronto, las burlas, las mofas y, en ocasiones, el descarado acoso, hicieron que su vida sea insoportable, así que el niño empezó a pasar más tiempo en la calle que en su casa. Pedía limosna, y probablemente se habría visto envuelto en enfrentamientos criminales y otros asuntos oscuros típicos de esa vida, si no fuera por el Maestro.

Pyotr Bahamonte, alto, igual de rubio, con un rostro de voluntad fuerte, como tallado en piedra, con una voz muy suave, pero proyectando tal fuerza interior con toda su apariencia que incluso los bandidos más temerarios lo esquivaban. Se presentaba en su barrio una vez a la semana, siempre los miércoles y siempre a misma hora, y enseñaba a los niños de la calle todo lo que según su criterio necesitaban saber. Al pequeño Marçal le parecía que este extraño adulto lo sabía todo en el mundo. Y Pyotr vio algo de potencial en él... o tal vez el chico que tanto se le parecía simplemente le gustaba. Fue el Maestro quien le enseñó el camino correcto, llenó los vacíos de la educación pública y le impulsó a aprobar los exámenes en la escuela secundaria. Este fue el camino para salir de la calle, y gracias al Maestro, Marçal lo consiguió.

En la escuela, a Marçal, fuerte, incluso entonces un cabeza más alto que de todos sus compañeros, se le daban mejor las disciplinas deportivas. Allí se interesó por el tiro con arco, corría y nadaba bien, mostraba excelentes resultados en acrobacias y artes marciales. Tanto fue así que incluso entró en el programa local de holovisión como uno de los mejores atletas de la institución. Naturalmente, después de los exámenes finales casi todas las puertas estaban abiertas ante él. Sin embargo, el recuerdo de su vida en la calle nunca lo abandonó, ahora entendió con cuáles injusticias luchó su Maestro, y en su maximalismo juvenil también quería luchar contra todas estas bandas y narcotraficantes... Marçal, con dieciséis años recién cumplidos, eligió la Academia de Policía.

Y allí todo le salió de maravilla: al final del año académico, los cadetes fueron enviados a practicar con policías reales. Trabajo real con un compañero que luego te escribe una recomendación. ¿Quién hubiera pensado que una patrulla ordinaria se convertiría en una persecución con tiros y luego en una operación de rescate de rehenes? En un hover que infringía las normas de circulación con el que toparon Marçal y su compañero, había miembros de la pandilla local Los Cucos, que habían secuestrado al hijo de un empresario que les debía dinero. No se atrevieron a detenerse a petición de la policía e intentaron esconderse en su guarida, convertido casi en una fortaleza. Marçal demostró su valía durante el asalto y volvió a aparecer en las portadas de los medios locales. Recién condecorado héroe fue ascendido a oficial y enviado a un año de entrenamiento intensivo al departamento de operaciones tácticas.

Y entonces Marçal llegó finalmente a las calles. Y dos años fue un dolor de cabeza tanto para los delincuentes de todo tipo como para las autoridades. Demasiado activo, que nunca al parecer se cansa, este ángel rubio de la policía llegaba a tiempo en todas partes. Pronto en su oficina no había suficiente espacio en las paredes para las condecoraciones, y los bandidos rezaban para no cruzarse con el nuevo oficial... Una actividad semejante no podía pasar desapercibida para los militares. Marçal con cada vez mayor frecuencia recibía ofertas del ejército, mientras él mismo comenzó a madurar, y la comprensión de que a menudo crecen dos cabezas nuevas en lugar de una cortada del cuerpo de la hidra criminal resultó ser una revelación difícil para este honrado oficial. Llegó la hora de la Academia Militar.

De nuevo en el papel de alumno, Marçal volvió a la ya olvidada práctica de aprendizaje y de nuevo mostró su mejor faceta. Naturalmente, un oficial de policía, un operativo, parecía un ideal inalcanzable en los ojos de todos los cadetes. Habiendo dominado rápidamente los conceptos básicos del manejo de armas, Marçal demostró en los exámenes ser un oficial casi listo para el servicio y, ¡algo sin precedentes!, incluso siendo originario de las clases bajas fue ascendido a teniente menor, obteniendo una autoridad inalcanzable para un soldado ordinario. Con ello tuvo la posibilidad de elección, y ¿cómo rechazar el entrenamiento para pilotar el arma más letal creada por la humanidad: los mecas de combate. Por supuesto, el teniente novato eligió ser mechwarrior.

Le tocó Orión (Orion ON1-K), la legendaria máquina que el mismo Kerensky condujo en el campo de batalla cuando derrotó al Usurpador. Marçal estaba lleno de ilusiones, además, ya estaba acostumbrado a una carrera brillante... pero la realidad del día a día en el ejército hizo añicos todos sus sueños. Dos años de aburrido servicio de guarnición, donde el entrenamiento de combate se llevó a cabo sólo en el simulador. Dos años más, cuando su lanza fue enviada escasas veces en aburridas incursiones por la frontera con la Periferia. Y luego vino 3048. Su lanza fue enviada a Gienah como parte de las fuerzas de la Liga.

El tercero de legionarios ayudaba en el asalto del segundo planeta del sistema, que estaba defendido por el segundo batallón de la decimocuarta Guardia Lirana. Los legionarios infligieron un gran daño a los guardias y luego sirvieron de retaguardia en una batalla bastante exitosa, pero entonces en la batalla entraron los regulares casi sin experiencia... y esto se convirtió en una picadora de carne.

La batalla duró dos días. Habiendo hecho un buen trabajo, los legionarios se retiraron y los guardias se resarcieron al máximo. La lanza de Marçal quedó separada de las fuerzas principales, la comunicación se interrumpió repentinamente y no quedó más remedio que llevar a cabo la última orden recibida: retirarse en la dirección indicada. Y al principio todo iba bien, algunos no rematados de Steiner saltaron sobre la lanza, pero les fue posible quemarles sin problemas, en el horizonte ya asomaron los edificios bajos — el marcador del objetivo indicado—y entonces, de repente, los guardias se les cayeron encima, desde todos los lados. Marçal simplemente no llegaba a reaccionar a tiempo, y tampoco sabía qué hacer estando ante semejante superioridad numérica.

Lluvia, fría lluvia de septiembre, cayendo como un sólido muro de las nubes plomizas que colgaban sobre la cabeza cual oscuras rocas. Esta lluvia, vaporizada por los rayos láser que la atravesaban, brillando sobre mortíferos proyectiles de cañón automático que parecían congelarse en el aire por las peculiaridades de la percepción torcida de una mente frita en el combate. Lluvia que penetraba en las brechas abiertas en el blindaje, en las cabinas destrozadas de los mecas derribados de su lanza... Esta lluvia quedó impresa para siempre en la memoria de Marçal, quien sobrevivió milagrosamente en esta sangrienta masacre. Algo se rompió en lo más profundo de su subconsciente, y el eco de aquella batalla volvía a él una y otra vez, tan pronto cuanto veía la lluvia derretirse en el fuego de láser. La lluvia volvía a llenar su cabeza, su cuerpo, susurraba en los neuroconectores, ralentizando sus movimientos, o incluso sumergiéndolo por completo en estupor.

Los médicos del ejército se percataron pronto de la dolencia que atormentaba al oficial y Marçal fue declarado no apto para seguir prestando servicio. Y ahora el mechwarrior quemado estaba de nuevo en la calle. La pensión por herida en combate le daba para un tiempo, y además ya estaba acostumbrado a contentarse con poco. Los psicólogos aseguraron unánimes que la distracción de todo lo relacionado con la violencia, la guerra y los mecas es la más importante condición que pueda ayudar a curar su enfermedad, así que Marçal volvió a su afición, recordó su pasión escolar por la biología, trató de interesarse en algún arte que no fuera marcial, e inesperadamente le gustó la estética del shibari, el popular en el Condominio Draconis arte de bondage.

Y parece que empezó a tener éxito: un año de vida tranquila calmó sus demonios internos... al menos nunca más volvió a tener estupor, y hace un par de meses incluso se animó a dar un paseo bajo la lluvia. Casi la misma lluvia que ahora... aunque ¿qué digo? Ahora es sólo una especie de llovizna... Hmm, ¿por qué ese camión de allí ha cambiado de rumbo tan bruscamente? ¿Acaso el Departamento de Transporte de la capital es tan negligente en su trabajo? Todos sus instintos policiales decían a voz en grito: era obvio que se trata de un transportador automático, y su programa no permite giros tan bruscos, su script apagaría los motores inmediatamente... ¿Qué tiene en su curso? A ver, algún tipo de coche pijo... ¿quién es esa dama emperifolladaque sale del asiento trasero, una aristócrata? ¡Ah, no queda tiempo! ¿Hacia dónde miran sus guardias? ¡¡¡ Pero vaya pendejos!!!

Todos estos pensamientos se arremolinaron en su cabeza, el cuerpo entrenado recordó por sí mismo los tiempos en la policía y ya estaba corriendo hacia el camión y la dama desconocida. Ahora sus guardias reaccionaron y comenzaron a sacar sus pistolas, irremediablemente tarde. Marçal voló hacia ellos como un cometa, agarró a la mujer, que ni siquiera tuvo tiempo de gritar, y se alejó rodando. Un momento después el camión embistió el coche caro, arrastrando junto con el metal retorcido a los desafortunados guardias que seguían allí. Y tras escasos instantes, a espaldas de Marçal, que cubrió a la dama con su cuerpo, creció la flor de fuego de la explosión. Hubo suerte, y todos los fragmentos grandes pasaron volando sin rozarles.

De cerca la asustada damisela resultó ser bastante bonita. Y también resultó que se trataba de Corinna Marik, una joven aristócrata, la capitana del segundo de los legionarios, estacionados en Sadurni, lo cual le comunicaron a Marçal los soldados de asalto armados hasta los dientes que descendieron del cielo unos minutos después. La chica llegó a Atreus de vacaciones, y acabó en esa calle porque asistía a una exposición de cuadros. Logró intercambiar con ella sólo un par de frases, ya que la dama recobró la compostura rápidamente y enseguida comenzó a dar órdenes a los soldados recién llegados, Muy pronto Marçal se quedó solo en la calle; los empleados de la casa noble se fueron volando con su señora, perdiendo rápidamente todo interés en el afortunado salvador.

Sin embargo, la gratitud no se hizo esperar: esa misma noche, Marçal encontró en su cuenta una cantidad redonda de c-bills, lo que le permitió saldar sus deudas acumuladas y salir de la pobreza que parecía acosarle. Y entonces dos hombres fuertes llamaron a la puerta de su habitación, en los que el ex operativo reconoció de inmediato a colegas de profesión, sólo que de mucho más nivel. La dama le invitaba a cenar, una cena privada en un ambiente íntimo, y por muy desdeñoso que fuera Marçal con los aristócratas, sería el colmo de la estupidez negarse.

Corinna tenía 26 años y parecía tenerle una gratitud bastante sincera. Marçal, en cambio, era un completo profano en relación con el protocolo que regía la vida de los aristócratas, y seguramente se comportaba en la mesa como verdadero salvaje, pero a la muchacha le parecía no importar su torpeza en absoluto. Ella también era mechwarrior, estaba claro que había leído su expediente, y le fue interesante hablar con ella. Evitando hábilmente el tema de la dolencia del teniente, ella compartió con él sus impresiones, le hizo preguntas completamente habituales para los militares e incluso contó anécdotas más apropiados para lasoldadesca, riéndose contagiosamente de las bromas del plebeyo. Marçal tampoco era ajeno al arte de coquetear, pero una cosa era seducir a las bellezas en un bar, sin embargo, estar a solas con una aristócrata de alto rango era jugar en una liga completamente diferente. Así que tuvo la impresión de que era él quien estaba siendo seducido, y tuvo que juntar toda su voluntad en un puño y mostrar una notable moderación para no perder la cabeza ante el suave pero persistente encanto de la chica.

Afortunadamente, esta velada confidencial no se convirtió en nada más, aunque Marçal se vio obligado a admitir con horror que si ella lo quisiera, él no habría podido resistirse. Toda su vida había despreciado a los aristócratas y los consideraba parásitos que antaño tomaron el poder por la fuerza y desde entonces jugaban con la vida de millones a su casi siempre perverso capricho. Pero a esta chica, involuntariamente salvada por él, una compañera oficial, otro mechwarrior más que arriesga su vida en campo de batalla, no la podía percibir de la misma forma. Y percatarse de ello quemaba su alma, no le dejaba calmarse.

Marçal no fue en un momento al departamento de detectives, prefiriendo el camino de un operativo, pero aún recordaba algo del curso académico. Así que comenzó a escarbar, incapaz de sacar de su cabeza el fallido intento de asesinato, a pesar de saber muy bien que especialistas de un nivel muy superior ya estaban en ello. Nada podía hacer consigo mismo. Marçal estaba bien versado en ordenadores y se volvió experto en la burocracia y los procesos administrativos de la Liga. Sumando a ello un gran conocimiento de la calle...

No, Marçal, por supuesto, no pudo determinar quién fue el quien encargó el asesinato, no encontró ni una pista, pero sí pudo identificar a los ejecutores: una pandilla local con una muy inflada reputación, que juega a asesinos sin miedo de atacar incluso a los aristócratas de alta alcurnia. Y su ansiedad le empujó a explorar la ubicación a la que apuntaban todos los hilos.

El lugar resultó ser una especie de almacén en las afueras de la zona industrial de la capital. No le resultó difícil entrar en el cuarto de servicio más cercano, y luego ya caminaba sin esconderse, vestido en una bata de obrero. Enseguida quedó claro que la seguridad en el almacén era muy fuerte, en menos de media hora Marçal contó a más de veinte militantes. Y luego el cielo nocturno cruzaron los fuegos de los impulsores de salto de un meca que atravesó la pared del almacén. Operativos sin marcas de identificación iniciaron un asalto muy cerca de él, se escuchaban disparos desde dos direcciones más. Debería haber ido entonces, pero para su desgracia, divisó a dos bandidos que les entraban por atrás a los operativos. Y estos claramente no se dieron cuenta.

Los reflejos policiales volvieron a funcionar, y Marçal saltó hacia los bandidos, noqueó a uno con un golpe afortunado, agarró su ametralladora y descargó el cargador directamente sobre el segundo bandido, estupefacto por la sorpresa. Los operativos escucharon los disparos y acabaron de otra ráfaga con el tercer militante, que ya se le pasó a Marçal. Y el cabrón ya se estaba preparando para acabar con el molesto trabajador que ha salido de la nada... ¡Por aquí! — le gritaron, y Marçal irrumpió en el almacén junto con los operativos. En menos de media hora todo había terminado.

De la cabina del meca salió hábilmente un hombre fuerte de unos cincuenta años: pelo rubio, sienes afeitadas, barba y bigote cubiertos de canas. Uniforme militar sin insignias, tan sólo una especie de blasón en la gorra. Dos lanzas de torneo plateadas cruzadas a las que sostienen dos manos como si las estuvieran puliendo... Nunca había oído hablar de tal insignia, pero pega bastante al estilo de los mercenarios. Vale, voy a poner la ametralladora sobre esta caja, adiós, sólo estaba de paso... Marçal escuchó al comandante de los mercenarios dar unas órdenes en voz baja con voz bien entrenada y señalarle. Parece que estoy bien metido en este fregado...

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